A Masterpiece in Disarray. David Lynch’s Dune: An Oral History, de Max Evry

A Masterpiece in DisarrayEra inevitable que con el estreno del Dune de Villeneuve hubiera un cierto revival del Dune de David Lynch, más con tantas personas que la vieron en su niñez-adolescencia ocupando lugares relevantes en el periodismo cultural y esa legión de espectadores de la Generación X aupados a la categoría de ávidos consumidores de nostalgia pop. Muestra de este renovado interés es esta historia oral focalizada, sobre todo, en los testimonios de quienes han sobrevivido a estos cuarenta años desde su estreno para relatar sus recuerdos: la dilatada preproducción, la compleja producción en México, la caótica postproducción aquejada por la falta de presupuesto, y la recepción. Sobre todo lo que desean traer a colación.

Este matiz es importante. Cuatro décadas se dejan sentir sobre la memoria, más sobre una película dirigida por una personalidad tan apreciada a estas alturas como Lynch. Así, parte de ese encadenamiento de vivencias contadas por quienes las vivieron, sin reformulación o con mínimos cambios por parte de Max Evry, termina siendo una celebración de su figura. El talento que había mostrado en sus films previos; su implicación sin concesiones en una película que, de haber salido bien, seguramente habría cambiado su carrera posterior; cómo fue capaz de sobrellevar la presión durante un rodaje lleno de vericuetos en México, incluyendo unas últimas semanas en las que se acabó el presupuesto y hubo que prescindir de parte del guión; una postproducción condicionada por esa carencia de pasta que limitó los efectos especiales a aplicar; una fase de montaje donde se pasó de las más de tres horas de una primera versión hecha por Lynch a las poco más de dos horas ejecutadas por la gente de la Universal que se implicó en su “salvación”…

Cera para repartir hay. Es divertido cuando traen a colación a Dino de Laurentiis en el set de rodaje entonando un “cut, cut, cut, cut…” al cortarse el flujo de dinero; o los tomas y dacas alrededor de Frank Price, que se presta a ser entrevistado sobre su falta de apoyo hacia la película cuando se hizo cargo de Universal en medio de la producción, con momentos superdivertidos como cuando trata de defender Krull de los ataques de Raffaella de Laurentiis, u otros más de escurrir el bulto cuando achaca todo lo sucedido con el montaje al pilotaje de Sid Sheinberg, el hombre detrás de MCA, la corporación a la que pertenecía la Universal, fallecido hace más de un lustro. Nadie ahorra en reparos al desventrar la idea del glosario de términos que se repartía en los cines antes de ver la película.

Esos destiltrajes to guaposNo obstante, se pasa de corrido sobre las sugerencias del abuso del alcohol en las semanas finales en el set o cualquier posible enfrentamiento durante el rodaje de ciertas escenas (salvo una relatada por Sean Young). Tampoco se hace sangre con que Lynch estuviera tan poco interesado en el punto épico de Dune. O fallos de producción, como la escala de ciertas decisiones que terminaron en nada, caso de una secuencia en la que deberían haber aparecido mil figurantes, para los que se hizo vestuario, y que se rodó con unos 200 para quedar fuera en la mesa de montaje. Son cuestiones sobre las que apenas se incide, cuando podrían dar lugar a nuevos focos de interés cuando otros se han agotado.

Sea como fuere, Evry ha hecho una indagación concienzuda en el límite que ha podido sondear. Entre el reparto están la mayoría de los que más tiempo estuvieron en el set y siguen vivos (MacLachlan, Young, McGill), la productora (Raffaella De Laurentiis), los presidentes de Universal (el mencionado Price y el anterior, Thom Mount), y gran parte del equipo de rodaje (el ayudante de fotografía Frederick Elmes; el diseñador de vestuario Bob Ringwood; el artista conceptual Ron Miller) o en la postproducción (John Dykstra; David Paich; un par de miembros de Toto).

Aparte de los fallecidos, se echa en falta algo más de protagonismo de Lynch. Solo aparece en una entrevista de tres páginas a la que se prestó. El director de El hombre elefante, Carretera perdida y Mullholand Drive quería mandar un mensaje: el fracaso no tuvo nada que ver con el de los profesionales que tuvo a su cargo sino con su dirección y la imposibilidad de tener la potestad del corte definitivo. Evry deja esta participación para el final. No tenía sentido diluir lo poco que dice en las 500 páginas anteriores plagadas de personas que aparecen con testimonios de extensiones entre cinco y veinte páginas. Y porque también tiene una tesis que pretende asentar a través de A Masterpiece in Disarray y que necesita de algo sobre lo que pregunta a Lynch en esa breve entrevista.

Contra lo que suele aceptarse dentro de los estudios sobre su figura, Evry establece que Dune es por derecho propio una película de David Lynch, con características que cuesta encontrar en otras películas: particularmente, el peso de la meditación trascendental. Una disciplina que practicaba desde su juventud y que acopló en el corpus derivado de la novela de Frank Herbert. Un discurso que me cuesta aceptar pero tampoco me molesta; Evry no machaca con el asunto.

Max Evry luciendo la negraEs más nítido su esfuerzo por establecer que el Dune que llegó a los cines fue en gran parte el resultado de un cineasta sobrepasado por los acontecimientos y que, además, padeció el no haber conseguido ese control sobre la edición, algo que los De Laurentiis se debieron arrepentir. Como reconoce Raffaella a toro muy muy pasado, con tres horas y con Lynch al timón hasta el final habría salido una obra que sería recordada por algo más que como un fracaso.

Evry es inteligente al plantear la estructura de su libro. Separa la historia oral en cuatro momentos diferentes y, antes de cada una, sitúa artículos con un tono divulgativo que llenan los huecos entre los testimonios; un armazón sobre el cuál entrar en detalles a partir de las visiones subjetivas de los entrevistados. Esto permite abarcar una escala mayor sobre ciertos aspectos que, sin esos textos, habrían quedado en el tintero. Así, al principio mola zambullirse en la historia de un film que se extiende a los tiempos en los que el productor de El planeta de los simios, Arthur P. Jacobs, tenía los derechos y estuvo a punto de rodar (murió cuando estaba a punto de poner en marcha la producción). Además trata detalles que de otra manera habrían quedado fuera como su rendimiento en taquilla, los premios, los videojuegos, los homenajes del fandom, cómo se percibe la película en la actualidad…

Lo peor está en una edición que no facilita la lectura. Los pies de fotos están recogidos en una página al final; los dramatis personae de los participantes en la historia oral apenas se referencian al inicio de cada sección y no se recuerdan en ningún momento junto al nombre de la persona que habla; la edición de los testimonios brilla por su ausencia, lo que lleva a multitud de reiteraciones que alargan estas secciones más de lo debido; no hay un índice onomástico ni una bibliografía… Sin embargo, para jolgorio de los fans de los fetiches de atril, ahí están la tapa dura y los cantos de página en rojo. Como si algo así pudiera lucir en la estantería (o nos fuera a sacar de pobres dentro de tres décadas).

Para los que piloten en inglés y deseen catar parte de lo que cuenta, recomiendo los dos programas que le edicaron el podcast Best Movies Never Made. A la altura de un programa indispensable para los fans del cine y los intríngulis de los despachos de Hollywood.

A Masterpiece in Disarray. David Lynch’s Dune: An Oral History,
1984 Publishing, 2023
560 pp. Tapa dura

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