Otra de criminal blurbs

Estaba hoy tranquilo esperando a que empezara un training sobre TELPAS (uno de esos acrónimos que tanto abundan en el sistema educativo estadounidense) y, mirando el correo, encontré un email de Minotauro/Timun Mas con sus últimas novedades. ¡Cómo he sonreído! Más que los títulos y los autores me ha llamado la atención cómo los responsables de ¿marketing? no solo acuden a la fórmula de mencionar a los autores de moda (George R.R. Martin es ya definitivamente el nuevo Tolkien) o no se cortan un pelo a la hora de no recoger quién firma las opiniones, citando de forma directa las páginas webs de donde han robado las frases laudatorias. Llegan al extremo de recoger citas firmadas por, textualmente, “Usuario de Amazon“.

El nuevo Stephen King.

P.D: Señores de Minotauro/Timun Mas, no se me enfaden cuando lean estas opiniones. No es inquina. Es una invitación a ser un poquito más… ¿serios?

El zoo de papel, de Ken Liu

Terra Nova

Terra Nova

Acaba de aparecer el primer volumen de Terra Nova, la antología de relatos de ciencia ficción seleccionada por Mariano Villarreal y Luis Pestarini y editada por Sportula. Como tardaré un par de semanas en leerla (se aproxima el final del semestre y aún hay menos tiempo libre del que tenía hasta ahora), me gustaría comentar el único relato que he leído. El elegido para abrir la selección y, por tanto, una de las armas principales con las cuales los antólogos esperan atrapar al lector: “El zoo de papel”, de Ken Liu.

El cuento es muy breve y en él Liu toca las teclas necesarias para que se empatice con su protagonista. Algo especialmente sencillo para los lectores que no hayan tenido una relación cercana con alguno de sus padres, con momentos de incomprensión, alejamiento…, enfrentados a todo lo que supone el no haber podido solucionar el desencuentro antes de la muerte. Justo lo que le ocurre a su narrador que desgrana el matrimonio de sus padres, su infancia y la cercanía con su madre, el episodio que marcó su alejamiento, la muerte de ella y cómo se reencuentra con su memoria años después.

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Danza de dragones, de George R. R. Martin

Danza de dragones

Danza de dragones

Hace cuatro años era, como pueden suponer, un poco más joven. Tenía más pelo en la cabeza, vivía más cerca de Santander, trabajaba en un centro amenazado por cierre, solía leer más novelas de fantasía y, especialmente, tenía más paciencia con los libros de más de 350 páginas. Ahora mi cabellera ralea, vivo en otro continente, trabajo en un centro público con más de 2300 alumnos, prácticamente he dejado de lado la fantasía épica y, especialmente, he perdido la paciencia para leer cualquier libro que tenga más de 300 páginas.

Supongo que ya pueden imaginarse por dónde van los tiros de esta reseña.

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El rebaño, de César Mallorquí

Prospectivas

Prospectivas

En las faldas de los pirineos un perro, Brezo, mantiene la rutina que aprendió años atrás y pastorea un rebaño de ovejas. Día tras día, las saca del corral donde pasan la noche para llevarlas a los puertos. Mientras, a decenas de kilómetros sobre él, una IA de un satélite militar observa la faz del planeta e intenta recuperar el contacto con sus creadores. Ambos son los protagonistas de esta historia centrada en el último reducto de la civilización humana, extinta tras una epidemia global.

“El rebaño” es el relato más conocido de César Mallorquí, publicado en El círculo de Jericó y seleccionado tanto en La antología de la ciencia ficción española 1982-2002 como en la muy reciente Prospectivas. No lo considero su mejor pieza breve (“La pared de hielo” y “La casa del doctor Pétalo” me parecen todavía mejores), pero las tres veces que lo he leído me ha emocionado. Sus páginas están teñidas de un inexorable sentimiento de pérdida que gana momentum hasta explotar en un final que (me) deja con el corazón en un puño. Por los recuerdos que desencadena, por cómo enfoca el final de la civilización y por el encuentro que supone para sus protagonistas. Enormemente triste y, aunque parezca un contrasentido, luminoso.

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Diablos de polvo, de Roger Smith

Diablos de polvo

Diablos de polvo

Términos que el españolito de a pie puede mencionar cuando habla de Sudáfrica: mundial, apartheid, Nelson Mandela, la roja, zulúes, segregación racial, Iniesta, xenofobia, quizá el término bóer o a J. M. Coetzee, si es friqui Distrito 9, si le gustan las historias bélicas Rorke’s Drift o la batalla de Isandhlwana, Holanda (XD)… y poco más. Desarrollar cada idea, victoria de nuestra selección de fútbol aparte, es harina de otro costal.

A un servidor le vino bien la lectura hace un par de años de El factor humano, el libro donde John Carlin relataba cómo se las arregló Nelson Mandela para que la transición desde el apartheid al sistema democrático actual no fuera traumática. Cómo a través de las relaciones personales y con un símbolo como la selección de rugby, hizo trizas toda una serie de prejuicios que amenazaban con arrastrar a Sudáfrica al desastre de una guerra civil. Sin embargo aquel libro, un tanto errático en su comienzo, lleno de valores positivos y emoción en su desenlace, crea una visión distorsionada de la sociedad postapartheid. Una sensación realimentada por la adaptación de Clint Eastwood, Invictus, o la imagen edulcorada que transmitieron los periodistas deportivos durante el mundial de fútbol de 2010 (aunque si se ha leído a Coetzee ya hay un contrapeso importante; en mi caso gracias a la angustiosa La edad de hierro). Quizás por todo esto Diablos de polvo se me ha hecho todavía más terrible de lo que ya es. Esta es una novela negra que muestra el nulo valor que tiene una vida en aquel país. Sin destriparla, en sus 20 primeras páginas asesinan a un empresario mientras huye su amante, asesinan a esa mujer y a sus dos hijos pequeños en un accidente de carretera y uno de sus asesinos mata al otro; los primeros embates de una narración despiadada que no da cuartel.

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Poesía cruel, el crowdfunding de Es Pop

La editorial Es Pop se lanza al ruedo del crowdfunding. Una alternativa a la edición convencional obligada por las dificultades de mantener cualquier sello con ventas por debajo de los mil ejemplares.

He leído tres de los cuatro libros que forman la colección Valdemar/Es Pop y, aunque no he encontrado ninguno que me haya parecido absolutamente satisfactorio, me han ofrecido buen género con un acusado componente de serie B. Narraciones ágiles con mucha energía y protagonizadas por personajes carismáticos, en libros con un formato muy atractivo. Personalmente me gustaría tener la oportunidad de continuar leyendo títulos similares y por eso difundo por aquí esta iniciativa.

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Software, de Rudy Rucker

Software

Software

Cada vez que leo una obra cyberpunk de la primera etapa, cuando William Gibson, Bruce Sterling, Lewis Shinner, John Shirley y el resto de sospechosos habituales definían el movimiento relato a relato, novela a novela, echo un poco de menos no haberla vivido en directo. Aunque la sensación es que aquello terminó en agua de borrajas, quizás desde el momento en que muchos escritores, críticos y lectores encasillaron el cyberpunk en una serie de estereotipos que sólo eran una parte de las coordenadas iniciales, muchas de ellas conservan la energía, chispa, transgresión, de cuando fueron escritas. En el caso concreto de Software, publicada hace justo 30 años, el texto de cubierta trasera comenta que es una novela desquiciada cuya lectura resulta fascinante desde la primera página. Y es frenéticamente cierto.

En ese sentido Software recuerda mucho a la música punk. No solo en su formato conciso o en su tono salvaje, sino en su concepción descontenta con la ciencia ficción predominante de la época y la sociedad en que fue escrita, en pleno desembarco de las políticas económicas neoliberales en EEUU y Gran Bretaña. Aquí representadas, sobre todo, por una sociedad robótica lunar en la que el darwinismo social se lleva hasta las últimas consecuencias y se utiliza, por ejemplo, la inflación como técnica de selección “natural” para eliminar los elementos menos productivos. Algo que, más recientemente, hemos visto en la decepcionante In Time, aunque aquí los indigentes son condenados a otro tipo de muerte: son absorbidos por vastas mentes robóticas para terminar convertidos en meros apéndices.

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Cómo Minotauro recuerda a Ray Bradbury

El hombre ilustrado

El hombre ilustrado

Después del recuerdo de Ray Bradbury de la semana pasada, toca una de las actividades más amargas en las que reincido de vez en cuando: comprobar el tipo de editorial en que se ha convertido Minotauro.

Como comenté hace siete años cuando cumplió su 50 aniversario, Bradbury fue parte fundamental en su nacimiento. Como testimonio tenemos la entrevista que Julián Díez hizo a Paco Porrúa para el número 23 de la revista Gigamesh, de la que extraigo lo siguiente

¿Cómo llegaste a la ciencia ficción?

Por un medio totalmente ajeno al género. Leí un artículo en el año 1954 en Temps Modernes, la revista que publicaba por entonces Sartre, titulado “Qué es la ciencia ficción”. Para mi fue una sorpresa en un cierto sentido, pero sólo relativa: era como una continuación de lo que había leído en mi juventud, Verne, Wells, Poe, la literatura fantástica argentina… Busqué libros en Buenos Aires y encontré El hombre ilustrado, de Bradbury, que cumplió todas las exigencias que tenía como lector: estilo inspirado y adecuado, imaginación en los argumentos e incluso una ideología que me pareció atractiva. Ya en aquel artículo se trataba a la ciencia ficción como la literatura crítica y Bradbury seguía esa pauta, aunque luego el género la haya perdido en parte

(…)

Nos hemos desviado del tema de cómo te acercaste al género y creaste la editorial.

Después de Bradbury, leí a Sturgeon y Simak. Entonces trabajaba como redactor en una enciclopedia y sentía la necesidad de entrar de un modo más activo en el mundo de los libros. Conseguí un poco de dinero y contraté Crónicas marcianas, El hombre ilustrado, Ciudad y Más que humano (…).

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La tercera expedición (recordando a Ray Bradbury)

Ray Brabdury

Ray Brabdury

Ayer murió Ray Bradbury. Como ejercicio de recuerdo he releído “La tercera expedición”, uno de los primeros relatos Crónicas marcianas. Los tiene mejores (“Vendrán lluvias suaves”, “El ruido de un trueno”, “La fábrica”, “La ciudad”…) pero es el que mejor recuerdo de todos ellos. Su primera lectura me produjo un tremendo desasosiego.

Por si no lo recuerdan, “La tercera expedición” cuenta la llegada a Marte de una nueva oleada de astronautas al planeta rojo que, frente a lo que encontraron las dos primeras expediciones, se toparon un escenario del todo incomprensible: un paisaje poblado por sus memorias de juventud dominado por los lugares donde se criaron, los familiares que murieron años atrás, los objetos que habitaban su cotidaneidad… El medio oeste del primer tercio del siglo XX al que Bradbury consagró obras enteras como El vino del estío.

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Acero, de Todd Grimson

Acero

Acero

Venga, un tópico: Acero es una novela que se lee tan fácilmente como se olvida.

Otro menos frecuente: es una pena porque durante casi la mitad de su extensión parecía que no iba a ser así.

Ahora algo completamente suyo, personal e intransferible: esta historia urbana con vampiros, protagonizada por personajes dañados que se encuentran y construyen un santuario inestable, augura algo más que una presentación de personajes. Promete que los conflictos que plantea se van a resolver de una manera menos convencional que el aburrido duelo entre vampiro bueno y vampiro malo de su tramo final.

Sobra decir lo que ocurre.

El protagonista de Acero, curiosamente, no resulta manido. Para llevar la batuta de su novela Todd Grimson no elige a un vampiro sino a su siervo, Keith. El guitarrista de un grupo de cierto nombre caído en desgracia tras una relación destructiva y con él en un presidio venezolano con las manos destrozadas. Antiguo adicto a la heroína, Keith es el lacayo de Justine, una vampira con cientos de años a sus espaldas que no recuerda gran cosa de su pasado y completamente cautivada por él. Hasta el punto que ambos experimentan una atracción que transgrede el estereotipo vampiro-siervo hasta convertirlos en una pareja.

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