Narración de Arthur Gordon Pym es la única novela de Edgar Allan Poe. Un muestrario de historias en el mar escrito bajo una mirada alejada de lo sobrenatural. En el periplo de Pym desde el puerto Nantucket hasta los desconocidos mares del sur se suceden una serie de elementos (la tormenta, el motín, el canibalismo para combatir el hambre, el naufragio, la exploración de tierras desconocidas…) transformados por el paso del tiempo en un inmenso lugar común. No por nada tienen los hemos visto posteriormente en docenas de historias. Ni añadiendo al banco de recursos “Un descenso al Maelström” y “Manuscrito encontrado en una botella”, se podría llegar a afirmar que todos los cuentos de terror en el mar están contenidos ahí. Sin embargo, aparte de la vigencia del tercer y último “viaje”, su carácter fundacional es intachable. Es un semillero de incontables ficciones terroríficas que se nutren de ella para crecer e incluso, excepcionalmente, sobrepasarla. Justo lo que ocurre con “Al otro lado de la montaña”, la novela corta de Michel Bernanos seleccionada por José María Nebreda para su antología Mares tenebrosos.
Durante muchas páginas me ha parecido estar leyendo una variación de los viajes de Gordon Pym reunidos en uno solo. Una obra iniciática con un comienzo potente (su narrador es pasado por la quilla nada más embarcar), una desarrollo in crescendo (calma chicha, hambruna, motín, canibalismo, tormentón) y recarga sus pilas en una entrada a un remolino para reinventarse en una segunda parte avasalladora. Un relato hipnótico que da la verdadera medida, el sentido y la dimensión de “Al otro lado de la montaña”.
Lois Cairns es una profesora y especialista en cinematografía de Toronto que se encuentra al borde de la debacle psicológica y emocional. Tras varios años en paro después de ser despedida de su plaza docente por recortes presupuestarios, y sin perspectivas laborales en el horizonte, sobrevive publicando escasas críticas en revistas minoritarias. Además, su vida familiar tampoco contribuye a mejorar su estabilidad emocional; Lois es madre de un niño autista, Clark, incapaz de expresar sus sentimientos y emociones y con quien apenas puede comunicarse, lo que genera una dinámica extenuante de frustración, rechazo y culpabilidad. Hasta que un día, medio de casualidad, Lois asiste a un festival de cortometrajes en el que uno de los gurús del underground presenta una pieza que samplea antiguo metraje de nitrato de plata, una cinta perdida de principios del siglo XX donde se representa un oscuro mito eslavo, la
Reconozco que de un (largo) tiempo a esta parte, la avalancha de antiutopías, distopías o simples futuros chungos disfrazados de tales que aparecen por doquier, ya me resulta un pelín cansina, e incluso contrarrevolucionaria. Yo es que soy de la vieja guardia del Partido, de los que le tenían un poco de manía a Revolución en la granja de Orwell, no por sus méritos o deméritos literarios, sino por su carácter de cachiporra al servicio de los apologetas del vivimos en el mejor de los mundos posibles. Ya más en serio, es cierto que la naturaleza humana es profundamente imperfecta y jode casi todo lo que toca, que la cruda y sucia realidad se da de ostias con el prístino mundo de las ideas y que en teoría funciona hasta el comunismo. En teoría. Pero es que ha llegado un momento en el parece que tener convicciones políticas y aspirar a ponerlas en práctica equivale a convertirse en un tirano en potencia y que lo que se aleje un poquito del capitalismo tecnológico de mercado y la democracia liberal es camino seguro al Holocausto como mínimo. También me apena un poco que, por lo general, la ciencia ficción se afane mucho más en advertirnos de los peligros de poner en práctica las especulaciones político-filosóficas de burgueses ociosos, que en imaginar de forma más o menos rigurosa otros sistemas económicos, sociales y políticos viables y diferentes al que disfrutamos ahora. Y Kirinyaga viene a confirmarme esta pequeña frustración con el género.