Recientemente he vuelto a El año que vivimos peligrosamente. Entre toda su memorable presencia, hay una frase de Billy Kwan, el personaje interpretado por Linda Hunt, que me viene como anillo al dedo para introducir Zangetsuki. Crónicas de la Luna. Viene a decir que en los argumentos que plantean las historias que nos contamos en occidente siempre esperamos un cierre, una respuesta clara. En el wayang kulit (teatro indionesio de sombras), sin embargo, no hay conclusión. Esta falta de desenlace meridiano, la posibilidad de dejar una historia sin un posicionamiento del narrador, en suspenso, sin atar del todo, es una de las característica de muchos relatos orientales (y occidentales) que más nos cuesta aceptar al común de los espectadores cuando nos damos de bruces con algo así. Zangetsuki se puede considerar en parte como un caso práctico de cómo salir bien parado de una propuesta así. Lamentablemente, Masakuni Oda también da pie a los horrores de todo lo contrario: los monstruos narrativos que emergen de un entramado que se preocupa de no dejar el menor espacio para la duda. El mazazo de estrellarse contra una propuesta de una literalidad extrema.
Estas dos facetas se encuentran en Zangetsuki. Crónicas de la Luna porque en su interior se presentan tres narraciones. Algo que la edición de Minotauro no menciona por ningún lado (ni siquiera incluye un índice). Las dos primeras, “Y entonces la Luna dio la espalda” y “La piedra del paisaje lunar”, son dos novelas cortas. La última, “Crónica de Zangetsu”, es una novela con todas las de la ley. Entre ellas hay alguna conexión mínima, sobre todo la proverbial influencia de la Luna sobre el comportamiento humano; una suerte de licantropía a la que Oda imprime cualidades diferentes en cada historia que dan vuelo al cliché. De hecho, en las dos novelas cortas acierta a alejarlo del terreno trillado para urdir unos retornos atractivos, en su poder simbólico y en su manifestación a pie de suelo.








