Corría el año 2004 de nuestro Señor cuando Susanna Clarke irrumpió en el género fantástico como un Leviatán en una cacharrería con su extenso novelón Jonathan Strange y el Sr. Norrell, una fantasía de carácter extremadamente inglés sobre magos de la época georgiana, que, aunque construida con hechuras modernas, rendía entregada pleitesía a la literatura decimonónica anglosajona, algo que sin duda habrá hecho las delicias de los tres fundadores del steampunk. Personalmente, se trataba de una obra que tocaba varias de mis teclas; anglofilia literaria, mitología céltica y una fascinante exploración de una idealizada Inglaterra mítica, mágica y ancestral, de círculos de piedra, desolados páramos cubiertos de niebla, túmulos ominosos y secretos en el corazón del bosque. De cuando las fronteras con lo feérico eran extremadamente tenues para los habitantes de la aislada Albión y reinaba el pensamiento mágico no-racional que tan sólo sobreviviría posteriormente en organizaciones herméticas y esotéricas como la Golden Dawn. De este modo Jonathan Strange y el Señor Norrell se alineaba con esta tradición inglesa de cultivar el género explotando ese vínculo con lo oscuro y arcano que genera ese particular carácter loquérrimo y raro del fantástico que proviene de las islas. Eso que tantas alegrías nos ha dado a los señores mayores aquejados de anglofilia literaria desde que Los Cinco y el tesoro de la isla cayó en nuestras inocentes manos.
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La única criatura enorme e inofensiva, de Brooke Bolander
Un prólogo es un arma de doble filo. Bien enfocado, pone al lector en sintonía con la obra; mal planteado puede socavar el trabajo del escritor, sobre todo si expone con demasiado detalle ciertas claves. Así, el prólogo pasaría a ser más efectivo si se transformara en un epílogo, una tipología absolutamente diferente que acepta mucho mejor ese tipo de enfoque. En esa explosión de prólogos que vivimos en la publicación de fantasía, ciencia ficción y terror en España, donde raro es el libro que no cuenta ya con uno, empieza a ser bastante común encontrar textos de un nivel cuestionable o, cuanto menos, mal situados. Postfacios convertidos en presentaciones que demuelen parte de la gracia de una historia. Esto es lo que un poco me ha pasado con este relato largo ganador del Nebula y el Locus en 2018.
La única criatura enorme e inofensiva entreteje dos hechos: los últimos días de la elefanta Topsy, la primera víctima de la silla eléctrica en EE.UU., electrocutada en 1903 en Luna Park; y el drama de las chicas del radio, mujeres obligadas a trabajar con este elemento radiactivo durante las postrimerías de la Primera Guerra Mundial sin conocer las consecuencias para sus cuerpos. Brooke Bolander remodela estas historias de abusos que terminaron de manera horrible y las acopla para hacerlas coincidir en el tiempo. Así, convierte a varias mujeres en maestra de la elefanta y varias congéneres que, por su elevada resistencia a la radiación, se van a convertir en su reemplazo. Este salto de fe que apenas se trabaja y ha de tomarse tal y como viene, le permite a Bolander enfatizar una serie cuestiones aledañas, caso de los excesos en la experimentación con animales, una sororidad sin limitaciones y el cuestionamiento de los límites de la ética personal a la hora de extender una situación de abuso conocida.
Las espadas de Lankhmar, de Fritz Leiber
Gigamesh está recuperando buena parte de su catálogo en Omniun. Un formato con una relación calidad-precio intachable que ha sepultado el recuerdo de sus primeros libros de bolsillo, aquellos volúmenes ilegibles con letra minúscula. Una de las iniciativas más destacables dentro de la colección es la reedición de los libros de Lankhmar con las cabeceras originales, tal y como fueron publicados por primera vez en la colección Fantasy de Martínez Roca. No resulta tan económica como los dos tomos donde ya habían reunido los siete libros, pero puede ser más apetecible para quien no desee embarcarse en la aventura de pagar 60 euros de una tacada. Y cuentan con el mismo valor añadido: una nueva traducción fiel al brío del texto original de Leiber.
Los libros de Lankhmar admiten dos posibles comienzos. La primera elección es la de perogrullo: Espadas y nigromantes reúne las primeras historias protagonizadas por Fafhrd y el Ratonero Gris y “Aciago encuentro en Lankhmar”; la novela corta en la cual ambos personajes unieron fuerzas y que, con un par de relatos de Howard, ejerce como la obra clave de la espada y brujería. Además, ahí está la alternativa de empezar con Las espadas de Lankhmar, el quinto volumen de la serie y, a la sazón, la única novela del ciclo. No depende de esa engorrosa continuidad que amenaza con la necesidad de recordar las desventuras anteriores de los protagonistas. Algo que, también es cierto, comparte con la inmensa mayoría de los relatos. Esa independencia se subraya desde la propia construcción de su argumento: Fafhrd y el Ratonero Gris están separados parte de su extensión en una serie de correrías ideadas para experimentar Lankhmar y las costas del Mar Interior como si todo fuera un descubrimiento.
Los viajeros de la noche, de Helene Wecker
Para abrir el mes de Clásico o polvoriento me voy a permitir una transgresión: he recurrido al título más reciente de todos los seleccionados. Lo sensato hubiera sido acudir al fondo de la estantería; esa obra traducida hace 20 o 30 años ya recordada en exclusiva por quienes tuvieron la fortuna de leerlo en su adolescencia. Sin embargo, por cambiar el discurso, me he venido a esta novela de 2013, todavía con mucho por demostrar. Representa una faceta complementaria del espíritu de esta iniciativa: el olvido desde el fandom de la mayoría de libros de una cierta entidad que se publican fuera de sus colecciones de fantasía, ciencia ficción o terror. Más cuando surgen de la pluma de alguien cuyo crimen es no ser uno de los nuestros. Novelas y colecciones de relatos ni mejores ni peores que las tradicionalmente sobrerrepresentadas entre las reseñas de las webs centradas en el fantástico, o las opiniones de los lectores sin veleidades “influencers”. Y en este caso se ha obviado un título merecedor de más atención.
Tusquets sin duda tuvo su parte. Con bastante sentido, Helene Wecker tituló su primera novela como The Golem and the Jinni. Todo en ella gira alrededor de estas dos criaturas, abandonadas a su suerte en las calles de la Nueva York de finales del siglo XIX. Sin embargo al editor de la colección Andanzas debió parecerle demasiado arriesgado para la sobriedad de su colección y le cascó ese estúpido Los viajeros de la noche que ni siquiera hace justicia a lo que ambos seres hacen en una parte apreciable de su extensión: pasear por una Nueva York a la luz de las primeras lámparas eléctricas. Sin embargo, esta chorrada no alcanza a explicar la distancia frente a un libro que hubiera merecido un eco mayor; es una historia de fantasía super accesible que desprende ese aire esperanzador tan demandado en los últimos años. En parte gracias al lugar común del que parten sus protagonistas.
La canción de los vivos y los muertos, de Jesmyn Ward
La normalización de la fantasía, la ciencia ficción y el terror en la literatura ha llegado hasta el punto que, al menos en EE.UU. y Gran Bretaña, una serie de libros con claras marcas de género están convirtiéndose en habituales galardonados de los premios con jurado más renombrados (National Book Award, el Booker o el Pulitzer…). Además de su calidad, destaca la clarividencia de Jesmyn Ward, George Saunders o Colson Whitehead para capturar y amplificar el alma oscura de EE.UU. gracias a los recursos del fantástico, en especial ese racismo que devora su país desde las entrañas. Obviamente, no es algo nuevo (por ejemplo, hace un par de años nos llegaba a España la excelente Parentesco, de Octavia Butler), pero después de décadas de búsqueda, reconocimiento crítico y popular se conjugan. Sin embargo, no ha sido del todo completo. Lincoln en el Bardo o El ferrocarril subterráneo han sido obviadas por los lectores que más tiempo llevaban buscando ese objetivo. No ya aquí en España, donde los temas, lugares y personajes pueden sentirse lejanos. En los propios EE.UU. estos títulos ni siquiera se han considerado en los grandes premios del género. Los muros del gueto no se sostenían sobre contrafuertes exteriores sino sobre pilares internos, inasequibles a una realidad mucho más inclusiva y abierta de lo asumido.
Jesmyn Ward es probablemente quien menos ha sonado en España dentro de las webs del fandom. La canción de los vivos y los muertos fue publicada por Sexto Piso, una editorial con menos visibilidad que Seix Barral o Random House. Es la tercera novela de una pseudo-serie donde el contenido fantástico se limita a esta obra. También es la más localista; sus historias suceden en un bayou de la desembocadura del Mississippi, Bois Sauvage; un lugar deprimido que se convierte en un caso práctico de la xenofobia y la miseria que padece la población afroamericana. Ninguno de estos factores debiera ser obstáculo para acercarse a los dos libros traducidos, de lectura independiente y apenas conectados entre sí. La escritura de Ward se sostiene sobre un andamiaje que invita a degustarla desde una enorme variedad de niveles, en esta novela con una amplitud mayor que en Quedan los huesos.
La danza del gohut, de Ferrán Varela
Entre las pequeñas editoriales que pugnan por abrirse hueco en la ciencia ficción, fantasía y terror de España, el fenómeno que más me ha llamado la atención en estos últimos dos años es la expectación generada por Ferrán Varela y La danza del gohut. No solo consiguió dinamizar la lectura de esta novela corta en formato electrónico sino que se aupó a lo más alto de los libros vendidos en Gigamesh durante al menos dos meses consecutivos. Una hazaña a priori vedada a productos fuera de las grandes editoriales o los autores que atraen mucho público a las presentaciones. Arroja esperanza para un proyecto humilde como El Transbordador, que, también es cierto, le está costando repetir con otros autores.
La danza del gohut ha contado con un boca a oreja animado por un precio muy medido en la edición electrónica, que es la que he leído, y razonable en su equivalente en papel. Frente a otros libros amateurs, abiertamente mal maquetados, con abundantes erratas y de lectura desagradable, El Transbordador cuida sus productos con detalles que a 7 u 8 euros son una quimera. Además La danza del gohut se desenvuelve en un género, la fantasía de corte medieval, que es donde se concentra el gran caladero de lectores entre el público especializado. Y lo hace alejándose de la corriente dominante (el requetecinismo del machirulo crepuscular) para recuperar un aire clásico y un cierto humanismo sin sacrificar frescura.
El gélido mando, de Richard Morgan
Supongo que recordarán Sólo el acero, la novela de Richard Morgan que abría la trilogía Tierra de héroes. Allá por 2012 Alamut publicó la primera entrega y no editó las dos siguientes hasta 2017, ya mediante una de sus suscripciones para minimizar riesgos. Si le añaden otro par de años para macerarme adecuadamente entre el capricho y la culpa, entenderán por qué no llegué a El gélido mando hasta verano de 2019. Con un lapso de, se escribe pronto, siete años respecto a Sólo el acero (al que se suma otro para publicar este texto). Obviamente, me las vi y me las deseé para reingresar en el mundo. No tanto en las historias personales de sus tres protagonistas, más o menos claras, como para empaparme de nuevo en los pormenores geográficos, culturales, jerárquicos inexcusables en toda fantasía medievaloide. Un grado de detalle al que, comparando con otras obras y autores, tampoco Morgan imprime una excesiva complejidad.
Esa escenografía, el “uolbilding” fuente de “looooor“, sacrosanto en la recepción de la fantasía y la ciencia ficción contemporáneas, conlleva unas labores de albañilería y alicatado cuya consecuencia más apreciable suele ser el formato trilogía, pentalogía… ene-logía. Ya sea para extraer el mayor rendimiento a ese esfuerzo de diseño; contar una historia con docenas de actores y, a la vez, desplegar ese complejo mundo; pereza… Y que a mi, como lector un poco de vuelta de todo, me suele dejar casi siempre la misma interrogación retórica en los labios. ¿Eran necesarias tantas páginas?
Apocalipsis, de Stephen King
En mi inconsciencia, cuando llevo cerca de una decena de libros de un autor pienso que lo tengo leído. ¡Miles de obras por delante de otros tantos escritores y un tiempo tan escaso! Sin embargo, cuando la carrera es particularmente prolífica como la de Stephen King, la exageración se hace todavía más evidente cuando confrontas su bibliografía con los títulos de los que has dado cuenta. Este era uno de los motivos detrás de mi interés en leer este verano Apocalipsis, la mejor época del año para afrontar tochacos de más de mil páginas. Quizás habría sido más inteligente leer otros dos o tres libros de King, acompañados de dos o tres de otros escritores, pero me habían hablado tan bien de él, y lo tenía tan metido en la nostalgia desde que me lo recomendara un compañero en 3º de BUP, que no podía faltar a la cita. Con 30 años de retraso… y manipulando al resto de contertulios de la TerSa para asignarlo como lectura para los meses de julio y agosto.
Apocalipsis puede considerarse la obra canónica sobre el fin del mundo por pandemia. King se sirve de una enfermedad letal creada en un laboratorio militar para mostrar primero, con plenitud de detalles, la diseminación del virus y la consiguiente aniquilación del 99,9% de la población mundial; y, después, la construcción de un nuevo tejido social con los restos de la humanidad. Una labor capitalizada por dos comunidades antagónicas levantadas en torno a sendas figuras que introducen los únicos elementos alejados de la ciencia ficción en Apocalipsis: una anciana extremadamente longeva que ejerce de encarnación del “bien” y una figura despiadada de origen incierto que actúa como manifestación del “mal”. Comunidades cuya construcción lleva media novela y cuya promesa de enfrentamiento parece llamada a dominar las últimas 200 páginas.
Cada corazón, un umbral, de Seanan McGuire
En la reseña sobre Agentes de Dreamland alababa la capacidad del escenario ideado por Caitlin R. Kiernan para acoger nuevos relatos. Este potencial inacabable para la autoexplotación, cómo el lugar narrativo permite a los creadores desarrollar más historias (nuevas, viejas, se verá con el tiempo) es una de las virtudes de estas novelas cortas que Runas está traduciendo para publicar en tapa dura. Desde luego me parece el principal valor de Cada corazón, un umbral, novela juvenil que presenta un mundo bastante sugerente en menos de 200 páginas sin, por ello, renunciar a la concisión ni a la autonomía.
En sus primeras páginas, Seanan McGuire parece escribir una de internados británicos con rasgos de enmienda al ambiente de la escuela Charles Xavier para Jóvenes Talentos. La protagonista, Nancy, ingresa en La residencia para niños descarriados de Eleanor West, una escuela para, supuestamente, recuperar a los jóvenes que en algún momento de su vida encontraron una puerta hacia otro mundo (Narnia, Rocavarancolia…) y, por diferentes motivos, fueron expulsados semanas, meses, años más tarde. Escribo supuestamente porque la tarea se antoja una quimera; la necesidad de regresar a esos lugares de fantasía donde vivieron y encajaron es tan fuerte que todos anhelan toparse de nuevo con SU puerta para atravesarla, independientemente del tipo de entorno al que conduzca. Porque los había muy chungos… o locos.
Un lugar llamado Antaño, de Olga Tokarczuk
Para el lector español, justo es decirlo, Olga Tokarczuk es una autora desconocida. No puede decirse que inédita, pero casi: si echamos un vistazo a nuestro mercado editorial, solo encontraremos dos novelas suyas —una de ellas de aparición más o menos reciente— y algún que otro cuento perdido en antologías de alcance minoritario. Sin embargo, en su Polonia natal, Tokarczuk es todo un referente cultural y político. Muy implicada en el activismo verde en un país ennegrecido por el producto de sus minas, ha escrito un buen puñado de libros y ganado unas cuantas veces el premio Nike, uno de los más prestigiosos galardones literarios nacionales. Mi primer contacto con su obra fue precisamente a través de una de esas modestas antologías, editadas gracias a las subvenciones de institutos de cultura afanados en hacer llegar muestras del trabajo de los artistas patrios a todos los rincones del globo. “Velada literaria”, aparecido en Opowiadania (Páginas de espuma, 2008), da una vuelta de tuerca a “La dama del perrito” —Chéjov es uno de los referentes Tokarczuk—, con detalles que recuerdan al existencialismo de finales de los 40. Me pareció una de las narraciones más interesantes del volumen, e inmediatamente tuve curiosidad por encontrar algo más de su autora. Fue así como topé con Un lugar llamado Antaño en una librería online de segunda mano. Editado por Lumen y ya descatalogado, su precio era ínfimo (algo raro en los libros de la colección Palabra en el tiempo) y las pocas críticas que encontré hablaban de novela fantástica y de realismo mágico en clave polaca. Aquello fue más que suficiente.
No sé qué tienen los escritores polacos con el realismo mágico, pero lo cierto es que muchos de los más destacados creadores contemporáneos (Stasiuk, Tokarczuk, Huelle) han trabajado el género de una u otra forma. Parece pertinente afirmar que Polonia es un país que se presta a la mitificación: a lo largo de su historia ha sido conquistado, ocupado e incluso borrado del mapa no pocas veces, su lengua ha sido silenciada y prohibida, su pueblo empujado al exilio y a la muerte. Pese a todo, Polonia ha sabido mantener su identidad; de hecho, esta alteración permanente en sus fronteras ha servido para reforzar su carácter atemporal, y territorios hoy desaparecidos (Galicja es el más claro ejemplo) sobreviven aún en la memoria colectiva de muchos polacos como la tierra de sus antepasados. Visto así, es más fácil entender que la literatura tienda a representar Polonia como un lugar legendario. Pero son los elementos que definen ese espacio idealizado (el paisaje, el clima, las formas de una casa, la taberna y el quiosco, la plaza del pueblo, un modelo de automóvil o una marca de cigarrillos) los que inmortalizan el mito.