El último sueño, de Guillem López

El último sueñoEn su asalto al primer plano de la literatura de género, Guillem López ha sabido reinventarse. Challenger, La polilla en la casa del humo y Arañas de Marte constituyen una terna de obras aconvencionales que han tomado distancia de la fantasía heroica de sus primeros títulos para abrirse a una visión del mundo desencantada, caótica, con la voz de sus narradores y la estructura del relato en el centro de sus historias. Una sintonía nada casual con el zeitgeist de este arranque de siglo XXI. Sentía mucha curiosidad por sus siguientes pasos; si se mantendría en ese plano o daría un nuevo giro. El último sueño, su nueva novela recién publicada por Minotauro, decanta esta disyuntiva con una respuesta ambivalente: integra las dos etapas de su carrera en un relato de aventuras que acontece en el escenario de La polilla en la casa del humo.

La ciudad de Paraíso lleva los estratos sociales grabados a fuego en su geografía. Las clases privilegiadas ocupan el centro de la urbe, un recinto presidido por el gran Zigurat. En las barriadas desparramadas a su alrededor, en una intrincada maraña de callejuelas, plazas, edificios y puentes, bandas de delincuentes compiten por territorio, influencia, dinero, en un delicado equilibrio tolerado por los guardianes del orden establecido mientras no haya excesivos desmanes. En el primer capítulo una fugitiva, Midkemia, es salvada por los miembros de una de estas bandas, Los Abandonados, de los acólitos de quienes la han retenido los últimos años. Su presencia es esencial para el mantenimiento de la fuente de energía que alimenta la ciudad: la Kamé. Un recurso extraído de unas criaturas, las Kas, encadenadas durante siglos en lo más recóndito del Zigurat y drenadas sin pudor para obtener esa forma de energía. Sin Midkemia la Kamé puede dejar de fluir y La Cofradía no se anda con chiquitas cuando la especia está en riesgo.

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Las diez mil vidas de Milo, de Michael Poore

Las diez mil vidas de MiloMilo lleva reencarnándose miles de años en un bucle que se aproxima a su final. Ya ha empleado nueve mil novecientas noventa y cinco de sus diez mil oportunidades para consumar una existencia perfecta y, así, pasar a ser uno con la Ultraalma. Sobre su cabeza revolotea la idea de fracasar y verse abocado a la nada; la desaparición de quienes no consiguen ese único, gran, trascendente premio. Mientras aguarda en la Otra Vida cada nueva oportunidad, vive junto a una serie de personajes y reflexiona sobre sus errores y aciertos, siente y aprende de cada nueva experiencia. Uno de esos seres es Suzie, una encarnación de la muerte con la que mantiene una relación romántica cada vez más intensa, hasta el punto que ésta lleva un tiempo planteándose su labor, si está dispuesta a continuar con ella.

En esta encrucijada sobre las cuestiones suscitadas por las maneras del emplear nuestro tiempo en vida y su sentido es donde Michael Poore ha emplazado Las diez mil vidas de Milo. Una sucesión de historias entre el relato y la parábola con una mínima fracción de la experiencia de Milo. Su plato principal son sus últimas cinco vidas; narraciones entre las 15 y las 90 páginas que abarcan de lo pseudohistórico a la ciencia ficción apocalíptica o distópica. Tres de ellas, “El caso del Club de las Gachas”, “El Buda en invierno” y “La familia Stone”, me han parecido lo mejor del libro al enfrentar a su protagonista con particulares infiernos opresivos y resolverlos mediante soluciones de lo más diversas.

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Jurgen, de James Branch Cabell

Hay algo intrigante en las veleidades del gusto popular, en cómo escritores, músicos y artistas en general que, siendo inmensamente famosos en su época, acaban cayendo en el olvido. ¿Quién tira de los hilos, dicta los gustos, quien escribe la historia o cómo se aceptan unos relatos sobre otros? Intereses económicos de editoriales y medios, críticos literarios, prebostes académicos, historiadores del arte, árbitros del buen gusto, sociedades secretas… Sea quien fuere el responsable, el “ahora molas, ahora no” sí que es un lema que nunca se pasa de moda. Un ejemplo meridiano de esto es la novela que toca hoy, Jurgen, de James Branch Cabell, la obra más conocida de un escritor prestigiosísimo en el panorama literario norteamericano de los años 20 y 30. Nada menos que admirado por escritores y lumbreras del calibre de Mark Twain, Scott Fitzgerald (su esposa Zelda tenía a Cabell como su escritor favorito), Aleister Crowley o Sinclair Lewis, el primer autor norteamericano que ganó el Nobel, y quien reconoció la enorme influencia que Cabell ejerció sobre él en su discurso de aceptación del famoso premio sueco. Pero poco a poco, por desconozco qué razones, la popularidad de Cabell comenzó a menguar, convirtiéndose en el típico autor de culto en el género fantástico, un “escritor de escritores” en cuya fantasía humorística he podido reconocer a Fritz Leiber o Jack Vance (muy particularmente las dos divertidas novelas de la saga de Cugel pertenecientes al ciclo de La Tierra Moribunda) y, en su juguetona erudición mitológica, a Gene Wolfe. Por no hablar de los consabidos grandes nombres fascinados por Cabell en general y esta novela en particular, que adornan los textos introductorios y promocionales de esta edición, como Terry Pratchett, Robert Heinlein o Neil Gaiman. Así que estamos ante una obra más o menos olvidada pero importante por su influencia en el fantástico anglosajón. Pero, ¿sólo por eso?

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The Language of the Night, de Ursula K. Le Guin

The Language of the NightEn el texto de recuerdo de Ursula K. Le Guin al poco de su muerte dediqué unas palabras a lamentar la escasa atención prestada en España a su obra de no ficción. Hasta la reciente publicación de Contar es escuchar, apenas se habían traducido un puñado de ensayos. A día de hoy, más allá de su relación epistolar con James Tipree, Jr., se pueden considerar inencontrables. Hace unos meses tuve la fortuna de hacerme por menos de 7 euros con un ejemplar de su primera recopilación de ensayos, The Language of the Night, proveniente de una biblioteca escolar y en perfectas condiciones. En su interior se encuentran algunos de sus textos de no ficción más afamados (“Why are americans afraid of dragons?”, “The Child and the Shadow”, “A citizen of Mondath”), aderezados con otros menos conocidos, un material indispensable para conocer la trastienda de una escritora que, apenas unos años antes de su publicación (1979), había revolucionado la fantasía y la ciencia ficción con las que continúan siendo sus obras más conocidas.

The Language of the Night se divide en seis apartados: una introducción, una sección con estudios sobre fantasía y ciencia ficción, otra centrada en su visión de varias de su obras y tres autores (Tiptree, Jr., Tolkien y Dick) por los que sentía pasión, una cuarta dedicada al oficio de escribir, dos textos sobre su relación con el fandom de la época y una completa bibliografía; un apéndice imprescindible en los tiempos anteriores a internet. En prácticamente todos ellos, Le Guin afronta cada artículo desde un punto muy personal. Como afirma Susan Wood en la introducción, la autora de Un mago de Terramar y Los desposeídos creía firmemente que en el acto de contar historias iba implícita una traducción; la literatura era el instrumento que la ponía en contacto con facetas desconocidas de sí misma. Su mente, las partes inconscientes de su personalidad, quedaban expuestas a través del relato. De ahí que este compendio quede en el terreno comprendido entre la autoexploración y la autoafirmación.

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El país de las risas, de Jonathan Carroll

El país de las risasCuando las vidas de Thomas Abbey y Saxony Gardner se cruzan en una librería de segunda mano, ninguno de los dos podrá imaginar hasta donde les llevará ese camino que apenas comienzan a andar. Al igual que nos podría suceder a nosotros con algunos de nuestros amigos más cercanos, los gustos comunes o, en este caso, la afición por un escritor hace que se planteen llevar su entretenimiento más allá de lo meramente ocioso. En el momento en que deciden traspasar la frontera entre el divertimento y el trabajo descubrirán que nada es lo que parecía en un principio.

El país de las risas fue la primera novela publicada por el escritor norteamericano Jonathan Carroll en 1980. Con ella abría las zanjas para los cimientos de una carrera dominada por su cercanía al realismo mágico y una fantasía disfrutable para cualquier lector no especialmente acostumbrado al género. Aunque no fue hasta un tiempo después que Carroll empezó a recoger los frutos de su trabajo en forma de premios y nominaciones, la novela sirve para marcar esas pautas que serían reconocidas posteriormente. Y, sobre todo, es una magnífica obra que cautiva desde las primeras páginas a aquellos que son ávidos lectores.

Sus protagonistas son dos jóvenes que se encuentran en una librería mientras buscan ejemplares del fallecido escritor Marshall France. Su colección de grandes éxitos de género juvenil necesita algunos títulos difíciles de encontrar y ello termina provocando, no sin tras dimes y diretes, que Thomas y Saxony unan sus pasiones: por los libros y por este autor en concreto. De la misma manera que ahora nosotros rebuscamos por la red información sobre aquellos autores u obras de nuestras largas listas de pendientes, ambos se trasladan a conocer más sobre su figura a su localidad, Galen, donde pretenden pedir permiso a su hija, Anna, para escribir una biografía sobre su padre desde el mismo lugar donde vivió. Al poco de llegar allí, antes incluso de tener la aceptación, la pareja protagonista comienza a descubrir que las cosas no parecen exactamente normales. Algo que se les escapa provoca que las personas que los rodean, aunque de buen trato y amables en su mayoría, no actúen con la naturalidad que se podría esperar. Mucho menos cuando la intención de la visita de Thomas y Saxony sea moneda de curso común. Y todo ello mientras su propia relación progresa a pasos agigantados.

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Homúnculo, de James P. Blaylock

No recuerdo si les he dado la brasa todavía con la piedra angular de mis primeros pasos en esto del fantástico, es decir, los tres primeros números de la revista Gigamesh. Si no ha sido así, ya iba tocando. Para un jovencito de veinte años, pretencioso pero despistado, que apenas salía del cascarón escogiendo lecturas de lo más variopintas por el infalible método de “la portada mola” (tenía la estantería llena de ultramares) y cuyos ídolos del momento eran William Gibson y Gene Wolfe, la constante lectura y relectura de aquellos tres números supusieron la forja del lector profundamente snob que soy ahora, el periodo larvario de un crítico furibundo. Y es que, en unas circunstancias de escasez de información y desconocimiento del panorama editorial, aquellas páginas se convirtieron en imprescindible guía de compra (el primer estado del lector de crítica) a la que acudir para escoger lecturas. Además de las numerosas reseñas (muy graciosas en su mayoría), se incluían listas con lo mejor del año o especiales como aquel cyberpunk, abundante en nombres y libros, una mina para un lector solitario de ciudad dormitorio en los tiempos inmediatamente pre-internet. Y de entre toda aquella avalancha de títulos enseguida me llamó la atención Homúnculo, de James P. Blaylock, que recomendaba fuertemente el crítico y traductor Albert Solé, cuyos artículos y reseñas me molaban bastante por su sentido del humor y porque más o menos coincidíamos en gustos, para qué engañarnos. Era una novela con buenas puntuaciones en el Hit-parida de la crítica y la etiqueta con la que se vendía resultaba de lo más sugerente; steampunk, un “movimiento” literario que había surgido hacía algunos años en USA y que poco a poco iba llegando al mercado español.

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Viriconium, de M. John Harrison

“No establecía distinción alguna entre la pornografía y las novelas del espacio, y a menudo se preguntaba en voz alta por qué no se incautaban estas y no las otras. A mí todo me parece lo mismo —afirmaba—. Consuelo y fantasías. Las dos cosas te carcomen el cerebro”. (“Egnaro”, M. John Harrison)                                                         

A pesar de ser devoto seguidor de M. John Harrison desde el día que cayó en mis manos El mono de hielo, esa antología de relatos sobre la poética del misterio y la lobreguez como sustratos fundamentales de la vida cotidiana, confieso que he ido postergando innumerables veces la lectura de una de sus obras más emblemáticas, la saga Viriconium, como poseído por una reverencia temerosa ante el desafío de una montaña-tótem literaria. El caso es que desde hace años ronda por mi casa la edición Fantasy Masterworks de Gollancz, que recopila las novelas, novelas cortas y casi todos los relatos sobre la Ciudad Pastel, un tochazo que sólo de verlo dan ganas de ponerse a hacer cualquier otra cosa, pero como lectorcillo tembloroso ante la magna obra y sintiéndome indigno del superlativo estilo de Harrison en su idioma original, no me atrevía. No ha sido hasta que me he decidido por fin a hacerme con la edición española publicada por Bibliópolis, que vuelca la edición de Gollancz al castellano, cuando me he decidido a acometer este particular rito de paso, hasta tal punto que no descarto escribir una aportación metanarrativa al ciclo algún día, una novela-diario de épica costumbrista, El señor que leía Viriconium, o algo así.

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Las fuentes perdidas, de José Antonio Cotrina

Las fuentes perdidasHay una pequeña anécdota que refleja lo que fueron las ediciones de La Factoría de Ideas desde los primeros momentos de su colección más longeva, Solaris Ficción. Las fuentes perdidas, la primera obra española publicada por la editorial en Otoño de 2003, fue una de los primeras en tener su corrector acreditado. Este hecho tanto puede verse como el reconocimiento de una función editorial mal pagada y muchas veces descuidada, o la manera ladina de asignar responsabilidades; un alivio para el editor de unos libros entonces bastante criticados por sus errores y sus erratas. También fue uno de los últimos. Como cuenta su autor el volumen salió a la venta plagado de errores, como si el corrector no hubiera cuidado su tarea. Y nada más lejos de la realidad; aquella corrección fue entregada pero jamás llegó a la imprenta. Por uno de esos extraños vericuetos editoriales a los que La Factoría de Ideas era tan propensa, las modificaciones se perdieron y el lector español tuvo ante sí un texto sin el último pulido. Ese proceso, realizado de nuevo, se ha culminado catorce años más tarde con la reciente edición de Alianza en su colección 13/20; un formato muy agradable de leer y con una ilustración mucho más evocadora, ideal para el contenido del libro.

Las fuentes perdidas pasa por ser la primera novela de José Antonio Cotrina y se aleja un tanto de las que le hemos podido leer posteriormente. De hecho, para los que lo hayan conocido por títulos con un cariz más o menos juvenil de El ciclo de la Luna Roja o (menos) La canción secreta del mundo, puede suponer un sonoro contrapunto. Su estructura es más lineal, el desarrollo se muestra más contenido y el tratamiento de los personajes femeninos peca, sin hacer sangre, de pobre. Sin embargo es una obra esencial en su bibliografía. En sus páginas terminó de abrir las puertas a un universo creativo exuberante y desacomplejado dentro del cual los géneros se concilian sin disimulo. Elementos de ciencia ficción, fantasía y terror conviven sin prejuicios para modelar un escenario extraordinario donde nuestro mundo apenas es una capa en una multiplicidad de planos ocultos a los sentidos de los humildes mortales.

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El zoo de papel y otros relatos, de Ken Liu

En el relato “Lo hermoso y lo sublime” de Bruce Sterling, el escritor tejano plantea un futuro en el que los robots y las inteligencias artificiales se han hecho cargo del progreso científico, de las ciencias duras, la ingeniería, la mecánica y la investigación. Como consecuencia se produce una profunda transformación de la civilización; de la carrera tecnológica y la competitiva lucha por el control de los recursos se pasa a una pacífica utopía humanista basada en la abundancia. La “inteligencia” analítica y racional se encuentra a disponibilidad de cualquiera, por lo que ya no vale nada y los valores que rigen este mundo futuro son la la pasión, la emoción, la intuición, el amor romántico, el decoro, lo emotivo, el yo, la sensibilidad y el melodrama, donde el éxtasis estético de lo bello y lo sublime es a lo máximo que puede aspirar la humanidad.

No se trata de un relato excepcional, pero sí resulta muy interesante, ya que aquí es donde se aprecia con más claridad un recurso que Sterling ha empleado muchas veces en sus obras; nos presenta esta sociedad utópica vista a través de los ojos de sus propios miembros, lo que produce un curioso efecto en el lector, que se encuentra peleando con unos personajes que se comportan como auténticos cretinos (el efecto Laura Webster). Por supuesto, no lo son, simplemente no los podemos entender. Este recurso condiciona el relato tanto en lo formal como en lo argumental, el cuento toma forma de comedia romántica de enredo escrita en un estilo afectado, en la que se narra la historia de De Koonig, un artista de éxito que ha de recuperar a Leonia, el amor de su vida, prometida por su padre a un ingeniero fabricante de ultraligeros, el técnico Somp. Finalmente, la sensibilidad y el amor verdadero triunfan sobre la mecánica y la grasa. Al finalizar el relato, asistimos a la escena de despedida entre el triunfante De Koonig y un abatido Somp, un socialmente torpe morlock representante de la vieja cultura ya obsoleta, que se ha quedado compuesto, sin novia y sin ultraligero. —Maldita sea —le espeta un amargado Somp a De Koonig—, nosotros fabricamos cosas, intentamos entender el mundo, no nos dedicamos a recitar de memoria versos de Catulo en latín para ligar en la oficina. Moñas, que eres un moñas. (Traducción muy creativa de mi cosecha).

Pues bien, El zoo de papel podría ser perfectamente una obra escrita por De Koonig, apologética de los valores de este mundo creado por Sterling, y yo sería Somp, el amargado técnico sin futuro.

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El muro de las tormentas, de Ken Liu

El muro de las tormentasComprar el primer libro de una trilogía en España siempre ha tenido mucho de acto de fe; pocas veces existe el compromiso explícito de seguirla hasta su conclusión. Y de tenerlo, tampoco se suele apuntar cuándo puede hacerlo. Por eso valoro la labor de Alianza con los libros de La dinastía del diente de león de Ken Liu. Su primer volumen, La gracia de los reyes, llegó a las librerías hace menos de un año y su continuación, este El muro de las tormentas, lo ha hecho apenas medio año después de aparecer en inglés. A esto hay que unir el cuidado estándar de publicación: la tapa dura, los mapas a color, la calidad del papel, una aseada edición… Todo un acierto por parte del equipo detrás de la colección Runas.

En La gracia de los reyes Ken Liu abordaba un relato de tintes clásicos centrado en el nacimiento de una dinastía y el proceso de construcción de su imperio. Su principal interés y, a la sazón, lo atractivo de su lectura derivaba de cómo crecía su historia principal a medida que se adherían a ella multitud de historias más pequeñas. Cómo un narración épica sobre el poder, su conquista y sus consecuencias se sostenía muchas veces sobre la espalda de una miríada de personajes de las más variadas procedencias. Siguiendo esta línea, El muro de las tormentas se convierte en una obra más compleja y heterogénea. Liu incorpora facetas inéditas del escenario y profundiza en aspectos ya vistos mientras los enriquece con nuevas capas.

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