El efecto performativo de la ciencia ficción. La huella en la opinión pública (4 de 5)

Hal 9000

Al igual que el pequeño Asimov, espectadores y lectores de todo el mundo han ido conformando una visión apriorística de ciertos adelantos científicos basada en obras de cf. La opinión pública está más impregnada de cf de lo que se podría imaginar: mira ahora la llegada de la IA recordando al Hal 9000 de 2001, una odisea del espacio, o a la guerra humanos-máquinas de Terminator. De hecho, la desconfianza del género viene de mucho más atrás. Recomiendo disfrutar las apenas veinte líneas de uno de los relatos más famosos de Fredric Brown.

En este apartado, de nuevo hay que citar a Isaac Asimov, que ya en 1942 enunció las tres leyes de la robótica como vehículo para contener la mayor fuerza e inteligencia potencial de las máquinas. Pese a la admiración por la otra gran obra de Asimov (Fundación) de todos los tecnoligarcas, raramente han manifestado su intención de utilizar barreras éticas similares a las tres leyes (luego cuatro) asimovianas para la IA, algo que sí ha hecho un grupo de investigadores con una ONG llamada Law Zero.

Sobre cómo la opinión pública está impregnada de la cf debo mencionar una anécdota personal. En 1996, el anuncio del nacimiento de la oveja Dolly, el primer mamífero clonado, se produjo cuando trabajaba en la sección de Sociedad de un periódico de tirada nacional. Para mi desconcierto, pese a ser entonces ya un aficionado al género, la respuesta más frecuente que produjo el anuncio fue la de preguntarse si se podría clonar a Adolf Hitler. No a Jesucristo, Albert Einstein o Marilyn Monroe, sino repetidamente Hitler. El origen de esa fijación, más allá de la ley de Godwin, que ya había sido enunciada por entonces, estaba en unas ficciones no tan populares: la novela Los niños del Brasil, de Ira Levin, que Franklin Schaffner adaptó al cine en 1978 con un estelar reparto de veteranos.

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El presente insoslayable

Las ideas que uno tiene pueden ser simples esbozos, ocurrencias, o merecer un desarrollo. Entiendo que mucha gente vierte sus ocurrencias en las redes sociales. Yo tengo la típica libretita en que las dejo en barbecho, por si en algún momento crecen y vale la pena convertirlas en un texto. Si no sirven para eso, mejor no sacarlas a la luz. Entre otras frases sueltas que sólo yo entiendo, a veces mínimamente desarrolladas, estaba «El presente insoslayable», idea que pegó el estirón cuando leí el artículo «Se está escribiendo menos ciencia ficción que nunca».

Su autor, John Tones, es alguien con muchos más conocimientos sobre la literatura de ciencia ficción que el periodista corriente de medio de comunicación generalista, y goza de la suficiente perspectiva quizá para ver cosas que pueden pasarnos inadvertidas (o podemos asumir como naturales) a quienes estamos dentro. La tesis, como podrá verse, es un aggiornamiento del viejo tema de «la muerte de la ciencia ficción», aunque esta vez apoyada en algún opinador tan inesperado como Orson Scott Card. Si bien se fundamenta en un artículo de hace nada menos que ocho años, a la que suma algunos datos sobre las ventas de libros.

Nunca fui un defensor de la idea de la muerte del género cuando se polemizaba al respecto, pero sí insistí en que corría el riesgo de volverse irrelevante. En la época en que campaba a sus anchas material tan para muy cafeteros como los space opera fluffy de Lois McMaster Bujold, mi impresión es que las obras que podían entrar en la discusión pública llegaban desde fuera del mercado especializado. Como ejemplo, El cuento de la criada de Margaret Atwood se publicó el mismo año en que Bujold comenzó su carrera literaria y ganaba el Hugo la increíblemente naif y pajillera El juego de Ender. Pese al éxito comercial de esta última, el recorrido en términos de relevancia e influencia de ambas no resiste comparación.

De ahí surgió con el tiempo la moda de las distopías, que el género «especializado» ni percibió más que tangencialmente, y la ya explicada deformación del empleo del término para uso comercial y a la postre también irrelevante. Entretanto, la ciencia ficción se volvía cada vez más metarreferencial y centrada en diferenciar sus argumentos con pequeñeces o tropos no significativos, con la idea de satisfacer a los nuevos grupos de lectores incorporados al género (mujeres, jóvenes, comunidad lgtbiq+…). Y surgía la respuesta reaccionaria contrapuesta. A cambio, se producía la conversión de la cf «importante» en nicho: Tones cita como esperanzas (mostrando ahí información pero de nuevo muy desfasada) a Ted Chiang, que publica un cuento cada dos años o así; Greg Egan, que a estas alturas se autopublica; y Cixin Liu, que desde 2010 sólo ha dado a la luz cinco cuentos, ninguna novela. Podríamos sumar a Paolo Bacigalupi, Ken Liu, Cory Doctorow y Peter Watts para conformar una «generación perdida» de autores a los que el cambio generacional y los atractivos de lo audiovisual han atropellado cuando estaban en su teórica plenitud creativa.

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