The Time of my Life, de Hadley Freeman

The Time of my LifeEntender por qué se explota la nostalgia por la cultura popular de los 70 y los 80 no es física avanzada. Quienes vivimos nuestra infancia y/o adolescencia durante aquellos años formamos una de las bases más extensas de la pirámide de consumo y, desde múltiples flancos, nos aprietan con la añoranza de aquel periodo. La necesidad de retomar el contacto con la juventud perdida es el caldo de cultivo perfecto para todo tipo de artículos destinados a parasitar fantasías insatisfechas o alimentar el deseo de retornar a esa Arcadia perdida. Entre la inagotable cornucopia de productos comienzan a proliferar estudios más o menos convincentes con el propósito de validar aquellos años. Recalibran las películas, novelas, cómics con los que se crió una generación y buscan la manera de situarlos a la par, sino por encima, del material que nutrió a las generaciones anteriores o posteriores. Esa es la idea inicial de The Time of my Life, un ensayo de Hadley Freeman sobre el mundo del cine comercial estadounidense de los 80.

En cada uno de sus diez capítulos Freeman analiza una película icónica y la repasa centrándose en una idea central; el motivo por el cual considera que debe ser tenida como una obra única. La causa que la hace no sólo merecedora a su rescate sino que la convierte en paradigma de un enfoque extendido durante los años 80 en las producciones de Hollywood, ahora desaparecido. En esa mirada participa de lo que Carl Wilson defendía al final de Música de mierda: escribir desde la propia narrativa personal. Freeman vio la mayor parte de las películas de las que habla durante su adolescencia a finales de esa década o comienzos de los 90. Su vínculo con esas historias, personajes y creadores es evidente y así se preocupa de exponerlo página sí, página también.

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El hombre en el castillo, de Philip K. Dick, y El hombre en el castillo, según Frank Spotnitz

El mapa

Los dos volúmenes dedicados por Cátedra a sendas novelas de Philip K. Dick son un ejemplo de cómo se debe recuperar un clásico de la ciencia ficción. Nuevas traducciones, un formato agradable, estudios que alumbran las facetas más atractivas del título en cuestión, el autor, la época en que fueron creadas… Y algún contenido extra. En el caso de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Julián Díez acompañaba su magnífico ensayo de una enumeración con las diferentes adaptaciones al cine de la obra de Dick; un listado imprescindible para reafirmar su posición como escritor de ciencia ficción más influyente en la actualidad. Su figura ha trascendido sus narraciones y se ha ramificado hasta niveles que bien merecerían un estudio detallado. No obstante, tras mi reciente relectura de El hombre en el castillo, aprovechando el estreno de la segunda temporada de su adaptación a la televisión, también me ha llevado a la pregunta de hasta qué punto ese ascendiente se corresponde con lo que dejó por escrito, con lo que los guionistas entendieron y plasmaron después en las películas, con lo que pudieron verse obligados a potenciar o reducir para adecuarlo a las exigencias de la pantalla (dejando otras caras ocultas)… Un suculento debate al cual la producción de Amazon se presta desde múltiples vertientes.

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El día antes de la revolución, de Ursula K. Le Guin, con ilustraciones de Arnal Ballester

El día antes de la revoluciónDe la docena y media de relatos que formaban Las doce moradas del viento dos se han convertido en los más conocidos y valorados de Ursula K. Le Guin: “Los que se marchan de Omelas” y “El día antes de la revolución”. De hecho el primero se ha aupado hasta una posición indiscutible entre los mejores cuentos de ciencia ficción, una narración estudiada y discutida desde múltiples perspectivas tanto por su escritura como las lecturas que propicia. Mientras, el segundo se ha visto parcialmente eclipsado por ese éxito y el de Los desposeídos, la novela donde Le Guin plasmó la utopía basada en el pensamiento de la protagonista del relato: Laia Asieo Odo. Un desequilibrio injusto tal y como da fe la excelente edición ilustrada por Arnal Ballester para Nórdica Libros.

De todas las Odos posibles, para contar El día antes de la revolución Le Guin se detiene en una al final de su vida. Avejentada, convaleciente tras haber sufrido una embolia, enfrentada a un presente con el que ya no puede lidiar y unos recuerdos que le acechan desde cada rincón. Un narrador omnisciente la sigue una mañana desde su despertar y deja al descubierto retazos de pensamientos y sensaciones. Imágenes de su cuerpo para afirmar sus estados físico y psicológico; brevísimos apuntes de su filosofía y su lucha por llevarla a la práctica; fugaces recuerdos de su estancia en prisión, uno de los nexos con las pérdidas sufridas en una vida entregada a conseguir un sistema social más justo; su visión de la comuna donde vive junto a otros anarquistas y se siente un poco un vestigio. Gracias a esta construcción con trazas de flujo de la conciencia, se integran en paralelo las diferentes caras del personaje. Su encaje, la amplitud alcanzada por este retrato con una economía narrativa incuestionable, se convierte en uno de los grandes valores de El día antes de la revolución. Pero no es esta la faceta que más me atrae.

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Jirō Taniguchi, In Memoriam

Jirō Taniguchi

Leer cómics en provincias en aquellos tiempos previos a internet, desconectado de la mayor parte de revistas y fanzines, sin librerías especializadas, tenía mucho de búsqueda del tesoro. Peinar un kiosko tras otro los viernes o los sábados en una perpetua sorpresa de no saber qué te ibas a encontrar. Esta impresión se acrecentó cuando llegaron las primeras filas del desembarco manga. Sin referencias. Sin bagaje. Debía tener 18 o 19 años cuando me topé con un tebeo particularmente llamativo: un álbum firmado por dos autores japoneses. Lo estuve hojeando, no tenía mucho texto… Me dejó impactado por su dibujo, cómo secuenciaba la acción a través de una narrativa limpia donde el tiempo se ralentizaba sin, por ello, sacrificar la sensación de movimiento. Una bala golpeaba un espejo en dos viñetas mientras otra disparada simultáneamente viajaba hacia su blanco a lo largo de tres o cuatro páginas. Un asesino descerrajaba un disparo sobre el pecho de un hombre mientras la bala salida de la pistola de su víctima dilataba su trayectoria durante varias páginas, golpeaba el suelo, se deformaba… Me lo llevé para casa.

Hotel Harbour View, que así se titulaba el álbum, fue mi entrada en el mundo de Jirō Taniguchi. También fue mi primer recuerdo cuando el pasado sábado me enteré de su muerte. Una vivencia que forma parte de mi (jarl) narrativa personal y me gusta recordar por su componente de descubrimiento; de disfrute personal cuando los tebeos comprados eran escasos y los releía una y otra vez; de choque cuando llegué al resto de su obra y observé su riqueza y su alejamiento de aquella base criminal. Supongo nacida de su guionista, Natsuko Sekikawa.

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¿Qué ediciones de clásicos de la ciencia ficción queremos?

El hombre en el castilloHace un par de semanas Ekaitz Ortega escribía en su blog sobre cómo una serie de editoriales enfoca la reedición de libros más o menos clásicos. En su argumentación comparaba dos posturas: la actualización de los originales mediante nuevas traducciones frente a las ediciones recauchutadas con traducciones provenientes de tiempos y/editoriales menos cuidadosos. Su casus belli: la nueva edición de los tres libros del Universo Bas-Lag de China MIéville por parte de Ediciones B recuperando los textos publicados por La Factoría de Ideas. Un ejercicio que comparaba a sostener un edificio de lujo con vigas defectuosas.

Mientras leía sus palabras no podía dejar de pensar en una exaltación a la enésima potencia de esta actitud: cómo algunas editoriales reimprimen de manera incansable traducciones con muchas décadas a sus espaldas. Libros que prácticamente ya nadie reseña porque o no interesan o, si llegaron a ser leídos (supongo), lo fueron durante la adolescencia y, por tanto, no se observan bajo la lupa aplicada a títulos más contemporáneos. (Pequeñas) Vacas explotadas sin piedad cuyos rendimientos no se utilizan para subsanar una edición en muchos casos poco admisible a estas alturas del siglo XXI. Una idea sobre la que ya he escrito en varias ocasiones, realimentada por mi reciente relectura de El hombre en el castillo en la traducción de Manuel Figueroa para Minotauro.

Tal y como se puede comprobar en la ficha del libro en La Tercera Fundación, esta edición de 1974 es la única en castellano y ha sido utilizada desde entonces en multitud de ocasiones. Un mínimo escrutinio de las primeras páginas deja al descubierto un texto vetusto y mohoso, pobremente vertido al castellano en el cual perviven anécdotas como que al Golden Gate de San Francisco se le llame la Puerta de Oro. Con pasajes confusos donde se hace difícil precisar si ya estaban allí (la redacción original de Dick podía ser caótica, cosa de no contar con la colaboración de editores tal y como los entendemos hoy en día) o se han colado por el camino. Basta testar las traducciones más recientes de este autor para apreciar la diferencia.

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Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enriquez

Las cosas que perdimos en el fuegoDe las colecciones de relatos que leí en 2016, el mejor recuerdo me lo ha dejado Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enriquez. Vale, fue de las últimas lecturas del año, ese estimable potenciador del recuerdo a la hora de elaborar cualquier “Lo mejor de…”. Pero ofrece detalles que suponen un estimable valor añadido, caso de su coherencia en la acreción de las narraciones elegidas para aparecer en él. Sin huir de la diversidad, están conectadas por una serie de enfoques, una cierta unidad estilística y un tono dentro de los cuales cada pieza individual crece y se beneficia del resto. En esa secuencia Enriquez evoca una Argentina a lo largo de los últimos 30 años azotada por la crisis económica, la desigualdad, un machismo atroz y las secuelas de la dictadura militar. Una realidad cruda donde las víctimas endurecen su mirada y se sirven de su dolor bien para golpear a sus verdugos, bien para tomar su lugar como si su padecimiento no hubiera existido. Los gestos de humanidad reciben como recompensa un castigo psicológico, antesala de un sufrimiento físico hurtado ocasionalmente por un final elíptico .

Mi relato preferido es el que lleva el titulo del libro. Abre la mirada a un presente extrañado donde grupos de mujeres, hartas de observar cómo se hacen oídos sordos a los actos de violencia machista, inician un acto de protesta incontestable durante el cual, si sobreviven, quedan desfiguradas. Tras superar la convalecencia en el hospital, salen a la calle y se exhiben en los espacios públicos como si nada hubiera ocurrido, convirtiéndose en portavoces de un cambio social a múltiples niveles. Enriquez escribe desde una narradora que parte de lo concreto (una de estas mujeres entra en el metro, se cuenta cómo va vestida, las reacciones que despierta…) para llegar a lo general, con una aproximación distante quebrada después de su transformación. La solución como una válvula de escape se describe desde una racionalidad aterradora.

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The Gradual, de Christopher Priest

The GradualThe Gradual (2016) es la última novela de Christopher Priest. Ha aparecido apenas tres años después de The Adjacent y cinco más tarde que The Islanders. Una muestra de cómo el autor de El glamour y El prestigio ha recuperado la creatividad tras una década de silencio. En este hecho ha sido esencial su regreso al Archipiélago del sueño, el mundo donde había situado durante los 70 un puñado de relatos y la mitad de la que para muchos es su mejor novela: La afirmación. Sin embargo en aquellas historias el Archipiélago era un simple telón de fondo apenas descrito para permitir avanzar a los personajes y sus dramas vitales. En este retorno ya en pleno siglo XXI, Priest se ha sentido en la necesidad de explorar su geografía, su sociedad, su pasado. Así es como entiendo The Islanders, un libro tan fascinante para los lectores mínimamente bregados en su obra como complicado de apreciar por el resto. Mi sorpresa está en cómo The Gradual profundiza en esta línea hasta convertirse en una indagación en uno de sus elementos fantásticos: el peculiar comportamiento del tiempo a lo largo y ancho de la geografía de las islas. Un tema que llega a dominar el avance de la novela.

Fiel a su estilo, Priest vuelve a la primera persona para dar voz a Alessandro Sussken, un músico de una de las dos naciones en guerra al norte del Archipiélago, Glaund. Sussken recuerda sus días de infancia, su separación de un hermano llamado a filas para servir a su nación, la evolución de su carrera profesional hasta convertirse en un compositor de éxito, su matrimonio… Con un sustrato realista, introduce disonancias en el desarrollo de esta historia  a las que regresará más adelante: su atracción por las islas, la fuente de su inspiración al escribir su música; la marcha de su hermano como parte de un batallón que tarda décadas en volver…

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La maldición de Hill House, de Shirley Jackson

La maldición de Hill HouseMerced a sus adaptaciones a la gran pantalla (Robert Wise, 1963; la manifiestamente olvidable de Jan de Bont, 1999), La maldición de Hill House pasa por ser la obra más conocida de Shirley Jackson. Y junto a La casa infernal forma la dupla regente en el trono de la gran novela de casa encantada contemporánea. Tal consideración se debe a cómo manejan una serie de elementos recurrentes en estas historias: el grupo de investigadores reunidos para experimentar los sucesos paranormales; la caracterización de cada personaje se enriquece al ritmo de los encuentros con esas manifestaciones; se profundiza en el conocimiento del pasado de la mansión y sus antiguos habitantes… Sin embargo, a diferencia de la novela de Matheson (y los delirios de la adaptación de de Bont), La maldición de Hill House destaca por sus excelentes retratos psicológicos y su deliberada ambigüedad.

Dentro del grupo de exploradores de lo extraño, la posición central la ocupa Eleanor “Nell” Vance. Una mujer que vivió durante su infancia un supuesto suceso paranormal y, tras pasar años enclaustrada al cuidado de su madre, es incapaz de valerse por sí misma, sojuzgada a la voluntad de su hermana y su cuñado. Aunque La maldición de Hill House está contada en tercera persona, el narrador de Shirley Jackson sigue a Nell en todo momento. Es a través de ese acercamiento subjetivo mediante el cual entramos en contacto con el resto de personajes y sus experiencias en la mansión. Esta perspectiva deliberadamente sesgada fuerza al lector a preguntarse sobre la interpretación de numerosos acontecimientos, conversaciones o las relaciones entre unos personajes perfilados con maestría.

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Ciudad revientacráneos, de Jeremy Robert Johnson

Ciudad revientacráneosCiudad revientacráneos es el relato en primera persona de S. P. Doyle, un empleado de banca entregado en cuerpo y alma a descubrir las maquinaciones de su empresa para poner esa imposible carga de demolición que sirva de pistoletazo a la caída del sistema. Esta obsesión se mantiene a tono gracias al consumo de hexadrina. La droga potencia su rendimiento a cambio de unos vergonzantes efectos secundarios; fundamentalmente un estado de excitación permanente que Doyle alivia masturbándose de manera incansable. Los días pasan a velocidad de vértigo entre la oficina y su investigación casera, con Doyle enfrentado al continuo deterioro de su salud y su imagen, la necesidad de pasta para mantener el suministro de la droga y la desconfianza de unos camellos inquietos por un cliente que sobrepasa los límites de consumo establecidos. Por si estos problemas no fueran suficiente, unas extrañas criaturas con forma de gorila campan por la ciudad machacando las cabezas de unas víctimas a las que devoran el cerebro.

La ordalía del protagonista de Ciudad revientacráneos parece reescribir los primeros 15 minutos de Matrix como si Jeremy Robert Johnson recordara sus lecturas de Easton Ellis puesto de estimulantes hasta las cejas. Todo su primer acto, el purgatorio de Doyle arrastrado por su adicción, es un acuciante relato donde se hace difícil discernir la frontera entre los hechos y las plausibles fallas de su percepción ante una realidad en posible descomposición bajo el peso de la paranoia y la ansiedad. Pero esta disociación potencial apenas dura las 100 páginas existentes entre el comienzo y el primer clímax. Un punto de inflexión que marca un cambio de registro. Johnson apuesta por dar un lavado de cara a clásicos de la fantasía urbana como Los que pecan, de Fritz Leiber, o La desagradable profesión de Jonathan Hoag, de Robert A. Heinleinposeído por el espíritu del foro macgufo de forocoches y adaptándolos a los niveles de adrenalina y efectismo demandados por lector del siglo XXI.

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Homoconejo, de Alfonso García-Villalba

HomoconejoLlegué a Homoconejo gracias a una crítica de Juan Francisco Ferré. El autor de Providence enmarcaba esta novela entre una serie de obras (Paprika, la carrera de David Lynch, Inception…) con pedigrí suficiente como para servir de anzuelo. Destacaba el nombre de J. G. Ballard, un autor con una enorme influencia en el ámbito británico, referencia ineludible en los mundos de la literatura y el cine o a la hora de contextualizar cualquier noticia sobre al uso de las nuevas tecnologías en ámbitos que van desde las comunicaciones hasta los juguetes sexuales. Pero si cambiamos a España su obra apenas encuentra un mínimo eco. Me cuesta nombrar un escritor al que haya servido de referente; en su estilo o, particularmente, en su genuina mirada al ser humano contemporáneo. Quizás por su manera de recuperar ese enfoque he disfrutado más de Homoconejo, una narración Ballardiana que remite tanto a relatos de los 70 (“Aparato de vuelo rasante“) como alguna de sus novelas más recientes (Noches de cocaína).

Alfonso García-Villalba emplaza Homoconejo en el campo de Cartagena, un entorno donde la presión urbanística de los tiempos de la burbuja ha dejado entre regadíos y llanuras áridas numerosos esqueletos en la forma de edificios a medio construir. En este paisaje junto a la costa del Mar Menor el megalómano Cumas Baba desea levantar un laberinto, una construcción más allá de un seto conformado en hormigón. Para la tarea contrata a una arquitecta, M., que involucra en el diseño a su pareja, el narrador de la historia. Mientras éste se prepara para su labor comienza a percibir elementos extraños a su alrededor. En especial la presencia de una mujer que parece el reflejo perfecto de M.

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