Modelos animales, de Aixa de la Cruz

Modelos animalesConocí a Aixa de la Cruz a través de “Romperse”, el relato seleccionado por Juan Gómez Bárcena para la antología generacional Bajo treinta; la disección de un personaje que, aferrado a la taza del baño, vomita su vida en un puñado de páginas. Modelos animales es su primera colección de relatos y, como ocurrió con “Romperse”, me ha gustado más de lo que me gustaría reconocer. No, no es una frase hecha ni el habitual postureo de comentarista en busca de un gancho. En su interior hay una voz que se recrea de manera insidiosa en el dolor de personajes perturbadores. Sobre todo por cómo nos ponen en contacto con una serie de sentimientos latentes bajo esa pátina superficial en la cual nos desenvolvemos cotidianamente y que llamamos convivencia.

El relato que abre y da nombre a Modelos animales es una buena medida de lo que vamos a encontrar: un narrador en primera persona que parte de una estampa cotidiana en un momento concreto para, después de habernos introducido en su vida, desgranar sus pensamientos más ocultos. Una serie de temores, anhelos, deseos que afectan a su comportamiento y dan pie a situaciones siniestras, aderezadas con el morbo inevitable tras ese ejercicio de nudismo personal. En ocasiones desde una distancia heladora; una frialdad que contribuye a desarmar al lector y dejarle desvalido, incómodo ante unos afectos y unas visiones pocas veces puestas de manifiesto.

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Robocop vs Terminator, de Frank Miller y Walter Simonson

RoboCop vs TerminatorCuando Dark Horse se lio a comprar licencias de películas para producir cómics a finales de los años 80, supongo que pareció la típica maniobra para hacer dinero fácil en un mercado en expansión. No se puede negar que había mucho de ello. Pero lejos de caer en la mera explotación comercial, se preocuparon de poner unos buenos cimientos en los márgenes del todopoderoso cómic de superhéroes con los autores de segunda fila que podían permitirse. Randy Stradley, Phil Norwood, Chris Warner, Mark A. Nelson, Mark Verheiden, Tom Veitch, Cam Kennedy son los primeros nombres asociados a los tebeos de Predator, Alien, Star Wars… Gente en las antípodas de la etiqueta “hot” y, salvo excepciones, con unas carreras de perfil muy bajo, si alguna vez llegaron a despegar.

El número de combinaciones que puedes establecer dentro de cada franquicia está limitado a la flexibilidad del material de partida. Y salvo que tu cerebro sea como el de Alan Moore, estos bichos dan para lo que dan. Sin embargo se hicieron buenos tebeos. En particular guardo un grato recuerdo de la franquicia Alien de la cual salieron una serie de series limitadas con un acusado rasgo de aventura espacial que conducían las historias en una dirección diferente a la que después tomarían en el cine, con los aliens llegando a la Tierra y proliferando por todo el planeta; lanzando ideas que después serían reutilizadas como el uso militar de los bichos por parte de un general zumbado o unos navegantes deseando exterminar a la especie humana mediante esas criaturas. Incluso llegaron a destacar algunas de las combinaciones entre franquicias: el primer Aliens vs Predator, un par de Batman vs Predator, el Tarzan vs Predator o aquel Superman vs Aliens en el que Kevin Nowlan hacía que Dan Jurgens pareciera otra cosa. El resto son de más vergüenza ajena.

Los más significativos fueron traducidos en su momento, a excepción de éste. Paradójicamente uno de los primeros y creado por dos de los autores más señalados surgidos del cómic de los 70. Dos autores totales que durante la década anterior se habían hecho un nombre mayormente poniendo su arte al servicio de personajes de superhéroes de Marvel y DC: Frank Miller y Walter Simonson. Supongo que por un tema de derechos, RoboCop vs Terminator había permanecido inédita hasta hace unos meses. 23 años después de ser publicado. Se dice pronto.

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The Kraken Wakes, de John Wyndham

The Kraken WakesEntrar en cualquier librería británica con un poco de fondo y pasear por sus secciones es algo cercano a encontrarse en Sangri-La. No sólo por el volumen de novedades o el precio medio de los ejemplares; los autores añejos con un cierto nombre cuentan con multitud de títulos disponibles en ediciones más o menos recientes. En una reciente visita a Manchester no pude resistirme a este pequeño placer ni a hacerme con un puñado de libros de este pelo entre los que se contaba éste; una de mis múltiples asignaturas pendientes de los tiempos heroicos que en castellano sólo se pude conseguir con una apolillada traducción de los años 50.

The Kraken Wakes es otra novela apocalíptica de John Wyndham en la cual unas criaturas extraterrestres desean terminar con el mundo tal y como lo conocemos. En sus primeras páginas la pareja protagonista observa la caída de un objeto en el océano que, unas semanas más tarde, se revela como uno de los cientos de objetos llegados a la Tierra desde otro planeta siguiendo un amenazante plan en varias etapas. Así, lo que se inicia como una batalla entre humanos y alienígenas, con barcos perdidos, bombas nucleares detonadas en llanuras abisales y algunos ataques en superficie, lentamente se transforma en una ola de destrucción abrumadora con la civilización humana arrinconada, sorteando a duras penas su extinción.

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Hollywood maldito, de Jesús Palacios

Hollywood malditoJesús Palacios es perro viejo. Un libro sobre películas con rodajes problemáticos y un aura de malditismo no sería tan atractivo como un libro sobre películas con rodajes problemáticos y un aura de malditismo en las que sus creadores bien desearan alterar la realidad a través de sus imágenes, bien hubieran puesto de manifiesto una serie de energías telúricas, imposibles de explicar desde el ámbito de la razón, que acarrearan un sino fatal para una parte de los involucrados. Más o menos esto es lo que defiende en Hollywood maldito. Desarrollarlo ya es harina de otro costal.

Cada capítulo de Hollywood maldito se centra en una película para, a través de ella, tratar los entresijos de su producción, los avatares que se produjeron durante sus rodajes o en etapas posteriores, las muertes asociadas, su halo misterioso/macabro, la supuesta base real en la que una parte se inspiró, la relación con el mundillo esotérico de alguno de sus creadores… Todo convenientemente mezclado y con las dosis de carnaza necesarias para enriquecer una exposición en la que varios de los hilos conductores funcionan adecuadamente. Por ejemplo el tránsito del cine de terror desde la voluntad de alentar sentimientos atávicos a partir de la imaginación, lo no-real, a trabajar con una materia prima extraída de supuestos hechos reales; cómo de las grandes criaturas del cine clásico se pasó a un grueso de producciones basadas en exorcismos, posesiones demoniacas, casas embrujadas y todo un cúmulo de variaciones. El discurso es sugerente y se ve enriquecido con todo tipo de reflexiones paralelas, como cuando expone cómo los falsos documentales y los efectos especiales han difuminado los límites entre realidad y ficción hasta el punto de cerrar la puerta a nuevas películas malditas.

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La constelación del perro, de Peter Heller

La constelación del perroBig Hig y Bangley viven en un aeródromo de Colorado. Han sobrevivido a una pandemia que ha diezmado a la humanidad hasta situarla al borde de la extinción. Los escasos supervivientes deambulan en busca de recursos y la mayor parte de las interacciones entre grupos es violenta. Bangley aporta al dúo su determinación y su destreza con las armas mientras que Hig vuela diariamente en su Cessna, rastreando la llegada de merodeadores; merodeadores que, si no atienden a las instrucciones de alejarse en otra dirección, son tratados como hostiles. Sin misericordia. La convivencia entre ambos es tensa; Bangley tiene una personalidad huraña propia de un hombre de la frontera y zahiere a Hig sobre su comportamiento, como si la civilización siguiera existiendo. Unos códigos que saltaron en pedazos con la televisión, los límites de velocidad y las colas de los supermercados. Hig aguanta porque sabe que su vida depende de la mutua colaboración y mantiene el asidero de Jasper, su avejentado perro, fuente de compañía y “calor” imposibles de encontrar en Bangley.

La constelación del perro, de Peter Heller, recoge el testimonio en primera persona de Hig. En pasado, desgrana sus días en el aeródromo, su convivencia con Bangley, su… rutina. Frente a otros libros que cuentan lo mismo, Heller sustenta su aportación en su narrador y cómo construye su relato. Ha pasado cerca de una década desde el fin del mundo y los años en soledad hacen mella. En el narración de Hig destaca su manera no lineal de evocar su vida. En mitad de las acciones que acomete se deslizan recuerdos de otros tiempos, relacionados o no con lo que está contando, que crean un flujo de conciencia dislocado, ideal a la hora de emular la memoria de alguien que llevan mucho tiempo encerrado en sí mismo, atenazado por las pérdidas sufridas, las decisiones tomadas y el peso de los recuerdos. Para redondear la redacción, Heller prescinde de cualquier acotación. Diálogos, descripciones, pensamientos… se suceden de forma continua, con un ritmo endiablado, y potencian la fractura del testimonio.

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Qué difícil es ser dios, de Arkadi y Borís Strugatski

Qué difícil es ser diosApenas recordaba nada de Qué difícil es ser dios y lo poco que se mantenía en mi memoria no podría asegurar si venía de ella o de su adaptación al cine: El poder de un dios; una extrañísima coproducción europea que me dejó bastante flipado hace un cuarto de siglo (¡glubs!). En su discontinuada apuesta por recuperar las novelas más significativas de los hermanos Strugatski, Gigamesh la reeditó hace cuatro años y he aprovechado un reciente viaje en tren para releerla. Un placer éste, el de las relecturas, que debiera prodigar más a menudo. Entre los detalles más evidentes que había olvidado está su aire a folletín decimonónico. La tenía como una aventura más próxima a la fantasía medieval, cuando claramente su base es una historia de capa y espada con sus conspiraciones y sus villanos de opereta. Además esta vez he entendido mejor el primer capítulo, un vistazo al pasado de sus personajes cuya carga alegórica queda expuesta cuando se llega a las últimas páginas.

Don Rumata de Estor es un aristócrata en la corte de Arkanar. De cara a sus iguales y el resto de habitantes del reino es un caballero con tintes legendarios; un titán en la lucha cuerpo a cuerpo que se comporta de manera orgullosa y prepotente. Pero esta faceta es una fachada; un artificio bajo el cual esconde su verdadera cara. Rumata proviene de otro planeta, la Tierra, desde donde ha sido enviado para observar el desarrollo social de sus diferentes reinos. Vive como alguien de su posición mientras es testigo de todo lo que ocurre a su alrededor, transmitiéndolo a través de un pequeño dispositivo de observación. A su vez intenta influir en la vida de ciertas personas con las que se relaciona sin forzar demasiado el principio de no intervención bajo el cuál debiera guiarse. Una regla que lo pondrá bajo una enorme tensión cuando Don Reba, el sátrapa que actúa como primer ministro, inicia un pogromo contra médicos, artistas, pensadores…

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Ominosus

OminosusNunca he sido muy fan de Lovecraft. Mi iniciación a sus Mitos llegó a través de La llamada de Cthulhu, aquel juego de rol en el que la cordura de tu personaje duraba menos que un sobre en una sede del PP. A raíz de aquellas tardes enfrentado a batracios legamosos, criaturas fungosas y presencias ominosas, me leí Dagón y otros cuentos macabros, una de las colecciones publicadas por Alianza. La verdad, no me sentí atraído en exceso por unas historias escleróticas, atravesadas por un lenguaje demasiado recargado para mi tierno gusto. Más tarde leí En las montañas de la locura, relatos aquí y allá, y entré mejor en ese mundo insensible ante el sufrimiento de los personajes que pululaban por él. Pero mi mente ya estaba más orientada hacia otro tipo de lecturas y apenas he vuelto a él puntualmente, más a través de otros autores observando sus mitos bajo “otra mirada” que mediante su obra. Sin embargo en los últimos meses ha regresado a mi pila indirectamente… y con fuerza.

En Navidad devoré El rito, la novela de Laird Barron publicada por Valdemar. Quedé atrapado por su recreación de los grandes temas de Lovecraft y cómo Barron los utilizaba para aproximarse a otras inquietudes caso del pavor que produce lo femenino entre un grupo significativo de varones. Además como huevo de pascua incluía su propia versión de lo que hizo Angela Carter en La cámara sangrienta, arrancando cualquier rasgo edulcorado a un cuento clásico, “El enano saltarín”, y recreándolo hasta incrustarlo en todo su salvaje esplendor dentro de la cosmogonía de su novela. Como cuando uno se siente atraído por un fogonazo queda con ganas de más, he terminado llegando hasta la antología Ominosus; la ofrenda de Fata Libelli a la ficción de tintes lovecraftianos que incluye una novela corta de Barron.
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The 100

The 100

Esto de estar enganchado a las series de televisión incluye ese punto irracional que te lleva no sólo a ver las obras “maestras” de cada mes sino a picar una tras otra con series que, si valoraras un poco más tu tiempo, seguramente dedicarías a algo más provechoso como preparar esas oposiciones por las cuales tu madre sigue preguntándote todas las semanas. The 100 es una de ellas y ahora que estoy en pleno tramo final de su segunda temporada, me enfrento a una voz interior que me dice semanalmente “escribe algo sobre ella; abandona el postureo frikster elitista y reconoce cómo te lo pasas con ella”. Y aquí estoy, dándole al botón de publicar antes que el arrojo se evapore del todo.

The 100 es una de esas historias de ciencia ficción juvenil que tanto se estilan estos últimos años sólo que más que centrarse en una perspectiva distópica se lanza de lleno a trabajar un escenario postapocalíptico. Sus primeros episodios nos ponen sobre la pista de una Tierra a un siglo en el futuro tras un holocausto nuclear. Los que parecen los únicos supervivientes orbitan el planeta en una macroestación espacial en condiciones límite. La natalidad está controlada al mismo nivel que los recursos, cualquier crimen acarrea severas penas y la disidencia se pena con un paseíllo a través de la escotilla de aire. Sus habitantes viven entre la rutina y la resignación sin saber que se avecinan tiempos aún más duros; el consejo que gobierna la estación ha descubierto que el sistema vital está en trámite de petar y planifica soluciones desesperadas. La más evidente, lanzar de vuelta a la Tierra a 100 jóvenes “delincuentes” para comprobar si es posible la vida en la superficie. 100 zagales cuyos crímenes van desde ser el segundo hijo cuando sólo se permite uno hasta haber provocado una pequeña pérdida de oxígeno en la estación. Lo que en 13TV llamarían perroflautas antisistema. Estos “indeseables” llegan a la Tierra y, claro, se encuentran con un vergel perfecto para un nuevo comienzo lejos de leyes, convenciones, padres o tabús. Que a su alrededor haya peligrosos animales mutados, zonas con radiactividad residual, un humo amarillo con propiedades ácidas y los violentos salva… otro… “grounders”, inquieta menos cuando no tienes que rendir cuentas ante nadie. Y a los de arriba que les den. Más o menos.

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Cuentos para Algernon, año II, selección de Marcheto

Cuantos para Algernon Año IIHay cosas que por repetidas terminan pareciendo baldías. Sin embargo no conviene dejar de incidir en ellas: la labor de presentación de nuevos autores de narrativa breve en inglés que está realizando Marcheto, alma mater de Cuentos para Algernon, no tiene precio. Al ritmo de un relato mensual, una antología al año, está en proceso de erigir un hito que, al menos, parece que ha calado entre los aficionados a la ciencia ficción, la fantasía y el terror del núcleo duro; de ahí el merecido premio Ignotus como mejor página web de año 2013, compartido con la hasta ahora casi invencible La tercera fundación. Hace tres meses presentó el segundo volumen de su antología con todos los relatos publicados durante el año anterior, excepto “Pequeña américa”, de Dan Chaon, cuyo autor no dio el visto bueno para aparecer en ella.

Puestos a comenzar por algún lugar, me gustaría destacar el pequeño especial dedicado al humor situado al final de la antología; una tipología narrativa que, como bien comenta la antóloga, apenas cuenta con reconocimiento por parte de lectores y crítica. No tanto hacia los autores que la han cultivado en sus diferentes vertientes (Robert Sheckley, Fredric Brown, Kurt Vonnegut, Philip José Farmer) como hacia las obras en sí, incluso las más brillantes olvidadas en beneficio de otras de (un supuesto) mayor calado o, muchas veces, más vacías pero de temáticas más afines al grueso de lectores.

La aportación de este Cuentos para Algernon es un tanto desigual y honestamente me cuesta ver el ingenio insidioso de los autores citados en la selección de relatos, especialmente en los dos últimos. Aun así “La llamada de la compañía de tortillas”, de Ken Liu, como sátira de los cuentos lovecraftianos en clave mercadotécnica, y “Un Opera bello Spazio”, de Oliver Buckram, una vibrante ópera espacial en el sentido más estricto de la palabra, irradian ingenio y funcionan como sátiras de sus dos blancos respectivos. Incluso el de Liu es un artefacto sagaz que va más allá del guiño al maestro de Providence y extiende sus tentáculos hacia terrenos como la mercadotecnia o el espionaje industrial. Arena de otro costal son el segundo cuento de Buckram, “Media conversación, oída desde el interior de una babosa inteligente”, cuya principal virtud es su brevedad, y “De mat y mates”, de Anatoly Belilovsky, supongo que porque el humor apela a valores todavía más personales que cualquier otro tipo de ficción. No terminé de encontrar la gracia a esta historia sobre las conexiones que una pasión puede llevar a establecer entre personajes de lo más diverso sometidos al caos del mundo.

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La canción del perro, de James McClure

La canción del perroJames McClure fue un periodista sudafricano que abandonó su país a mediados de los años 60 asqueado por el apartheid para vivir en el Reino Unido. Dentro de su obra literaria destacan una serie de historias criminales protagonizadas por un policía afrikáner, Tromp Kramer, y su subordinado bantú, Mickey Zondi, que colaboran para resolver todo tipo de casos. Por lo que cuentan los que la han leído, el interés de los libros de McClure está en cómo describe los entresijos de la sociedad sudafricana de los años 60 y 70 desde una perspectiva bastante cínica, además de unos diálogos vivos y corrosivos. La canción del perro pasa por ser la última novela que escribió centrada en ambos personajes pero, también, por ser la primera: es en sus páginas donde Kramer y Zondi se conocen. Viendo cómo se produce el encuentro tras una sucesión de amagos, debió ser algo entrañable para los seguidores de la serie. Para el neófito ajeno a cariños previos, me temo que todo se desde una cierta distancia.

La canción del perro sucede en 1962, el año en el que Nelson Mandela comenzó su periodo de encarcelameinto, algo que figura en la historia puesto que se le nombra un par de veces como en busca y captura. Kramer ha sido trasladado hasta Natal, una región en la costa este de Sudáfrica, para esclarecer el asesinato de un policía y una mujer, muertos tras una explosión en una granja. Durante las pesquisas se cruzan en su camino otras muertes ocurridas durante los meses anteriores, lo que da entrada a un misterio mayor que Tromp sólo comenzará a resolver cuando Zondi ponga a su disposición su sagacidad y resolución.

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