Paintwork, de Tim Maughan

Paintwork

Tim Maughan es inglés, se declara admirador de William Gibson y escribe ciencia ficción de los próximos cinco minutos. Tres cosas que si las leo en una entrevista van a hacer que pique sí o sí. Y siendo ahora tan fácil como acudir al Imperio del Mal Cultural Que No Paga Impuestos y descargar a un precio irrisorio “Paintwork”, una brevísima antología de tres relatos autopublicados hace año y medio (sí, siempre llego así de tarde a todo), pude comprobar enseguida si mi intuición era correcta o había metido la pata .

Como digo, Tim Maughan escribe cf de los próximos cinco minutos, mejor dicho, de los próximos treinta segundos. Un escritor que ha logrado sacar la cabeza del culo, con perdón, más interesado en el mundo que le rodea que en la Singularidad y otras zarandajas, obsesionado con la omnipresencia de la tecnología y sobre todo internet y su influencia en la dinámica social en general y en personajes de la calle en particular, en la gente más o menos normal que se desenvuelve en entornos urbanos y fácilmente reconocibles. “Coño, pues como el cyberpunk”, pensará usted. Pues sí, perspicaz, inteligente y apuesto lector o lectora, como el cyberpunk. Pero hasta cierto punto.

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La maravillosa vida breve de Óscar Wao, de Junot Díaz

La maravillosa vida breve de Óscar Wao

El tiempo corre que se las pela, la memoria tiene una capacidad de retención equivalente a la de Latro, la actualidad lo domina todo y las atrocidades de ayer cubren bajo gruesos paños de polvo cualquier barbaridad cometida hace más de una década. Por eso viene bien leer una novela como ésta que ofrece una mirada singular a la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo; tres décadas que sumieron a la República Dominicana en una sima de la que todavía no ha sido capaz de sacar la cabeza (aunque el mérito no es exclusivamente suyo. Contribuyeron mucho los posteriores gobiernos del “demócrata” Joaquín Balaguer). Sin embargo lo mejor de La maravillosa vida breve de Óscar Wao no recae exclusivamente en su modo de hacer memoria sino en la aproximación utilizada por Junot Díaz a la hora de tocar temas como la integración de los emigrantes, la incomunicación generacional o la angustia adolescente.

No invento la rueda si digo que su personaje central es Óscar (Wao) de León; la novela se abre y se cierra con él mientras su narrador pretende esclarecer si existe o no un fukú (maldición) sobre su familia. Pero su vida apenas es un fragmento de un tapiz mucho más vasto que abarca tres generaciones de los Cabral-De León. En él figuran personajes tan dispares como su hermana Dolores, junto a Óscar el miembro más joven y eminentemente estadounidense de su family; su madre Hipatia Belicia Cabral, Beli, el nexo de unión entre la República Dominicana y EE.UU.; y el “perdido” patriarca del clan, Abelardo, el padre de Beli, caído en desgracia en la década de los 40 cuando sufrió toda la saña del régimen de Trujillo.

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Perros del desierto, de Francisco Serrano

Perros del desierto

Perros del desierto

Un planeta inhóspito y comunicado con la Tierra mediante naves espaciales que necesitan cientos de años para llegar hasta él. Una biosfera semidesértica donde el agua es un bien escaso y cuyo acceso está limitado por la Autoridad Colonial. Unos colonos abandonados a la amenaza de tormentas de arena, criaturas salvajes y bandas de forajidos que acostumbran a matarlos tras una tortura atroz. Unas ciudades que más parecen poblados de Arizona de finales del siglo XIX donde las reyertas aguardan a la vuelta de la esquina.

Como queda claro desde su primer capítulo, Perros del desierto es una historia de frontera que aúna componentes derivados del western, la ciencia ficción, el thriller e, incluso, leves gotas de terror. Una novela breve escrita a la mayor gloria de la literatura pulp o, por qué no, los bolsilibros de nuestros años 60 y 70 que mantiene algunas de sus cualidades más populares a la vez que lima varias de sus carencias.

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Sukkwan Island, de David Vann

Sukkwan Island

Sukkwan Island

Son infinitas las historias que exploran la supervivencia de uno o varios personajes en un entorno aislado, enfrentados a condiciones climatológicas extremas, paisajes indómitos y/o animales que poco entienden de sus necesidades. Sin embargo su atractivo ha variado bastante con el paso del tiempo. Del retrato del mundo natural y la exaltación del hombre como su dominador a la descripción de cómo se ve afectado el paisaje interior de los personajes. La manera en que sus relaciones y emociones son amplificadas por unas condiciones ante las cuales cualquier estabilidad resulta una quimera. Es en este sentido donde Sukkwan Island se reivindica como una de las lecturas más asfixiantes y revulsivas que he leído. Un relato que transporta a territorios límite a partir de unos elementos cuya sencillez potencia el horror insondable ante el cual te sitúan.

El narrador omnisciente que relata la historia sigue a Roy mientras acompaña a su padre a una cabaña aislada de Alaska con un propósito lúgubre: sublimar toda una serie de fantasías masturbatorias alrededor del modus vivendi en la frontera y las relaciones paternofiliales a lo televisión años 50. Sin embargo, a medida que pasan los días y los acontecimientos se alejan de la estimulante aventura que había planificado, el personaje del padre queda definido en todo su esplendor. Su insatisfactoria relación con las mujeres, sus sucesivas frustraciones vitales, su profunda soledad golpean a un Roy sin escapatoria, obligado a soportar cargas impropias para alguien de su edad.

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Un poco de Fin, de David Monteagudo, y Fin, según José Torregrossa

Nota: Más o menos hacia la mitad de este texto voy a entrar a saco en el argumento de la novela y en el de la película. Si usted se siente molesto cuando se comentan giros importantes, odia a David Pringle por lo que hizo en sus listas de novelas recomendadas de ciencia ficción y fantasía o estaba en la cola del cine cuando Homero Simpson salió de ver El Imperio Contraataca, no continúe leyendo. También voy a mojarme en la interpretación de ambas, tal y como las recuerdo. Siéntase libre de corregirme, aportar su propia experiencia o, por qué no, darme una en toda la cara. ¡Me la merezco!

Fin

Fin

Como me suele ocurrir cuando Santiago L. Moreno publica una crítica, me cuesta dar mi punto de vista. Sus análisis son tan certeros y colonizan tanto mi memoria que me resulta entre pretencioso y redundante añadir nada. Pero mi imprudencia de este verano de “furia” me empuja a dejar aquí mis impresiones sobre Fin, de David Monteagudo. Un sleeper publicado en el año 2009 que colecciona reimpresiones como pocos libros españoles de temática fantástica han logrado. La primera novela publicada por un autor entrado en años, con una realidad laboral alejada de lo que solemos encontrar entre los escritores nacionales y llevada al cine en 2012 en una adaptación que me ha interesado bastante más después de haber leído el original.

En esa ceremonia de toma de posición que es toda reseña, creo que Fin es una novela valiosa. Por su manera de aproximarse al fantástico desde una cotidianidad típicamente española; por cómo toca las miserias y rencores que anidan en todo grupo humano que lleve suficiente tiempo en contacto; y por cómo describe al mundo natural tomando posesión del medio humano. También es un libro que muchos escritores preocupados por sus ventas (ya sé que no es TU caso, pero mira a tu alrededor y dime que no existen) debieran analizar si desean descubrir algunos de los secretos del éxito. Cómo se debe dosificar el misterio detrás de una historia; cómo graduar los pequeños giros y, a través de ellos, crear tensión narrativa; cómo se puede trabajar con una estructura fija con engranajes de una extensión medida al milímetro. Y, específicamente, cómo dotar de un cierto sabor a un lugar tan manido como el fin del mundo.

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Nadie me mata, de Javier Azpeitia

Nadie me mata

Nadie me mata es una de esas novelas con título oblicuo que se llena de contenido cuando se profundiza en ella. Una obra polisémica con múltiples niveles de lectura que tanto funciona como deconstrucción de un cierto tipo de novela criminal, exploración de la manera en la que se elabora la identidad personal o indagación del hecho creativo a partir de la metaficción. Y aunque su primera mitad me ha dejado un tanto frío, las sinergias que se establecen entre estos niveles han hecho evolucionar mi valoración hasta compartir la opinión del jurado del premio Xatafi-Cyberdark del año 2008, que le otorgó el máximo galardón por delante de obras estimables como Porvenir o Corazón de tango.

El narrador de Nadie me mata despierta en una habitación para descubrir que tiene amnesia. Mientras es presa de una enorme confusión llegan sus primeros escarceos con el pasado: una chica atractiva aparece en su habitación, le llaman al teléfono que encuentra a su lado, acude a una cita donde es testigo de un crimen en el que está implicado… sin abandonar en ningún momento el microuniverso del barrio de la Latina al que pertenece. Pero no el barrio de la Latina de nuestro Madrid sino uno ligeramente “desplazado”, sometido a ataques terroristas en una Europa atemorizada por una pandemia de gripe aviar. Sin embargo el escenario aparece difuminado y se limita a ser un lugar neblinoso que, por contraste, ayuda a enfocar la tragedia que atenaza a los personajes.

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Sobre cómo hacer una edición en condiciones directamente para el mercado electrónico

Libros con destino

Libros con destino

Hace un par de semanas comentaba cómo no se debía hacer una edición directamente para el mercado del libro electrónico. Hoy quiero comentar un ejemplo mejor orientado que, creo, alumbra un posible camino para la edición en formato digital… si realmente existe un modelo de negocio viable. En este punto reconozco que me resulta complicado argumentar contra el gran miedo de la industria más reacia a entrar en él, debido los escasos libros en formato electrónico que compran las personas que conozco. No obstante o se entra ya a establecer el mercado, con todas las consecuencias, o se perderá de manera definitiva la oportunidad que se debía haber aprovechado hace cuatro o cinco años cuando arrancaba el tema. Pero me estoy aventurando en terreno pantanoso…

Fatalibelli es una editorial digital especializada en literatura de ciencia ficción, fantasía y terror que apuesta por un modus operandi en las antípodas del camino que siguen el 99% de las editoriales profesionales: nada de edición en papel, precio muy competitivo (alrededor de 5 euros) y fuera cualquier tipo de DRM (ese sistema “anticopia” que pone palos en las ruedas de los que quieren comprar libros fuera de los ecosistemas cerrados de Amazon o Apple). Además apuestan claramente por la narrativa breve de autores extranjeros, un formato particularmente interesante para la edición digital. Te llevas tu lector de 200 gramos, tu teléfono, tu tablet… y te lees un cuento en el trayecto de ida y vuelta al trabajo, mientras esperas a tu niño a la puerta del colegio, en esa media hora que tienes antes de dormir…

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Sólo el acero, de Richard Morgan

Debería haber publicado este comentario cuando leí Sólo el acero, hace más de un año. Sin embargo dejé el borrador inconcluso, me dediqué en cuerpo y alma a sobrevivir en tierra extraña y se quedó en el limbo del wordpress… hasta hace unos días, en que me acordé de él después de leer este exabrupto en su ficha en la tienda Cyberdark.net

La ventosidad no merecería mayor atención si no fuera porque toca de pleno la homofobia soterrada de un género, la fantasía heroica, siempre dispuesto a esquivar las cuestiones de género. Más interesado por mantener estereotipos y no soliviantar a grupúsculos que viven en los tiempos de las páginas verdes de Nueva Dimensión que por hacer honor a una tradición… la cual sí se ha forzado en otros asuntos. Recordando el brillante episodio del musical gay de IT Crowd, aquí vivimos muy felices con nuestra sexualidad hasta que llega alguien y nos golpea en toda la cara con otra.

No tengo claro si esta es la manera más adecuada de comenzar la reseña: estigmatiza la lectura de una obra ya de por sí estigmatizada. Pero sin la condición homosexual de su protagonista, Ringil Eskiath, no se puede entender ni su amargor, ni su ira, ni la propia novela que narrativiza sus desventuras.

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Antirresurrección, de Juan Ramón Biedma

Antiresurrección

Antiresurrección

Fiel como ese alcohólico que cierra cada día el bar de la esquina, he vuelto a mi anual novela de zombis. Sí, ya sé que hoy en día se estila tomar una posición entre distante y flagelante ante una temática “tediosa y agotada”; un sumidero especialmente indicado para ver tu nombre impreso en la portada de un libro y buscar un mini pelotazo con más chance que escribiendo una de horror psicológico o una gafapastada de ciencia ficción social. Pero a mi estas historias de horror ante la masa me divierten y, según el contexto, todavía me aterran más que los responsables del colapso de Lehman Brothers. En esta ocasión he solazado mis vísceras con Antiresurrección, la primera y única incursión de Juan Ramón Biedma en la temática. Y aunque el resultado final dista de ser completamente satisfactorio me ha parecido bastante más recomendable que las doZ novelaZ patriaZ máZ vendidaZ: la lamentable Los caminantes y el “homenaje” al blog de Alpha Dog, Apocalipsis Z. Tampoco significa mucho pero es un comienzo.

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Embassytown, de China Miéville

embassy

Embassytown

Ojocuidao!, la reseña que está a punto de leer destripa la novela sin vergüenza ninguna, revelando varios elementos claves de la trama. Si es de los que gusta de sorprenderse con los libros y de leer reseñas bien escritas, razonadas, sin faltas de ortografía y patadas a la entrepierna del castellano, por favor, no continúe .

Confieso que no soy seguidor de China Miéville, dato importante a tener en cuenta antes de que se decidan a seguir adelante. Quizá harían mejor en buscarse otra reseña en la que el autor sepa de lo que escribe, porque lo que les voy a contar no son más que opiniones sin fundamento e información nivel becario de periodismo. Verán, es que soy el típico lector resentido, La estación de la calle Perdido no me gustó. Hala, ya lo he dicho. Sí, tiene toneladas de ambiente y estupendas extravagancias de nueva carne victoriana, pero China no deja de restregártelas por la cara (¿cuántos sinónimos de “apestoso” tiene el idioma inglés?), y como argumentista me parecía pobre (la cansina sucesión de falsos finales resultaba eh, ejem, er, ¿cansina?). Algunas cosas molaban, como el concepto de jugar a ser Dickens en un Londres fantástico y decadente, pero la cosa no acababa de cuajar; bregar con la abigarrada prosa de Miéville era muy cansado y yo estoy ya muy mayor. Pues eso, que no me gustó. Y como soy consciente de mi edad, de que la vida pasa en un suspiro y que cada libro leído significa otro adoquín en nuestro accidentado tránsito a la otra vida, pasé de él y de todo lo que se publicase con su firma. La New Weird llegó detrás en tropel, piqué con varias obras, alguna me gustó, la mayoría no, y no presté mucha atención a la evolución del subsubsubgénero en general y China Miéville en particular.

Hasta que, por motivos profesionales, me encuentro con Embassytown. Una vez leída, la distancia temática y estilística respecto a Perdido es abismal. Estamos ante una incursión en la ciencia ficción setentera, humanista, la más interesada en las ciencias blandas, LeGuin sobre todo, quizá Tiptree Jr, con un pelín de  Gene Wolfe y sus reflexiones sobre el colonialismo, las palabras y su relación con la realidad (La quinta cabeza de Cerbero y el Libro del Sol Nuevo), y las novelas sobre el lenguaje y la estructura social de Watson (Empotrados) o Delany (Babel 17, Tritón). Ciencia ficción como ciencia ficción fantástica, es decir, empleando parafernalia de género para extrapolar y examinar un tema concreto desde la distancia y la extrañeza, como si se realizara un experimento con un sujeto en distorsionadas condiciones de laboratorio.

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