El fraude en el etiquetado de la distopía

SelecciónEn alguna ocasión comparé a un crítico o un reseñador con el maitre de un restaurante de lujo. Bien, se trata de una metáfora con bastantes grietas, pero me permite hacer hincapié en varios puntos. Que el chef, el creador, el escritor, es la verdadera estrella; que el maitre sólo es un transmisor y nada más que puede dar cuenta de lo que hacen los verdaderos talentos; y que por tanto su misión es informar al cliente de lo que hay. Parece desaconsejable que un maitre diga que un plato está bueno o no; pero sí debe informar, si se le solicita, de datos como sus ingredientes (por si alguno puede producir una alergia), el modo de preparación, el tipo de sabor… En suma, si el cliente está interesado por el plato y duda de si puede gustarle o no, el maitre debe proporcionarle la información necesaria, con sinceridad, que le permita decidirse. Y también puede darle cuenta de platos que le hayan pasado inadvertidos y se ajusten más a sus gustos, o especialidades del día que no figuren en la carta.

El hecho de que al maitre le guste ese plato o no es relativamente secundario; lo importante es que sepa explicarle a su cliente cómo es para que tome su decisión. Trasladado a nuestro terreno, si comprar y leer o no el libro.

Todo esto es muy periodístico, lo sé; soy periodista y tengo una manera de ver las cosas tan anticuada que ya ni siquiera se estila en el periodismo de ahora, el de enviar las irrelevancias que pueden contarse en 140 caracteres para crearse una “marca personal”. Más allá de esta visión por mi parte de las críticas o reseñas se encuentra el análisis literario, en un terreno totalmente distinto. Es incluso más valioso, pero creo que hay que reservarlo para platos de verdadera entidad y debe hacerse con otro tiempo, con otras aspiraciones.

La cuestión es que el maitre necesita para su explicación utilizar ciertas generalidades. Si el plato es de verduras, de pescado o de carne; si va frito, cocido, asado o la plancha; si es especialmente dulce o picante. Por supuesto, la cocina evoluciona precisamente en la dirección de ofrecer combinaciones sofisticadas; pero siempre existen datos básicos. Si alguien quiere comer pescado, es fácil determinar si un plato es en esencia de pescado o no para ofrecerlo.

Lo que quiero comentar se relaciona con este último punto. Los reseñadores necesitamos etiquetas como medio de informar a nuestros lectores de la condición del libro sobre el que queremos escribir. Las vueltas y revueltas sobre qué es o no ciencia ficción, que en realidad no tienen mayor importancia, son para mí relevantes porque quiero poder explicar con precisión si un libro pertenece a ese género o no, y puedo presentarlo como tal a mis clientes, a quienes confíen en mi criterio.

Se da la circunstancia en los últimos tiempos de que hay una etiqueta dentro de la ciencia ficción que se ha puesto de moda: la de distopía. Ya que estamos entre amigos, me permitirán que me cuelgue una medallita: hace tiempo que dije que esto podía pasar. A mi juicio, el problema de la ciencia ficción es que se empeñó en resultar cada vez menos pertinente para el lector común, centrándose en hechos como la novedad en los temas, que obliga necesariamente a un alambicamiento metarreferencial. La distopía, en cambio, supone una interpretación de nuestra realidad, una proyección de tendencias que observamos hoy en un futuro cercano y plausible.

Los juegos del hambreTodo esto viene impulsado por dos motores: uno, fácil de entender, la realidad que vivimos, la pérdida de confianza en el futuro que se ha producido en amplios sectores de la sociedad. Dos, menos comentado, el éxito de unas modestas novelitas que son el trabajo literario más influyente dentro del género en lo que va de siglo: la serie de Los juegos del hambre, de Suzanne Collins. Ha creado toda una moda de la que ahora tenemos una nueva muestra con la serie Divergente.

En el fandom, entre los que se consideran como expertos en este campo literario, Los juegos del hambre pasó totalmente inadvertida por ser etiquetada como literatura juvenil (lo es), y luego vista con cierta displicencia por culpa de una adaptación cinematográfica que parece como pensada para desactivar el potencial reflexivo de las novelas.

Como he comentado en alguna ocasión medio en broma, contratar a una actriz tan obviamente rebosante de salud y lozanía como Jennifer Lawrence para dar vida a una muchacha que encabeza una revolución impulsada por el hambre que pasa es como que Willy Toledo liderara el reparto de un remake de Raza. Parece una decisión con un mensaje de fondo. En este caso, a mi juicio, edulcorar el tono de los libros, que es en ocasiones duro, para convertirlos en un espectáculo hollywoodiense.

Sin ser ninguna obra maestra, pero correctamente escrita, y limitada en algunos aspectos por las necesidades de no descolocar más de la cuenta a un lector joven, Los juegos del hambre trata un montón de temas que habían abandonado casi por completo las páginas de la literatura de ciencia ficción desde los años noventa: la elección entre un pacto conveniente con el poder o su destrucción; el peligro de los liderazgos mesiánicos; el uso de los medios de comunicación como herramienta de manipulación; la preferencia por el individualismo o el colectivismo; creer en el desarrollo de la sociedad en su conjunto o darla por perdida para salvarse cada uno según sus posibilidades.

Lo más interesante es que en las tres novelas pueden interpretarse argumentos en pro y contra de casi cualquier postura. Es muy tentador descalificar estos libros como simples iniciadores de una moda juvenil, como el siguiente fenómeno después de la penosa saga Crepúsculo, pero lo cierto es que a veces se ponen de moda cosas que tienen cierto interés. No es frecuente, pero ocurre.

Distopía totalA donde voy es a que Los juegos del hambre es una distopía de manual: presenta una sociedad que se quiere considerar a sí misma como utópica, que es así vista por la capa dominante, y que se le intenta hacer ver como tal al porcentaje mayoritario de su población que se encuentra sometido. Al mostrar ese engaño, Collins está haciendo una invitación tácita al lector a que mire a su alrededor; es fácil deducir que su mensaje es que tal vez sea igualmente falso ese supuesto mejor de los mundos posibles en el que vivimos en occidente.

Así que ante el interés de los lectores por esos mundos falsamente utópicos, los escritores y las editoriales oportunistas, no sé en qué orden, se han lanzado sobre el concepto de distopía a calzón quitado. Pero lo curioso del asunto en el caso de los escritores es que lo que les ha gustado es la etiqueta, pero no lo que esta supone.

Porque construir distopías es complicado. Exige crear una sociedad coherente y, ya que estamos en materia, original, lo que requiere un esfuerzo creativo y, especialmente, tener algo que decir. La abundancia de escritores a fecha de hoy (o, más bien, de personas que luchan por alcanzar el estatus teórico de escritor) contrasta más que nunca con la escasez de gente que tiene algo que decir y ganas de hacerlo de la manera correcta. Es decir, de hacer literatura.

Además, una distopía supone una mirada a nuestro propio entorno. Implica saber lo que está pasando, o al menos tener una idea al respecto, para a partir de ahí extrapolar posibilidades que resulten inquietantes para el lector.

Todo esto es muy complicado, en efecto. Sin embargo, la etiqueta de “distopía” por sí misma está manejándose de forma incorrecta pero tremendamente útil para propósitos exclusivamente comerciales. Es cada vez más reconocible y permite escribir sobre ciertas cosas sin utilizar el denostado término “ciencia ficción”, o buscar alguno más específico pero totalmente desconocido como la idea de “literatura prospectiva” que propuse hace algún tiempo, y que ha sido empleada y ampliada desde entonces desde ámbitos tanto académicos como de lectores.

De esta forma, se empieza a etiquetar como “distopía” todo lo que podría encuadrarse dentro de una definición gruesa: futuros más o menos posibles y temibles. En ese “más o menos posibles” se incluyen las cosas que a juicio del escritor y el lector contemporáneo a la publicación podrían llegar a pasar, a diferencia de la ciencia ficción, que descansa sobre ideas descartadas ya por la ciencia -como el viaje más rápido que la luz- o de más que dudosa realización para la mentalidad del lector medio -desde esferas de Dyson hasta el viaje en el tiempo-.

1984El problema está en prejuicios que, se quiera o no, abundan por todas partes. A mí la ciencia ficción no me parece un vehículo mejor o peor que la literatura prospectiva para hacer obras artísticas de nivel; yo no creo que Las estrellas mi destino o Regreso a Belzagor sean novelas peores que Un mundo feliz. En serio. Sin embargo, quienes se empeñan en el uso de “distopía” para ligar una determinada obra a 1984, lo que quieren también es separarla de Star Wars. A Alfred Bester o Robert Silverberg, en la inmensa mayoría de los casos, ni los conocen, por supuesto, ni los leerían en público por el qué dirán.

En resumen, las temáticas propias de la prospectiva están siendo tocadas últimamente por un tipo de “creador” que resulta nuevo a nuestros territorios: el arribista. El que hoy escribe estas cosas no porque tenga un interés por ellas ni -insisto- algo interesante que decir, sino porque es lo que le parece que le abre las puertas a las editoriales chachi, las páginas webs guay y las tertulias de gente molona; el que hace diez años hubiera escrito novela negra y hace veinte realismo social.

En el mundillo literario español siempre ha abierto a priori más puertas ser chistoso tomando copas que escribir bien (aunque sólo a priori: al segundo libro que el editor se come con patatas los chistes le dejan de hacer gracia). Pero el fenómeno se ha acentuado con la popularización simultánea de los gintonic de diseño y las webs de peloteo circular (yo pongo bien un libro de fulanito que pone bien un libro de menganito que pone bien el de zutanito que pone bien el de fulanito que pone bien el mío), que han puesto la sofisticación de los antiguos cenáculos literarios al alcance del arribista medio.

Para el escritor oportunista, la etiqueta dignificadora es por tanto fundamental, a fin de no ser confundido ni de lejos con personas que tomarían magdalenas en lugar de cupcakes. Y por eso hemos llegado a ver calificadas como distopías cualquier tipo de historia que ocurra en un futuro pesimista: desde novelas de zombis -que en muchos casos ni siquiera son ciencia ficción, sino simple y honesta literatura de terror- hasta postapocalípticos, historias de fin del mundo.

Sin embargo, hay diferencias claves entre los postapocalípticos y las distopías, aspectos que en mi calidad de maitre experimentado tengo que avisar al posible cliente. La distopía es una falsa utopía: presenta una sociedad que desde la cúpula del poder se impone como utópica, pero no lo es, sino que es vivida como un régimen totalitario por los ciudadanos verdaderamente conscientes de la situación. A la posible observación de que este concepto es bastante restrictivo, tengo dos respuestas: en primer lugar que no lo es tanto, puesto que distopías de distinto signo encontramos hoy en Corea del Norte, Uzbekistán o China; distopías fallidas fueron también la Alemania nazi, la España nacionalcatólica o la Rusia de Stalin; y hay un creciente número de elementos distópicos en la Unión Europea o Estados Unidos. Y en segundo lugar, que sea o no este punto de vista restrictivo, eso es lo que es una distopía, incluso desde un enfoque etimológico, al igual que las novelas pastoriles sólo son las que van de pastores enamorados. A nadie se le ocurriría incluir en ellas también las de albañiles de Fuenlabrada enamorados sólo porque el concepto “pastoril” es reconocible pero un poco estrecho y vamos a ampliarlo.

Aunque traten de un futuro siniestro, las novelas postapocalípticas no son distopías porque la sociedad rudimentaria que presentan o la total ausencia de sociedad no es considerada por nadie, ni siquiera por quienes se encuentren en posiciones de privilegio en ese contexto, como el mejor de los mundos posibles; la catalogarán como mucho como el mejor de los mundos a su alcance, y no pretenderán hacerla pasar por una utopía a los esclavos que tengan a su mando.

El nuevo postapocalípticoPor poner un ejemplo que cualquiera entenderá, no hay ningún propósito distópico en The Walking Dead, por mucho que el comportamiento de los personajes nos ofrezca interesantes reflexiones sobre los fundamentos básicos de la condición humana, por ejemplo. Pero The Walking Dead no habla sobre dónde puede ir nuestra sociedad: de hecho, interpretarla desde ese punto de vista puede incluso ser interesante para desviar la atención, puesto que quienes se preocupen por peligros tan terribles (pero improbables) como la epidemia zombi igual no están tan interesados por los más sutiles (pero acechantes) de la aprobación de tapadillo del Acuerdo Trasatlántico de Comercio, por poner un caso, aunque sea este último el que puede conducirnos al siguiente estadio de nuestra creciente distopía cotidiana.

Por supuesto, tengo que hacer hincapié en ello, estoy dando por descontado que cualquier tema puede dar lugar a obras artísticas valiosas. La cuestión es que se presente al cliente la información de forma correcta, sin engaños, sin concesiones al arribismo. Y si como etiquetas “historias del fin del mundo” o “novelas de zombis” no molan tanto como distopía, pues mala suerte.

Por todo esto me ha sorprendido un tanto la reacción enfurruñada de Ismael Martínez Biurrun, un escritor brillante y un tipo por lo general bastante perspicaz, cuando algunos expertos en el tema han afeado la calificación editorial de su última novela, la catastrofista Un minuto antes de la oscuridad, como distopía.

La sensación es que Martínez Biurrun parece haber interpretado que con ello se hacía de menos su interesante novela, cuando simplemente se intentaba precisar su contenido. Que no es pescado, sino carne. O al revés, como prefieran. De hecho, Un minuto antes de la oscuridad se mueve en el mismo territorio que la mejor novela que he leído en la última década, La carretera, con lo que queda claro que esa temática puede dar cabida a literatura de primera división.

Tiempo profundoOtro caso curioso y contrapuesto que quisiera comentar es el del prólogo de la antología Tiempo profundo (Artifex), seleccionada por Luis G. Prado con cuentos de ciencia ficción transhumanista, es decir, situada en un futuro posterior a la singularidad tecnológica o muy lejano, en el que las leyes físicas que conocemos se cumplen rigurosamente, pese a lo cual la humanidad ha alcanzado nuevas cotas de desarrollo tecnológico inimaginables hoy. Para evitar cualquier duda sobre que esté haciéndome una de “web de peloteo circular” encubierta, aclararé antes de nada que Luis y yo somos amigos y llevamos años colaborando de distintas formas. Pero me ha lanzado un guante en público y me corresponde contestarle.

Otra vez, en el caso de este libro, los cuentos están bien por lo que son. Francamente bien. Sin embargo, Prado sabe que esta cf tan compleja tiene hoy una dudosa carrera comercial, así que quiere convertirlos en lo que no son; en algo que pueda interesar al común de los lectores preocupados por el futuro de nuestra sociedad. Por tanto, y dado que es una persona con amplios conocimientos del género, la mixtificación que pretende no es terminológica, que a él le parecería zafia, sino ideológica. Lo que pretende hacernos creer es que los cuentos que verdaderamente responden a las inquietudes de la sociedad actual son estos situados miles de años en el futuro. La idea es bastante rarita a priori, aunque él la presenta con habilidad y convicción. En el prólogo del libro, dice de la literatura prospectiva en general y la distopía en particular:

Esta cf alicorta y esencialmente conservadora, que niega cualquier posibilidad de escape a la especie, presume de una pertinencia que no le corresponde. Cuando plasma nuestras pesadillas a corto plazo, cuando se niega a dejarse seducir por los sueños clásicos de la cf, no hace más que repetir machaconamente la retahíla de los males archisabidos de nuestro mundo, generando la impresión de que los tenemos bajo control al disponerlos en una lista acotada.Cuando anticipa el apocalipsis, crea una sensación de indefensión perversamente satisfactoria: ya que todo está perdido, sentémonos a contemplar el espectáculo.

En cambio, dice de la cf trans que

(…) su pertinencia es máxima para nosotros, los habitantes del futurista siglo XXI, ya que no sólo no finge que conocemos todos los problemas que nos atañen, sino que promete que cada día habrá nuevos peligros. Pero, a diferencia de la prospectiva, la cf trans cree en el futuro: el futuro existe y llegará, para bien o para mal.

No puedo sino ponderar que Prado haya retomado una costumbre tan entrañable dentro del género de la cf como la de utilizar sus prólogos a libros ajenos para enviar recaditos personales (tengo la convicción que su empleo tanto de “literatura prospectiva” como de “pertinencia” no son casuales). Dicho esto, sus argumentos son atractivos, con el tipo de encanto que tienen las falacias bien construidas (¡vamos a decir cuatro verdades para gente verdaderamente sofisticada, no lo que piensa el rebaño de ovejas!), por lo que es necesario dedicar algunas frases a desmontarlos.

El primer párrafo asegura y garantiza que un libro que hable de las posibles consecuencias futuras de nuestra sociedad es inútil, “sentarse a contemplar el espectáculo”. Es un argumento que firmaría sin ningún pudor un alto mando del PP o el PSOE, desaconsejando el voto por un partido minoritario: entréguense al mal menor, total, no se puede hacer nada. No lean cosas que les hagan pensar: sólo van a enfadarse y les va a dar lo mismo.

En alas de la canciónPero Prado confunde el impacto de la lectura de libros bien construidos con las pataletas de Facebook; desdeña el potencial que ha tenido a la largo de la historia la literatura cambiando las vidas de la gente, confundiéndola con el hervor de indignación tras leer un artículo de Pérez Reverte rebotado en Menéame. Olvida el impacto que en generaciones de lectores han tenido obras como 1984 o Un mundo feliz, o el que podría tener en quienes se acerquen a él En alas de la canción, de Thomas M. Disch, una de las mejores distopías de todos los tiempos pese a ser poco conocida, y cuya única edición en castellano corrió precisamente a cargo de Prado.

En el segundo párrafo que escojo, Prado se sitúa pausadamente ante la ventana de su oficina para ver caer la lluvia fuera, se toma un sorbo de té alzando su meñique con aire resignado, y determina que “el futuro existe y llegará, para bien o para mal”, y con ello traerá los peligros que nos comunican los cuentos de la antología. Por mencionar sólo el primero, “A lomos del cocodrilo” del australiano Greg Egan: que llegue un momento del futuro lejano, cuando los recursos sean ilimitados y seamos inmortales, en que nos aburramos.

Según Prado, esos son los “nuevos peligros”, como dice en el prólogo, que sin duda deben inquietar a los millones de personas en el umbral de la pobreza que viven en este país: que sepan que aunque en algún momento todo les termine por ir bien, tal vez sus nietos inmortales postsingularidad tengan que ir a buscar razas extraterrestres ignotas al centro galáctico como los protagonistas de ese relato, y eso sólo por hacer algo. Y es que esta vida es un no parar, oiga: cuando no te reducen los derechos laborales o las libertades individuales, va una sociedad de viajeros del tiempo en la que hay que matar a tu abuelo para ingresar y te empieza a hacer barrabasadas (véase el tercer cuento, “Palimpsesto”, de Charles Stross).

De nuevo repito que no quiero dejar en mal lugar un libro que, en términos literarios y también en los específicos de cf, es bastante bueno y recomendable, y merece toda la atención de los lectores especializados. De hecho, los problemas planteados por esos cuentos hablan, como en el caso de las buenas historias de fin del mundo, de la naturaleza humana o de la fragilidad de estructuras que damos por descontadas a diario. Sin embargo, lo que vengo a comentar en este texto es que un editor como Prado se ve en la tentación de disfrazar como “relevantes” estos cuentos en términos del zeitgeist actual, consciente de que quizá la mejor forma de atraer a los nuevos grupos de lectores es apuntar a esos territorios.

Pero mi pregunta es sencilla: si sabe que lo que se vende con este calor es el pescado, ¿por qué su carta está llena de carne? Y si su interés personal es el de vender carne, cosa no sólo respetable sino encomiable al hacerlo contra viento y marea, ¿no cree que el que la pida como pescado será un cliente decepcionado? ¿Y que él queda en un lugar raro gritando a los cuatro vientos que el cielo es verde?

Lo curioso de todo este asunto es que, en medio de la difusión del término distopía, y con una sociedad que realmente demanda leer este tipo de materiales… mi impresión es que escasea en los estantes de las librerías. La única distopía verdadera que conozco publicada originalmente en el último par de años creo que es Iris, de Edmundo Paz Soldán, que admito que no he leído porque las referencias que tengo no son apetecibles, y que en cualquier caso es una historia latinoamericana que proyecta el contexto de su región. No aseguro que no haya ninguna más; cualquiera sabe lo que se autoedita ahora mismo en Amazon. Tan sólo digo que yo no las conozco. Se anuncia en Mondadori una antología de distopías; veremos cuántas lo son.

La sencilla idea de llevar nuestra sociedad española, europea, a las consecuencias futuras de su actual situación no ha sido afrontada por nadie. No hay novelas que hablen seriamente de una península ibérica balcanizada, de una sociedad en la que las diferencias entre el 1% más rico y el resto se vayan acentuando, de un país en el que las condiciones laborales se precaricen al punto de que cada trabajador se levante cada mañana sin saber si tendrá o no ingresos porque la flexibilidad laboral ha creado un mercado totalmente dinámico. Por sólo poner unos ejemplos lanzados a vuelapluma.

El problema es que para escribir algo así habría que mojarse. Habría que ser antipático, fastidioso. Se daría la impresión de estar seriamente preocupado, algo que resulta poco agradable en los cócteles literarios. Habría que sufrir, con suerte, los ataques de una prensa entregada al sistema, o más probablemente su absoluto silencio. A Zamiatin le prohibieron publicar en la URSS por escribir Nosotros. A Huxley le sacudió bastante la crítica en la aparición de Un mundo feliz. Orwell se enfrentó a sus propias ideas del pasado al escribir 1984.

En suma, parece tarea para gente que quiera esforzarse en hacer literatura y no que quiera ser escritor.

A los que prefieran ser escritores y no complicarse la vida afrontando la difícil tarea de una distopía de verdad, pues adelante, pero lo único que les pido con este texto es que no me manoseen el nombre ni me confundan el concepto. Por favor. La parte más seria del género fantástico, la parte más preocupada por el futuro de nuestra sociedad, no puede reducirse a un cliché lanzado por el espabilado de turno, mientras mastica su rodaja de pepino del lingotazo de las siete.

58 pensamientos en “El fraude en el etiquetado de la distopía

  1. Hola Julián,

    Gracias por la mención, y aprovecho para entrar en un debate que me encanta a pesar de todo.

    Mi enfurruñamiento en el blog mencionado, como ya dije, no se debía a que me parezca mejor o peor una etiqueta que otra, sino a que el tono correctivo empleado por los comentaristas, demasiado académico, me parecía fuera de lugar en un blog de divulgación general como La tormenta. Porque guste más o menos a los expertos (alguno de los cuales, ejem, enmendó la plana al reseñador sin haber leído mi novela), me temo que el sentido de la palabra distopía aceptado por el común de los lectores a fecha de hoy es mucho más amplio que el propuesto por los académicos. Conseguir que blogueros, libreros, editores, autores y lectores den su brazo a torcer y acepten la terminología estricta de los académicos no es mi batalla, me temo. Eso sí, os deseo mucha suerte.

    Dicho lo cual, ya me han convencido suficientemente de que mi novela no es una distopía. No lo es, si nos atenemos a la definición de distopía que la crítica literaria lleva aplicando desde hace cien años y blablabla. El problema es que con ese nivel de precisión, mi novela no es nada. Nada. ¿De catástrofes? Venga, hombre. ¿Postapocalíptica? No hay ningún apocalipsis. ¿Ciencia ficción? Bueno, esos clones son bastante fantásticos, diría yo… Será porque soy un degenerado, pero no consigo alumbrar ninguna novela que encaje fácilmente en ninguna etiqueta tomada en su sentido más estricto. Cosa que me encanta, por supuesto. Y además, creo que la misión de los escritores es precisamente esa, ponérselo difícil a los académicos, obligarles a modificar sus esquemas. No pidáis a un autor que se encierre en ninguna etiqueta. Cuanta mayor sea su precisión, menos será su atractivo. Y pienso que funciona igual con los lectores, por cierto.

    En todo caso, ¿no deberíamos estar celebrando que un subgénero de la ciencia ficción esté cosechando cierto éxito? (Y digo “cierto”, porque cuando se habla de oportunismo, se da a entender de que distopía es una palabra mágica y aquí todos nos estamos forrando, nada más lejos de la triste realidad)

    Saludos,

    Ismael

  2. Por cierto, a mí me encanta la etiqueta de literatura prospectiva. Y no sólo por la definición original que propusiste, que me parece bastante general e inclusiva, sino porque me tomo la libertad de ampliarla a la primera acepción de la palabra “prospección” (exploración del subsuelo, buscar debajo), en el sentido de prospección psicológica. ¿Pero qué hace un autor aportando ideas sobre etiquetas? Que trabajen los expertos. 😉

  3. Excelente artículo. Ismael, como ya hemos tenido ocasión de discutir amigablemente, no se trata de una cuestión baladí, y desde luego, el escritor al que le cuelgan la etiqueta y que por desconocimiento la asume, no es el culpable, sino uno de los damnificados. Eso es lo que me gustaría que los propios autores tuvieran claro, que señalar el error va en defensa también de los autores. Esto es una maniobra de márqueting editorial que no tiene otro fin que el de llegar a un público más numeroso, aquel que se ha enganchado a ese subgénero debido al boom que ha originado la trilogía de Suzanne Collins. Hay razones no sólo académicas, teóricas o históricas. El empleo erróneo de la etiqueta con fines comerciales ataca, además, a quienes llevan décadas no sólo estudiando, sino también amando el género de ciencia ficción. Las razones teóricas son indiscutibles, pero existe además un motivo emocional: no se pueden pisotear cien años de trabajo y devoción por simple afán de lucro. Y de hecho, creo que el autor se debería poner en defensa de esa reivindicación.
    Por un lado, una etimología y un siglo de literatura que por lenta evolución y a través de decenas de obras le ha dado un sentido inequívoco a la palabra distopía. Una maceración lenta que ha dejado el término donde estaba los últimos cincuenta años: falsa utopía. Por el otro unas empresas que ante la posibilidad de ganar dinero deciden artificialmente, en los dos últimos años, ponerle ese título (debido a su prestigio) a todo lo que les llega ambientado en un futuro pesimista. Campos ya etiquetados también a lo largo de décadas con otros nombres por los que los conocemos los millones de aficionados a la literatura de ciencia ficción en todo el mundo: postapocalíptico, near future, de catástrofe… Creo, sinceramente, que en esta batalla el escritor debería ponerse al lado del lector y no del empresario, especialmente porque es el lector quien en este caso lleva, papeles en mano, la razón.
    En 2006 se publicó “La carretera”, sin duda la obra más importante de la cf en lo que va de siglo. Absolutamente nadie la llamó distopía en sus críticas (aún no se había publicado y convertido en un fenómeno de ventas Los juegos del hambre), sino postapocalíptico. En la prensa generalista lo definieron con esos eufemismos tan bonitos que se utilizan para eludir el término ciencia ficción, pero nadie habló de distopía. Principalmente porque no lo es. Ahora mismo sería definida de ese modo, porque cabe en ese concepto de futuro chungo en el que han dejado el término. Es una falta de respeto al trabajo de millones de aficionados a lo largo de un siglo, sin más, y algo tan enojante como lo sería, ya te puse el ejemplo, que alguien definiera por conveniencia económica tu novela como de “aventuras marítimas”. Sería ignorante, puesto que la etiqueta “aventuras marítimas” define claramente un tipo de contenido con unas características concretas. Con distopía ocurre exactamente lo mismo.
    Yo entiendo que estéis sujetos a lo que os dice la editorial, pero sería de desear que en lo que pudiérais no les siguiérais el juego en un caso tan flagrantemente equivocado.

    • Efectivamente, Kaplan, nada como un par de cervezas para dejarme convencer. 🙂

      No, en serio, acepto plenamente que mi novela no es una “falsa utopía”, porque no lo es. Ya lo he escrito cien veces en mi pizarra mental. Y siempre que alguien me lo pregunte, haré todas las matizaciones posibles, aunque sólo sea por respeto a esos cien años de trabajo intelectual… de unos expertos que deberían estar celebrando el éxito del subgénero, llámese como se llame, en lugar de rasgarse las vestiduras. Pero ese es otro tema.

      Solo una matización más:

      Las editoriales no son regidas por Lex Luthor. Random House no es HYDRA. Y sus malvados propósitos consisten esencialmente en… llegar al mayor número de lectores posibles.

      Porque se trataba de eso, ¿no? ¿O para qué escribimos?

  4. Pues la distinción entre distopía y apocalíptico es totalmente correcta. Una distopía es una anti-utopía, no una mera sociedad en descomposición. “La fuga de Logan” es una distopía. La menciono porque no aparece citada por ninguna parte. En ocasiones, está claro, en los textos literarios se pueden mezclar esos conceptos (como ocurre en muchas novelas y relatos de ciencia ficción, con subgéneros mezclados), pero hay que tener clara esa distinción. Por cierto, otra distopía es “Salud mortal” de Gabriel Bermúdez Castillo (http://tercerafundacion.net/biblioteca/ver/ficha/1115)

  5. Hola, Ismael
    Evidentemente, vemos las cosas desde puntos de vista diferentes, debido a que nuestras trayectorias en esto son distintas. Por supuesto, podemos llegar a acuerdos.
    Bien, la clave está cuando preguntas: ¿No deberíamos estar celebrando que un subgénero triunfe?
    Pues mira: depende. Si triunfa con buenas obras y supone un éxito a largo plazo, pues estupendo.
    Si lo ven el minipelotacillo editorial que toca ahora, y no queda nada detrás cuando se pase, pues me es indiferente que publiquen medianías o no. Es más, si lo hacen equivocando términos, puede que lo que quede después sea incluso peor.
    También me gusta la literatura de terror: ¿qué nos ha dejado la ya anticuada moda de los vampiros? ¿Ha habido alguna novela buena y yo no me he enterado? ¿Han quedado colecciones estables de literatura de terror contemporáneas que publican regularmente obras de interés?
    Por supuesto que Mondadori no es Hydra. Es más, es estupendo que una editorial grande se esté asomando tanto por estos pagos. Pero ya que lo hace, ¿por qué no bien? ¿Qué le ha dejado al género RBA, salvo la publicación de los libros en sí?
    Y si lo hace mal, ¿no es lógico desde los medios especializados pedir que lo haga bien, o es mejor que tengamos una humilde actitud de agradecimiento por su enorme esfuerzo publicando género, como si no lo hiciera con el muy lógico propósito de intentar ganar dinero con ello?
    Entiendo que las editoriales se están acostumbrando muy rápidamente a un clima en el que las críticas son sistemáticamente positivas, y en el que cuando ellos toman una decisión con la que intentan (muy licitamente) hacer negocio hay un montón de palmeros que les ovacionan como si fueran ONGs. Están encontrando un caldo favorable al respecto en bastantes webs del género de las que se estilan ahora, las que están taaan agradecidas de que les envíen servicios de prensa que están dispuestas a ponderar lo que sea. Sin embargo, los de viejo cuño estamos acostumbrados a otro tipo de trato. Puede que últimamente hablemos menos por cansancio o desinterés, pero eso no quiere decir que vayamos a cambiar de discurso cuando apetezca ponerse a ello.

    • Es pronto para saber qué quedará del fenómeno editorial “distópico”. Ni siquiera creo que sea un fenómeno relevante a nivel editorial, no hay grandes pelotazos ni grandes obras, como dices. Pero en mi opinión tampoco hay nada nocivo ni peligroso en el experimento. Que no estamos operando a corazón abierto a nadie, vamos.

      Me parece mucho más preocupante e interesante otro aspecto que apuntas en tu artículo: la juvenilización (que alguien me ayude, ¿cuál sería el palabro correcto?) de la literatura de género y particularmente de los departamentos de marketing que se empeña en vender cualquier libro de género como literatura juvenil, con escaso tino.
      Sobre el asunto de los blogs favorables, servicios de prensa y tal… Pues tienes razón, el exceso de jabón puede terminar resultando contraproducente para todos.

      Saludos

      • Bueno, tanto Los juegos del hambre como Divergente tienen excelentes ventas. De hecho, hay otras series pseudodistópicas juveniles, como las de Pittacus Lore, que parecen funcionar bastante bien.

        Yo creo que sí hay algo nocivo en el experimento, aunque no tan grave como operar a corazón abierto, claro: que alguien que tendría interés en leer 1984 lea una novela de zombis. Eso a mí no me parece buena cosa.

        No es que sea una hecatombe, pero no ayuda en un momento en el que cuantos más ciudadanos conscientes haya, mejor.

        La juvenilización de la venta de cf… Es otro tema. Digamos en resumen que a mí lo que me preocupa es la mala literatura, no la juvenil. De estas cosas juveniles de ahora, yo sólo he leído Los juegos del hambre. No es que esos libritos sean la panacea, pero ahora mismo firmo que ese fuera el tono medio general de la cf. Los recomiendo sin dudar.

        Con todo, una parte de mí tiende a darte la razón en ese sentido, no del todo racionalmente. Podría ser objeto de otro articulito.

  6. Vaya, vaya. Interesante debate, sin duda. Debido a que se menciona la próxima aprición de ‘Mañana todavía’, la antología de distopías que Julián cita al principio, y dado que yo soy el antólogo, querría apuntar dos o tres cosas:
    -Tu texto: estoy totalmente de acuerdo con la tesis central del artículo. Una distopía es una distopía y los géneros adyacentes son sólo géneros adyacentes, a no confundir. No sabéis lo que me cuesta que mis alumnos del curso de CF del Ateneu lleguen a aceptarlo.
    -Las modas: tal y como está el sector editorial, me temo que en el futuro las añoraremos, porque en principio son las ventas de esas modas las que permiten vender otros libros (cierto es que muchos grandes grupos han abandonado ese principio y se quedan sólo en la primera parte, pero en fin).
    -La antología: ahora que nadie nos lee, me atrevo a decir con toda honestidad lo que podría parecerle a un experto como tú, Julián: encontrarás dos o tres textos que no son exactamente distopías, sino que están ahí en la frontera (mea culpa, pero creo que el conjunto lo permitía), y encontrarás ocho o nueve que sí que lo son, y de esos ocho o nueve habrá al menos seis que te parecerán buenas o muy buenas (y dos o tres incluso excelentes). Ya me corregirás si lo encuentras oportuno. A mí no me parece un mal bagaje teniendo en cuenta que tiro a conservador -en serio, me siento lo bastante seguro con lo que han hecho los autores (es mérito suyo) como para eso-, que no es una antología de fandom pero sí muy pensada en calidad y que nunca se ha hecho una compilación así con autores españoles. Pero ya lo valorará cada cuál como lo considere oportuno.
    -Ismael M. Biurrun: una cosa es la literatura y otra es la promoción. Resulta obvio que la novela de Ismael tiene elementos distópicos, lo cual no la convierte en una distopía. Y también resulta obvio que cuando se ponen en marcha los grandes aparatos promocionales y se intenta hacer llegar un libro al gran público -yo creo que ‘Un minuto antes de la oscuridad’ merece muchos lectores- se dan brochazos gruesos. Para estamos los críticos -lo siento, ya no ejerzo, pero aún me considero así tras 15 años de profesión, lo de antólogo en cambio es nuevo-, para luego poner modestamente las cosas en su sitio.
    -Las precisiones: dado que estoy de acuerdo, como digo, en casi todas esas puntualizaciones que haces -incluso añadiría la distinción entre distopía y antiutopía, que no son lo mismo por mucho que tantos se empeñen en decir que sí-, déjame sin ánimo de molestar añadir una más: la antología ‘Mañana todavía’ aparecerá en Fantascy, que es un sello de Penguin Random House. Hace más de un año que Mondadori no existe en España, ni como sello -el nuevo se llama Literatura Random House- ni como grupo. Y en todo caso, Fantascy es completamente ajeno a lo que era antes Literatura Mondadori. Se trata por supuesto de etiquetas mucho menos importantes que las literarias, pero aun así merecen ser dichas como corresponde.
    -El debate: no me parece menor. Le tengo todo el respeto del mundo al género de la distopía, así que bienvenido sea todo lo que lo apuntale y no lo que lo debilite. Hay distopías juveniles en esta moda muy dignas, y hay sucedáneos horrorosos. Sin embargo, la moda es juvenil, y ‘Mañana todavía’ es una antología para adultos. La primera que se hace con autores españoles de primera línea. Creo firmemente que el proyecto era oportuno y no oportunista, y que el resultado ha merecido mucho la pena. Pero ahí estaréis los demás para juzgarlo libremente.
    -Enhorabuena por el artículo, Julián, lo digo en serio. Sólo nos conocemos indirectamente pero respeto mucho tu trayectoria. Por delante de todo soy lector, y los lectores agradecemos que de vez en cuando alguien se atreva a poner los puntos sobre las íes. Aunque de rebote me lleve por ello aguna colleja, creo que todo esto ayuda al género y por tanto a la literatura. Abrazos.

    • Hola, Ricard

      En primer lugar, agradecerte que te pases por aquí, lo mismo que a Ismael. La presencia de aludidos dando un punto de vista ponderado evidentemente enriquece el debate.

      Gracias por la corrección sobre Penguin Random House, fruto de escribir a veces las cosas más apresuradamente de lo debido.

      Lo que cuentas sobre Mañana todavía es evidentemente tentador, y supongo que no soy el único que después de leerte aguarda la publicación del libro con interés.

      Respecto a que la moda es sólo juvenil, no estoy de acuerdo. También se está estilando bastante en editoriales independientes. . ¡Y en críticas de cine! “Distopía” es el tipo de etiqueta que ahora mismo resulta fardona en una reseña para justificar un gusto de esos inconfesables.

      Como simple curiosidad, acabo de poner “distopia” en la tienda de canciones de Amazon y salen 63. “Dystopia” da 800 y pico, pero hay que descontar que hay un grupo llamado Dystopia.

      Lo único que me incomoda (y entiendo que a ti también) es que una herramienta literaria especialmente útil hoy por hoy pueda quedar desactivada con todo esto. Es fastidioso. No deja de ser una discusión teórica sin mayor importancia, y espero haber introducido el suficiente humor en el artículo para relativizarlo, pero es fastidioso.

      • Ah, se me olvidaba: fundamental la distinción entre distopía y antiutopía, por supuesto. De hecho, la mayor parte de lo que se presenta como distópico es en realidad antiutópico. Pero claro, esa no es una etiqueta reconocible.

        • ¿No son sinónimos “distopía” y “antiutopía” por el prefijo “dis-“? Igual que: de gusto, “disgusto”, de utopía, “distopía”.

          Aunque gramaticalmente creo que lo correcto sería “disutopía”, pero sigo sin ver la distinción entre los dos conceptos.

  7. Me ha parecido un artículo más que interesante, aunque no acabo de entender muy bien por qué esa insistencia en que el mundo distópico debe ser presentado como utópico a los personajes. Como por ejemplo: “las novelas postapocalípticas no son distopías porque la sociedad rudimentaria que presentan (…) no es considerada por nadie (…) como el mejor de los mundos posible”.

    Esto sacaría media o casi toda la obra de Phillip K. Dick del género distópico, al igual que “Children of men” de PD James. Curiosamente el paradigma más universal de lo que se suele considerar una distopía, “Blade Runner”, dejaría de serlo. Por no hablar que el género cyberpunk en conjunto perdería uno de sus fundamentos que es lo distópico, porque en el cyberpunk las sociedades no suelen ser distópicas por totalitarias sino por desiguales, ultra-consumistas, anarcocapitalistas… etc.

    Yo siempre he entendido distopía como lo opuesto a utopía, es decir, si la utopía es el mundo más perfecto que se pudiera imaginar, la distopía es lo más terrible que podamos imaginar, pero desde el punto de vista del lector, no del personaje. Es decir: ¿si escribo una novela sobre la Rumanía de Ceaucescu, o la España franquista, o la Alemania nazi, es distopía? Porque estaría ambientada en un mundo totalitario pero presentado por sus adláteres como utópico y el mejor posible, así que cumpliría más o menos la premisa.

    Es sólo un matiz, por otro lado el texto contiene varias reflexiones muy interesantes, no suele uno leer cosas así.

    • Usar distopía para referirse a la obra de Dick, a Hijos de los hombres o al ciberpunk es precisamente el problema que estoy comentando. Dick hacía buena CF: lo de bautizar su obra en conjunto como distopía es la típica acción justificativa para eludir la etiqueta maldita.

      • Sigo sin ver la oposición, he visto mil veces a Dick referenciado como ciencia-ficción y distopía al mismo tiempo. De hecho existe el concepto “ciencia-ficción distópica”.

        Tampoco veo que el término “distopía” tenga más lustre o esté mejor visto que “ciencia-ficción”. A ojos de la gran crítica ambas son lo mismo: literatura para adolescentes. Y al lector del género el concepto cf no le asusta, más bien le atrae.

        • Pues exactamente contra quienes califican a Dick como “ciencia ficción distópica” va este artículo. Entre otros.
          Las razones por las que la cf de Dick es buena literatura pero no distopía creo que están ya expuestas en el artículo y no voy a repetirme.
          La gran crítica siempre ha valorado positivamente la distopía. De hecho, el enfoque al respecto siempre ha sido que 1984, Fahrenheit 451 o Un mundo feliz no eran cf porque iban más allá de las limitaciones del género.

  8. Pues ese es precisamente el error actual. Una distopía es una falsa utopía, no lo contrario a una utopía. Y con el elemento político como distorsionador. Y es que, precisamente, la mayoría de novelas que nombras no son distopías. Contienen elementos distópicos, pero eso no las convierte en distopías. Si una distopía fuera lo contrario a una utopía, es decir, el futuro más terrible que puedas imaginar, toooodas las novelas postapocalípticas serían distopías, con lo que la etiqueta postapocalíptico jamás habría tenido razón de ser. Las novelas de futuro cercano oscuro también serían distopías, con lo que la etiqueta near future o futuro cercano tampoco tendría razón de ser. Es decir, la distopía fagocitaría todo, que es precisamente lo que está sucediendo debido a que ciertas editoriales han creído encontrar la gallina de los huevos de oro en el término. Términos como ciencia ficción o postapocalíptico son veneno para las ventas, el lector generalista no los acepta, pero algunos editores han encontrado el chollito distopía y lo utilizan como cajón de sastre en el que meter todo. Atrapa a los lectores juveniles ganados con la trilogía de Suzanne Collins y no hace huir al lector. De hecho, le da prestigio a la publicación, pues la distopía parte de un pasado ilustre, por su relación directa con el clásico de Thomas More y porque sus principales obras se cuentan entre lo más granado del siglo XX. Échale un vistazo a esas obras y entenderás qué es realmente una distopía: Nosotros, 1984, Un mundo feliz, Farenheit 451. Siempre hay elemento político, y siempre un estado opresor vestido con piel de cordero, una supuesta utopía según parte de ese sistema, pero en realidad un entramado opresor que coarta la libertad del individuo. Una falsa utopía, no una antiutopía.

    • Entonces mi visión era acertada. El niño con el pijama de rayas es una distopía, ya que cumple los requisitos: hay un elemento político, un estado opresor y además este estado opresor se presenta a sí mismo como utópico. Cualquier novela de nazis sería distópica. ¿Qué dictadura en la historia no se ha presentado a sí misma como el mejor sistema posible o la salvación de la patria/raza/fe/lo que sea? Nunca ha habido un régimen tiránico que dijera “somos lo peor, ojalá pudierais libraros de nosotros, pero no podéis”.

      Los libros que mencionas además de echarles un vistazo los he leído y como bien dices se ajustan al término, pero no más o con mayor exactitud que ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? o La Carretera o Ghost in the Shell sino sólo de un modo diferente. No es que la distopía lo fagocite todo sino que lo engloba todo, no es lo mismo. Los géneros que mencionas como el post-apocalíptico simplemente son categorías de distopía. Las novelas de piratas y las de espadachines son ambas novela de aventuras.

      El problema con esto es que es algo subjetivo, por supuesto. Sigo considerando la distopía como simplemente lo contrario a utopía porque si no, cualquier historia ambientada en un régimen tiránico sería distópica (como mucho podríamos considerar que la distopía es una “dictadura del futuro”). Personalmente creo que son estas cosas en las que los críticos se ponen muy de acuerdo pero que no llegan a muchos lectores.

      Como lector si voy a comprar un libro o un cómic basado en un futuro negativo lo consideraré distópico, aunque la etiqueta diga que sólo es ciencia-ficción. Si no, ciencia-ficción sería un género muy estrecho, cosa absurda cuando incluye a pesimistas como Gibson o a optimistas como Asimov.

      Por otro lado no veo yo tan claro – igual me equivoco – que la “distopía” sea un gancho tan formidable, muchos lectores de libros como los de Collins lo que quieren es una historia de amor difícil y emocionante, les importa poco si está ambientada en una distopía o en el baile de fin de curso del instituto, mientras haya romance y algún elemento fantástico o “irreal” (futuro, vampiros, unicornios y dragones, lo que sea).

      • Er… pues en realidad no, si tu visión sigue siendo que una distopía es una antiutopía, no es acertada. Ya te he dicho arriba por qué. Y la mayor parte de las obras que mencionas presentan futuros chungos sin más, muchas de ellas sin mención ninguna a la política. Precisamente, es esa visión que tú tienes la que se está fomentando desde hace pocos años por negocio y la que está equivocada y contra la que va este artículo. Dado que ya la tienes asumida, creo que te va a ser difícil dejarla.
        Una distopía tiene unas claves genéricas determinadas. Primero, que se trata de una ficción no realista. Si tenemos la idea colectiva de utopía es porque jamás ha existido nada semejante, jamás ha habido una sociedad perfecta, por eso se sueña con ella. En su misma definición está la inexistencia. Por lo tanto, toda utopía es, por su propio concepto, inexistente. Cualquier ficción sobre ella será no realista, con lo cual, cualquier ficción sobre su reverso, la falsa utopía, también lo será. En conclusión, ninguna narración realista podrá ser una falsa utopía.
        El régimen de Hitler, desde luego, apuntaba a lo distópico si nos basamos en su propaganda, pero cualquier narración que la contenga será antes realista, sobra decir por qué. Una novela de Sven Hassel, por mucha propaganda nazi y presunto paraíso ario que haya, no es una distopía, sino género bélico. La novela de Boyne no es una distopía porque se trata de una historia realista. Cualquier narración sobre dictaduras históricas será realista, lo cual la descarta como distopía. No hay utopías realistas, así que no hay distopías realistas, puesto que estas existen en relación directa con aquellas.
        Segundo, una narración puede tener características distópicas, pero si sólo aparecen de fondo, como mero decorado, el relato no será una distopía, sino otra cosa con detalles distópicos. Para que lo sea, el conflicto político que crea el doble juego de ser una falsa utopía debe de estar en primer plano. No tiene por qué ser elo principal, pero sí compartir protagonismo con la historia que se esté contando.
        En Sueñan los androides no hay absolutamente nada distópico. El mundo está bañado en radiación, la gente se ha tenido que largar a las colonias, las ciudades están medio vacías, la gente vive aislada, uno por edificio y el elemento político ni se menciona. Es el mercerismo, la religión, la estrella de la novela, y su tema de fondo el concepto de humanidad. En La carretera ni siquiera hay sistema político, sólo supervivientes caníbales. Precisamente, decir que el término distopía lo engloba todo es equivocarse al cien por cien. Eso es lo que se busca por parte de las editoriales, que el término distopía, nombre de un subgénero determinado, tan distinguido de los demás como lo están entre ellos postapocalíptico, near future, space opera, de artefacto, de viaje temporal, etc, etc, suba de categoría y sustituya al que si engloba a todos, a la denominación madre, que no es otra que ciencia ficción. ¿Por qué? Porque ciencia ficción es venenoso para el mercado, suena mal, tiene mala prensa y una imagen lamentable para los que no soportan su imaginería. Si le cambian el nombre venden más, así de simple. Porque distopía, aunque creas que no es así, es una etiqueta que ha figurado en un libro (Los juegos del hambre) del que se han vendido millones hace cuatro años, que por lo tanto han comprobado que no asusta y que encima les da la posibilidad de, cada vez que sacan un libro, decir que proviene del mismo género que 1984, Un mundo feliz o Utopía, libros aceptados incluso académicamente. Es el juego perfecto, pero una estafa.
        No hay más explicación que esta que te doy. Lamentablemente, como digo. Si ya crees que esto es así, como lo venden desde hace unos pocos años, no te vas a bajar de tu concepto, pero si te vale de algo, esto no ha sido así en ningún momento de todo el siglo XX. En la distopía lo político nunca ha sido un matiz, sino el centro de la novela, y siempre ha vendido sociedades perfectas que se rompían por las costuras.

        • Muy interesante reflexión la que haces aunque, como bien dices, esto llega a un punto muerto. Por mi parte me alegro de que la industria llame a la distopía por su nombre. Lo de que el elemento político es muy respetable pero es una opinión – que por cierto, ¿se basa en la opinón de algún crítico concreto, alguna publicación, etc.? -. Cuando voy a la librería la sección de ciencia-ficción sigue ahí – con buena cantidad de libros distópicos en ella.

          Tampoco he visto nunca etiquetada como “distopía” ni a “Los Juegos del Hambre” ni a “Divergente”, sino como “romántica” o “juvenil”. Tampoco creo que los lectores o lectoras de estos libros hayan oído la palabra.

          De todas formas, ha servido para un artículo y debate muy interesantes.

  9. Interesante artículo

    Partiendo del concepto de distopía como falsa utopía, distinto al de antiutopía o futuro oscuro, en el que el rol del elemento dirigente o político debe ser importante, me surge la siguiente pregunta: El cuento de la criada, ¿Qué clasificación recibiría? ¿Variaría según el punto de vista de los protagonistas o de su sexo? ¿O del sexo del lector?

    No deja de ser un punto de debate de que no es fácil establecer la falsedad de la utopía para definir uan obra como distópica ya que esta falsedad no sólo depende de la intencionalidad del sistema político presentado sino que depende de la mentalidad de los protagonistas o de los lectores y entraríamos en la posibilidad de que estas mentalidades, que pueden ser muy diversas, hagan que la consideración de falsedad varíe.

    Enhorabuena una vez más por el debate.

    ignacio

  10. Insistís en cargar las tintas sobre las intenciones perversas de las editoriales, y en mi opinión es un error de bulto. Enarbolar las palabras “moda”, “intereses económicos”, “fraude”, “oportunismo”, etcétera, demuestra simplemente un prejuicio hacia el funcionamiento de la industria, los medios de divulgación cultural, el capitalismo, o qué sé yo, que puede tener su razón pero va mucho más allá de este debate de términos. Con la misma gratuidad podríamos enarbolar prejuicios hacia el ámbito académico y despreciar de entrada cualquiera de sus conclusiones: por elitismo, por conservadurismo, por endogamia, por vivir de espaldas a la realidad… sírvase usted mismo.

    Este debate es irresoluble porque estamos hablando en dos niveles o dos ámbitos distintos de comunicación: el académico y el comercial. Está claro que en cada ámbito se interpreta el término de una manera diferente, más o menos inclusiva. Sucede lo mismo con el término ciencia-ficción, y otros subgéneros. Cuanto mayor la precisión de la etiqueta, mayor la confusión.

    Mi opinión es que las dos acepciones de distopía pueden coexistir (de hecho, lo hacen) y son igualmente respetables. Vamos, que no tiene ningún sentido la corrección, y mucho menos la acusación de “fraude” desde un ámbito hacia el otro. Simplemente, utilizamos el término de maneras diferentes.

    Creo que de ahí venía mi enfurruñamiento original, por cierto. De la sensación de ser reprendido por alguien que, sencillamente, hablaba de sus cosas, no de las mías.

  11. No pueden coexistir porque definen cosas distintas. Y el sentido de una etiqueta es el de catalogar algo con exactitud. Si la distopía comercial me vende bajo su etiqueta un postapocalíptico me ha engañado y se ha quedado con mi dinero, porque lo que yo quería era una falsa utopía con desarrollo político, y lo que me encuentro es un mundo en ruinas y cuatro supervivientes matando mutantes. Por otra parte, Ismael, no sé qué te parecería que te dijera, como hice el otro día, que tu última novela de aventuras marítimas me pareció interesante. Porque claro, si vale para esto vale para todo, no sólo para lo que a uno mismo le parezca intrascendente, que los demás tienen el mismo derecho a jugar a esto y pasar dela teoría. A las novelas de terror las catalogaremos como comedias. Los ensayos a partir de ahora los llamaremos también novelas. Sí, sí, ya sé que durante décadas un ensayo era otra cosa, y que hay volúmenes téoricos explicando por qué, y una etimología y tal, pero eso a mí…ahora lo llamo novela, porque así lo hemos decidido unos cuantos, porque “novela” vende más que “ensayo”, y me viene mejor. Las novelas de Harold Bloom sobre el canon literario, las de Pringle y Barceló recomendando obras de ciencia ficción…
    Me da la sensación de que esto no se va a solucionar de ninguna manera. Mi optimismo inicial decae al ver que quien al principio reconocía las cosas al día siguiente vuelve a la casilla de salida. Aparece un editor que reconoce que no son distopías y a continuación dice que bueno, que ha metido unas cuantas que no lo son en la próxima antología que va a publicar. O sea, sí pero me da igual. Mientras un lado aporta elementos teóricos, el otro no muestra más argumentos que el “para mí no” (o incluso como Ricard, tenéis razón pero paso).
    En fin, que esto no sirve para nada, pero por lo menos que quede constancia para el futuro de la causa artificial que convirtió la distopía en algo espurio, que si bien pudo comenzar en la reseña de algún comentarista ignorante, que no lo sé, fue todo un hallazgo para por los empresarios, que perdieron el culo en fomentarlo. Lo que no entiendo Ismael, es por qué le das tanta importancia. Tú, que precisamente odias las etiquetas, peleas ahora en defensa de una, independientemente de que sea falsa o no. No lo entiendo.

    • No he vuelto a la casilla de salida, Kaplan, gracias a estos debates me he enterado de cuál es la acepción “técnica” de distopía y asumo que mi novela, por ejemplo, nunca será estudiada como tal en esos ámbitos. Donde sigo sin enrolarme es en la cruzada por conseguir que el resto del mundo utilice la nomenclatura académica para etiquetar los géneros (near future, postapocalíptico, distopía, catástrofes, así hasta un infinito etcétera). No sólo me parece una batalla perdida sino también perjudicial. Porque, al contrario que vosotros, opino que el beneficio de este uso generalizado (moda, si queréis) del término es mayor que los supuestos daños. Daños que no acabo de ver por ningún lado, puesto que asumo que los académicos seguirán usando su terminología sin inmutarse por lo que ocurra fuera, y todavía no veo las hordas de lectores indignados por el “engaño” y el “fraude” del etiquetado agolparse en las puertas de las editoriales. Palabras gruesas que no vienen a cuento, en mi opinión. Igual que cuando se insinúa que los escritores (que para empezar no tenemos ni voz ni voto, desde el punto de vista académico, a la hora de etiquetar nuestros trabajos) estamos pringados en esta sórdida estafa de los editores o sometidos a ellos a cambio de un sucio puñado de euros… O casi.

      Por otra parte, admito que soy un poco cabrón y me gusta defender precisamente las etiquetas más borrosas y disfuncionales (distopía, slipstream) porque en el fondo anhelo su desaparición. 😀

      • Solo entro para apuntar que no es un término académico, sino popular. La academia lo recogió de los aficionados.

        Pero… En fin… Si mañana queréis llamar “sillas” a las mesas, para huir de las imposiciones fascistas de los intelectuales, nadie os va a multar por ello.

        Y así, si alguien se molesta porque, cuando a casa le llega una silla en vez de la mesa que ha pedido, podéis decirle que no puede usar la palabra “fraude”. Al fin y al cabo, ¿por qué no aceptar imposiciones radicales y absolutistas de académicos como Kaplan o Julián Díez, que no entiende a la gente de la calle desde sus tribunas intelectuales? 😀 😀

        • Quiero decir, el término fue aplicado a estas novelas por los aficionados. De hecho, la academia española no lo acepta porque lo considera etimológicamente incorrecto.

        • ¡Perfecto! Entonces la academia no tendrá ningún problema en recoger la actual acepción más general de distopía. 😀

          Lo de la silla y la mesa tiene gracia como hipérbole pero no es un argumento.

          Y Fer, yo no he tildado a nadie de absolutista, ni radical, ni he insinuado el menor desprecio hacia los académicos. Te invito a que releas el artículo principal y valores si sucede lo mismo con los escritores en mi situación (por no hablar de los editores, pero mejor que se defiendan ellos).

          Y me retiro ya, que tengo que escribir una distopía catastrofista new weird. 😀

  12. De hecho, es un término de fuera de la literatura aplicado a esta por los aficionados y plenamente aceptado por todos ellos desde hace décadas.

    La Real Academia Española debería haberlo aceptado hace mucho, pero se niega por ser etimológicamente incorrrecto. Es decir, mantiene desde hace tiempo una lucha entre Academia, que no lo acepta, y lectores, que lo tienen (tenían) asumido y lo usaban de manera completamente rutinaria.

    Ahora debemos añadir a esa resistencia a editores y escritores que solo aceptan las etiquetas que les convienen comercialmente. 😉

  13. Nada, nada… Que la Academia decida según las necesidades comerciales de las empresas, en vez de escuchar los cientos de blogs, foros, artículos, libros… De hecho, podría incluirse publicidad de Random House junto a la acepción. 😉

  14. Ismael, es que el mal uso del término, si tiramos de lógica, sólo puede partir de dos motivos: ignorancia o todo lo que hemos hablado (si se te ocurre otro distinto dímelo). Como no me gusta llamar ignorante a nadie, prefiero proponer el otro. Tú verás qué deja peor a los escritores. En cuanto a los editores, lo mismo. Pero como dije antes, la única persona cercana a ese entorno que aquí ha hablado (no editor pero sí responsable de lo que se publica, lo que para este caso viene a ser lo mismo), ha dicho expresamente, leelo más arriba, que aun sabiendo que no son distopías publicará dos o tres textos como tales. Bueno, eso es, exactamente, lo que denuncia este artículo. ¿El motivo? No sé qué pensarás tú, pero yo tengo las ideas claras. .
    Conste que no tengo absolutamente nada contra nadie, y menos contra Ricard a quien no conozco pero sí me ha parecido una persona muy sensata y conocedora de la cf cuando le he leído o escuchado. Me limito a citar los hechos, que son los que son y están aquí mismo expuestos. Y lo dejo ya aquí, creo que todo está bastante claro y que es fútil intentar hacer ver algo a quienes se enrocan en su posición original. Dices que no puedes etiquetar dos cosas distintas con el mismo nombre por razones que deberían ser obvias y te responden que sí, que tienes toda la razón en eso, pero que no ven por qué no se pueden etiquetar dos cosas distintas con el mismo nombre. Es tontería seguir con ello. En todo caso, un placer departir contigo, Ismael.

    • Pero es que intentar vender libros no me parece un motivo siniestro, por eso no comparto la irritación del artículo. Porque vender más significa llegar a más lectores, es decir, acertar ofreciéndoles algo que están buscando, aunque no sepan (ni les importe) si se llama distopía o near future.

      La polisemia de distopía no es una propuesta mía, es un hecho. De otra forma, el artículo de Julián no habría surgido. La cuestión es si aceptamos esa polisemia o no. Yo la doy por buena, no me parece problemática.

      En todo caso, coincido, un placer discrepar. Se nota que nos apasiona el género a todos, y eso mola.

      • Por supuesto que intentar vender libros no es nada siniestro. Que se vendan muchos, ¡que se vendan más!

        Pero vamos a ver… Si se supone que yo, pongamos por caso, soy un experto en un tema, y se está cometiendo un error, ¿no parece normal que dedique unos minutos de mi tiempo a señalarlo?

        Y, sobre todo, Ismael, en lo que no podemos estar de acuerdo es en la inocencia de este error. La distopía ha sido hasta hoy la forma que ha tenido la literatura fantástica de hablar de los problemas políticos de nuestro tiempo.

        Que ahora ese concepto, más útil que nunca, se desvirtúe… Me parece preocupante. En serio, no es buena cosa.

        Si alguien leer 1984 y quiere tener más visiones acerca del futuro que le hagan entender nuestro presente y se compra una novela de zombis… Pues mal.

        Con todos los respetos a las novelas de zombis, que las hay buenas. El problema es de carácter distinto.

        De nuevo con una pequeña metáfora: se puede dar la circunstancia de que haya quien busque un taladro y se le esté vendiendo un sacacorchos porque con las dos cosas se hacen agujeros. Hay gente que reclama taladros, que quiere perforar pero a lo bestia, porque es lo que necesita y además lo que le pide el cuerpo

        Que se les vendan sacacorchos diciendo que son taladros no es correcto, por mucho que sean más baratos y así dinamicemos el consumo, y todo el mundo tiene derecho a vivir de sus sacacorchos que fabrica con tanto cariño. Y estoy de acuerdo. Pero que no diga que son taladros, caray, que no hacen nada a las paredes.

        Y, además, me da que pensar que todo esto puede tener una intención de fondo. Porque a saber lo que la gente te puede hacer con taladros en estos tiempos que corren.

        ¿Qué votante resulta más confiable, un lector de 1984 que vea paralelismos entre la neolengua y lo que se estila en esta campaña electoral, o un espectador de Walking Dead, que llegue a la conclusión de que hay que ir a lo seguro, que mira lo que pasa cuando cambian las cosas?

        Sea o no esto paranoico… No me descabalgáis de mis razones, por mucho “uso aceptado” que me pongáis sobre la mesa. El de “distopía” como “futuro chungo” será un uso aceptado si permitimos que se acepte. Yo voy a hacer lo posible cuando tenga un ratillo y ganas porque no se acepte.

  15. Yo no puedo dejar de mirar la preciosa cubierta de “Mañana todavía”

    Mañana Todavía

    sin acordarme de la reedición de Los viajes de Tuf en bolsillo justo después del éxito de la serie de “Juego de tronos”. Una imagen horrible pero con un espíritu “transgresor” semejante

    Los viajes de Tuf

    Lo sé, lo sé. Esto del fandom no es bueno para la salud mental XD.

    • Menuda portada la de Los Viajes de Tuf… Eso sí que es publicidad enagañosa, menos mal que el mío es de antes de Juego de Tronos. 😉

      Saludos,

      Ignacio.

      • Hmmm, además esto puede llevar a pensar que las editoriales creen que una portada con gatos podía perjudicar las ventas y por eso la han cambiado. No se requiere mayor prueba de mala fe y mal uso… 😀

  16. La justificación de “Se vende. El resto no importa”. Empieza a ser ya preocupante. Las portadas que ha puesto Nacho son muy ilustrativas.

    Ya no se trata de si es buen término, mal término, adecuado, no adecuado… Lo que ya creo que es inmoral es: “Mientras venda, ¿por qué poner pegas?”. Nadie aquí dice que no se deba vender, que las editoriales y los autores no deban ganar dinero… Lo preocupante, una y otra vez, es: “La única prioridad es vender, aunque el lector se confunda con lo que compra. Que se joda. Si vende, es bueno y punto”.

    Porque, realmente, ya en las argumentaciones a favor del uso indiscrimado de “distopía” solo veo una no contradictoria y que se repite: “Así se vende”. Pues ¿para qué seguir con la careta a favor o en contra de los términos, apelando a la sociedad, a las opiniones, a la academia, a los géneros…?

    “Es para vender y me la trae floja quién resulte engañado mientras se venda”. Punto y final, ¿no?

  17. Jo, que alguien me eche una mano, que no puedo con todos. 🙁

    Yo no he dicho que valga todo con tal de vender, he dicho que el objetivo de vender en sí mismo no es malo, sino bueno. Muchos lectores: bueno. Pocos lectores: malo. ¿De acuerdo hasta ahí?

    Mi planteamiento es que la desvirtuación del término distopía (que ya habéis demostrado sobradamente, ok) para abarcar una temática (y un público) más amplios no tiene riesgos, y podría atraer nuevos lectores. Decís que sí tiene riesgos, ¡gravísimos! Bueno, pues con sacacorchos o sin él, sigo sin verlo. Hablamos de emborronar un poco las fronteras de la etiqueta de un subgénero, coño, no de enseñar al pueblo borrego a doblepensar.

    Porque, vais a perdonarme, pero observo cierto paternalismo hacia el lector común por vuestra parte. Como si fuera a aceptar cualquier cosa que le pusieran en los morros, carente por completo de criterio propio, y no fueran capaces de distinguir un sacacorchos de una silla o una aventura marítima. Yo creo que la gente da para más que eso.

    Pero vamos, que me parecen bien todos los artículos en los que se intenten explicar matizadamente las diferencias entre subgéneros de la ciencia-ficción. Yo al menos los leeré con intención de aprender.

    Y ya, ¿no? Que se ha hecho muy tarde.

    • Ya he dado unos cuantos argumentos, no te valen, no hay problema: tengo más. Es que me sobran, porque la verdad es que todo esto a mí juicio no tiene mucho por donde defenderse.

      En ninguna referencia del género encontrará nadie “La tierra permanece” como distopía. Y “La tierra permanece” le da cien mil vueltas a todas las novelas catastrofistas que se han publicado en los últimos cinco años. Si ahora esas novelas son distopías, “La tierra permanece” cae en el olvido: no aparece referenciada como distopía en ningún sitio. Si se catalogan como catastrofistas, “La tierra permanece” quizá consiga nuevos lectores que busquen más material de ese tipo. Lo cual sería maravilloso. Espero que se siga mi razonamiento.

      Para estas cosas sirven las etiquetitas, como dice nuestro amigo Bueso, al que envío un saludo ya que nos está leyendo. No son un capricho, una forma de llamar la atención o una manera de afear la conducta a los demás para dármelas de listo. Son una herramienta para explicar las cosas con precisión.

      Puede que para la gente nueva en el género “distopía” quiera decir “futuro siniestro”. Para todas las historias del género que llevamos tiempo escribiendo, que son las únicas que hay y que nuevos lectores pueden consultar, no. Por tanto, lo mejor es que nos ciñamos a la terminología que hay de referencia para que sea consultada por lectores curiosos. Si no, se generará confusión y se perderán obras relevantes por el camino.

      A veces la gente nueva que entra en el género me da la sensación de que piensa que tiene que ponerlo todo en pie porque no está hecho. Pero no: no lo conocéis tal vez, e igual no tiene mucha calidad muchas veces, pero sí está hecho.

      Por otra parte, permíteme que rebata tu “más lectores, más ventas, mejor para todos”. Pues mira, depende. A ti te los deseo, porque escribes bien y te lo mereces. A Dan Brown no. Entre otras cosas porque cada libro que venda Dan Brown quizá es un libro menos que te compran a ti, o a otro buen escritor. Así que todo es muy relativo: más ventas sí, si sirven para que la buena literatura salga adelante. Más ventas para muchos de los libros que se venden bien ahora me resultan indiferentes.

      Dar pedales debe servir para ir a algún sitio, no para mantener la bicicleta en marcha. Vender libros a mí me parece que está bien si son buenos libros, si no me resulta indiferente.

      • Uy, casi me estabas convenciendo con el razonamiento de “La tierra permanece” cuando has dicho lo de la “gente nueva” y me he sentido de pronto como el forastero que tiene que presentarle sus respetos al sheriff al pisar el pueblo. Hum. Pues va a ser que no. 😀

        • Creo que Julián no iba por ahí y creo que sobraba el comentario de “sheriff”. No me parece afortunado tirar por esos derroteros. Aquí se están argumentando opiniones desde sitios muy fundamentados. Nadie intenta hacer valer su autoridad porque sí, pues si así fuera no se argumentaría con los muchísimos ejemplos y razones que se han dado. Imagino que es un chiste y para que quede como tal me ha parecido bien aclararlo, no sea que alguien lo tome como guiños bastante feos a la galería.
          Estoy de acuerdo en todo con Julián y con Kaplan. Y estoy seguro de que también con muchísimos lectores que llevan años usando el término distopía y que leen sin opinar porque… ¿Porque? A saber…
          Cada razón que aquí se ha dado ha desarticulado cada una de las que has dado, creo. La única razón que sigue quedando es, efectivamente, con la que te quedas: vender más.
          Con la excusa de que, a saber por qué, creéis que sois la voz de los lectores.
          Pero las posturas están ya claras. La discusión hace rato que se anquilosó. Y no sé si vale la pena seguir con ello.
          Y tienes razón: Te dejan solo aquí mientras lanzan sus pullitas por detrás. Yo tampoco me sentiría cómodo, no. 😉

        • Y ahora en serio: es cierto que si cambia la definición de distopía, será problemático seguir el hilo histórico del género y existe el riesgo de que se descuelguen libros interesantes por no participar del nombre triunfante… Vale, eso lo entiendo, y no es deseable. Pero sinceramente no creo que llegue a darse tal situación; entre otras cosas, porque al margen de lo que diga la industria, para eso estáis vosotros, para añadir todas las matizaciones y apellidos necesarios en las etiquetas borrosas de las editoriales. Porque si hablamos de lo que el lector puede encontrarse en las estanterías…. ¿qué estanterías? Si ya casi no hay librerías, y las pocas que hay no tienen ningún fondo de títulos antiguos. Todo estudio bibliográfico se remitirá a los libros académicos, y para eso os pagamos a vosotros. 😀

        • Venga, Ismael; estábamos teniendo un buen debate y ahora me has cogido el rábano por las hojas para no responder a mi argumento. Que además me dices que casi te convence.

          Lo que quiero decir con lo que tú has interpretado pícaramente con lo del sheriff para escaquearte es que a la idea “es que ahora se hace así y no pasa nada” es fácil responder con “llevamos mucho tiempo haciéndolo de otra forma y eso debería servir para algo”. No es exactamente un argumento de autoridad, sino el recordatorio de que las cosas tienen un fundamento y ese fundamento puede resultar útil.

  18. A mí lo que me da mucha curiosidad es: ¿de dónde viene esa convicción tan férrea sobre el significado exacto del término? Quiero decir: ¿algún autor concreto muy prestigioso, una editorial determinada, algún ensayo muy reconocido sobre el género? La opinión de las editoriales a la hora de publicitar no vale, entonces, ¿cuál es la opinión buena? Me parece un tema muy difuso. Si hay algo escrito sobre eso que me podáis recomendar estaría bien.

    • Puedes consultar cualquiera de los libros que se comentan en este ensayo

      http://www.cyberdark.net/portada.php?edi=6&cod=449

      Desde entonces se han publicado bastantes más. En todos ellos la consideración de distopía es la que estamos dando aquí. Y como digo ese es un material que existe, está disponible y puede ser consultado de forma útil para encontrar más obras.

      El “ahora es que se dice otra cosa” me parece en comparación un argumento un poco endeble.

      • Tienen buena pinta, aunque parecen difíciles de conseguir. Ojalá pueda pillar al menos uno.

        Lo de “ahora es que se dice otra cosa”, ¿por qué lo dices, porque todos los libros son del año la polca? Tampoco creo que eso sea muy determinante.

  19. Ahí has estado muy majete, Ismael. 🙂 Discrepo más o menos, pero has estado muy bien. Ahora te debo una cerveza. 😀

  20. Oye, ¿y si firmamos todos debajo de esta frase de tu propio texto, y aquí paz y después gloria?

    “La distopía, en cambio, supone una interpretación de nuestra realidad, una proyección de tendencias que observamos hoy en un futuro cercano y plausible.”

  21. No está mal, Ismael. Pero sigo sin entender el problema, más allá de vender libros y teniendo otros nombres para esto. ¿Por qué el encabezonamiento? ¿No gusta “Prospectivo”? Pues especulativo. O proyectivo. O de mil maneras. ¿Por qué cargarse algo completamente instituido, no solo académica sino desde los aficionados durante décadas? ¿Por qué ceder ante el populismo y lo facilón?

  22. Interesantes reflexiones. No voy a aportar mucho, salvo para decir que, EMHO, esto sólo forma parte de un problema, si es que puede llamarse así, más amplio que afecta a todos los ámbitos de la llamada cultura. En el caso de la música electrónica, la etiqueta (merecidamente) polémica es el EDM:

    http://www.playgroundmag.net/musica/articulos-de-musica/columnas-musicales/dejad-de-llamarlo-edm

    No sé si es un problema inherente a la descontextualización propiciada por la red, si se debe a la dejadez y falta de ganas general, o simple y llanamente a la ignorancia enarbolada como piedra de toque.

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