Mañana será tierra, de Alfredo Álamo

Mañana será tierra

Mañana será tierra

Esta es la segunda novela de Alfredo Álamo que leo, apenas unos meses después de Kobold. El señor de las cadenas; una historia de espada y brujería a mitad de camino de Howard y Moorcock cuyo disfrute es inversamente proporcional a las historias de esta temática que hayas leído. Con Mañana será tierra muestra una faceta más madura alejada de la mímesis al plantear un escenario, unos personajes y una voz más personales. Quizás su acabado sea un poco desigual, lejos de sus mejores relatos pero, sin duda, resulta más satisfactoria.

Mañana será tierra se inicia cuando Jaume, un militante comunista que huye de Cataluña en los estertores finales de la Guerra Civil, sobrevive de forma milagrosa a un disparo a bocajarro. Dado por muerto en una fosa común, consigue cruzar la frontera para ser internado en el campo de refugiados de Argelers, el lugar del Rosellón donde se hacinaron miles y miles de republicanos españoles a la espera que el gobierno francés decidiese qué hacer con ellos. Harto de la vida, entre el desánimo y un ligero hastío, observa al resto de reclusos con los ojos de un entomólogo. El relajo de las convenciones sociales, la explosión de las pequeñas miserias en un entorno tan reducido, el sexo como mecanismo de huida, la muerte aguardando a la vuelta del día… aparecen en su narración en primera persona junto a sus dudas y al distanciamiento de su pasado. Es la suya una historia crepuscular que, además, ofrece una mirada al abismo de los campos de concentración desde una óptica distinta a la habitual, donde parece haber escapatoria y la vida continúa a pesar de la derrota.

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Correr, de Jean Echenoz

Correr

Correr

No recuerdo el año olímpico (¿1992?) en que el segundo canal de Televisión Española programó un añejo documental que, en diversas entregas, relataba el auge de Paavo Nurmi, Abebe Bikila, Alberto Juantorena y otras glorias del atletismo. De todos ellos se me quedó grabado el nombre de Emil Zátopek, el único desportista capaz de ganar los cinco mil, los diez mil y la maratón en unas mismas olimpiadas. Un portento que dominó durante cerca de una década las carreras de fondo, acumulando récords como solo hacen los tiranos y que fascinó con su sencillez en los años más crudos de la guerra fría.

En este breve libro, Jean Echenoz hace un ejercicio de síntesis muy parecido a Relámpagos (posterior en el tiempo pero que he leído antes): en apenas centenar y medio de páginas desgrana los momentos clave de la biografía de Zátopek haciendo uso de unas elipsis brutales que prescinden de todo lo accesorio (años, nombres, referencias históricas explícitas…) para capturar la persona detrás del personaje. El enfoque es muy diferente ya que Zátopek carecía de la extravagante personalidad de Nikola Tesla; un héroe del proletariado hecho a sí mismo, vital, gris, convertido en icono de un sistema político que lo usaba a su capricho sin que él se rebelase.

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Cenital, de Emilio Bueso

Cenital

Cenital

Vivimos tiempos convulsos. No sólo por la concatenación de la macrocrisis económica, la degradación de nuestro estándar de calidad de vida, el progresivo aumento de las desigualdades sociales, la pérdida de confianza en la casta política que elegimos elección tras elección… A la vuelta de la esquina hay una serie de cuestiones que apenas se han tratado debido a todo el bagaje que llevan consigo y que se acercan inexorablemente.

Sirva de ejemplo cómo se ha tratado en España el tema de la energía nuclear y cómo se ha dilatado la gestión de los residuos de alta actividad que se producen en las centrales; 3 o 4 décadas de bidones acumulándose en piscinas junto a los reactores, o enviándose a Francia por un “módico” precio, sin que los que debieran haber solucionado el asunto se decidiesen a construir el almacén destinado a albergarlos hasta hace unos meses. Uno de esos melones que nadie quería tocar y que sólo se abrió cuando huir dejó de ser una opción. Pero ahora toca hablar de otro problema complejo y poliédrico, más acuciante y, por tanto, más obviado: el agotamiento del petróleo barato.

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William Gibson según Rodrigo Fresán

Mejor que te lo cuenten por encima es oírlo directamente, así que aquí está el vídeo de la entrevista de Rodrigo Fresán a William Gibson durante la Gutun Zuria de este año.

Gibson habla un inglés relativamente diáfano y se expresa con mucha lentitud, pensando cada palabra y midiendo sus expresiones como si tuviera entre sus labios un pie de rey. A poco inglés que sepan, no ofrece demasiadas complicaciones si no disponen de traducción simultánea (o, en este caso, de subtítulos en castellano).

(Nota: la conversación comienza en el minuto 24. Antes el periodista Philip Gourevitch, que no pudo llegar el día anterior por problemas en conexiones entre vuelos, relata un par de historias sobre su experiencia en Ruanda y cómo los secretos y las mentiras ayudan a sobrevivir a algo tan brutal como el genocidio).

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El escondite de Grisha, de Ismael Martínez Biurrun

El escondite de Grisha

El escondite de Grisha

Después del relativo éxito de sus dos anteriores novelas, Rojo alma, negro sombra y Mujer abrazada a un cuervo, premios Celsius 2009 y 2011 respectivamente, Ismael Martínez Biurrun da con El escondite de Grisha un paso más en una carrera que gana peso a cada nueva entrega. En ella explora una nueva fórmula narrativa sin sacrificar señas de identidad arraigadas como la solidez en la construcción de sus personajes, el cuidado en la elaboración del lenguaje o el sutil uso de los elementos genéricos para enriquecer la trama.

El escondite de Grisha está contada en primera persona por Olmo, un trabajador recién llegado a una biblioteca de Madrid donde conoce a Grisha. Un joven de poco más de diez años que mantiene un curioso ritual en sus visitas diarias. Olmo y Grisha inician una relación de amistad que les terminará conduciendo hasta Ucrania, el país de donde procede Grisha y en el que se encuentra un niño de su edad con el que mantiene una insólita conexión.

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William Gibson en Bilbao (y nueva jornada de la TerBi)

William Gibson

William Gibson

Hacía mucho que no leía a William Gibson. Después de la primera trilogía cyberpunk y de sus geniales relatos de Quemando cromo, no le pillé el gusto a Luz Virtual, lo abandoné… y casi hasta hoy. Digo casi porque hace unos años leí su ucronía steampunk escrita a cuatro manos con Bruce Sterling: La máquina diferencial. Una novela tan deslabazada como erudita especialmente indicada para interesados en la ciencia, la sociedad y la economía del siglo XIX.

El hecho es que hace unas semanas, Jacinto Antón entrevistó a Gibson para El País y me despertó las ganas por volver a leerlo. Tenía por aquí Mundo espejo, la última novela de Gibson traducida por Minotauro y primera de una nueva “serie” formada por País de espías e Historia cero. Como espero contar por aquí, me ha dejado un agradable sabor de boca. Con sus pequeñas taras, es un thriller que se mueve en los intersticios de la sociedad de consumo en los momentos previos a la gran crisis económica de los últimos años. Y, lo que resulta todavía más interesante, describe el motor de la internet 2.0 cuando esta apenas estaba empezando a moverse.

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Zarandeando a Christopher Priest

Christopher Priest

Christopher Priest

Menuda se ha liado después que Christopher Priest publicase en su blog su opinión sobre la lista de finalistas del premio Arthur C. Clarke de este año. Si no está al tanto de la polémica, y no puede (o no le apetece) leer sus palabras, su reflexión se sustenta en dos ideas

  • Las novelas seleccionadas le parecen terribles, pobres, un refrito de ideas y formas. Representan un tipo de ciencia ficción acomodada, alejada de la ambición, habilidad y acabado literario que debería premiar un galardón literario.
  • 2011 ha sido un año pobre para la ciencia ficción y el jurado no sólo ha apostado por lo seguro sino que, también, ha olvidado obras más arriesgadas que se han quedado fuera.

Las reacciones han sido numerosas. Pat Cadigan habla de frustración personal y alude a que siempre hay obras que uno aprecia como maestras que quedan fuera de la fase final. John Scalzi sugiere que sea jurado en la próxima edición. Jeff VanderMeer… Quien más se ha extendido con las razones que le han podido llevar a escribir este texto ha sido el columnista de The Guardian Damien G. Walter, desporporcionadamente duro al entrar de lleno en un juicio de intenciones muy desmedido. Sugiere un ataque de ego después que su última obra, de larga y compleja gestación, The Islanders (La separación, su anterior novela, es del año 2002), haya quedado fuera de los finalistas del premio Arthur C. Clarke; que después de toda una vida intentando ser J. G. Ballard no ha logrado dicho estatus; que no ha sido capaz de insuflar su alma a su obra; alude a su tradicional problema: siempre cerca de la literatura mainstream pero sin formar parte de ese mundo.

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Extraterrestre, de Nacho Vigalondo

La desproporción hecha blurb

La desproporción hecha blurb

Tremenda decepción me llevé el sábado con Extraterrestre, la película de Nacho Vigalondo estrenada hace una semana. No es sólo que disfrutase mucho más con Los cronocrímenes, un film que apostaba sin ambages por el género como mecanismo para contar historias… Venía empujada con mucho viento limpio: (cierto) éxito en varios festivales, una promoción bastante inteligente, opiniones muy positivas el día del estreno… Pero me resulta difícil compartir ese entusiasmo que ha despertado.

Parto de la base que percibo en Extaterrestre un déficit, bien de dirección de actores, bien de casting, que neutraliza o impide la química que debiera existir entre la pareja protagonista. Además Michelle Jenner tiene todavía mucho que aprender sobre el arte de la actuación, al menos en el campo de la comedia. Sosa, a ratos rozando lo hierático (eso sí, abriendo los ojos y la boca cuando se tercia), no trasmite emociones, como si se hubiera quedado atorada en la primera fase que atraviesa su personaje, Julia, incómoda ante la presencia en su piso del “extraterrestre” del título: Julio (Julián Villagrán). Bastante más entonado como el intruso torpe, pasmado y liante que, un domingo a media tarde, despierta fuera de lugar para descubrir que Madrid ha sido evacuada tras la llegada de una gigantesca alienígena. Obviamente, se hace complicado entender la atracción que surge entre ambos, más allá de lo que haya ocurrido la noche anterior (y que ninguno de los dos aparentemente recuerda), lo que lastra la parte de comedia romántica que pretender ser Extraterrestre.

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La tierra silenciada, de Graham Joyce

La tierra silenciada

La tierra silenciada

Una pareja inglesa, Zoe y Jake, está de vacaciones en una estación en medio de los Pirineos franceses. Mientras esquiaban a primera hora de la mañana en unas pistas desiertas, un alud sepulta a Zoe y queda enterrada boca abajo. Jake consigue rescatarla y ambos se dirigen hacia su hotel para encontrar que está tan vacío como el resto del pueblo. Inquietos por dónde estará la gente, no le dan más importancia hasta que, a las pocas horas, descubren que no pueden abandonar el lugar: aparece una niebla que está a un tris de conducirles a un precipicio; se dirigen con los esquís en una dirección y, tras unas horas, retornan al punto de partida… Este es el misterio que mueve La tierra silenciada.

Las primeras cien páginas que relatan esta sinopsis se hacen un tanto innecesarias: no contribuyen a enriquecer lo que el lector intuye de la situación ni apenas desarrollan los personajes. Ambos quedan definidos a través de su comportamiento sin enseñar casi aristas, hasta el punto que muestran una escasa reacción ante lo insólito. Más preocupante resulta que en una atmósfera como la que se presenta no surjan conflictos entre ellos. Estamos hablando que una pareja se queda varios días en la más absoluta soledad, sometida a un estrés brutal, con una rutina cotidiana enervante rota por hechos inusuales… En este panorama, La tierra silenciada está más cerca de una versión esotérica de Robinson Crusoe que de Dos en la carretera, condensada en un microescenario y a lo largo de unos pocas jornadas. También es cierto que aparecen un par de cuentas pendientes del pasado, pero todo lo demás se circunscribe al lánguido paso de los días y los pequeños cambios que observan a su alrededor.

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Spin, de Robert C. Wilson

Spin

Spin

Llevábamos bastante tiempo sin leer una novela ganadora del premio Hugo que hubiese sido recibida con tantos parabienes. De hecho Spin es la más clara candidata a mejor novela de ciencia ficción “clásica” aparecida en la última década y la consagración de un autor, Robert C. Wilson, que ya había apuntado su potencial con sus anteriores obras de la que ésta se puede considerar una progresión argumental. A excepción de Nómadas, todas las traducidas tienen como telón de fondo grandes acontecimientos que alteran la vida de una comunidad –Mysterium, Testigos de las estrellas– o, a mayor escala, el planeta –Darwinia, Los cronolitos–, y a ellos se enfrentan una serie de personajes que experimentan el cambio en sus propias carnes y/o a través de sus seres queridos. Mientras, fluctuando entre el primer y el segundo plano, encontramos un gozoso sentido de la maravilla que impregna el conjunto y da un sabor singular a la narración.

En Spin la Tierra es encapsulada dentro de una esfera opaca que oculta las estrellas y la separa del fluir natural del tiempo en el Universo –en su interior unos pocos segundos equivalen a un año en el exterior–. Eso le permite a Wilson jugar con enormes escalas de tiempo mientras mantiene unos mismos personajes protagonistas para facilitar que el lector pueda empatizar con la historia. Además toca, sin solución de continuidad, el viaje espacial a otros planetas, su terraformación, el encuentro con otras especies, la nanotecnología, la inmortalidad… un cocktail desplegado con una homogeneidad muy difícil de conseguir que guarda un sutil equilibro entre macrohistoria y microhistoria.

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