Nos mienten, de Eduardo Vaquerizo

Nos mientenLa primera novela indignada de la ciencia ficción“. “Una distopía indignada cuyo futuro podría ser el nuestro“. “Un grito de auxilio desde el mañana“… Estas son algunas de las frases utilizadas para promocionar Nos mienten, la última novela publicada de Eduardo Vaquerizo. Sin querer entrar en polémicas estériles sobre la idoneidad de ciertas etiquetas, una vez más los chicos de marketing de Fantascy exhiben su oportunismo a la hora de colocar el producto exacerbando alguna de las características de la obra hasta ponerlas por delante de otras mucho más relevantes. Aun con su componente de crítica social, Nos mienten es un inconfundible thriller de futuro cercano donde la resolución del misterio planteado en las 50 primeras páginas y la acción derivada de ello lo son todo. Del olvido de obras anteriores escritas desde una óptica similar mejor no hablar. En esa carrera sin freno hacia la venta de un producto único, pionero, original, exclusivo… la honestidad ocupa su lugar en el gallinero, justo entre la mesura y el (re)conocimiento.

Por citar una de las muchas historias con las cuales comparte base, Nos mienten empieza a crecer con los mimbres de El fugitivo: a mediados del presente siglo una guardaespaldas a sueldo de una de las familias al mando de España (y Europa; y el mundo), los Ramoneda, es acusada de un crimen que no ha cometido. Perseguida por sus antiguos compañeros dentro del servicio de seguridad, se ve obligada a huir por su vida para, más tarde, indagar cómo ha llegado a esa situación. Manipulada por un poder superior, ayudada por fuerzas en el margen del sistema, se descubre en medio de un plan destinado a mantener el status quo global por los siglos de los siglos detrás del cual se encuentra esa oligarquía obsesionada por perpetuarse como dueños del corral.

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Los tres, de Sarah Lotz

Los tresHay libros que resultan más atractivos cuando te los cuentan que cuando los lees. Un ejemplo reciente sería Ascensión, de Tom Perrotta. El día a día de unos personajes bajo las secuelas de un acontecimiento inexplicable y enfrentados a un vacío que han sido incapaces de llenar. Cuando le cuentas a alguien su argumento tiene mucho mejor pinta que cuando lo descubres por ti mismo. Hasta el punto que podría estudiarse en cualquier taller literario como paradigma de cómo no contar una historia. Sin llegar a ese extremo, Los tres es otro ejemplo de sinopsis muy por encima de la narración. Aunque en esta ocasión su autora, Sarah Lotz, exhibe un cierto talento, al menos en su construcción.

En sus casi 600 páginas, Lotz enhebra múltiples textos para relatar los sucesos más relevantes alrededor de los tres niños supervivientes de cuatro accidentes aéreos ocurridos de manera casi simultánea en diferentes lugares del globo. Cada pocas páginas engarza entrevistas, confesiones a un magnetófono, registros de chats, cartas, secuencias de tweets, informes oficiales… de un buen número de personajes y lleva al lector a través de los hechos más asombrosos y controvertidos desencadenados por los catástrofes. Los primeros casi siempre alrededor de los niños, se abordan como si fueran tres dramas de géneros diferentes. Sin duda son lo más sugerente del libro, muy especialmente el relato del superviviente japonés. Al punto exótico del país del sol naciente le añade que sea hijo de un diseñador de robots con apariencia humana, una “curiosidad” integrada en la trama para potenciar la extrañeza de una historia ya de por sí insólita. Mientras, el resto de escenas se centran en cómo una parte concreta de la opinión pública acoge el enigma alrededor de los supervivientes.
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Luna de casino, de Peter Blauner

Luna de casinoAtlantic City siempre me ha parecido el primo poligonero de Las Vegas. Frente al glamour, el oropel, las actuaciones estrella o los combates del milenio, la ciudad de New Jersey apenas puede ofrecer cuarto y mitad de lo mismo, envuelto con toneladas de polipiel y martelé de colores estridentes. Atrae tu atención como lo hacen los mafiosos de las películas de Scorsese en una rueda de reconocimiento codo con codo con la estirpe de fantasía creada por Mario Puzo y Francis Ford Coppola para los Padrinos. Quizás por ese punto descastado me ha resultado tan seductor en el campo de la ficción.

Anthony Russo es el hijo adoptivo de uno de los mafiosillos del depauperado submundo de Atlantic City a comienzos de los 90. Sin demasiado éxito ha intentado mantenerse alejado de los asuntos de su padrastro, hombre de confianza de un capo venido a menos. Sin embargo no ha logrado sacar la cabeza con su pequeña empresa de construcción y, de manera irreversible, se ve empujado hacia sus negocios. Parece que pintan bastos hasta que se abre ante él una oportunidad: un antiguo campeón de boxeo quiere retornar a la primera línea y necesita un promotor para hacer valer sus intereses ante un futuro combate por el título. Es el negocio soñado para terminar de una vez con sus deudas y servidumbres. Convertirse en un ciudadano respetable.

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La fortaleza de la soledad, de Jonathan Lethem

La fortaleza de la soledadCapturar el espíritu de un tiempo y un lugar de la historia de EE.UU.; reflejar el modo de vida de unos personajes, vehículo de las ideas de ese momento concreto; condensar las transformaciones que se produjeron y cómo catalizaron la sociedad hacia una nueva etapa;… Escribir la gran novela americana. Una de esas etiquetas a las que se acude para describir cualquier historia en dos patadas y, para qué negarlo, uno de los propósitos de Jonathan Lethem en La fortaleza de la soledad. Evocar el Brooklyn de los setenta, un hervidero de minorías mayoritarias en plena vorágine del cambio sociocultural. La época en la cuál la heroína y la cocaína tomaron las calles de la ciudad y el soul y el rhythm & blues dieron paso a la música disco y el funk. En la primera mitad de La fortaleza de la soledad suena, se huele, se siente ése Brooklyn antes de que fuera sepultado por las toneladas de dólares y gente “de bien” tras su gentrificación. Particularmente en una serie de fragmentos en presente donde el lenguaje utilizado por Jonathan Lethem, expresivo, colorista, atrapa un microcosmos tan expresivo como auténtico.

No obstante, por encima de este nivel de lectura se alza el relato de crecimiento personal de Dylan Ebdus. El chaval mediante el cuál Lethem observa todo lo anterior y cuya vida queda moldeada por las calles de Brooklyn y acontecimientos como la huída de su madre, Rachel, cuando apenas era un niño; una ausencia convertida en presencia a través de unas postales sin sentido que recibe por correo. Ahí queda cristalizada la relación con su padre, Abraham, un pintor al que la necesidad de sacar adelante a su hijo le fuerza a buscar el sustento como ilustrador de cubiertas de libros de ciencia ficción; un sacrificio que no le lleva a abandonar la creación de una película que colorea manualmente fotograma a fotograma. Día tras día, mes tras mes, año tras año.
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Españopoly, de Eva Belmonte

EspañopolyEn esta España post 15M los escándalos de corrupción se suceden a un ritmo tal que el descubierto hace dos semanas parece del siglo pasado. Ante este panorama, asuntos como ver a Esperanza Aguirre cobrando más de 300000 € al año por fichar talentos para una empresa privada se antoja una nimiedad. Después te pones a pensar sobre ello, lo que cobraba por cada columna que entregaba al ABC… y la sangre alcanza el punto de fusión. En un contexto de devaluación salarial la tipa al frente del partido político en la tercera comunidad con más casos de corrupción en la última legislatura, en su mayoría del suyo, cobre tal cantidad de, es necesario repetirlo, una empresa privada… O, al menos, tan privada como suelen serlo en España, con una parte nada desdeñable de ellas beneficiándose del dinero procedente de los innumerables contratos firmados con las administraciones a través de procedimientos bien ajenos al escrutinio del público, bien estrellas durante un par días en unos medios de comunicación obligados a desplazar el foco de atención de escándalo a escándalo. Cualquier visión de conjunto se desvanece en la guerra de guerrillas del día a día, de ahí lo necesario de visiones de conjunto como la aportada por Españopoly.

Tanto su título como su diseño remiten a ese juego clásico en el cual se nos educa en las reglas del capitalismo: pagar a la banca religiosamente para continuar la partida, hipotecarte para mantener la ilusión de un futuro autónomo, sangrar a los otros jugadores mientras se evita ser sangrado… Todo tan inocente o intencionado como se desee. Sin embargo, si se observa la vistosa cubierta que lo acompaña, se han cambiado las casillas habituales por otras adaptadas a los ocho capítulos en los cuales se divide. Ocho apartados en los cuales Eva Belmonte ofrece las claves de un juego en el cual los simples mortales participamos, consciente o inconscientemente; como meros observadores.

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El último teorema, de Arthur C. Clarke y Frederik Pohl

El último teoremaEs curioso cómo ciertos autores de ciencia ficción, en el otoño de sus carreras, han vuelto su mirada hacia el juvenil. Tipos de 60 años o más escribiendo aventuras espaciales con protagonistas en plena edad del pavo orientadas fundamentalmente a lectores en formación. De las que he podido leer, quien mejor parado salió fue ese verso suelto llamado John Varley. Con Trueno rojo homenajeó las historias juveniles de Heinlein con un grupo de chavales y el sabio misántropo de turno salvando desde la iniciativa privada a unos EEUU a punto de perder la carrera espacial a Marte; el sueño húmedo de cualquier seguidor de FOX News aficionado a la ciencia ficción. Su éxito habla por sí solo: en EEUU acaba de publicarse su cuarta entrega. En la esquina contraria pondría a Joe Haldeman y su Rumbo a Marte. El inicio de una trilogía de nuevo con pretensiones Heinleinianas sobre la que ya me despaché en Prospectiva; en parte por caer en moldes narrativos tan viejos para los lectores neófitos como endebles para los más experimentados.

No creo que un autor tenga que tener veintipocos años para escribir una buena novela juvenil. Pero si va a situar como vehículo de su historia a jóvenes actuales o de un futuro cercano, es obligado un esfuerzo para lograr unos personajes que, demasiadas veces, terminan como una visión idealizada de la juventud… de hace tres o cuatro décadas. Lo menos. Este, uno de los problemas clásicos de una parte de las novelas destinadas a los programas escolares y que tiene a Gonzalo Moure como máximo exponenete, es uno de los males que aqueja a este El último teorema. Casi diría que el menor de una obra que he sido incapaz de terminar.

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Influencia, de Ramsey Campbell

InfluenciaEn la tertulia de Santander hemos montado un anárquico club de lectura. Cada uno o dos meses seleccionamos un nuevo título fácil de conseguir, en librerías, bibliotecas u otros medios. Así cualquiera puede hacerse con él y participar en el pequeño debate de la siguiente tertulia. A mediados de Abril, acercándose el verano y el festival Celsius, nos decantamos por uno de los escasos nombres entonces confirmados: Ramsey Campbell. Uno de los saldos más recientes de La Factoría, reedición del premio Británico de Fantasía en 1989. Todavía no sé si mi opinión está en minoría porque retrasamos el debate hasta Junio, pero he quedado bastante satisfecho con la elección.

Parto de la base que Influencia no es el colmo de la originalidad. Campbell escribe una narración mil veces vista: el intento de una fuerza sobrenatural por poseer a una niña pequeña y vivir de nuevo a través de ella. Rowan es la hija de un matrimonio con problemas económicos pretendida por su tía abuela, Queenie, una mujer excéntrica con un fuerte ascendiente sobre toda su familia. Arrastra una intrahistoria de la cual no se habla y apenas se vislumbra en pequeños fragmentos encerrados en conversaciones desperdigadas a lo largo de la novela. Una serie de temas de los cuales los más cercanos saben y hablan de manera críptica, con multitud de silencios y sobreentendidos, para cabreo (y curiosidad) de los observadores ajenos.

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Los amigos de Eddie Coyle, de George V. Higgins

Los amigos de Eddie CoyleEl título de Los amigos de Eddie Coyle es deliciosamente ambiguo. Afirma bien la naturaleza coral de la novela. Ahí están los atracadores de bancos en plena etapa de preparación de varios golpes; un traficante capaz de conseguir, con el tiempo necesario, cualquier arma; un agente federal a la caza de un gran caso; un barman que pone velas a dios, el diablo y los tristes mortales; y, entre ellos, Eddie Coyle, el nexo. Un criminal de poca monta, intermediario en pequeñas operaciones y dispuesto a traicionar a alguno de los anteriores con tal de no entrar en prisión para cumplir una pena por tráfico de alcohol. Es ahí donde emerge la sutil anfibología del título; amigos, lo que se dice amigos, no hay. Tal y como queda claro desde el primer capítulo, son medios para conseguir sus fines, Y saben guardarse las espaldas. De ello dependen su libertad o, si no juegan bien sus cartas, su salud.

Mediante capítulos breves, Higgins prescinde de la mayor parte de pasajes descriptivos o narrativos y centra su pericia en esbozar unos diálogos refrescantes. Sus personajes hablan, hablan y hablan sin descanso. Mientras aguardan la llegada de otra persona, esperan para dar un golpe, realizan una transacción o, simplemente, conversan, exponen sus problemas, cierran acuerdos que no saben si cumplirán, dejan entrever sus problemas de pareja, alardean de su vida sexual y relatan todo tipo de historias. Reales, ficticias, importantes, intrascendentes… da lo mismo. El placer está en “escucharles”, ver cómo aumenta su definición cada vez que aparecen en escena y añaden algo más a su bagaje. Descubrir quiénes son cuando Higgins decide no llamar a cierto personaje por su nombre.

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Dulces dieciséis y otros relatos, de Eduardo Vaquerizo

Dulces dieciséis y otros relartosVivimos un período de reivindicación de la ciencia ficción española y, en concreto, de la generación HispaCon. Entre lo publicado el último año tenemos dos ejemplos evidentes: la primera antología de Los premios Ignotus, que tengo la sensación ha volado por debajo del radar incluso del público más especializado, y la colección Cyberdark presenta, lanzada por el complejo Cyberdark/Alamut/Bibliópolis. Un sello llamado a poner de nuevo en el mapa los mejores relatos de autores surgidos del fandom en las décadas de los 80 y los 90; hasta ahora han aparecido tres libros, aunque en la presentación en la librería Gigamesh en Marzo Luis G. Prado anunciaba la posibilidad de que fueran veintena, incluyendo antologías temáticas. De llevarse a cabo daría forma a la colección más completa a la hora de entender (un parte de) la literatura fantástica hecha en España; ninguna otra ofrecería una radiografía tan exhaustiva de un periodo de tiempo determinado.

En este contexto, el nombre llamado a abrir la iniciativa, Eduardo Vaquerizo, no resulta para nada extraño. Como comenta Juanma Santiago, la mayoría de autores importantes que cultivaron el relato con asiduidad en aquel período ya han visto recogidos los más significativos, en colecciones generalmente aparecidas en editoriales pequeñas. Rodolfo Martínez, Elia Barceló, Daniel Mares, Armando Boix, Rafael Marín, Félix Palma… cuentan con uno o varios volúmenes en su haber. Los más avispados han podido reunir a través de ellos los relatos publicados en una miríada de fanzines, revistas o antologías. Si no me falla la memoria, apenas él y José Antonio Cotrina (del que llevamos más de una década esperando su particular Cotrinomicón) no habían visto un volumen con sus mejores relatos. He aquí la oportunidad de solucionar ese olvido.

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Terra Nova vol. 3

Terra Nova vol. 3El tercer volumen de Terra Nova, publicado hace aproximadamente medio año, supone en algunos aspectos un avance respecto al volumen anterior. Por ejemplo a la hora de atraer la atención de sus posibles compradores, con una ilustración de cubierta bastante más adecuada para un público alejado del (micro)fandom. Sin embargo, en lo que a la selección se refiere, la cosa me ha parecido más desigual. La mitad del volumen se fía a tres relatos largos/novelas cortas, situados de manera consecutiva al final y gran parte de la valoración está condicionado por la impresión que produzcan. En mi caso particular, dos me han parecido tan tan flojos que han amargado mi percepción de la antología, con tres o cuatro relatos entre lo mejor de 2014. Especialmente por uno, sin duda entre lo peor publicado con diferencia y, para más inri, ganador de aquel curioso certamen ideado por los editores de la colección para dinamizar la participación de autores hispanos.

Comenzando por los no escritos en castellano, Terra Nova vol. 3 se abre con “El héroe” “El jugador”, de Paolo Bacigalupi. El autor de La chica mecánica explora la influencia que los padres tienen en sus hijos a través de un periodista de Laos emigrado a EEUU. Para indagar en esa conexión, encadena dos narraciones en paralelo: en la principal cuenta su labor mientras se relaciona con la redacción y las noticias, en un entorno donde el peso de las redes sociales y la interacción con los lectores lo domina todo. Mientras, en la “secundaria” se retrotrae a su infancia en Laos y la caída en desgracia de su padre; cómo sus principios estaban por encima de cualquier otra consideración. El clímax en este plano da pie a la resolución en la cual queda claro que es fiel hijo de su padre.

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