Los premios irrelevantes de un género obsoleto

Hugo AwardDoy por supuesto que quienes me lean conocen ya la polémica en torno a las candidaturas a los premios Hugo de este año, los considerados tradicionalmente como más relevantes en el campo de la literatura de ciencia ficción. Para no repetirme, remito a quienes aún no estén al corriente a las explicaciones brindadas de forma bastante completa en:

Bien, lo que me sorprende una vez más es que la mayor parte de los análisis que he leído sobre lo ocurrido se queden en lo superficial. Por descontado, resulta bastante molesto, y dañino, que unos premios con cierta trayectoria y prestigio caigan en manos de grupos organizados, sean una banda de simpatizantes de la Asociación del Rifle (los Rabid Puppies) o un grupo de añorantes de lo tiempos en que la cf era tan, tan chachi y supermaravillosa (los Sad Puppies). Sin embargo, creo que la equivocación están en considerar lo sucedido como enfermedad y no como síntoma. Porque los Hugo vienen pochos de tiempo atrás. Hace mucho que no son los galardones que una vez premiaron de forma consecutiva a Los propios dioses de Asimov, Cita con Rama de Clarke y Los desposeídos de Le Guin. Esto no es más que la constatación del desastre.

Recapitulemos.

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El Ministerio del Tiempo, ideología y mecanismos de la ciencia ficción

El Ministerio del Tiempo

En estos tiempos que corren, se da por descontado que no estar a favor es estar en contra. Y, por añadidura, muy en contra. Las discusiones en internet se inclinan de inmediato a los extremismos. A la hora de poner mis peros (numerosos) a El Ministerio del Tiempo, me encuentro en la tesitura de que, ante la ola de entusiasmo, se me coloque en el bando de los haters. Y no, no es cierto. Entiendo en parte las razones de la rápida popularidad de esta serie, pero me resulta pasmoso el entusiasmo que está generando. Y en particular, me desconcierta que guste en el sector de los aficionados con cierto bagaje en la cf, cuando se trata de un producto con serias carencias respecto a otras obras del género que seguramente conocen, y con los que por tanto lo pueden comparar.

Para que no quede ninguna duda sobre mi posición al respecto, empezaré con las razones obvias por las que entiendo que El Ministerio del Tiempo no es un mal trabajo.

+ La producción en general está por encima de la media de las series españolas. La ambientación es obviamente cuidada, las interpretaciones bastante razonables por lo general… No, no es la HBO, pero se trata de un producto técnicamente correcto.

+ Siempre he defendido la idea de que la cf española debería utilizar materiales locales (historia, leyendas…) como medio para atraer a un público mayor. El Ministerio del Tiempo lleva a cabo esa labor de manera adecuada. No es algo hecho desde fuera, sino con cariño y conocimiento, y eso está pesando mucho en su favor. De manera lógica.

+ El sentido del humor y las referencias. Poner en una serie de viajes en el tiempo a los heavies de la Gran Vía, por citar un ejemplo, es brillante. Sí, puede que no sean más que chistes para consumo doméstico; pero la simpatía se cultiva con esos mecanismos.

Bien, son aspectos con algún peso. Mi sorpresa es cuando se obvian en cambio problemas bastante evidentes.

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Más verde de lo que creéis, de Ward Moore

Más verde de lo que creéisEn ciertos aspectos, Más verde de lo que creéis es un libro de actualidad: habla de una catástrofe ecológica provocada por la humanidad y llevada hasta sus últimas consecuencias por su estupidez. Sin embargo, es un libro al que difícilmente podrán acceder los lectores actuales si no es a través de una librería de viejo, por razones sencillas de explicar.

Ward Moore es un autor que nunca ha tenido una etiqueta más allá de la de clásico menor. Ahora mismo no creo que haya ningún aficionado que le tenga ni mínimamente presente. Se le recuerda apenas por dos novelas: la que vengo a comentar y la ucronía Lo que el tiempo se llevó, que Bibliópolis tiene anunciada desde hace unos cinco años y no ha publicado. Ambas son de una extensión inconvenientemente breve para lo que se estila ahora y no pasan de resultonas. En las monografías anglosajonas se cita también un cuento, “Lot”, que tiene una sola traducción al español del año 66, a cargo del mítico (por así decir) F. Sesén. Todo sumado da como resultante una casi absoluta imposibilidad de que este libro, publicado originalmente en 1947 y reimpreso por última vez en castellano en 1985, vuelva a circular por ahí. Se supone que las ediciones electrónicas nacieron para estas cosas; veremos.

Es una pena, como decía, porque posiblemente Más verde de lo que creéis es el primer acercamiento de la historia de la literatura a los problemas resultantes de la manipulación humana de la ecología global. Bien es cierto que desde una perspectiva muy de los años cuarenta, pero con ocasionales aciertos indudables. La trama arranca en torno a una típica -de manera atípica- figura del origen del género: el científico loco. Por mucho que Moore se empeñe en usar un espejo deformante para retratar a la creadora del producto que hará enloquecer a la hierba, convirtiéndolo en una mujer gigantona, obesa y con un ocasional aura mística, a la postre es el chiflado solitario con bata habitual.

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Sobre la precuela de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick

Do Androids Dream of Electric Sheep?Encontré referencias hace unos pocos días al hecho de que ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, la célebre novela de Philip K. Dick en la que se basa Blade Runner, está parcialmente inspirada en un relato previo del autor. Se llama “La cajita negra”, está en el último tomo de los relatos completos de Dick y es un cuento verdaderamente interesante, que junto con “La fe de nuestros padres” prefigura los temas obsesivos de la última década de vida del californiano.

Los profesionales de las revistas populares estadounidenses de la época, en todos los géneros, acostumbraban a reciclar sus ideas para crear con ellas distintos contenidos. El proceso más habitual era—y lo sigue siendo hasta hoy— el de utilizar material empleado previamente en relatos para revistas, o bien prolongar esos mismos cuentos. Raymond Chandler, en el territorio de la novela policiaca, utilizó esta técnica con frecuencia, aunque luego retiró de cualquier antología posterior los relatos que habían sido, usando su propia expresión, “canibalizados”. Más tarde se han reeditado, en la línea de recuperar todo el material de un escritor que tampoco tiene tanta obra publicada.

Dick empleaba este recurso también en numerosas ocasiones. El caso más obvio es el de “Su cita será ayer”, un relato claramente superior a su prolongación, El mundo contra reloj, que quizá sea su peor novela (al menos de las publicadas). Un caso opuesto bien conocido lo encontramos en “Los días de Perky Pat”, afortunada génesis de Los tres estigmas de Palmer Eldritch.

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El laberinto de la Luna, de Algis Budrys

El laberinto de la lunaEl laberinto de la Luna pertenece a uno de los subgéneros más atractivos de la ciencia ficción, al menos para mí: el de “hemos encontrado un sitio extraterrestre que ni idea de cómo va”. Más concretamente, a la línea “y, además, ojito que da calambre”. El ejemplo más conocido de esta temática es sin duda Picnic extraterrestre, la obra maestra de los Strugatski, y otras novelas memorables al respecto son Pórtico, de Frederik Pohl, o El hombre en el laberinto, de Robert Silverberg. Hay sentido de la maravilla en dosis puras tanto en el concepto de lo incognoscible de una inteligencia extraterrestre como en la ejecución del tema por parte de estos maestros.

Budrys pasó por allí antes. Esta novela es de 1960, y resulta tremendamente moderna en cuanto a su esquema y conclusión. No habrá las lamentables concesiones que Pohl llevó a cabo en las sucesivas continuaciones de Pórtico, los cada vez menos apreciables volúmenes de la Saga de los Heechees. Aquí tendremos un habitáculo extraterrestre (no un laberinto: los problemas en la traducción empiezan por el mismo título) cuyo misterio quedará abierto. Un lugar que se empeña en matar a la gente que entra en él de formas totalmente caprichosas.

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El nuevo escenario

Ciencia ficción en la UCMComo anunciaba Ismael Martínez Biurrun aquí mismo hace unas semanas, acudimos al Paraninfo de la Universidad Complutense, ante casi 200 alumnos y junto a varios profesores universitarios de distintas facultades, para debatir sobre el tema “Utopía, capitalismo, distopía, postapocalipsis: narrativa realista para la España actual” con Fernando Ángel Moreno como moderador. No creo que sea buena idea hacer una crónica de lo allí comentado (innecesario) ni posponer algunas reflexiones hasta articularlas como ensayito (excesivo), así que aquí van mis reflexiones sueltas sobre lo mucho comentado allí y sobre la (me da la impresión) creciente presencia de ciertos debates propios del género en el contexto de la sociedad civil y, en particular, en la universidad.

Tu utopía no es la mía

Mi desconfianza en el concepto de utopía lleva años creciendo pero es, ahora mismo, completa. Simplemente, no quiero someterme a la utopía de los demás. Ni creo que sea razonable pretender imponer la mía a otros. En mi mundo ideal, por decir sólo un par de cosas para explicar mi postura, todos viviríamos en comunidades pequeñas razonablemente autosuficientes, pero exploraríamos el espacio. Es obvio que hay gente, sin embargo, que adora vivir en grandes ciudades y que considera que enviar carísimas naves a explorar peñascos estériles es de dudosa utilidad. La utopía supone la imposición de ideales. Y por tanto no es buena idea, a grandes rasgos.

Un miembro destacado de Podemos envió desde Bruselas una pregunta esclarecedora para debatir en la mesa: ¿por qué no hay parlamentarismo en las utopías? La respuesta es sencilla: el utopista tiene claro lo que es mejor para los demás y cualquier debate posterior, como el que supone el parlamentarismo real (y no el que tenemos), resulta superfluo. La imposición de una utopía pasa por ciertos mecanismos (la elección con criterios cuestionables de una oligarquía de sabios o una reeducación de la población disconforme para ajustarse a la utopía escogida) que son inevitablemente sospechosos.

Todo ello arroja definitivamente luz sobre las razones por las que el género de ciencia ficción, por definición crítico, ha dedicado más tiempo a las distopías, mientras que las utopías parecen más ligadas a una literatura de compromiso político o ideológico directo.

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Paco Porrúa, In Memoriam

Paco Porrúa

No he conocido a tantas personas de las que se pueda decir sin asomo de duda que hicieron del mundo un lugar un poco mejor que si no hubieran estado por aquí. Paco Porrúa fue una de ellas.

Seguro que entre los que me lean habrá quienes no conozcan quién fue Paco Porrúa, fallecido esta semana. El fundador de la editorial Minotauro hace más de 60 años en Argentina y también editor de bastantes de los mejores escritores en lengua castellana mientras trabajaba para otras firmas. Una de las personas decisivas para entender la evolución de la literatura fantástica en nuestro idioma, durante décadas quizá el único valedor de la calidad literaria dentro del género en español.

Dado que le apreciaba y lamento mucho su muerte, quiero escribir un recuerdo personal. Traté a Paco con frecuencia durante los años que viví en Barcelona, a finales del milenio pasado. Él era el editor mítico de Minotauro, el hombre que había publicado Cien años de soledad y Rayuela. Pero me recibió en su oficina a mí, un periodista veinteañero que dirigía una pequeña revista de ciencia ficción, con total naturalidad. Ni siquiera creo que fueran decisivas la intercesión de Marcial Souto, que trabajaba con él, o de Alejo Cuervo, que siempre le ha admirado y con el que le visité por primera vez, creo que para darle un premio Gigamesh; mi impresión es que su naturaleza era intrínsecamente amable. Simplemente, Paco no tenía contacto con el mundillo del género porque no tenía tiempo; cuando más tarde le llegaron reconocimientos y premios, siempre los recibió con una socarronería en la que, con el tiempo, aprendí a reconocer una llamita de ilusión.

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Las torres del olvido, de George Turner

Las torres del olvidoEn alguna ocasión ya he comentado que una de las dificultades de reseñar de manera justa una obra literaria de ciencia ficción es la de ser capaz de distinguir entre las distintas cualidades que se deben juzgar. La obvia, como el valor de los toreros, es la calidad como producto literario, artístico. A partir de ahí, la especificidad del género requiere de una cierta originalidad, si no en el tema, al menos en su tratamiento; verosimilitud y vuelo imaginativo.

Hay una más, especialmente polémica, y de la que los escritores de cf suelen abominar como de la peste en tanto acostumbra a centrar el interés de los medios de comunicación cuando se acercan a nuestro género: su acierto profético. De ahí la atención que despierta en los últimos tiempos la distopía; en un periodo de incertidumbre, buscar predicciones sensatas acerca del futuro es casi una necesidad inevitable, por mucho que resulte estéril.

Una y otra vez, en mi labor como periodista, sabedores mis clientes de mi proximidad al género, he recibido en algún momento la propuesta de hacer algo sobre “los aciertos de la ciencia ficción”. Es curiosísimo: siempre me lo han pedido como si fuera algo superoriginal. Y sistemáticamente han quedado decepcionados ante mi respuesta: son pocos, son casuales, no son el propósito de la cf. El nuestro es un género que ha dedicado buena parte de sus propuestas más serias a llevar a cabo admoniciones, no profecías. “Si esto sigue así…” no es lo mismo que “esto será así”. Entre otras cosas, porque una novela que tuviera un propósito completamente profético, y algún ejemplo hay, resultaría terriblemente aburrida.

Todo esto me sirve para decir que estamos ante un caso bastante singular, porque el principal interés de Las torres del olvido es que seguramente es la novela de cf que me ha transmitido más seriamente la sensación de encontrarme ante una obra diseñada con precisión absoluta para reproducir el futuro que nos tememos hoy. Esto implica, en efecto, que nos encontramos por momentos ante una novela aburrida; en numerosas páginas es excesivamente discursiva, casi víctima del tipo de torpezas que suelen cometer los autores externos al género cuando se introducen en él, aunque no sea el caso de Turner, pese a que en España esta obra se haya reeditado numerosas veces fuera de colección especializada.

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Luz, de M. John Harrison

LuzCreo que es útil esta tendencia de convertir las ideas-fuerza en un mantra, para que queden claras. La dialéctica de moda hoy tiende a perder de vista lo fundamental y a embarullar, con el fin de no avanzar. Es mejor que un punto quede muy claramente definido aunque suponga mayor pobreza retórica.

Así que he aquí un mantra para empezar: lo anómalo, repetido suficientes veces, termina por convertirse en normal. Lo anómalo sólo tiene sentido si es excepcional.

La publicación de Luz en castellano, allá por 2003, me pilló en el típico momento de mi vida en el que empezar un libro que no se entiende hasta bastantes páginas más adelante no termina de ser lo más adecuado. Luego ya no era un libro de actualidad, y la verdad es que me daba pereza ponerme con una novela a la que iba a tardarle en sacar el jugo. Pero todo llega.

El libro está bien, aunque la espera no ha valido especialmente la pena.

En la crítica, hay una serie de tentaciones que siempre están ahí y en las que es difícil no incurrir. A la que me enfrento yo en esta ocasión es a la de ejercer de aguafiestas, la de llamar la atención llevando la contraria. Una novela que ha gustado a muchas personas cuyo criterio aprecio… no es para tanto. ¿Y si la hubiera leído yo primero, habría hecho saltar las señales de alarma para anotarme el tanto de que estábamos ante el advenimiento de la nueva cf por parte de un autor de trayectoria atractivamente maldita? No, creo que no. Hay muchos elementos en la forma de hacer de Harrison en este libro que no me gustan. Pero lo que sí es cierto es que esos elementos no deben hacerme perder de vista las cualidades de Luz. Seguramente no tantas como sus panegiristas han señalado, pero evidentes.

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El futuro ya no es lo que era

Sol

Puede que los datos macroeconómicos amaguen con mejorar en los próximos meses, según distintas fuentes. Pero aunque esa tendencia se confirme como cierta, el ciudadano de a pie no intuye un cambio de viento a su favor. A diferencia de otras crisis previas, ésta ha socavado la fe en el progreso.

“La sensación de precariedad es absoluta. Vivimos al día de una forma impensable hace poco, en la era del mileurismo. Hoy un sueldo fijo de mil euros es un sueño. En diez años puede que veamos en España una extensión real de la miseria, como está ocurriendo en Grecia. Ni la Troika sabe qué hacer con este país”, resume Isabel Serrano, integrante de uno de los grupos que forman parte del núcleo duro del 15-M, significativamente denominado Juventud sin Futuro.

No existen muchos estudios para certificar estas sensaciones; el propio barómetro del CIS no las toca. Uno de los pocos realizados en España es responsabilidad de Antonio Alaminos, catedrático de Sociología de la Universidad de Alicante: “Por ejemplo, los datos del Eurobarómetro muestran una caída en la percepción del status social. En 2000, la mayor parte de la población española se consideraba de clase media-alta. Hoy se ven de clase media-media, pero creo que muy pronto se soltarán de ese clavo ardiendo”. Alaminos, que considera que los aspectos más negativos de la crisis se irán extendiendo a otros países, incide en un “proceso local de desfuturización muy acusado en el caso de España”.

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