Me produce una cierta tristeza observar cómo algunos libros, una vez ha transcurrido su vida media en los expositores de las librerías, se marchitan sin haber despertado prácticamente atención; apenas comprados y, lo que es peor, apenas leídos. Por lo que he podido bucear por internet, tengo la impresión que Leonís es uno de esos títulos. La imagen de César Mallorquí como escritor de literatura juvenil supongo que habrá hecho lo suyo, y ha mantenido a una parte de su público potencial alejado de esta obra, tal y como pasó con aquellas dos novelas de temática criminal publicadas por Espasa y saldadas de manera inmisericorde (vale, El juego de Caín era regulín, pero también lo suficientemente dinámica como para haber esperado algo más de repercusión). En este caso el tema es particularmente sangrante porque estamos ante un libro editado con mimo y que ofrece una serie de características bastante caras de ver en el resto de novedades de un año cualquiera. Tapa dura, multitud de ilustraciones creadas ex profeso por el ilustrador Miguel de Unamuno y una maquetación exclusiva que las integra en el fluir de la narración. Un valor añadido que enriquece la edición en papel y su lectura.
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Los diez mil, de Paul Kearney
La anábasis es la obra en la que Jenofonte plasmó su experiencia como parte de Los diez mil, un grupo de mercenarios griegos que participó en una guerra civil en el Imperio Persa a finales del siglo V a.C. Su hazaña es célebre: aunque ganaron en Cunaxa la batalla crucial de la contienda, el sátrapa a cuyas órdenes combatían murió y el ejército del que formaban parte se desintegró. En medio de un imperio hostil, sin línea de suministros y perseguidos por fuerzas más numerosas, emprendieron una retirada hacia el Mar Negro que terminó con éxito. El libro, cuya edición de Cátedra recomiendo encarecidamente, es una de las obras fundamentales de la narrativa épica. En Los diez mil, Paul Kearney reelabora este relato en clave ligeramente fantástica, centrándose en el aspecto bélico de una narración que exuda sangre, sudor y sufrimiento por sus ocho vértices.
Supongo que, si ha llegado hasta aquí, se preguntará cuál es el interés de Kearney a la hora de trasladar esta historia de manera tan fidedigna a un escenario de fantasía. El escritor norirlandés se ha ajustado en los grandes rasgos a Jenofonte, incluyendo los giros que agrandaron la hazaña de aquellos guerreros sin par, pero los elementos de fantasía son mínimos. El más relevante durante gran parte de la novela es separar a los macht (griegos) de los kufr (los habitantes del imperio), una especie con apariencia humana pero con sus particularidades físicas. Una alteración que apenas potencia el extrañamiento entre los mercenarios y los pueblos que se encuentran por el camino, cuyo punto fuerte se mantiene en las facetas social o cultural.
Sindbad en el país del sueño, de Juan Miguel Aguilera
A Juan Miguel Aguilera, según el agradecimiento final de Sindbad en el país del sueño, le interesaba escribir una novela de fantasía oriental. Y según la dedicatoria inicial siente admiración por Ray Harryhausen… De ahí que esta novela tenga algo de Las mil y una noches y de las películas de Simbad rodadas por el maestro de los efectos especiales. Pero se pueden encontrar más referencias en su interior. Una es a Vathek, de William Beckford, obra gótica-oriental inspirada por la primera traducción occidental de Las mil y una noches presente en el nombre de la ciudad destino de este viaje de Sindbad, y en la atmósfera de toda la narración, aunque por supuesto sin su perversidad. Beckford también usó como personaje a Eblis, trasunto de Lucifer para los musulmanes. Además está, y no es coña, La guerra de las galaxias en la batalla de las alfombras voladoras, en mi opinión subconscientemente (o quien sabe si conscientemente).
Tras la pista que encuentra en el diario de un artesano misteriosamente desaparecido, Sindbad inicia su viaje para colmar su ansia de aventuras y, cómo no, para ayudar a una mujer de escándalo. Curiosamente, y tomando como base lo “avanzado” de la ciencia del mundo árabe en la supuesta época en que se desarrolla, la novela tiene ciertos toques steampunk. Muchas de las referencias a personas reales son de científicos de la antigüedad que al no vivir en la oscura edad media europea elaboraron ideas que no verían su desarrollo hasta la modernidad (como por ejemplo la teoría de la evolución y el uso del vapor como sistema de propulsión).
Alif el invisible, de G. Willow Wilson
Hola. Había escrito una reseña muy graciosa sobre Alif el invisible, en la que me choteaba de mí, de la crítica, los críticos, los lectores y de Ratatouille, pero tras dos semanas de atracón de twitter, leyendo miles de opiniones opinando sobre otras opiniones, me he replanteado una serie de cosas en mi vida (yo me entiendo) que me decidieron a descartar aquella primera crítica (graciosísima, insisto) y reescribirla de nuevo. Para que vean la profesionalidad y entrega del que esto escribe, ni en mi trabajo diario le ponía tanto empeño. Así me va, claro.
Alif el invisible, es la primera novela de la periodista y guionista de tebeos G. Willow Wilson. Se trata de un young adult de cariz fantástico, ambientado en un hipotético reino árabe del Golfo Pérsico. Un emirato, para ser más exactos, una dictadura cuya maquinaria de control sobre la población se mantiene bien engrasada gracias a la prosperidad que proporciona la abundancia de petróleo. El argumento se puede resumir muy rápidamente; es un bildungsroman de libro. Un joven hacker llamado Alif, IT support de otros hackers y activistas opositores al régimen, se ve perseguido por los servicios de seguridad del emirato a cuenta de un misterioso libro que le entrega su ex-novia y que podría revolucionar la programación informática de formas desconocidas, poderosas e imprevisibles. Por supuesto, este objeto mágico, de caer en manos del gobierno, significaría la creación del sistema informático de espionaje/control definitivo, que aniquilaría para siempre el movimiento opositor/hacker que aspira a un cambio imprescindible en una sociedad anquilosada.
Los nombres muertos, de Jesús Cañadas

Si me lo permiten, voy a comenzar con una pequeña “batallita” de fan. No me imagino lo que supone para un escritor dedicar un libro a uno de sus lectores. Sí entiendo mejor de la diferencia entre un simple garabato, más o menos parecido a una firma, y una palabras personalizadas. Sin embargo también tiene su atractivo una frase hecha que el escritor ha dejado y dejará en un porrón de libros cuando, de alguna manera, resume la parte de su narrativa que más te agrada. En este sentido recuerdo como si fuera ayer lo que Tim Powers escribió en mi edición de La fuerza de su mirada durante su visita a la Semana Negra en 2003:
This secret explanation. Cheers!
Es imposible condensar en menos palabras la peculiar manera de entender la Historia de Powers, una consecuencia de la acción de criaturas preternaturales, magia, oscuros complots… sobre personajes históricos más o menos cruciales. Teorías de la conspiración fruto de una imaginación enfermiza, de esa que no te importaría nada que estuviera detrás de los estúpidos enigmas regurgitados por Íker Jiménez y su tropa de freaks en Cuarto Milenio. Además, con ese cheers al final de la frase, captura la pasión de sus personajes por el alcohol.
Todo Powers en cuatro palabras.
Algo así podría poner Jesús Cañadas en las dedicatorias de ésta, su segunda novela. En Los nombres muertos se puede encontrar mucho de esa pasión por la historia dentro de la Historia y las explicaciones endiabladas. Aunque en este caso particular, su historia entre más a fondo en el campo de la ficción, la pirueta metaliteraria y la literatura pulp.
Cuentos para Algernon, año I
Cuentos para Algernon: Año I
Mientras que en formato largo vamos más o menos servidos, llevamos demasiados años sin una publicación regular que traduzca buenos relatos de género contemporáneos. Independientemente de los que han ido apareciendo en las contadas colecciones de autor o antologías temáticas, el atraso acumulado en las últimas décadas se ha agrandado de manera considerable; en especial tras la desaparición de Gigamesh, BEM o, en menor medida, Asimov Ciencia Ficción. Hace poco más de un año apareció Cuentos para Algernon, un blog creado por Marcheto, una aficionada con ciertas traducciones a sus espaldas. Su objetivo, verter al español algunos de sus relatos favoritos ante el riesgo de que pudieran quedar inéditos. El resultado de su primer año se puede leer en este libro electrónico donde se incluyen los doce relatos publicados entre Noviembre de 2012 y Octubre de 2013.
Sólo el acero, de Richard Morgan
Debería haber publicado este comentario cuando leí Sólo el acero, hace más de un año. Sin embargo dejé el borrador inconcluso, me dediqué en cuerpo y alma a sobrevivir en tierra extraña y se quedó en el limbo del wordpress… hasta hace unos días, en que me acordé de él después de leer este exabrupto en su ficha en la tienda Cyberdark.net

La ventosidad no merecería mayor atención si no fuera porque toca de pleno la homofobia soterrada de un género, la fantasía heroica, siempre dispuesto a esquivar las cuestiones de género. Más interesado por mantener estereotipos y no soliviantar a grupúsculos que viven en los tiempos de las páginas verdes de Nueva Dimensión que por hacer honor a una tradición… la cual sí se ha forzado en otros asuntos. Recordando el brillante episodio del musical gay de IT Crowd, aquí vivimos muy felices con nuestra sexualidad hasta que llega alguien y nos golpea en toda la cara con otra.
No tengo claro si esta es la manera más adecuada de comenzar la reseña: estigmatiza la lectura de una obra ya de por sí estigmatizada. Pero sin la condición homosexual de su protagonista, Ringil Eskiath, no se puede entender ni su amargor, ni su ira, ni la propia novela que narrativiza sus desventuras.
Confesiones de un pirata, de Gene Wolfe

Confesiones de un pirata
En esa exploración de la identidad personal en que se ha convertido parte de la obra de Gene Wolfe resulta complicado valorar ciertos títulos que ahondan en esa línea de actuación. Cualquier narración que incida en desnudar tanto a sus personajes como el nuevo mundo que se abre ante ellos, está destinada a sufrir la comparación con los testimonios en primera persona de Severian en El libro del sol nuevo o Latro en Soldado de la niebla. Sea justo o injusto, su voz, sus recuerdos, su veracidad, las revelaciones escondidas detrás de cada extraño detalle… serán medidas por su canon establecido hace ya 30 años. Desde este punto de partida es comprensible entender por qué Confesiones de un pirata, escrita dos décadas más tarde siguiendo un esquema similar, se me antoja un pálido reflejo. Una obra menor que, me temo, marca una cierta decadencia en la trayectoria de su autor.
Confesiones de un pirata recoge el testimonio de Chris, sacerdote en una época semejante a la nuestra que fue pirata en el Caribe del siglo XVIII. En primera persona relata su ingreso cuando era joven en un monasterio cubano después de la caída de los comunistas y cómo, de alguna manera, se traslada en el tiempo 300 años hasta la edad de oro de la piratería. Allí se enrola en un pequeño barco mercante, viaja a España donde conoce a una serie de personajes cruciales en el devenir posterior de su vida y retorna al Caribe para terminar en un barco pirata. El resto de su narración cuenta cómo aprende todo lo necesario para sobrevivir en ese escenario repleto de peligros y su ascenso hasta convertirse en uno de los capitanes que arrasa las ciudades de Portobello y Maracaibo en busca del tesoro de la mítica flota del oro.
El zoo de papel, de Ken Liu
Acaba de aparecer el primer volumen de Terra Nova, la antología de relatos de ciencia ficción seleccionada por Mariano Villarreal y Luis Pestarini y editada por Sportula. Como tardaré un par de semanas en leerla (se aproxima el final del semestre y aún hay menos tiempo libre del que tenía hasta ahora), me gustaría comentar el único relato que he leído. El elegido para abrir la selección y, por tanto, una de las armas principales con las cuales los antólogos esperan atrapar al lector: “El zoo de papel”, de Ken Liu.
El cuento es muy breve y en él Liu toca las teclas necesarias para que se empatice con su protagonista. Algo especialmente sencillo para los lectores que no hayan tenido una relación cercana con alguno de sus padres, con momentos de incomprensión, alejamiento…, enfrentados a todo lo que supone el no haber podido solucionar el desencuentro antes de la muerte. Justo lo que le ocurre a su narrador que desgrana el matrimonio de sus padres, su infancia y la cercanía con su madre, el episodio que marcó su alejamiento, la muerte de ella y cómo se reencuentra con su memoria años después.
Danza de dragones, de George R. R. Martin
Hace cuatro años era, como pueden suponer, un poco más joven. Tenía más pelo en la cabeza, vivía más cerca de Santander, trabajaba en un centro amenazado por cierre, solía leer más novelas de fantasía y, especialmente, tenía más paciencia con los libros de más de 350 páginas. Ahora mi cabellera ralea, vivo en otro continente, trabajo en un centro público con más de 2300 alumnos, prácticamente he dejado de lado la fantasía épica y, especialmente, he perdido la paciencia para leer cualquier libro que tenga más de 300 páginas.
Supongo que ya pueden imaginarse por dónde van los tiros de esta reseña.



