Sólo el acero, de Richard Morgan

Debería haber publicado este comentario cuando leí Sólo el acero, hace más de un año. Sin embargo dejé el borrador inconcluso, me dediqué en cuerpo y alma a sobrevivir en tierra extraña y se quedó en el limbo del wordpress… hasta hace unos días, en que me acordé de él después de leer este exabrupto en su ficha en la tienda Cyberdark.net

La ventosidad no merecería mayor atención si no fuera porque toca de pleno la homofobia soterrada de un género, la fantasía heroica, siempre dispuesto a esquivar las cuestiones de género. Más interesado por mantener estereotipos y no soliviantar a grupúsculos que viven en los tiempos de las páginas verdes de Nueva Dimensión que por hacer honor a una tradición… la cual sí se ha forzado en otros asuntos. Recordando el brillante episodio del musical gay de IT Crowd, aquí vivimos muy felices con nuestra sexualidad hasta que llega alguien y nos golpea en toda la cara con otra.

No tengo claro si esta es la manera más adecuada de comenzar la reseña: estigmatiza la lectura de una obra ya de por sí estigmatizada. Pero sin la condición homosexual de su protagonista, Ringil Eskiath, no se puede entender ni su amargor, ni su ira, ni la propia novela que narrativiza sus desventuras.

Sólo el aceroComo personaje Ringil se define esencialmente por dos aspectos. Es antiguo veterano de la guerra contra el pueblo escamoso, un conflicto que se conoce de forma fragmentaria a través de recuerdos o las menciones que se hacen en varias conversaciones. En él, fue de derrota en derrota mientras veía morir de forma atroz a la mayoría de sus compañeros de armas. Pero como fuerza modeladora es más importante su condición homosexual. Ringil fue reprimido con ferocidad cuando fue descubierto en su juventud y solo la posición de su familia le salvó de ser empalado en una estaca, cosa que no sucedió con su amante a cuyo martirio tuvo que asistir impotente. Además su orientación sexual no es un detalle exótico que se aluda de pasada sino que forma parte indisoluble de la trama de la historia. Sus momentos íntimos no se describen con un lenguaje especialmente lírico, sino en todo su salvaje y espontáneo vigor. Esta suma explica su rabia, su pose retadora, su aire taciturno, y el pecado de Morgan es hacer alarde a un nivel apenas visto en un libro de fantasía heroica. En sus excesos lleva Sólo el acero una parte de su sambenito.

En comparación, los otros dos miembros del trío protagonista se mueven por debajo del radar. Archeth es una híbrida de kiriath y humana, abandonada por la raza de su padre cuando dejaron nuestro plano de la realidad. Adicta al krin, también sometida a los recuerdos de la guerra en la que luchó codo con codo junto a Ringil y obligada a operar en una corte donde sólo el emperador la tiene un cierto aprecio. Su historia sirve de contrapunto al acercarnos a los altos círculos del poder y la amenaza que puede llevar al Imperio a un nuevo desastre bélico. Y después, ya del todo integrado en los estereotipos de la fantasía heroica, está el tercer elemento: Egar el Matadragones, otro compañero de armas, convencional como él solo y un títere de las fuerzas del destino cuyas aventuras apenas tienen que ver con las de sus compañeros.

En los agradecimientos, Morgan menciona a Poul Anderson y La espada rota, a Karl Edward Wagner y Kane y, como no podía ser de otra manera, a Michael Moorcock y varios de sus personajes del ciclo de El campeón eterno. Esta última deuda es la más evidente a través de este trío de parias despreciados por la sociedad que han elegido defender. Héroes con fuertes dosis de individualismo, zarandeados por poderes superiores y con personalidades trágicas que arrastran a la perdición a los que entran en contacto con ellos. En este sentido, sobre todo Ringil forma parte del panteón de antihéroes marca de la casa Morgan, aunque con unos sentidos del honor y del deber más desarrollados que el añorado Takeshi Kovacs o el cargante Chris Faulkner (los protagonistas de Carbono alterado y Leyes de mercado).

Richard K. Morgan

Richard K. Morgan

El segundo motivo por el cual me gustó Sólo el acero es por cómo Morgan fue capaz de adaptar su estilo a un género en las antípodas al que se había manejado con anterioridad. Tengo más fresca en la cabeza Leyes de mercado que Carbono alterado, y la recuerdo como una novela vertiginosa en la que apenas había descripciones, donde los diálogos conducían el setenta por ciento de la narración. En Sólo el acero las conversaciones siguen teniendo peso y mantienen el tono a pie de calle, entre la contundencia y la agudeza. Pero como suele ser habitual en la fantasía la conjunción del nuevo mundo, las nuevas razas, las nuevas costumbres invitan a profundizar más en las descripciones. Más extensas, tan preocupadas por dibujar la nueva realidad, el aspecto físico de cada personaje, su carácter o esbozar un pasado clave para entender el presente. Morgan es mucho más prolijo en su retórica, trabaja más las imágenes y hace uso de un lenguaje con mayor presencia de adjetivos y adverbios, manteniendo esa pose punk tan característica a la hora de golpear las convenciones con saña. En este sentido, la frase promocional elegida por la editorial clava Sólo el acero

Descarada, brutal y sin reparos. No es que Morgan retuerza los clichés de la fantasía, es que los parte a hachazos. Y luego los prende fuego.

Y aquí escribiría eso de ‘nuff said si no fuera porque comparto varias de las quejas que ha suscitado. Fundamentalmente el excesivo protagonismo de Ringil, que durante gran parte del texto engulle a sus partenaires como hace un denso potaje de alubiones con el compaño. Igualmente, como si estuviéramos ante un ejercicio del denominado decompressive storytelling, Morgan tiende a dilatar la acción, extiende las pesquisas de Ringil y mueve la caracterización del personaje entre lo concienzudo y lo recurrente. No pasa lo mismo con Archeth o Egar, y el propio Morgan parece ser consciente de ello. De ahí que a partir de su ecuador su relato gane energía mecánica hasta su resolución final, donde se disipa en una batallita un tanto pedestre.

Este es el momento de recordar que Sólo el acero tiene los personajes y el título que tiene, cuenta lo que cuenta y haber esperado algo diferente era un tanto iluso. Como bien transmite su autor, el acero predomina sobre cualquier otra cosa. No por nada se ha preocupado de forjarlo en un fuego bien intenso, a puro golpe de martillo.

Sólo el acero (Alamut Ediciones, 2012)
The Steel Remains (2008)
Traducción: Manuel de los Reyes
Rústica. 416pp. 21,95€
Ficha en La tercera fundación

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *