Maison Ikkoku, de Rumiko Takahashi

Maison Ikkoku

Aquí va otra reseña repescada de mi viejo blog (y las que quedan). Lo siento, cuando me quedé en paro sentía que se abrían ante mi horas interminables de ocio que emplearía en realizarme como persona a costa de sus impuestos, pero en realidad estoy más liado que cuando trabajaba, que coño, que aquello era trabajar y punto, ahora entre recorrer desolados polígonos industriales leoneses ofreciendo mi fuerza de trabajo, refrescar los portales de empleo cada cinco minutos, hacer los baños y delinquir impunemente por internet, no es que no tenga tiempo para escribir, es que no tengo tiempo ni para leer. Así que toca una antigua reseña sobre Maison Ikkoku, un tebeo que les hará ser mejores personas. O parafraseando a una antigua amiga mía cuando hablaba de los Housemartins, “si te gusta Maison Ikkoku no puedes ser mala persona”.

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El cielo de Lima, de Juan Gómez Bárcena

El cielo de LimaA veces basta coger cualquier libro y leer unos párrafos sueltos para comprobar si el autor escribe bien, si su dominio del lenguaje pasa de la media habitual, o si es capaz de mantener un nivel narrativo que merezca la pena. Bien, les invito a realizar la prueba con El cielo de Lima; ábranlo por cualquier página y lean un par de párrafos. Es muy probable que después compren el libro.

La novela nace de una anécdota real: la correspondencia que mantuvieron dos jóvenes peruanos con el poeta Juan Ramón Jiménez. Simularon ser una mujer –a la que dieron el nombre de Georgina Hübner– de la que el poeta llegaría a enamorarse, o al menos mostraría gran interés por visitar, y a la que incluso acabaría dedicando el poema “Carta a Georgina Hübner en el cielo de Lima”. Partiendo de una anécdota tan interesante, Juan Gómez Bárcena escribe su propia ficción de los hechos.

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El fraude en el etiquetado de la distopía

SelecciónEn alguna ocasión comparé a un crítico o un reseñador con el maitre de un restaurante de lujo. Bien, se trata de una metáfora con bastantes grietas, pero me permite hacer hincapié en varios puntos. Que el chef, el creador, el escritor, es la verdadera estrella; que el maitre sólo es un transmisor y nada más que puede dar cuenta de lo que hacen los verdaderos talentos; y que por tanto su misión es informar al cliente de lo que hay. Parece desaconsejable que un maitre diga que un plato está bueno o no; pero sí debe informar, si se le solicita, de datos como sus ingredientes (por si alguno puede producir una alergia), el modo de preparación, el tipo de sabor… En suma, si el cliente está interesado por el plato y duda de si puede gustarle o no, el maitre debe proporcionarle la información necesaria, con sinceridad, que le permita decidirse. Y también puede darle cuenta de platos que le hayan pasado inadvertidos y se ajusten más a sus gustos, o especialidades del día que no figuren en la carta.

El hecho de que al maitre le guste ese plato o no es relativamente secundario; lo importante es que sepa explicarle a su cliente cómo es para que tome su decisión. Trasladado a nuestro terreno, si comprar y leer o no el libro.

Todo esto es muy periodístico, lo sé; soy periodista y tengo una manera de ver las cosas tan anticuada que ya ni siquiera se estila en el periodismo de ahora, el de enviar las irrelevancias que pueden contarse en 140 caracteres para crearse una “marca personal”. Más allá de esta visión por mi parte de las críticas o reseñas se encuentra el análisis literario, en un terreno totalmente distinto. Es incluso más valioso, pero creo que hay que reservarlo para platos de verdadera entidad y debe hacerse con otro tiempo, con otras aspiraciones.

La cuestión es que el maitre necesita para su explicación utilizar ciertas generalidades. Si el plato es de verduras, de pescado o de carne; si va frito, cocido, asado o la plancha; si es especialmente dulce o picante. Por supuesto, la cocina evoluciona precisamente en la dirección de ofrecer combinaciones sofisticadas; pero siempre existen datos básicos. Si alguien quiere comer pescado, es fácil determinar si un plato es en esencia de pescado o no para ofrecerlo.

Lo que quiero comentar se relaciona con este último punto. Los reseñadores necesitamos etiquetas como medio de informar a nuestros lectores de la condición del libro sobre el que queremos escribir. Las vueltas y revueltas sobre qué es o no ciencia ficción, que en realidad no tienen mayor importancia, son para mí relevantes porque quiero poder explicar con precisión si un libro pertenece a ese género o no, y puedo presentarlo como tal a mis clientes, a quienes confíen en mi criterio.

Se da la circunstancia en los últimos tiempos de que hay una etiqueta dentro de la ciencia ficción que se ha puesto de moda: la de distopía. Ya que estamos entre amigos, me permitirán que me cuelgue una medallita: hace tiempo que dije que esto podía pasar. A mi juicio, el problema de la ciencia ficción es que se empeñó en resultar cada vez menos pertinente para el lector común, centrándose en hechos como la novedad en los temas, que obliga necesariamente a un alambicamiento metarreferencial. La distopía, en cambio, supone una interpretación de nuestra realidad, una proyección de tendencias que observamos hoy en un futuro cercano y plausible.

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Of Ants and Dinosaurs, de Liu Cixin

Of Ants and DinosaursAl final del Cretácico, las hormigas y ciertos dinosaurios han desarrollado una relación simbiótica. Esa colaboración permite a ambas especies pasar por una serie de etapas hasta alcanzar una supuesta Era de la Información. Sin embargo existe una amenaza para el futuro del planeta: los dinosaurios se encuentran escindidos en dos grandes naciones, con su poder nuclear a pleno rendimiento y dispuestas a no ser las segundas en apretar el botón. Un desastre que las hormigas están dispuestas a evitar a toda costa.

Of Ants and Dinosaurs es mi primer relato de Liu Cixin y me cuesta un poco valorarlo de manera equilibrada. A priori diría que es una fábula sin trampa ni cartón. La sociedad compuesta por ambas especies y la crisis que atraviesan no tienen demasiado relieve y, al final, la mayor parte de la tensión narrativa parte de los dos misterios de la trama: la propia resolución del conflicto y cómo se materializará el gran destructor del final del Mesozoico en este presumible universo alternativo.

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Ocho quilates I: 1983-1986, de Jaume Esteve Gutiérrez

Ocho QuilatesLa fiebre nostálgica en la que nos refozilamos los que andamos sobre los 40 parece inagotable. Una generación criada alrededor de la marca “los 80”, un punto de encuentro tan reivindicable o bochornoso como cualquier otra década, cuya cultura popular se exhibe a través de Papel y plástico, la fiebre Yo fui a la EGB… Entre tanto cine, juguete, canción pop, gloria sepulcral y serie de televisión, hay un producto que tiende a pasar desapercibido aun cuando fue una de sus manifestaciones más idiosincrásicas. De hecho su aparición vino de la mano de un tótem ahora tan arraigado como la informática del hogar. Me refiero a los videojuegos, un sector tecnológico que en España despegó en parte gracias a un limitado número de compañías nacionales durante los años 80. A pequeña escala y con sus propias características, un deformado reflejo de los orígenes de las grandes marcas de hardware y software estadounidenses.

Si se hace una comparación al detalle, el símil yerra por seis o siete órdenes de magnitud. Sin embargo, algo hay del empresario hecho a sí mismo en aquellos grupos de chavales trabajando en el salón de sus casas o en una oficina puesta por el emprendedor de turno. Jóvenes en la Universidad o, incluso, el Instituto, con un Spectrum regalado por un tío con posibilidades, programando de manera casi autodidacta y progresando juego a juego mientras creaban una industria y descubrían a golpes conceptos como logística, distribución o requisitos legales y sufrían en sus carnes los primeros desengaños. Ocho quilates es un tributo a aquellos años. Una década que, desde una perspectiva actual, parece una deliciosa anomalía anacrónica.

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Snowpiercer, de Bong Joon-Ho

Snowpiercer

¡¡OJOCUIDAO!!  El texto que viene a continuación revela diversas claves de la trama, incluso el final de la misma, así que no siga adelante si no quiere que se la fastidie. Yo lo siento mucho, pero soy incapaz de reseñar una obra compleja como ésta sin tratar algo tan importante como es su conclusión. Si de todos modos quieren conocer mi opinión en dos palabras, se la doy; Snowpiercer mola. Ya si eso, vayan a verla y luego vuelvan aquí, a ver si le enriquezco la visión de la película o acaban por mandarme a la mierda.

A principios de los años noventa, se publicó en Francia el primer volumen de Le Transperceneige, un tebeo de Jean Marc Rochette y Jacques Lob, inspirado en una serie de novelas postapocalípticas de mucho frío, La Compagne des Glaces, de G. J. Arnaud. En él se planteaba un futuro lejano en el que una guerra atómica ha sumido el planeta en un eterno invierno nuclear que ha cubierto la Tierra de un espeso manto de nieve y hielo. Los supervivientes se han refugiado en un tren que circula sin descanso por las vías que aún permanecen operativas. Y en el interior de dicho tren se ha generado un microcosmos extremadamente jerarquizado, rígido e injusto, un reflejo de las sociedades humanas en general. En los vagones de la cola se pudren los desahuciados, olvidados por los habitantes de los vagones delanteros, donde las capas más acomodadas de la sociedad disfrutan de todas las comodidades sin remordimiento alguno, inconscientes de que esas diferencias sociales podrían arrastrarles al desastre.

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El rey Lansquenete, de Santiago García Albás

El rey LansqueneteSantiago García Albás es un escritor bastante desconocido. Hasta El rey Lansquenete apenas había leído un par de cuentos suyos aparecidos hace un porrón de años en Paura y Gigamesh. El resto de su actividad parece haberse circunscrito alrededor del premio Alberto Magno; el certamen de relato de ciencia ficción convocado por la Universidad Politécnica del País Vasco. Otro pequeño desconocido. Aparte de los relatos que hemos podido leer en Artifex y casos sueltos como “Mala racha” o “La pared de hielo“, la mayoría de premiados apenas se han visto más allá de los volúmenes recopilados por la propia UPV, con una distribución discreta. Desconozco por completo cómo serán ese resto de obras, pero después de leer El rey Lansquenete (premio en el año 2013) me ha quedado una fantástica sensación. Para nada desmerece de los relatos ganadores escritos por Joaquín Revuelta, José Antonio Cotrina o, incluso, César Mallorquí. Además reivindica la ciencia ficción especulativa tanto en el fondo como, especialmente, en la forma.

El factor que me gustaría destacar de El rey Lansquenete es la voz elegida para la narración. La mayor parte de la historia está contada en segunda persona, un recurso muy poco frecuente y con serios riesgos si no se utiliza convenientemente. García Albás acierta con la extensión y alterna su uso con otro tipo de fragmentos destinados a proporcionar información suplementaria sobre los personajes o el trasfondo del escenario. Asimismo dicha voz no es una elección gratuita o efectista destinada a captar rápidamente la atención del lector. Es congruente con el corazón de la historia, algo que cobra sentido al aproximarse la conclusión. El momento en el cual la sinergia entre temas tratados, argumento y estilo queda sellada, y donde el lector se ve arrastrado hasta un extremo deliciosamente incómodo que invita a analizar el todo bajo una nueva perspectiva.

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Naufragio, de Charles Logan

NaufragioNo sé si recuerdan el proyecto Orion, una de las ideas más fascinantes en la búsqueda de una propulsión eficiente para los viajes espaciales. Su base estaba en conseguir impulso mediante la detonación de bombas nucleares; el equivalente radiactivo de poner un petardo de 5 duros dentro de una lata de refresco para ver hasta dónde se levanta. La idea fue descartada a mediados de los años 60 y, quizás por eso, me ha sorprendido encontrármela en el origen de esta novela escrita una década más tarde, cuando estaban de moda otro tipo de sistemas como las velas solares o los modelos estatocolectores.

Naufragio comienza semanas después del accidente de una nave espacial con una imagen reveladora: su protagonista, Tansis, cava la tumba del penúltimo superviviente del naufragio tras su muerte por envenenamiento radiactivo. Un momento de pesar que introduce las dos ideas fuerza de la historia: la supervivencia en un medio hostil y la soledad más absoluta e irreversible. A partir de ese inicio, la novela toma la forma de una búsqueda: la del lugar donde Tansis debe situar el campamento para sobrevivir el tiempo que le quede de vida. Una pequeña quimera desde el momento en que el planeta donde ha quedado varado, sin ser un infierno absoluto, apunta alto como purgatorio.

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I Am a Hero, de Kengo Hanazawa

I Am a Hero

I Am a Hero

Algo que me intrigaba mucho cuando fueron apareciendo en España, publicados un poco a voleo, los primeros tebeos japoneses que miraban más allá del público adolescente masculino (la demografía shonen), era la aparente contradicción que existía entre entre una industria muy férrea, estajanovista y completamente sometida a resultados y la (aparente) libertad absoluta con la que se movían los autores. El descaro calpurniano de aquel Crayon Shin-Chan de Yoshito Usui que se publicaba en cuadernillos como si fuese una Mafalda oriental enloquecida (y mira, luego éxito mundial), el inclasificable Gamma, el hombre de hierro de Yashuito Yamamoto, la historia de un tímido sarariman que se convertía en una Masa oriental en los momentos de agobio cotidiano (por no hablar del inenarrable momento en el que se enamora de su mujer cuando la ve… ¡cagando en el campo!), el Ikkyu de Sakaguchi, mil doscientas páginas para contar la trepidante historia de un monje zen en el Japón del siglo XIV, El caminante, el tebeo de Jiroh Taniguchi sobre los paseos de un señor por su barrio o Gon, un peculiar tebeo de funny animals, las aventuras de un dinosaurio enano cabrón dibujadas con agónico hiperrealismo detallista por Masasi Tanaka. O el Dr. Slump en su totalidad. Aunque quizá lo que me admiraba, y me admira todavía, no son más que herramientas trilladísimas del tebeo japonés, propias de su cultura y de su industria, que yo confundía con la personalidad creativa del autor. Es posible que la respuesta sea una mezcla de ambas cosas. El caso es que si algo me sigue atrayendo del tebeo japonés es que, dicho vulgarmente, no tiene ningún miedo a sacarse la chorra. Y en I Am a Hero, Kengo Hanazawa no solo se la saca, sino que te la restriega por la cara las veces que haga falta, lo que no le impide vender miles de ejemplares y llevarse varios premios de la industria.

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Lexicón, de Max Barry

LexicónLexicón es la última novela de Max Barry y la tercera traducida en España después de Jennifer Gobierno y La Corporación. En sus páginas cobra de nuevo importancia el mundo de las megacorporaciones y la manera mediante la cual modelan la sociedad, pero esta vez desde una nueva perspectiva: la que rodea al uso del lenguaje como herramienta de dominación.

Lexicón se inicia con dos planos narrativos que se intercalan durante la práctica totalidad de su extensión. El primero relata la huida de unos personajes perseguidos por agentes de una organización secreta cuya principal activo es el control a través de la palabra. Mientras, el segundo cuenta la llegada de una adolescente conflictiva a la escuela donde recibirá instrucción sobre cómo influir y modificar el comportamiento de sus semejantes mediante el lenguaje. Barry se vale de la sucesión de ambas secuencias para imprimir una cadencia y una progresión medidas con metrónomo. Las escenas de acción, el frenesí y la urgencia por mantenerse fuera del radar de los personajes de la primera se realimentan con el aire más pausado de la segunda; una historia de aprendizaje y crecimiento personal alejado de la inocencia cotidiana.

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