La nube púrpura, de M. P. Shiel

La nube púrpura

La nube púrpura

Una de las características más valoradas de un narrador de historias es su habilidad para mantener al público completamente embelesado, sumergido en el mundo irreal que le está contando, plenamente entregado a los tejemanejes de la ficción. Esa capacidad de inmersión en el universo creado por la narración es uno de los aspectos más potentes de La nube púrpura, una obra que, además, como un calidoscopio, ofrece diferentes niveles de lectura espléndidamente superpuestos y ensamblados. La recuperación de esta particular novela de 1901, previamente editada en 1963 por Edhasa y en 1986 por Seix Barral, aunque descatalogada hace bastantes años, se celebra, entonces, como una iniciativa editorial meritoria, tanto por la calidad del propio texto como por la confección del objeto libro.

Efectivamente, la edición de Reino de Redonda es gratamente lujosa: papel satinado –nada que ver con el sucedáneo de papel de periódico o el hinchado papel ahuesado que nos regalan otras editoriales–, tapas de cartoné de alto gramaje con una sobriedad marca de la casa, exquisita en estos tiempos en los que vende la ilustración de cubierta y no el título o el autor del volumen, y un interlineado y un tipo de letra generoso que permite una agradable lectura clara y descansada. El texto es una revisión de Antonio Iriarte de la traducción de la edición de Seix Barral, realizada por Soledad Silió. Además, el propio Iriarte completa el volumen con un estudio preliminar. Sin embargo, cabe achacarle a la edición el uso expresivo inglés de las cursivas y algunas erratas, algo ciertamente incomprensible dado lo cuidadoso de la confección del libro.

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Cuentos del libro de la noche, de José María Merino

Cuentos del libro de la noche

Cuentos del libro de la noche

En el libro de la noche nuestras páginas están en blanco.

Con esta evocación onírica, atribuida al pensador chino Chuan Tzu, José Maria Merino nos invita a la lectura de este libro.

Cuentos del libro de la noche son 85 pequeños cuentos de una extensión que va desde un mero párrafo a tres páginas. En este espacio tan breve Merino logra maravillarnos, asustarnos, sorprendernos, hacernos reír o preñar nuestro corazón de nostalgia. Estamos ante un libro que no puede dejar indiferente: busca tocar la fibra sensible del lector… y lo consigue.

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El horror de la escalera, de Arthur Quiller-Couch

El horror de la escalera

El horror de la escalera

Durante el siglo XIX en Inglaterra –seguida muy de cerca por E.E.U.U.– se desarrolló el primer mercado masivo de literatura popular. Evidentemente, libros y lectores han existido desde tiempo inmemorial, pero únicamente cuando se ha conseguido un sistema educativo amplio que dé cabida a la mayor parte de la población de un país podemos hablar de literatura popular masiva y de mercado. En Inglaterra esto empezó a conseguirse a finales del XVIII cuando las mujeres –las grandes ausentes– devoraron e hicieron triunfar a la llamada literatura gótica. Con la posterior incorporación de los jóvenes y las clases trabajadoras al vicio de la lectura, el  mercado creció de una forma tan brutal que hizo posible la aparición de una pléyade de autores profesionales. Evidentemente, los nuevos lectores exigían más diversión que profundidad y a lo largo de esta centuria fueron apareciendo la mayoría de los géneros literarios actuales: misterio, policíaco, romántico, juvenil, histórico, erótico, aventuras, humor, espionaje y, como no, fantasía, terror y ciencia ficción.

La competencia fue feroz y muchos autores, como Conan Doyle, lograron tocar casi todos los palos con una envidiable maestría. No es de extrañar, por tanto, que el número de grandes autores de esta época y lugar sea abrumador –Stevenson, Rider Haggard, Le Fanu, H. G. Wells, etc., etc.– y que algunos alcanzasen cotas realmente inimaginables partiendo de donde partían –Kipling, Conrad–. Sin embargo, el tiempo ha condenado a un injusto olvido a muchos de estos escritores con la burda acusación de ser de «segunda fila». Afortunadamente existe una editorial como Valdemar dispuesta a rescatar a algunos de ellos para uso y disfrute de las actuales generaciones. Y este es el caso de este grueso volumen que recoge la obra fantástica de Arthur Quiller-Couch, un perfecto desconocido del que sólo se sabía que había sido elegido por Stevenson para finalizar a su muerte su inconclusa novela St. Ives.

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Danza de tinieblas, de Eduardo Vaquerizo

Danza de tinieblas

Danza de tinieblas

Tras la muerte en accidente de caza de Felipe II, su hermanastro don Juan de Austria, héroe de la Batalla de Lepanto contra el enemigo turco, ocupa el trono de España. La ascensión del hijo natural del emperador Carlos V provoca un cisma con la Iglesia Católica de Roma, además de la pérdida de los territorios europeos de la corona española, equilibrado por una notable expansión de los dominios transoceánicos del Atlántico y Pacífico y una apertura sin igual hacia las ciencias.

En 1927, con Madrid convertida en capital del imperio y principal metrópoli del mundo civilizado, el rey Fernando demuestra ser un hombre de su tiempo gobernando un país en plena Revolución Industrial. Pero Madrid es también un nido de intrigas que atrae por igual a conspiradores, agitadores, conjurados, espías católicos y anarcolistas antimonárquicos. En este caldo de cultivo, el cabo de alguaciles Joannes Salamanca, veterano de los tercios, fanfarrón y pendenciero pero dotado de la astucia propia de los iletrados, es requerido para asistir al inquisidor especial Fray Faustino Alhárquez en la investigación de una cadena de crímenes especialmente truculenta, relacionada con la política del Imperio.

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Sherlock Holmes y las huellas del poeta, de Rodolfo Martínez

Las huellas del poeta

Las huellas del poeta

Creo que no sería exagerar mucho hablar de Sherlock Holmes como del personaje de ficción más influyente de la literatura universal. Sólo hay que echar un vistazo a sus incontables apariciones en todos los medios posibles, desde las letras a la imagen, pasando por la voz de los seriales radiofónicos. Y su vitalidad está lejos de apagarse, como demuestra la proliferación de pastiches e imitaciones con la que se ha bombardeado últimamente al aficionado holmesiano. El último ejemplo, desafortunado por cierto, es el intento del creador de El alienista, Caleb Carr, de intercalar un pastiche más en el canon del personaje con El caso del secretario italiano, aparecido en nuestro país no hará más de dos semanas y al que se le nota demasiado su condición de relato ampliado a novela.

Quizá la principal característica diferenciadora de los pastiches con respecto al canon es que en los primeros los autores utilizan la perspectiva que les da escribir muchos años después de que la época victoriana diera sus últimos estertores para hacer interactuar a Holmes con multitud de personajes que ahora son históricos, desde Marx hasta Freud, pasando por Wittgenstein o Jack el Destripador. Asimismo, este afán por el crossover se manifiesta en la insistencia de los autores por cruzar los pasos de Holmes con los de otros iconos de la novela popular, como, por ejemplo, FuManchú o Drácula. Rizando el rizo, algunos se han atrevido a hacerle chocar con su mismísimo padre literario, sir Arthur Conan Doyle –protagonista en solitario, además, de dos interesantes novelas de Mark Frost–. Como puede verse, poco de original puede depararnos ya el terreno del pastiche. Lo que ahora hemos de pedirles a los que se atrevan a adentrarse en sus procelosas aguas es, pues, tramas sólidas e interesantes que respeten lo más posible la personalidad e idiosincrasia del detective y el doctor.

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Mundos y demonios, de Juan Miguel Aguilera

Mundos y demonios

Mundos y demonios

Mundos y demonios es la “segunda” novela de Akasa-Puspa según el canon oficial establecido por Juan Miguel Aguilera. Novela que sabe sobreponerse a un comienzo un tanto insípido y desilusionante para llegar a un desenlace de lo más interesante, repleto de grandiosidad y sentido de la maravilla. Globalmente, quizás, supone un pequeño paso atrás respecto a su anterior novela, Rihla. Pero resulta una apasionante historia de aventuras en el espacio desarrollada con un notable pulso narrativo y un talento excepcional para la descripción de esos escenarios que los yanquis califican como “más grandes que la vida”.

Porque Akasa-Puspa es un lugar que se hace necesario visitar. Un cúmulo globular que ha arrancado nuestro sistema solar de la Vía Láctea donde, 25 millones de años en el futuro, nuestros descendientes viven enzarzados en un combate a tres bandas aparentemetne sin fin. Un paisaje donde una especie alienígena técnicamente más atrasada, los angriffs, ha descubierto la Esfera en la que se encuentran encerrados nuestro antiguo sol y unos planetas que no se parecen en nada a los que podemos observar en nuestro cielo nocturno. Un lugar donde dos de las facciones humanas preparan una expedición hacia la Esfera para descubrir qué ocurrió con los colonos que viajaron allí años atrás huyendo de la guerra. Una realidad ajena a lo que pasa en la Galaxia, donde están ocurriendo acontecimientos de dimensiones ciclópeas.

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El espíritu del mago, de Javier Negrete

El espíritu del mago

El espíritu del mago

La entusiasta acogida de La espada de fuego hacía inevitable su continuación. El espíritu del mago transita por los mismos derroteros de fantasía épica con trasfondo tecnológico que su predecesora; sin embargo, es una novela de concepción mucho más adulta, elaborada y madura, pese a que dos nuevos personajes –Darkos y Ariel– sean adolescentes. Así, el horror de la guerra, el fanatismo religioso o la ambición de poder son temas que aparecen de forma recurrente. Pero ¿se nota realmente la autoría de un escritor español? Francamente, apenas. ¿Debería? En absoluto, aunque sería bueno que este tipo de éxitos comerciales no velaran los intentos por construir un fantástico de raíz más autóctona. Ejemplos no faltan, incluso en la misma editorial –Danza de tinieblas, Rihla–, aunque los resultados aún disten de ser comparables.

La narración se inicia dos años después de que Derguín Gorión conquistara la mítica Espada de Fuego. Tramórea atraviesa momentos especialmente convulsos: una terrible sequía está aglutinando a los belicosos pueblos nómadas del sur en un ejército de invasión al mando de El Enviado, caudillo religioso que preconiza el genocidio como forma de invocación de los dioses. Mientras, el Zemalnit vive asilado en la ciudad isleña de Narak, junto a un pequeño ejército de acólitos que adiestra en los secretos del Tahedo. A sus veintiún años, el peso de la responsabilidad ha marcado su carácter, tornándolo huraño y desconfiado, a la vez que la posesión de ese objeto de poder ha envejecido su alma. Ajeno a las intrigas que su presencia desata, su obsesión es devolver la vida al cuerpo de su amigo Mikhon Tiq, petrificado años atrás a consecuencia de un enfrentamiento con el nigromante Ulma Tor. Cuando, en sueños, el aprendiz de mago le exhorte a dirigirse a Etemenanki, la ciclópea torre del Rey Gris, Derguín unirá definitivamente su destino al de la propia Tramórea.

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Cazadores de luz, de Nicolás Casariego

Cazadores de luz

Cazadores de luz

El joven y prometedor autor Nicolás Casariego nos lleva en Cazadores de luz a un futuro no muy lejano donde las diferencias sociales están llegando a su máxima expresión, con una sociedad estratificada hasta límites insospechados en la que el nivel social de cada persona se ve reflejado por la primera letra de su apellido: cuanto más lejano de la Z y más cercando a la A mejor será su posición. Además el capitalismo ha impregnado todas las facetas de nuestra vida. Cada persona se ha convertido en vendedor y comprador y todo son transacciones, incluidas las relaciones de pareja. Todos quieren tener más crédito para ascender en el escalafón social y así poseer más comodidades y más crédito. Pero una vez que se consigue ascender un peldaño en esa escalada nadie se detiene a disfrutar sino que vuelve a comenzar ese círculo vicioso sostenido por el capitalismo más agresivo. Aquéllos que no aceptan este enfermizo juego residen fuera de las ciudades; son los habitantes de las zonas rurales, cuyas condiciones de vida son mucho más duras. Allí los más aptos intentan ir a la ciudad para introducirse desde abajo en su psicótica espiral consumista mientras el resto sobrevive como puede.

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Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro

Nunca me abandones

Nunca me abandones

Siempre que aterriza en nuestro querido gueto una obra que rompe con la socarrona definición del género dada por Norman Spinrad (“ciencia ficción es lo que se publica en las revistas de ciencia ficción”) se reaviva una de esas discusiones atávicas e insolubles que se desatan de forma más o menos regular sobre qué es o qué no es ciencia ficción. Debate que, visto desde los verdes prados de la literatura general, donde desde hace muchos años se han asimilado otros “géneros populares” sin mayor problema (la novela negra p.ej.), debe asemejarse a las evoluciones de un psicótico gastando preciosas energías arreándose cabezazos contra las paredes acolchadas de su celda o dos boxeadores sonados lanzando torpes golpes al aire antes de despatarrarse sobre la lona del ring.

Mientras, fuera del manicomio, autores insignes de esos que copan los suplementos literarios adoptan, con mayor o menor fortuna, los hallazgos más felices de la ciencia ficción, libres de prejuicios hacia la literatura de género y sin el hándicap de encontrarse inmersos en un entorno literario tan cerrado que roza el solipsismo; Houellebecq, Cunningham, Murakami, Gosh, Casariego, Mosley,… son escritores que, además, no sólo aprovechan los elementos más típicos y superficiales de la ciencia ficción como la ambientación o la parafernalia. Es algo más, más profundo, más esencial. Es algo que la propia ciencia ficción ha dejado de lado demasiadas veces en favor de la bisutería pulp y la autorreferencia estéril. Su valor más importante, lo que justifica su existencia y reivindicación como género literario: la ciencia ficción como poderosa herramienta para examinar la condición humana y su relación con el mundo. De entre estos autores, Kazuo Ishiguro, sin la más remota intención de escribir una novela de ciencia ficción, ha entendido, quizá involuntariamente pero a la perfección, la esencia de lo que es el género para facturar una de las novelas más hermosas, tristes, emotivas de entre las publicadas el año pasado.

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Jonathan Strange y el Señor Norrell, de Susanna Clarke

Jonathan Strange y el Señor Norrell

Jonathan Strange y el Señor Norrell

Inglaterra misma fue modelada por la magia. Nombres como los de Gregory Absalom, Paris Ormskirk o Martin Pale aún son recordados como algunos de los magos más notables del glorioso pasado británico. Pero sobre todos ellos destaca la figura de John Uskglass, el Rey Cuervo, personaje casi mítico, tres veces rey –en Inglaterra, el país de las hadas y el Infierno– y auténtico padre de la tradición mágica de las Islas, cuya alargada sombra aún planea sobre el país siglos después de su desaparición.

Sin embargo, recién comenzado el siglo XIX, todo eso parece ya cosa del pasado; los únicos magos que aún se consideran como tales en estos días son simples estudiosos de la teoría, convencidos de que la práctica mágica ya no es posible hoy por hoy, o bien vulgares estafadores tan falsos como sus supuestos poderes. Esto es hasta que la magia, la verdadera magia, regresa inesperadamente al Reino Unido en la persona de Gilbert Norrell, un solitario erudito de York que demuestra ser capaz de obrar prodigios como los de los hechiceros de antaño. La creciente fama de Norrell pronto le llevará a ponerse al servicio del gobierno de la nación, en guerra con Francia, y a utilizar su nueva posición para disolver sociedades mágicas, perseguir impostores y, en general, asegurarse de que nadie pueda amenazar su posición como único mago en activo.

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