Orc Stain, de James Stokoe

Orc Stain

Reseña que recoge los números 1 al 5 de Orc Stain, recopilados en trade paperback, publicado por primera vez en 2010.

Dentro de la oferta de títulos con los que Image Comics intenta ampliar su abanico de géneros un poco más allá de su universo superheroico, uno de los más divertidos es Orc Stain, de James Stokoe. Como sugiere el título, Orc Stain es fruto de la típica discusión de frikazos (otro sábado sin pillar, a altas horas de la madrugada y con más de media docena de cervezas encima) sobre El señor de los anillos y el papel de los orcos como fuerzas del mal. El orco, ¿es malo por naturaleza o es que Tolkien lo hizo asín? ¿Por qué los orcos van por ahí hechos unos guarros, matando y destruyendo, en vez de dedicarse a la cerámica y entrar en comunión con la naturaleza? La explicación oficial nos dice que el orco es creación de Morgoth, que se burlaría así de los hijos de Ilúvatar, los elfos, tal como Satanás siempre se burla en sus actos de las creaciones de Dios. Otros (yo), en una línea más de materialismo dialéctico, opinan que el orco es la visión que Tolkien tenía de la masa que salía de las fábricas para emborracharse y armar bronca, dejando la Comarca, perdón, su Inglaterra ideal que nunca existió, hecha un asco. Stokoe, más modesto, y en plan Rousseau pajero, tiene sus dudas; ¿y si los orcos tuvieran capacidad de elección?. A la hora de abordar esta pregunta, Stokoe se queda en la parte lúdica y no entra en pajas de cineforum progre.

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El crepúsculo de los dioses, de Richard Garnett

El crepúsculo de los dioses

“Los agitadores y los fanfarrones no me preocupan, es a los callados, los tranquilos a los que hay que vigilar”. Ni recuerdo la cita exacta, ni recuerdo al autor, pero qué razón tenía, abundando en el mito de la sabiduría popular española según el cual el callado siempre algo tiene que ocultar, nada bueno puede andar cavilando. Y si es leidillo, peor aún.  Sin duda alguna, Richard Garnett, el autor de El crepúsculo de los dioses, encaja perfectamente en este perfil. Hijo de un pastor anglicano, dedicó su vida profesional al Museo Británico, viviendo como un señor entre manuscritos, reliquias y caballeros eruditos, encargado de diversos puestos de responsabilidad en la Sala de Lectura, donde quizá coincidió con famosas personalidades, como el popular filósofo Karl Marx, que se pasaba la vida en la biblioteca, aprovechando que allí tenía calefacción y libros. Garnett era un serio, discreto y respetado intelectual que nadie supondría un peligroso pensador libertario, alguien que, en sus ratos libres, que imagino serían muchos, se dedicaba a una muy victoriana afición, la grafomanía. Artículos en revistas, poesía, entradas de la Britannica, traducciones de cinco idiomas, decenas de monografías, y a lo que veníamos hoy, autor de El crepúsculo de los dioses, publicada en 1888, una colección de relatos fantásticos, de un ingenio cruel y juguetón, que hizo las delicias de escritores tan dispares como Oscar Wilde o H.G. Wells, también habituales de la Sala de Lectura.

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La tierra silenciada, de Graham Joyce

La tierra silenciada

La tierra silenciada

Una pareja inglesa, Zoe y Jake, está de vacaciones en una estación en medio de los Pirineos franceses. Mientras esquiaban a primera hora de la mañana en unas pistas desiertas, un alud sepulta a Zoe y queda enterrada boca abajo. Jake consigue rescatarla y ambos se dirigen hacia su hotel para encontrar que está tan vacío como el resto del pueblo. Inquietos por dónde estará la gente, no le dan más importancia hasta que, a las pocas horas, descubren que no pueden abandonar el lugar: aparece una niebla que está a un tris de conducirles a un precipicio; se dirigen con los esquís en una dirección y, tras unas horas, retornan al punto de partida… Este es el misterio que mueve La tierra silenciada.

Las primeras cien páginas que relatan esta sinopsis se hacen un tanto innecesarias: no contribuyen a enriquecer lo que el lector intuye de la situación ni apenas desarrollan los personajes. Ambos quedan definidos a través de su comportamiento sin enseñar casi aristas, hasta el punto que muestran una escasa reacción ante lo insólito. Más preocupante resulta que en una atmósfera como la que se presenta no surjan conflictos entre ellos. Estamos hablando que una pareja se queda varios días en la más absoluta soledad, sometida a un estrés brutal, con una rutina cotidiana enervante rota por hechos inusuales… En este panorama, La tierra silenciada está más cerca de una versión esotérica de Robinson Crusoe que de Dos en la carretera, condensada en un microescenario y a lo largo de unos pocas jornadas. También es cierto que aparecen un par de cuentas pendientes del pasado, pero todo lo demás se circunscribe al lánguido paso de los días y los pequeños cambios que observan a su alrededor.

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The Name Of The Wind, de Patrick Rothfuss

The Name Of The Wind

The Name Of The Wind

Comenzó como un cuento de hadas. Hace un par de años Patrick Rothfuss era un tipo sin grandes ambiciones, que alternaba varios trabajos en la Universidad y en su comunidad para ir ganándose la vida lo mejor que podía. Pero resulta que en sus ratos libres escribía una historia de fantasía con la esperanza de que algún día pudiera ver la luz. Un día su libro cayó en manos de un avispado editor que en poco tiempo la convirtió en una de las novelas revelación en el género del 2007. Bueno, en realidad sólo se vio publicada una parte de la obra, porque durante los nueve años que duró su escritura consiguió sacar material para tres voluminosas novelas. El planteamiento no es el de una trilogía al uso sino, más bien, el de una historia muy larga que debe ser dividida para que la edición sea manejable.

¿Y qué es lo que ha hecho Patrick para levantar tanto revuelo en el género? Algo similar a lo que ocurrió el año anterior con Scott Lynch, otro joven autor de repentino éxito: nacer una novela de género divertida y fresca sin reinventar la rueda pero alejándose de los lugares comunes. Porque en The Name Of The Wind encontraremos casi todos los tópicos de la fantasía épica como un protagonista imberbe al que se le da todo increíblemente bien excepto las chicas, una escuela de magia para jovencitos o una raza maligna y misteriosa. Sin embargo el enfoque realista con el que se introducen estos elementos hace que la historia diste mucho de ser tópica.

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Antes de que los cuelguen, de Joe Abercrombie

Antes de que los cuelguen

Antes de que los cuelguen

La voz de las espadas, la primera novela de Joe Abercrombie, se convirtió en uno de los debuts que más llamó la atención de los aficionados a la fantasía épica en lengua inglesa en el 2006, año que se distinguió por la irrupción de varios escritores brillantes. Ahora nos llega Antes de que los cuelguen, la segunda parte de la trilogía. Es de esperar que próximamente se publique también la conclusión de la misma, que ya ha aparecido en los Estados Unidos con el título de Last Argument Of Kings.

Aquellos que no conozcan a Abercrombie y lean el argumento de Antes de que los cuelguen sin duda se llevarán la impresión de que estamos ante una obra que no se desvía de las fórmulas más manidas del genero. Sin embargo, el que piense esto se llevaría una impresión errónea o, al menos, incompleta. Pero vayamos por orden.

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Caballeros de Viriconium, de M. John Harrison

CaballerosdeViriconium.jpegPoco después de publicar Luz a finales de 2003, Bibliópolis recuperó del olvido una de las obras más significativas de la bibliografía de M. John Harrison, inédita hasta el momento en español: la conocida como secuencia de Viriconium. Tres novelas y un puñado de relatos sin una «fuerte» conexión argumental que despliegan un lugar narrativo tan singular como arrollador. Sin embargo, a pesar de que la obra venía con inmejorables referencias y se podía situar en un nicho temático bastante demandado –en el año y medio anterior Canción de hielo y fuego, La saga de Geralt de Rivia o La espada de fuego habían pegado ««pelotazos» de ventas–, no despertó mucho interés, más bien al contrario. Y resulta extraño.

Al menos este Caballeros de Viriconium, leído cuatro años después, ofrece lo mismo que otras novelas de fantasía muy del gusto del lector medio de este tipo de narraciones. Incluso, ante la ausencia del mercado en aquel momento de las novelas del Campeón Eterno de Michael Moorcock en sus diferentes encarnaciones, agotadas hacía una década, era de esperar que concitase una mayor atención. De hecho la novela que ocupa 150 de sus páginas, “La ciudad pastel”, es en muchos momentos un calco de la fantasía heroica escrita por el mítico editor de New Worlds y creador del concepto de Multiverso.

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Los navegantes, de José Miguel Vilar Bou

Los navegantes

Los navegantes

Cuando se habla de fantasía épica es habitual que se expresen algunos reproches contra el exceso de tópicos y convenciones. Es cierto que la mayoría de novelas de este género, en mayor o menor grado, tienden a idealizar personajes y situaciones, a respetar tabúes relacionados con el lenguaje utilizado y la ausencia de escenas sexualmente explícitas… Aunque tengan mala fama, estas convenciones no siempre son negativas. Se trata de recursos que se han impuesto porque se ha comprobado que funcionan, aunque a veces se abuse de ellas. Por lo demás, las convenciones se pueden romper y de hecho se rompen. Son muchos los autores que han adoptado unas técnicas narrativas más modernas desde el respeto a la esencia del género. Sin embargo, pocas novelas debe haber que rompan las convenciones de la fantasía épica de forma tan radical y decidida como Los navegantes.

La novela cuenta la historia de la invasión de Arialcanda por parte del ejército colonial del Imperio Trinisanto. Dirigidos por el ambicioso y megalómano Virrey Veritám, los trinisantos cuentan con ayudas mágicas como la de unos repugnantes seres creados a partir de cadáveres. Frente a ellos, una ciudad antiquísima, considerada sagrada y desconocedora por completo de la guerra. Como Arialcanda es obviamente incapaz de defenderse a sí misma, los reyes vecinos envían en su defensa, más por acallar las críticas por su pasividad ante los trinisantos que por convicción moral, un reducido ejército de criminales y desheredados, destinado a ser despedazado fácilmente por la máquina de guerra trinisanta. Arialcanda está condenada a caer, pero las atrocidades perpetradas por los invasores acabarán despertando el espíritu de lucha de sus habitantes.

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City of Saints and Madmen, de Jeff VanderMeer

City of Saints and Madmen

City of Saints and Madmen

Hace unas semanas, leí un artículo que establecía un paralelismo entre el estado de Nueva Orleans tras las inundaciones del huracán Katrina y la ciudad imaginaria de Bellona tal como la describía Samuel Delany en Dhalgren, víctima de un cataclismo sin especificar y teatro de la disolución de la moral y las costumbres. Delany, pues, refrendaría la reputación profética del género irreal, convertido con el paso de los años, y en ocasiones como esta casi a su pesar, en una ficción bastante más relevante que cualquier sueño de sus detractores. Pero, por otro lado, Delany sería un precursor del empleo de la ciudad como escenario fundamental de mucha fantasía moderna, donde la urbe se convierte en un espejo de aspiraciones, en un reflejo surreal de nuestro medio ambiente cotidiano, desde la Viriconium de M. John Harrison hasta la Nueva Crobuzon de China Miéville o la Ambargrís de Jeff VanderMeer.

Ambargrís, como Bellona, es una «ciudad del miedo», obsesionada por el recuerdo de un hecho traumático, el «Silencio», en el que todos sus habitantes se volatilizaron durante una expedición fluvial de su gobernante y su ejército. El enigma, atribuible o no a los «gorras grises», habitantes originales de la ciudad exterminados durante la colonización y refugiados bajo tierra, pesa sobre la conciencia colectiva de los habitantes, y podría o no ser una de las claves de los estallidos de violencia durante el Festival del Calamar de Agua Dulce, celebrado cada año. El ambiente decimonónico y decadente de la ciudad, lleno de pintoresquismo grotesco, arquitectura ruinosa y secretos atroces a punto de revelarse, supone una creación única en el fantástico contemporáneo, por su manera de unir paranoia contemporánea y exquisitez anticuaria que no desentonaría entre los venerables abuelos editados por Valdemar en la colección El club Diógenes.

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Stardust, de Neil Gaiman y Charles Vess

Stardust

Stardust

Cuando a Tristran Thorn su adorada Victoria le pide nada más y nada menos que una estrella como prueba de su amor y requisito ineludible para obtener el beso que busca, el joven enamorado no lo duda un instante antes de partir en pos de la que, poco antes, ha visto caer del cielo más allá del muro que su pueblo guarda con celo desde hace siglos. Al otro lado de ese muro está el País de las Hadas, y algunos de sus habitantes también se han puesto en marcha para hacerse con la estrella, que no solo tiene valor para el pobre Tristran, sino también para las brujas –para las que consumir el corazón de una estrella supone el único medio de conseguir una falsa apariencia de juventud y belleza– y para la fratricida estirpe de herederos del señorío de Stormhold, para los que está en juego quién recibirá el legado de su padre. Unas y otros están dispuestos a todo para hacerse con la que ha caído de los cielos, quien, a su vez –porque la estrella, hija de Selene, es también una hermosa mujer– tiene sus propias ideas al respecto.

Para empezar con sinceridad, nunca he sido muy devoto de Neil Gaiman en su faceta más conocida, la de guionista de cómics; no me parece un buen narrador y recurre demasiado al reciclaje de ideas de otros autores a la hora de construir sus propios mundos. Aún así, no puede negársele una creatividad e imaginación en ocasiones brillantes que, me temo, han terminado contribuyendo a que Stardust me haya supuesto una pequeña decepción; supongo que esperaba que, con años de oficio ya a sus espaldas, y en un medio distinto, hubiera pulido lo suficiente esos defectos como para darnos una obra a la altura de lo que, creo, podría conseguir a la vista de sus virtudes. Y, precisamente –o eso pensaba– nada mejor que un cuento de hadas para dar rienda suelta a esa imaginación que se le presupone al inglés. Por desgracia no ha sido así y me he vuelto a topar con sus defectos de siempre en un libro que tras un buen comienzo –en ese pueblo a medio camino entre el mundo de las hadas y el de los mortales que, a su vez, es barrera entre ambos–, deriva pronto hacia una aventura rutinaria y mil veces vista.

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Vellum, de Hal Duncan

Vellum

Vellum

Hay frases iniciales que en sí mismas representan todo un programa de intenciones. «Toda historia épica debería comenzar con un mapa ardiendo», el arranque de Vellum de Hal Duncan, es una de ellas. El lienzo sobre el que Duncan pinta su fresco es más que épico, pues sobrepasa los confines del espacio y el tiempo, hasta el punto de que los mapas se hacen redundantes: el mapa es el libro, pero el furor del cartógrafo provocó la combustión del documento, que termina asemejado a un enjambre de brasas ingrávidas que revolotean cual luciérnagas ante los ojos del lector, obligado a formarse una imagen, un «collage» mental, antes de que el marco de llamas de cada capítulo consuma el texto.

Claro que orientarse mediante un mapa ardiendo puede plantear serios problemas si lo que se quiere es llegar a algún sitio. Ahí reside el quid de la polémica: mientras la plana mayor del fantástico «literario» actual –Shepard, Jeffrey Ford, VanderMeer– ha cerrado filas con Duncan saludando Vellum como un acontecimiento de los que hacen época, muchos de los lectores tradicionales de género han tenido que recurrir a extrañas teorías conspirativas, con sobornos editoriales de por medio, para explicarse las entusiastas reseñas dispensadas a un libro al que no ven pies ni cabeza.

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