Cuando las vidas de Thomas Abbey y Saxony Gardner se cruzan en una librería de segunda mano, ninguno de los dos podrá imaginar hasta donde les llevará ese camino que apenas comienzan a andar. Al igual que nos podría suceder a nosotros con algunos de nuestros amigos más cercanos, los gustos comunes o, en este caso, la afición por un escritor hace que se planteen llevar su entretenimiento más allá de lo meramente ocioso. En el momento en que deciden traspasar la frontera entre el divertimento y el trabajo descubrirán que nada es lo que parecía en un principio.
El país de las risas fue la primera novela publicada por el escritor norteamericano Jonathan Carroll en 1980. Con ella abría las zanjas para los cimientos de una carrera dominada por su cercanía al realismo mágico y una fantasía disfrutable para cualquier lector no especialmente acostumbrado al género. Aunque no fue hasta un tiempo después que Carroll empezó a recoger los frutos de su trabajo en forma de premios y nominaciones, la novela sirve para marcar esas pautas que serían reconocidas posteriormente. Y, sobre todo, es una magnífica obra que cautiva desde las primeras páginas a aquellos que son ávidos lectores.
Sus protagonistas son dos jóvenes que se encuentran en una librería mientras buscan ejemplares del fallecido escritor Marshall France. Su colección de grandes éxitos de género juvenil necesita algunos títulos difíciles de encontrar y ello termina provocando, no sin tras dimes y diretes, que Thomas y Saxony unan sus pasiones: por los libros y por este autor en concreto. De la misma manera que ahora nosotros rebuscamos por la red información sobre aquellos autores u obras de nuestras largas listas de pendientes, ambos se trasladan a conocer más sobre su figura a su localidad, Galen, donde pretenden pedir permiso a su hija, Anna, para escribir una biografía sobre su padre desde el mismo lugar donde vivió. Al poco de llegar allí, antes incluso de tener la aceptación, la pareja protagonista comienza a descubrir que las cosas no parecen exactamente normales. Algo que se les escapa provoca que las personas que los rodean, aunque de buen trato y amables en su mayoría, no actúen con la naturalidad que se podría esperar. Mucho menos cuando la intención de la visita de Thomas y Saxony sea moneda de curso común. Y todo ello mientras su propia relación progresa a pasos agigantados.
No recuerdo si les he dado la brasa todavía con la piedra angular de mis primeros pasos en esto del fantástico, es decir, los tres primeros números de la
En el relato
He de confesar que en lo que a literatura fantástica se refiere, soy anglófilo de pro. Siempre he tenido debilidad por los escritores de las Islas Británicas, autores por cuyas cabezas bullía lo extraño y maravilloso, aderezado con una considerable carga de mala leche y humor cabrón, todo ello escondido bajo una fachada de buenas maneras, formalidad y stiff upper lips. Aparte de la insularidad geográfica y mental, o la falta de luz solar que obliga a pasar el día metido en casa leyendo o en el pub cavilando majaderías para pasar el rato, la teoría más convincente es que la culpa de todo la tiene la influencia de Stonehenge y los túmulos, crómlech y pedruscos neolíticos varios que abarrotan las Cinco Naciones como catalizadores del pasado druídico, mágico y esotérico que ni los romanos pudieron dominar del todo. La religión y las convenciones sociales no pueden reprimir completamente este océano arcano del subconsciente que por algún lado tiene que salir, ya sea por lo artístico o por lo criminal. La tradición es larga, desde Jonathan Swift hasta M. John Harrison pasando por Mary Shelley, Lewis Carroll, William Hope Hodgson, Arthur Machen, Robert Aickman o J.G. Ballard, los escritores de las Islas están muy piraos y por tanto, molan. Y dentro de esta venerable tradición de escritores iluminados entraría el escocés David Lindsay y su asombroso