De Kant a la ciencia ficción

«Si quieres construir un barco, no empieces por buscar madera,
cortar tablas o distribuir el trabajo.
Evoca primero en las personas el anhelo del mar libre y ancho.»
(Antoine de Saint-Exupéry)

Historia y antología de la ciencia ficción españolaEn la introducción a la antología que trabajamos Julián Díez y yo para Cátedra, hacíamos una afirmación que varias personas me han cuestionado con mayor o menor escepticismo. La afirmación era la siguiente:

Tras Kant se había separado el conocimiento en dos grandes áreas complementarias: la cuantificable con fórmulas y números, y la que pertenece más al terreno de lo trascendente. Esta separación creó un nuevo concepto de sociedad, de ser humano, de universo. A partir de ese momento, comenzó a plantearse que la estética, la ética, la justicia, el amor… tenían una parte material y otra parte de construcción intelectual. Es decir, se certificó que muchos supuestos postulados se deben a opiniones nuestras disfrazadas de justificaciones divinas o (falsamente) universales.

Durante el siglo XIX este cisma derivó en el positivismo y en la pasión por la ciencia y la tecnología. Combinada con la revolución industrial que se producía de forma simultáneamente en esos años, introduciendo en la sociedad de manera progresiva elementos de ciencia cada vez más avanzada, constituiría así el germen del nacimiento de la ciencia ficción.

Este texto final ya contenía algunas modificaciones de Julián a mi teoría de que existe cierta vinculación entre la nuevas perspectivas de la Ilustración y lo que siglo y medio después sería conocido como «ciencia ficción». En fin, las puntualizaciones de mi querido colega me parecieron pertinentes, tanto desde un punto de vista teórico como desde lo divulgativo, especialmente en lo referido a la revolución industrial.

Considero justificadas las críticas que me han llegado desde la publicación, por el acto de fe que exijo ante una concepción de la historia del género que, hasta donde llego, nadie había defendido. Entiendo el escepticismo, que se dude de mi intención, puesto que no creo en ningún acto de fe en ciencias humanísticas. (Cuando dicho acto se le debe a un profesor de universidad, creo menos aún, si no se aportan explicaciones detalladas; conozco demasiado bien la universidad (española o no) como para confiar en los postulados de muchos investigadores.)

Por otra parte, me encantaría realizar algún día una comprobación empírica de mi teoría para satisfacer a los fanáticos irracionales de la razón. Lamentablemente, como tanto pasa en Humanidades, a menudo debemos basarnos en deducciones y justificaciones teóricas más que en comprobaciones empíricas. Eso no deslegitima a las Humanidades, sino que invita a trabajar sus afirmaciones, sincrónica y diacrónicamente, de una manera diferente que en las ciencias empíricas. Sobre esto también escribo más abajo.

Por cierto, aprovecho para defender que de ahí parte la necesidad de una imprescindible visión postmoderna de las mismas (no equivalente a un «todo vale»), visión no aplicable a las certezas empíricas de la tecnología. Esta manera de entender la cultura humana resulta fundamental para lo que pretendo exponer aquí, pero desgraciadamente su discusión merece otros espacios de debate. Espero que el propio desarrollo de mi argumentación permita prescindir por el momento de la eterna e interesante discusión sobre la postmodernidad.

En fin, todo esto me sirve para aclarar que mi afirmación se basa solo en una teoría, aunque esta parta, por supuesto, de las investigaciones y estudios que durante muchos años he realizado en torno a la ciencia ficción, la cultura popular y la filosofía y la historia del siglo XIX y principios del XX (con todas mis humildes limitaciones). Insisto: como debe hacerse siempre en Humanidades (y en cualquier tipo de estudio), mis afirmaciones habrán de ser complementadas, ratificadas, hundidas o matizadas.

Al lío…

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¿Pueden suceder tales cosas?, de Ambrose Bierce

¿Pueden suceder tales cosas?

¿Pueden suceder tales cosas?

Ningún aficionado a la literatura de terror que se precie puede desconocer quien es Ambrose Bierce. Si a alguien no le suena este nombre, o se ha confundido de página o más vale que vaya corriendo a la librería más cercana a comprarse este libro y suplir semejante carencia, antes de convertirse en la rechifla generalizada del resto de los aficionados.

Poco puedo añadir sobre la figura del norteamericano que no se haya dicho. «Bitter» Bierce, como fue conocido entre sus contemporáneos –Bierce «el amargo»–, es el mejor cuentista de terror estadounidense entre Poe y Lovercraft, y está perfectamente a la altura de ambas figuras. Veterano de la Guerra de Secesión –donde fue gravemente herido y se forjó su carácter seco, misántropo y amargado–, periodista de prestigio en la costa Oeste, amigo de Jack London, polemista dueño de una lengua viperina, alcohólico, mujeriego… Un personaje de leyenda digno de uno de sus libros y que en su vejez partió para el México revolucionario donde desapareció sin dejar rastro, historia narrada en la película Gringo viejo –donde Bierce fue encarnado por el gran Gregory Peck–.

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Tres piezas góticas

Tres piezas góticas

Tres piezas góticas

Hay muchas formas de determinar el éxito de una editorial. Están los premios que recibe, la calidad de los autores que publica, el dinero que gana, su longevidad, la respuesta del público,… Estas podrían ser algunas de las señales más comunes, aunque hay otra posibilidad un tanto más peculiar pero, bajo mi punto de vista, definitiva: la reacción popular ante la noticia de que algunos de sus títulos están agotados y no hay indicios de que se vuelvan a editar. Si nos encontramos con una respuesta indiferente, mala cosa, pero si la gente empieza a ponerse ansiosa, busca y rebusca en el mercado de segunda mano –donde estas piezas se cotizan de forma exagerada– y se lamenta entre sus amigos, preguntándose por qué no se saca de una vez ese libro maldito, entonces, y sólo entonces, el éxito está más que asegurado y empezamos a entrar en el terreno de la leyenda.

Con la editorial Valdemar pasa esto último y este libro es un buen ejemplo. Tres piezas góticas fue una de sus primeras publicaciones –nº 10 de la colección Gótica– y se agotó con relativa rapidez. A partir de ahí, y para cuando el pequeño círculo de gourmets que inicialmente había seguido a la editorial dejó paso a una legión de fans, se empezó a convertir en un libro buscado y codiciado. Sobra decir que, también, muy escurridizo y difícil de encontrar.

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Cumbres borrascosas, de Emily Brontë

Cumbres borrascosas

Cumbres borrascosas

Saboreamos ya de sobras el ansiadísimo siglo XXI y resulta que el gótico, lo gótico, está de moda. Scott (Ridley, no Walter) casi nos había convencido de que nuestros utilitarios financiados a tres o cinco años iban a colapsar los cielos, pero nada más lejos de la realidad. Las noches no pertenecen a los replicantes, sino al movimiento gótico. O, por lo menos, a una denominada tribu que opta por una estética decididamente oscura y deudora de otros tiempos, sobre cuya definición suele haber importantes discusiones. Por suerte lo gótico no es terreno exclusivo de vampiros amanerados, chicas pálidas que visten redecillas negras y gatitos que se van al cielo. Por suerte, también, existe Valdemar, y sus responsables han tenido la brillante idea de recuperar en una excelente edición de su Colección Gótica uno de los clásicos menos apreciados y sin embargo más conocidos del género. Esto es, Cumbres Borrascosas. Y si mi apreciación parece un tanto radical, debemos pensar que, a través del cine, de la publicitación y eco que se le ha dado a esta novela desde siempre, se han cargado las tintas en una condición de novela romántica que no ha dejado contrastar el auténtico frenesí (¡sí!) gótico de la obra. No viene nada mal un pequeño resumen del inicio:

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Maestros del horror de Arkham House

Maestros del horror de Arkham House

Maestros del horror de Arkham House

A veces es difícil romper ciertos prejuicios firmemente anclados en el ánimo del buen lector español de literatura fantástica y, quizás, el más acendrado e indestructible sea aquel que jura y perjura que los libros de nuestros géneros preferidos son caros. Bueno, más bien carísimos. Rebuscando por los foros y artículos que se pueden leer por internet veremos que esta idea es recurrente e indestructible y que por más que editores, escritores y aficionados varios la hayan intentado poner en entredicho persiste incólume en la mente de un buen número de lectores. Y si hablamos de la colección Gótica de la Editorial Valdemar para qué queremos más. Da igual que juremos que sus libros son de una calidad editorial exquisita (papel de alto gramaje, tapa dura, lomos cosidos), que sus traducciones son de las mejores del mercado y que tengan la más impresionante selección de autores clásicos de terror jamás reunida. La frase final siempre es la misma: “Sí, pero vaya precio…”

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