Ascensión, de Tom Perrotta

AscensiónNo me habría acercado a Ascensión si no fuera por The Leftovers, la serie escrita por Damon Lindelof para la HBO a partir de esta novela de Tom Perrotta. Un tenso relato polisémico con la religión y la búsqueda de sentido a las contrariedades de la vida como centro de su circo de tres pistas. Y si he seguido con él hasta prácticamente el final ha sido por encontrar alguna razón que explicara el por qué de su adaptación televisiva. Una pregunta para la cual apenas tengo una respuesta: partiendo de una idea magnífica, Lindelof tenía claro cómo conseguir tensión narrativa e imprimir angustia donde Perrotta sólo muestra un arsenal de carencias.

Desde sus primeras páginas Perrotta intenta escribir una historia a lo Stephen King con el pie apretando el freno, con una pequeña comunidad enfrentada a un acontecimiento sobrenatural que, supuestamente, debería liberar tensiones acumuladas durante años. El elemento fantástico está muy contenido, no hay la menor intención de explicar qué hay detrás, y todo se fía a describir la rutina cotidiana de sus personajes tras proporcionar dosis brutales de rohypnol; tanto que cualquier posible conflicto expuesto exhibe la intensidad de un perezoso en pleno ataque de furia.

La novela se inicia tres años después de la ascensión; un suceso durante el cual un 2% de la población mundial se volatilizó de la faz del planeta sin dejar el más mínimo rastro. La duda de qué ha sido de parejas, hijos, padres, vecinos corroe a una humanidad que, en su mayoría, ha retornado a su día a día como si nada hubiera sucedido. Sin embargo, detrás de la gente acudiendo a sus trabajos, de unos adolescentes llevando su experimentación y su hastío un poco más allá que sus padres (o, al menos, eso quieren creer), de creyentes enfrentados a sus crisis de fe, hay una serie de traumas que apenas afloran a la superficie. Sólo una secta fundamentalista cristiana, los Culpables Remanentes, parece preocupada por recordar que la vida no sigue como si nada hubiera pasado. Vestidos de blanco, fumando como carreteros y con un extravagante voto de silencio, siguen/espían/persiguen a sus vecinos para, con su mera presencia, forzar el recuerdo de los ausentes.

Como decía, este punto de partida tiene intensidad. Lamentablemente, Perrotta no sabe qué hacer con él. Las andanzas de sus personajes por las calles de la pequeña ciudad de Mappleton son una experiencia tan estimulante como leer la guía telefónica o seguir la vida de un aburrido profesor de secundaria en un colegio de Santander. Aparte de una planificación de la historia donde apenas existe progresión, la novela acusa ese narrador plúmbeo habitual en los bestsellers de tres al cuarto que pocas veces muestra cómo se comportan los personajes mientras cuenta con pelos y señales quiénes son, de dónde vienen, qué piensan, por qué sufren, la ropa que llevan, la pérdida que supuso para ellos la mudanza de un amiguito cuando tenían seis años, qué desayunan cada mañana, cuál era el programa favorito de su hijo desaparecido y por qué ellos están ahora enganchados a él,… Perrotta lleva este recurso a extremos tan absurdos como relatar una conversación insípida entre dos personajes durante una cena para cortarla justo en el momento en que se va a precipitar una situación larvada durante las 50 páginas anteriores y contarlo a posteriori en una recapitulación cuando uno de ellos está llorando en el baño del restaurante. La cosa es que ésta no es la excepción sino, más bien, la tónica habitual de un narrador que el día que explicaron el “show, don’t tell“en el taller de escritura creativa debía estar poniéndose morado a cheesecake en un Denny’s.

AscensiónTemas como el refugio que supone la religión para encontrar sentido a los misterios de la vida o esa representación, esa farsa, en que se convierte el día a día y tras la cual se ocultan los problemas de la vida cotidiana terminan con el mismo relieve que Tierra de Campos. Un acercamiento letárgico, agravado si se compara con lo que se ha podido ver en la serie de televisión.

Vale, no se deberían comparar historias concebidas para medios distintos; uno de los cuales necesita adaptarse a una estructura tan cerrada como episodios de 55 minutos con su propia estructura interna. Sin embargo hay aspectos narrativos que se pueden discutir independientemente del medio. El productor y guionista de la serie de la HBO, Damon Lindelof, cuida la progresión de la historia e introduce una serie de cambios en el argumento con la vista puesta en remover desde el mismo comienzo tanto a la comunidad como a los personajes. Por no aburrir me quedo con uno muy señalado del inicio: la celebración del tercer aniversario de la Ascensión; el momento cumbre de las 60 primeras páginas de la novela y del primer episodio televisivo. En este último medio termina con el lichamiento de los Culpables Remanentes a manos de los ciudadanos de Mappleton tras su aparición para reventar la ceremonia; una catártica explosión de violencia que deja al desnudo el estado de una comunidad aquejada todavía por las secuelas del acontecimiento. Mientras, la irrupción de los Culpables Remanentes en la novela tiene las mismas consecuencias que un chaparrón otoñal; apenas conduce a nada y se traga el sentido de la narración del acto.

Después está la coherencia o, más bien, la falta de ella. Siguiendo con los chicos de blanco, los Culpables Remanentes del libro dan un poco de vergüenza ajena. Siguen una serie de ritos que se saltan cada dos por tres, como un voto de silencio cuyo cumplimiento brilla por su ausencia, mientras que su plan resulta tan insidioso como una murga escrita por niños de siete años. A su vez los de la serie están más organizados, se comportan de manera consistente y se guían por un plan implacable a lo largo de la historia.

Por poner dos ejemplos de las docenas que se pueden encontrar.

Si a esto le sumamos una traducción apenas corregida, donde la gente conduce “bajo la influencia”, tienen una vida repleta de “eventualidades” y los lapiceros tienen “borrador” en uno de sus extremos se entiende que haya abandonado su lectura a 80 páginas de terminarlo. No se me ocurre mayor señal de desprecio hacia un libro cuya lectura sólo recomiendo si se tienen problemas para conciliar el sueño.

Ascensión, de Tom Perrotta (Colmena Ediciones, 2013)
The Leftovers (2011)
Trad. Jesús Negro García
445 pp. Rústica. 19€

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