El arte de Canción de Hielo y Fuego

El arte de Canción de Hielo y Fuego

El arte de Canción de Hielo y Fuego

Durante el mes de Julio de este año George R. R. Martin visitó España en una gira triunfal que le llevó a Madrid, Barcelona, Gijón, Málaga… Durante todas sus apariciones públicas exhibió una inmensa cercanía en su contacto diario con los miles de lectores que lo siguieron. Como los lentos designios de su editorial iban a dejar este acontecimiento sin una novedad que poder presentar a su lado, en Gigamesh pusieron en marcha la creación de un volumen centrado en las imágenes que ha creado Corominas entorno Canción de Hielo y Fuego. Un trabajo gráfico de seis años que ha evolucionado bastante y que queda aquí recogido en las mejores condiciones posibles.

El arte de Canción de Hielo y Fuego recoge las ilustraciones realizadas para las diferentes ediciones de los libros: las cubiertas de las primeras ediciones y las posteriores reediciones en tapa blanda y en tapa dura, las ilustraciones de los personajes más importantes que se pueden encontrar en estas últimas, las cubiertas que se utilizaron en los adelantos que se regalaron por el día del libro, multitud de bocetos que ha utilizado durante el proceso… Como acompañamiento se incluyen una serie de textos redactados por Álex Vidal, el propio Corominas o el editor, Alejo Cuervo, que dan coherencia al conjunto y centran el recorrido a través de los personajes, los lugares, las casas o las criaturas. Una serie de epígrafes que conducen el lector a través de los diferentes estilos que ha trabajado el ilustrador vallisoletano para representar la obra.

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Caballeros de Viriconium, de M. John Harrison

CaballerosdeViriconium.jpegPoco después de publicar Luz a finales de 2003, Bibliópolis recuperó del olvido una de las obras más significativas de la bibliografía de M. John Harrison, inédita hasta el momento en español: la conocida como secuencia de Viriconium. Tres novelas y un puñado de relatos sin una «fuerte» conexión argumental que despliegan un lugar narrativo tan singular como arrollador. Sin embargo, a pesar de que la obra venía con inmejorables referencias y se podía situar en un nicho temático bastante demandado –en el año y medio anterior Canción de hielo y fuego, La saga de Geralt de Rivia o La espada de fuego habían pegado ««pelotazos» de ventas–, no despertó mucho interés, más bien al contrario. Y resulta extraño.

Al menos este Caballeros de Viriconium, leído cuatro años después, ofrece lo mismo que otras novelas de fantasía muy del gusto del lector medio de este tipo de narraciones. Incluso, ante la ausencia del mercado en aquel momento de las novelas del Campeón Eterno de Michael Moorcock en sus diferentes encarnaciones, agotadas hacía una década, era de esperar que concitase una mayor atención. De hecho la novela que ocupa 150 de sus páginas, “La ciudad pastel”, es en muchos momentos un calco de la fantasía heroica escrita por el mítico editor de New Worlds y creador del concepto de Multiverso.

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El vuelo del dragón, de Anne McCaffrey

El vuelo del dragón

El vuelo del dragón recoge cuatro novelas cortas interrelacionadas que, en su momento, tuvieron bastante repercusión en el mundo de la ciencia ficción estadounidense. Hasta el punto que las dos primeras, “La búsqueda del weyr” y “El vuelo del dragón”, ganaron, respectivamente, los premios Hugo y Nebula a la mejor novela corta de los años 68 y 69. Fueron el inicio de una serie formada por una veintena de libros, entre novelas y colecciones de cuentos, que en España comenzó a publicar Acervo a finales de la década de los 70. Roca Editorial ha recuperado el primero de ellos manteniendo la traducción original de José María Aroca que, es justo reconocerlo –como la mayoría de los libros de la época publicados en colecciones de género–, necesitaba un lavado de cara.

Pern es un planeta periódicamente invadido –más o menos cada dos siglos– por unas esporas que, si germinan, arrasan con toda la vida que exista a su alrededor. En el pasado su continente central fue devastado por estos seres mientras que en el hemisferio norte se ha evitado la tragedia gracias a los jinetes de los dragones; un grupo organizado al que rinden tributo los señores de los distintos fuertes en los que se divide el territorio y que se mantiene activo aguardando la siguiente oleada de esporas. Sin embargo la última vez que éstas debían aparecer no lo hicieron y el tiempo ha desempeñado su rol con suma eficacia: muchas costumbres que realizan han perdido su sentido inicial, casi todos los weyrs –las fortalezas de los jinetes– fueron abandonados, el número de dragones ha menguado hasta el punto que parece difícil repeler una nueva invasión y la orden y su relación con los habitantes de Pern se ha erosionado hasta el punto de ruptura.

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El rebaño ciego, de John Brunner

El rebaño ciego

El rebaño ciego

Leer El rebaño ciego en los inicios del siglo XXI supone un viaje un tanto paradójico. Nos desplaza a comienzos de la década de los setenta cuando la ciencia ficción vivía uno de sus períodos más efervescentes y se estaba ante una revolución que, en apariencia, la iba a sacar del ostracismo en el que había vivido. Un momento en el que un grupo de autores aplicó técnicas hasta entonces no utilizadas dentro del género y se acercó a una serie de temáticas que apenas se habían tocado. Pero, también, nos encontramos con una novela que apenas ha envejecido y no aqueja el paso del tiempo, algo que sí ha ocurrido con Órbita inestable. De ahí que haya que felicitar al Grupo AJEC y a su editor, Raúl Gonzálvez, su apuesta por reeditarla justo cuando el mercado de ciencia ficción apunta claramente hacia obras o reediciones más «fáciles» en las que resulta prácticamente imposible encontrar el compromiso, la lucidez y la inteligencia de las que Brunner hizo gala en estas páginas.

Situada en un futuro a muy corto plazo, El rebaño ciego se estructura en doce capítulos que, de Diciembre de un año hasta Noviembre del año siguiente, tocan las vidas de una miríada de personajes que abarcan de un agente de seguros a punto de caer en desgracia a un multimillonario que ha creado un imperio a partir de un alimento hidropónico, pasando por una periodista con conciencia social, otra que sólo busca el escándalo, un observador de la ONU en tierra extraña, un policía, un médico… Personajes que, como se espera, mantienen poca o ninguna relación entre sí para, a medida que transcurre el año y se precipitan los acontecimientos, comienzan a cruzarse entre sí, casi siempre de una manera fugaz.

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El hombre vacío, de Dan Simmons

El hombre vacío

El hombre vacío

Tras el éxito de sus últimas novelas de ciencia ficción, Ilión y Olimpo, era de esperar que Nova siguiese apostando por la obra de Dan Simmons. De ahí que en abril de este año se publicase El hombre vacío, si no me equivoco la única obra de ciencia ficción pendiente de traducción y con un cierto renombre debido a lo «inusual» de su temática: la telepatía. Un concepto que, tras su edad de oro en los años 40 y 50 –de la mano de escritores como Henry Kuttner, Alfred Bester, Isaac Asimov o Theodore Sturgeon–, y alcanzar su culmen a comienzos de los setenta con Robert Silverberg y Muero por dentro, había caído en el olvido –a pesar del uso que de ella han hecho otros autores como Marion Zimmer Bradley o, de nuevo, Isaac Asimov–. Muchas expectativas que, parcialmente, terminan en agua de borrajas: además de no aportar nada nuevo, las dos secuencias en las que se divide la novela no quedan del todo conjuntadas.

Jeremy Bremen es un profesor universitario que acaba de perder a su mujer, Gail. Ambos compartían una cualidad, la telepatía, que les había permitido conocerse y comprenderse con una profundidad mayor que cualquier otra pareja. Desolado y sin ganas de vivir, corta con su trabajo, quema su casa, se deshace de su pasado y se refugia en un pantano de Florida para aislarse de lo que denomina neurocháchara, los pensamientos de los que le rodean, un caótico ruido de fondo del que se había librado junto a Gail y que, sin ella, amenaza con volverle loco. Cuando apenas han pasado tres días y está a punto de suicidarse, se topa con Vanni Fucci –el primero de los numerosos guiños a la Divina Comedia–, un mafioso de tres al cuarto que se está deshaciendo de un cadáver y que, al ser descubierto, se lo lleva para que un compañero con menos escrúpulos lo mate. Ahí comienza un descenso a los abismos de la condición humana que le lleva a recorrer medio país y a descubrir algunas respuestas a cuestiones que le preocupan desde hace años.

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El privilegio de la espada, de Ellen Kushner

El privilegio de la espada

El privilegio de la espada es la segunda novela que traduce Bibliópolis de Ellen Kushner. Una narración más extensa situada en el mismo universo creativo que A punta de espada que proporciona el aliciente de ver dónde y cómo se encuentran sus protagonistas varios lustros más tarde sin ahuyentar a los nuevos lectores: se puede seguir sin necesidad de haberla leído. Una circunstancia que no es baladí en estos tiempos de series que no bajan de los tres libros. Su punto fuerte, la característica que la diferencia del resto de obras en el mercado y le dota de su propia personalidad propia, es su condición de novela de aventuras especialmente indicada para el público femenino juvenil. No se me entienda mal; los que disfrutaron con A punta de espada seguro que también lo harán con El privilegio, y aquellos que busquen un relato que mezcle romanticismo, intriga palaciega y crecimiento interior encontrarán aquí una interesante piedra de toque. Pero hay una serie de características que orientan El privilegio de la espada hacia un determinado tipo de lector, que tendrá bastante fácil empatizar con su protagonista. Una adolescente llamada Katherine Talbert.

Katherine vive junto a su madre y su hermano en una hacienda en el campo, pero se ve obligada a dejarlos debido a un antiguo pleito con su nuevo tutor, el duque de Tremontaine. «Maniatada», viaja a la ciudad con la ilusión de, a su sombra, hacer realidad el sueño de la mayoría de adolescentes de su edad: una vida de amigas de alta alcurnia, lustrosos vestidos, fiestas espectaculares, su primer romance… Sin embargo en cuanto llega a su destino descubre que su tío el duque le ha preparado un modus vivendi diametralmente opuesto; la viste con ropa de chico, la aleja de la «buena» vida y comienza a entrenarla en el uso de la espada. Un arte reservado a unos pocos hombres que dirimen las cuestiones de honor entre los nobles. Al comienzo se rebela contra su situación pero poco a poco… en fin, ya se imaginan.

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Los propios dioses, de Isaac Asimov

Los propios dioses

Los propios dioses

Tras cerca de veinte años abonado a la ciencia ficción aún no había leído la que está considerada como la obra maestra de Isaac Asimov, uno de esos libros que «tienes que leer si quieres descubrir lo mejor que la ciencia ficción puede ofrecer». Una novela que significó el retorno de su autor al primer plano del género en un momento crucial de su historia: una encrucijada en la que gran parte de lectores y editores dieron la espalda a la nueva ola para echarse en brazos de la tradición, personificada en escritores como Larry Niven, Arthur C. Clarke, Poul Anderson… o el propio Asimov.

¿Y qué he encontrado? Un texto que en dos terceras partes ya era añejo cuando se publicó, y un tercio que, independientemente de los peros que se le puedan poner, sigue vigente y justifica la lectura de la novela. Como pueden suponer quienes la hayan leído, ese fragmento es el que se presenta bajo el encabezamiento de “Los propios dioses”. Una narración que penetra en un universo paralelo donde tres seres complementarios se enfrentan a una crisis que amenaza la existencia de otras realidades, mientras concilian los problemas que surgen durante su convivencia.

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Metropol, de Walter Jon Williams

Metropol

En un planeta con una superficie urbanizada por completo donde una barrera impide escapar al espacio, el plasma se ha convertido en la energía que alimenta la civilización; una sustancia con propiedades sobrenaturales que emana de las construcciones y puede ser controlada para conseguir aquello que se desee. Sin embargo su acceso está limitado por La Compañía del Plasma, una entidad que monopoliza su extracción, distribución y uso. Los intentos de quebrantar ese dominio son castigados con penas severas y, aunque hay un mercado negro, el riesgo resulta demasiado alto. Tras un incidente en el que un uso ilegal de plasma ha producido varios muertos y una considerable destrucción, una funcionaria que trabaja para la Compañía, Aiah, descubre un depósito desconocido. Ante ella se plantea el dilema de si debe notificar su posición o, por el contrario, ocultarlo y sacarle todo el partido que su vida le ha negado. Aiah pertenece a los barkazil, una minoría étnica con escasas posibilidades económicas, y no ha podido estudiar la «magia» que posibilita el manejo de plasma. Jugándose su futuro a una carta, toma la opción b) e inicia un nuevo rumbo vital que le devuelve la ilusión que había perdido.

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Jitanjáfora, de Sergio Parra

Jitanjáfora

Jitanjáfora

En estos tiempos de publicación masiva las novelas, si desean mantenerse fieles al espíritu de este término, tienen que aportar alguna novedad –conceptual, formal, retórica, tonal,… – que justifique su toma consideración. Ante esta premisa, no me cabe la menor duda que Sergio Parra ha conseguido con Jitanjáfora algo al alcance de muy pocos: convertir su lectura en una experiencia fresca y estimulante; un genuino punto de ruptura con el discurso dominante en el fantástico español, por no decir europeo o estadounidense, que la aleja de sus corrientes principales para abrir su propio camino. La cuestión a dilucidar es si las licencias que se toma a lo largo y ancho de sus 260 páginas, a veces de forma justificada para favorecer la coherencia interna de la obra, otras me temo que no tanto, son o no razonables y recomiendan su lectura. Vayamos a ello.

Jitanjáfora arranca al más puro estilo el héroe de las mil caras: un perdedor, Conrado Marchale, toxicómano al borde del arroyo sin excesivas esperanzas de rehabilitación, accede a responder, por una módica cantidad de dinero, un cuestionario que le propone  una carta sorprendente. Las preguntas, un presunto sondeo de mercado, resultan tan extravagantes como ¿Qué edad cree tener?, ¿Quién de estos personajes históricos cree que fue una persona inteligente? o ¿Cuál ha sido, a su parecer, la experiencia más traumática que ha padecido en su vida? Y no lo hace nada mal pues casi al instante le ofrecen participar durante un mes en una prueba a realizar en una granja en el campo y que se convierte en un punto de inflexión: pasar dos meses y medio conviviendo con los diferentes animales de corral, metido en sus mismos habitáculos, compartiendo su comida, manteniendo su misma higiene,… alteran la vida de cualquiera. Todo forma parte de un proceso de desprogramación controlado por una sociedad secreta de magos que pretende modificar su percepción de la realidad y explotar sus cualidades singulares.

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Starplex, de Robert J. Sawyer

Starplex

Starplex

El espacio: La Frontera Final. Estos son los viajes de la nave espacial Enterprise. Su misión durante los próximos 5 años: encontrar nuevos mundos. Descubrir nuevas vidas y nuevas civilizaciones … Atreverse a ir a donde nadie ha llegado antes

Ésta es la entradilla que servía de preludio a cada episodio de la serie original de Star Trek y que, con las correspondientes variaciones, ha sido el motor argumental de dicha franquicia desde su inicio hace ya cuarenta años. Una serie de televisión que ha trascendido el medio para convertirse en un icono pop, reverenciado hasta la idolatría, desmontado con saña, parodiado una y otra vez. Desde el ambiente más literario de la ciencia ficción, aunque ha contado con un importante número de seguidores, generalmente se ha visto como una banalización de muchos de sus temas y un retorno a la ciencia ficción más pulp de los años 30 y 40, incluidos un cuidado mínimo de los aspectos científico-tecnológicos del argumento y una estética hortera difícil de tragar más allá del entorno aficionado. Starplex se puede ver como una respuesta a esta circunstancia. En ella, uno de los escritores más fieles a la tradición norteamericana del género, Robert J. Sawyer, abordó –a mediados de los años 90– una actualización de estas historias de exploración espacial, quitándole cualquier reminiscencia camp y aportando su habilidad para divulgar ideas en la frontera de la ciencia del momento. Una obra en clave eminentemente positiva, antropocéntrica y filotecnológica que, creo, funciona como lo que es: una aventura de Star Trek sin los personajes de la Entreprise –aunque aquí es posible que me esté columpiando porque, la verdad, apenas conozco las películas; es lo que tiene haber vivido en una comunidad sin televisión autonómica–.

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