Confesiones de un pirata, de Gene Wolfe

Confesiones de un pirata

Confesiones de un pirata

En esa exploración de la identidad personal en que se ha convertido parte de la obra de Gene Wolfe resulta complicado valorar ciertos títulos que ahondan en esa línea de actuación. Cualquier narración que incida en desnudar tanto a sus personajes como el nuevo mundo que se abre ante ellos, está destinada a sufrir la comparación con los testimonios en primera persona de Severian en El libro del sol nuevo o Latro en Soldado de la niebla. Sea justo o injusto, su voz, sus recuerdos, su veracidad, las revelaciones escondidas detrás de cada extraño detalle… serán medidas por su canon establecido hace ya 30 años. Desde este punto de partida es comprensible entender por qué Confesiones de un pirata, escrita dos décadas más tarde siguiendo un esquema similar, se me antoja un pálido reflejo. Una obra menor que, me temo, marca una cierta decadencia en la trayectoria de su autor.

Confesiones de un pirata recoge el testimonio de Chris, sacerdote en una época semejante a la nuestra que fue pirata en el Caribe del siglo XVIII. En primera persona relata su ingreso cuando era joven en un monasterio cubano después de la caída de los comunistas y cómo, de alguna manera, se traslada en el tiempo 300 años hasta la edad de oro de la piratería. Allí se enrola en un pequeño barco mercante, viaja a España donde conoce a una serie de personajes cruciales en el devenir posterior de su vida y retorna al Caribe para terminar en un barco pirata. El resto de su narración cuenta cómo aprende todo lo necesario para sobrevivir en ese escenario repleto de peligros y su ascenso hasta convertirse en uno de los capitanes que arrasa las ciudades de Portobello y Maracaibo en busca del tesoro de la mítica flota del oro.

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El zoo de papel, de Ken Liu

Terra Nova

Terra Nova

Acaba de aparecer el primer volumen de Terra Nova, la antología de relatos de ciencia ficción seleccionada por Mariano Villarreal y Luis Pestarini y editada por Sportula. Como tardaré un par de semanas en leerla (se aproxima el final del semestre y aún hay menos tiempo libre del que tenía hasta ahora), me gustaría comentar el único relato que he leído. El elegido para abrir la selección y, por tanto, una de las armas principales con las cuales los antólogos esperan atrapar al lector: “El zoo de papel”, de Ken Liu.

El cuento es muy breve y en él Liu toca las teclas necesarias para que se empatice con su protagonista. Algo especialmente sencillo para los lectores que no hayan tenido una relación cercana con alguno de sus padres, con momentos de incomprensión, alejamiento…, enfrentados a todo lo que supone el no haber podido solucionar el desencuentro antes de la muerte. Justo lo que le ocurre a su narrador que desgrana el matrimonio de sus padres, su infancia y la cercanía con su madre, el episodio que marcó su alejamiento, la muerte de ella y cómo se reencuentra con su memoria años después.

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Danza de dragones, de George R. R. Martin

Danza de dragones

Danza de dragones

Hace cuatro años era, como pueden suponer, un poco más joven. Tenía más pelo en la cabeza, vivía más cerca de Santander, trabajaba en un centro amenazado por cierre, solía leer más novelas de fantasía y, especialmente, tenía más paciencia con los libros de más de 350 páginas. Ahora mi cabellera ralea, vivo en otro continente, trabajo en un centro público con más de 2300 alumnos, prácticamente he dejado de lado la fantasía épica y, especialmente, he perdido la paciencia para leer cualquier libro que tenga más de 300 páginas.

Supongo que ya pueden imaginarse por dónde van los tiros de esta reseña.

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The San Veneficio Canon, de Michael Cisco

The San Veneficio Canon

No recuerdo ahora donde leí una comparación según la cual la narrativa sería como un inmenso museo de arte donde los géneros y estilos ocuparían las diferentes salas. La mayor parte de nosotros deambulamos casi todo el tiempo entre los cuadros de los grandes maestros de la composición, el dibujo, la anatomía y la perspectiva, las “buenas historias bien contadas” de toda la vida y como dios manda. A veces nos aventuramos por alguna estancia donde el color es algo más extravagante, o la composición un poco más atrevida. Pero a veces, es como si los lectores se negaran a aventurarse más allá del ala figurativa. Bueno, hay unos pocos ahí por el fantástico, unos que siguen folletines disfrazados de fantasía o romance científico, contemplando cuadros de Frank Frazetta, otros miran por encima del hombro a los anteriores mientras se deleitan con Chirico o Borges, Bacon y Burroughs y, claro, ni se dirigen la palabra. Sin embargo el museo es inmenso y las obras se pierden en las sombras, en una zona confusa entre el surrealismo y el terror fantástico. Los que deambulan por allí en la penumbra, pueden encontrarse con Bruno Schulz, Aickman, Ligotti. O Michael Cisco.

The San Veneficio Canon, recopila la primera y premiada novela (corta) de Michael Cisco, “The Divinity Student”, publicada como un único volumen en 1999, junto a su continuación, “The Golem”. En ellas se narran las peripecias del Estudiante de Teología por la misteriosa urbe de San Veneficio, como si del alucinado protagonista del western Dead Man se tratase, vagando por una Las Vegas reseca y aplastada por el sol, sin casinos ni furcias, imaginada por un Lord Dunsany que abusara de la absenta para sobrellevar un dolor de muelas.

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Orc Stain, de James Stokoe

Orc Stain

Reseña que recoge los números 1 al 5 de Orc Stain, recopilados en trade paperback, publicado por primera vez en 2010.

Dentro de la oferta de títulos con los que Image Comics intenta ampliar su abanico de géneros un poco más allá de su universo superheroico, uno de los más divertidos es Orc Stain, de James Stokoe. Como sugiere el título, Orc Stain es fruto de la típica discusión de frikazos (otro sábado sin pillar, a altas horas de la madrugada y con más de media docena de cervezas encima) sobre El señor de los anillos y el papel de los orcos como fuerzas del mal. El orco, ¿es malo por naturaleza o es que Tolkien lo hizo asín? ¿Por qué los orcos van por ahí hechos unos guarros, matando y destruyendo, en vez de dedicarse a la cerámica y entrar en comunión con la naturaleza? La explicación oficial nos dice que el orco es creación de Morgoth, que se burlaría así de los hijos de Ilúvatar, los elfos, tal como Satanás siempre se burla en sus actos de las creaciones de Dios. Otros (yo), en una línea más de materialismo dialéctico, opinan que el orco es la visión que Tolkien tenía de la masa que salía de las fábricas para emborracharse y armar bronca, dejando la Comarca, perdón, su Inglaterra ideal que nunca existió, hecha un asco. Stokoe, más modesto, y en plan Rousseau pajero, tiene sus dudas; ¿y si los orcos tuvieran capacidad de elección?. A la hora de abordar esta pregunta, Stokoe se queda en la parte lúdica y no entra en pajas de cineforum progre.

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El crepúsculo de los dioses, de Richard Garnett

El crepúsculo de los dioses

“Los agitadores y los fanfarrones no me preocupan, es a los callados, los tranquilos a los que hay que vigilar”. Ni recuerdo la cita exacta, ni recuerdo al autor, pero qué razón tenía, abundando en el mito de la sabiduría popular española según el cual el callado siempre algo tiene que ocultar, nada bueno puede andar cavilando. Y si es leidillo, peor aún.  Sin duda alguna, Richard Garnett, el autor de El crepúsculo de los dioses, encaja perfectamente en este perfil. Hijo de un pastor anglicano, dedicó su vida profesional al Museo Británico, viviendo como un señor entre manuscritos, reliquias y caballeros eruditos, encargado de diversos puestos de responsabilidad en la Sala de Lectura, donde quizá coincidió con famosas personalidades, como el popular filósofo Karl Marx, que se pasaba la vida en la biblioteca, aprovechando que allí tenía calefacción y libros. Garnett era un serio, discreto y respetado intelectual que nadie supondría un peligroso pensador libertario, alguien que, en sus ratos libres, que imagino serían muchos, se dedicaba a una muy victoriana afición, la grafomanía. Artículos en revistas, poesía, entradas de la Britannica, traducciones de cinco idiomas, decenas de monografías, y a lo que veníamos hoy, autor de El crepúsculo de los dioses, publicada en 1888, una colección de relatos fantásticos, de un ingenio cruel y juguetón, que hizo las delicias de escritores tan dispares como Oscar Wilde o H.G. Wells, también habituales de la Sala de Lectura.

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La tierra silenciada, de Graham Joyce

La tierra silenciada

La tierra silenciada

Una pareja inglesa, Zoe y Jake, está de vacaciones en una estación en medio de los Pirineos franceses. Mientras esquiaban a primera hora de la mañana en unas pistas desiertas, un alud sepulta a Zoe y queda enterrada boca abajo. Jake consigue rescatarla y ambos se dirigen hacia su hotel para encontrar que está tan vacío como el resto del pueblo. Inquietos por dónde estará la gente, no le dan más importancia hasta que, a las pocas horas, descubren que no pueden abandonar el lugar: aparece una niebla que está a un tris de conducirles a un precipicio; se dirigen con los esquís en una dirección y, tras unas horas, retornan al punto de partida… Este es el misterio que mueve La tierra silenciada.

Las primeras cien páginas que relatan esta sinopsis se hacen un tanto innecesarias: no contribuyen a enriquecer lo que el lector intuye de la situación ni apenas desarrollan los personajes. Ambos quedan definidos a través de su comportamiento sin enseñar casi aristas, hasta el punto que muestran una escasa reacción ante lo insólito. Más preocupante resulta que en una atmósfera como la que se presenta no surjan conflictos entre ellos. Estamos hablando que una pareja se queda varios días en la más absoluta soledad, sometida a un estrés brutal, con una rutina cotidiana enervante rota por hechos inusuales… En este panorama, La tierra silenciada está más cerca de una versión esotérica de Robinson Crusoe que de Dos en la carretera, condensada en un microescenario y a lo largo de unos pocas jornadas. También es cierto que aparecen un par de cuentas pendientes del pasado, pero todo lo demás se circunscribe al lánguido paso de los días y los pequeños cambios que observan a su alrededor.

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The Name Of The Wind, de Patrick Rothfuss

The Name Of The Wind

The Name Of The Wind

Comenzó como un cuento de hadas. Hace un par de años Patrick Rothfuss era un tipo sin grandes ambiciones, que alternaba varios trabajos en la Universidad y en su comunidad para ir ganándose la vida lo mejor que podía. Pero resulta que en sus ratos libres escribía una historia de fantasía con la esperanza de que algún día pudiera ver la luz. Un día su libro cayó en manos de un avispado editor que en poco tiempo la convirtió en una de las novelas revelación en el género del 2007. Bueno, en realidad sólo se vio publicada una parte de la obra, porque durante los nueve años que duró su escritura consiguió sacar material para tres voluminosas novelas. El planteamiento no es el de una trilogía al uso sino, más bien, el de una historia muy larga que debe ser dividida para que la edición sea manejable.

¿Y qué es lo que ha hecho Patrick para levantar tanto revuelo en el género? Algo similar a lo que ocurrió el año anterior con Scott Lynch, otro joven autor de repentino éxito: nacer una novela de género divertida y fresca sin reinventar la rueda pero alejándose de los lugares comunes. Porque en The Name Of The Wind encontraremos casi todos los tópicos de la fantasía épica como un protagonista imberbe al que se le da todo increíblemente bien excepto las chicas, una escuela de magia para jovencitos o una raza maligna y misteriosa. Sin embargo el enfoque realista con el que se introducen estos elementos hace que la historia diste mucho de ser tópica.

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Antes de que los cuelguen, de Joe Abercrombie

Antes de que los cuelguen

Antes de que los cuelguen

La voz de las espadas, la primera novela de Joe Abercrombie, se convirtió en uno de los debuts que más llamó la atención de los aficionados a la fantasía épica en lengua inglesa en el 2006, año que se distinguió por la irrupción de varios escritores brillantes. Ahora nos llega Antes de que los cuelguen, la segunda parte de la trilogía. Es de esperar que próximamente se publique también la conclusión de la misma, que ya ha aparecido en los Estados Unidos con el título de Last Argument Of Kings.

Aquellos que no conozcan a Abercrombie y lean el argumento de Antes de que los cuelguen sin duda se llevarán la impresión de que estamos ante una obra que no se desvía de las fórmulas más manidas del genero. Sin embargo, el que piense esto se llevaría una impresión errónea o, al menos, incompleta. Pero vayamos por orden.

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Caballeros de Viriconium, de M. John Harrison

CaballerosdeViriconium.jpegPoco después de publicar Luz a finales de 2003, Bibliópolis recuperó del olvido una de las obras más significativas de la bibliografía de M. John Harrison, inédita hasta el momento en español: la conocida como secuencia de Viriconium. Tres novelas y un puñado de relatos sin una «fuerte» conexión argumental que despliegan un lugar narrativo tan singular como arrollador. Sin embargo, a pesar de que la obra venía con inmejorables referencias y se podía situar en un nicho temático bastante demandado –en el año y medio anterior Canción de hielo y fuego, La saga de Geralt de Rivia o La espada de fuego habían pegado ««pelotazos» de ventas–, no despertó mucho interés, más bien al contrario. Y resulta extraño.

Al menos este Caballeros de Viriconium, leído cuatro años después, ofrece lo mismo que otras novelas de fantasía muy del gusto del lector medio de este tipo de narraciones. Incluso, ante la ausencia del mercado en aquel momento de las novelas del Campeón Eterno de Michael Moorcock en sus diferentes encarnaciones, agotadas hacía una década, era de esperar que concitase una mayor atención. De hecho la novela que ocupa 150 de sus páginas, “La ciudad pastel”, es en muchos momentos un calco de la fantasía heroica escrita por el mítico editor de New Worlds y creador del concepto de Multiverso.

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