Fracasando por placer (XXXVIII): Star Trek, La Nueva Generación

Star Trek La Nueva Generación

Frente a la ingente cantidad de cf mediocre (siendo generoso) que he leído, tengo lagunas audiovisuales bastante notables. El mayor agujero es, sin duda, todo lo relacionado con el universo de Star Trek. Hasta hace cinco o seis años, apenas había visto tres o cuatro episodios salteados de distintas series, la primera película, el primer remake, poco más. Esto resulta especialmente extraño porque no le tengo ninguna manía en sí a la franquicia. Tan sólo nunca he conseguido que me interese. Siempre he dado por bueno ese vago concepto de que Star Trek representa un enfoque progresista, puesto que el telón de fondo es una suerte de utopía políticamente muy correcta. En cambio, Star Wars en el mejor de los casos puede considerarse como la lucha por imponer el despotismo ilustrado a cargo de una familia de elegidos, como aparente única alternativa viable al fascismo puro y duro: Guatemala o Guatepeor, en resumen. Pero me divierte, y lo que conocía de Star Trek no tanto.

El caso es que no llegué en el momento adecuado a Star Trek y luego fue un tren al que me era difícil incorporarme. Cuando hubo reposiciones en España yo era demasiado crío, por alguna razón no me enganché a las películas de los setenta y ochenta, y la estética de La Nueva Generación me resultaba insoportablemente naif cuando se estrenó. Era una época en la que ya habíamos tenido cf audiovisual del nivel de Blade Runner, Brazil o Aliens, y esa gente en pijama repartiendo buenas intenciones por el universo se me hacía cuesta arriba. Debí ver algún episodio de los primeros, cuando llegó por España, y tuve la impresión de que la probabilidad de que fuera una serie manifiestamente mala era alta. Una de mis ex parejas lo intentó con paciencia, pero lo poco que vi con ella no me dijo nada.Y ahí se quedó la cosa hasta hace seis o siete años.

No recuerdo muy bien por qué, empecé a ver con mi hija (por entonces con diez años) la serie original. La picoteamos ocasionalmente, sin compromiso, con interés decreciente por su parte tras un buen comienzo, hasta que se bajó del barco unos dos años después, cuando apenas nos quedaban diez episodios. Me vi ya solo las películas del grupo original, que me resultaron entrañables, y ahí quedó la cosa hasta poco antes de que comenzara la pandemia.

El proceso de ver La Nueva Generación partiendo absolutamente de cero, con escasísimas referencias previas por mi parte, lleva prolongándose desde entonces. A veces he visto tres episodios un día, luego han podido transcurrir dos meses largos sin ver ninguno. El ritmo se aceleró de forma natural, aunque tampoco entusiasta, en las cuarta y quinta temporadas, tanto porque inevitablemente vas tomando cariño a los personajes como porque, vamos a ser francos, mejora. No sé cuál será la opinión de los espectadores fieles, pero para mí la diferencia de tono entre las dos primeras temporadas y las posteriores es abismal. Por lo que me ha dicho gente que entiende, la entrada de un equipo en guión y producción con gente que luego ha tenido carreras interesantes, como Ronald D. Moore, Jeri Taylor y Brannon Braga, fue el motor de esa diferencia.

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Cuando duermo, veo claro. Balbuceos en torno a Twin Peaks

Bienvenidos a Twin Peaks

És quan dormo que hi veig clar.
(Es cuando duermo que veo claro)

J. V. Foix

No sería raro que, ante la ingrata tesitura de tener que decidir cuál es la mejor serie de la historia, muchos fuésemos a lo seguro apelando a la persuasiva autoridad de Los Soprano o The Wire; pero si, pasado el primer alboroto mental por decidir, frenásemos un segundo, también podría ser que, de entre la muchedumbre, facilitando la tarea, se irguiese –precursora e insuperada– Twin Peaks. Muy bien podría ser. Al fin y al cabo, es un pueblo idílico, Twin Peaks: pequeño, acogedor, rodeado de bosques, cataratas y pájaros cantores, tan calmo que uno quisiera vivir ahí para siempre y no preocuparse nunca de nada. Con esas vistas y esa paz. David Lynch y Mark Frost crearon esa atmósfera, en ese mundo, y debajo le pusieron dinamita.

El pueblo es un espacio cercado y Lynch y Frost generan una atmósfera asfixiante y un ritmo de vida familiar pero astillado, que tiene sus pautas visuales en las tomas que se introducen entre escena y escena (árboles agitándose, semáforos en rojo, últimas horas de la tarde, la noche: todo es ominoso en esas estampas). Recrean la vida de la gente que prefiere vivir aislada, con sus costumbres y aficiones previsibles, pero donde también hay fisuras –fracturas abismales–, y es ahí donde la cámara y la historia se adentran. En Twin Peaks hay un contraste frontal entre las apariencias y la realidad, como si hubieran reconcentrado lo irreconciliable hasta límites explosivos. (Utilizando otro lenguaje, otra sintaxis, John Carpenter hizo algo parecido con el imaginario de pueblo en los estados de Nueva Inglaterra).

Pero se da todo en un entorno como bucólico, con una iluminación natural que aviva los colores en la serie. En los exteriores la fotografía es cristalina, con esa luz de primera hora de la mañana que le da a las tomas un aire de frescura y plenitud. La ambientación, la paleta de colores, el vestuario: todo nos trae de golpe el carácter hogareño, cobijado, de la vida ralentizada de un pueblo entre montañas, y también nos trae algo circunstancial que no quiero dejar de mencionar: la pauta visual de los años noventa. Aunque no pueda capturar la plena idiosincrasia de la década, al rodarse muy a principios, sí que anticipa algunos rasgos identificativos de esos años que hacen que revisitar la serie ahora tenga un componente de recuperación nostálgica del imaginario de la infancia o la adolescencia. Pienso en el vestuario, en esos peinados que ya no son los de los ochenta, en los coches y en la decoración de interiores. En la sobreiluminación constante (algo que también se menciona en la muy autoconsciente Scream 5, por cierto, como rasgo destacable del cine de la década).

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Fracasando por placer (XXXV): La purga como distopía relevante

La Purga

Me llaman la atención estos fenómenos de material temáticamente de cf pero que pasan bastante inadvertidos a los aficionados al género, incluyéndome a mí mismo. Dos ejemplos que vienen fácilmente a la cabeza son La piel fría, de Albert Sánchez Piñol, que posiblemente sea el libro español de cf más vendido de la historia pero muchas veces no se menciona en nuestro contexto, o la serie de novelas de Los juegos del hambre, de Suzanne Collins, sobre cuya calidad y relevancia ya me he explayado de manera suficiente en varias ocasiones.

Llego en esta ocasión un poco por casualidad a esta franquicia de la factoría de terror Blumhouse, surgida como una película de terror cortita con aspiraciones modestas en 2013. Desde entonces ya lleva otros cuatro largometrajes y una serie que fue cancelada por Prime Video después de dos temporadas. Los elementos distópicos han ido cobrando un protagonismo creciente hasta casi adueñarse del relato, y construyendo una estructura extrañamente coherente, si tenemos en cuenta que no parece en absoluto que esa fuera la intención original. Una distopía de pasado mañana, en la que los mapas de los Estados Unidos fracturados por el amor a las armas y la violencia extrema coinciden de manera nada sutil con los que vemos en los resultados electorales.

Permitidme un repaso de lo narrado hasta ahora y una recapitulación de cómo un producto de serie B ha terminado por ser un relato influyente, discutible y oportunista, pero con algunos aciertos notables.

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Ray Harryhausen en los tiempos de la tercera dimensión

Ray Harryhausen

Después de Avatar y de Prometheus, de Origen, Interstellar y de El amanecer del planeta de los simios –da igual los títulos–, después de tantas películas en las que dominan los efectos especiales, es un descanso para los ojos volver a las películas en las que intervino Ray Harryhausen. La delicada artesanía de su animación 3D, verdaderamente 3D, cautiva por encima de lo que consiguen los medios actuales.

Estoy viendo que no será fácil demostrar esto.

Nombre ineludible del cine de los años 50 y 60, Harryhausen, como nos recuerda el infatigable John Kenneth Muir en su blog, fue guionista, director, productor y un destacado maestro –él dice genio–, de los efectos especiales, e inspiración directa de autores como Spielberg, Cameron, Sam Raimi o John Landis. (Veo injusto, pues, que no salga jamás mencionado este decisivo, puntero orfebre de la animación stop motion en ese monumento que es la Historia del cine, de Román Gubern, como, por cierto y por otra parte, tampoco lo hace Roger Corman. Supongo que la explicación la podríamos encontrar en la puntillosa, clasista actitud anti-subcultural ya descrita hace algunos meses en estas mismas páginas virtuales).

Hace un millón de años, la Furia de Titanes original, Jasón y los Argonautas, La isla misteriosa,  El viaje fantástico de Simbad o sus cortometrajes de los años cuarenta, en los que adapta relatos infantiles, son solo parte del legado de este maestrogenio. Su corto de 1949 La Caperucita Roja es, o parece, un puente tendido entre los dibujos animados y el cine de imagen real, un punto intermedio entre esas dos distintas, pero complementarias, sintaxis del cine, y el resultado, aunque sea raro decirlo así, parece que tenga más sentido que cualquier otra opción modernizante. Si antes he dicho 3D, es porque vemos, como en este corto, la sobresaliente figura animada sobre fondo plano, estimulando, podríamos decir, el conjunto de la imagen, dotando de fisicidad al plano. El conjunto es armónico, evocador: Harryhausen aporta el grado de fantasía necesaria para encantar, comedido y exacto, orquestando un todo plástico y sugestivo. (Se puede echar un primer vistazo a sus logros en esta lista elaborada, hace unos años, por Jorge Loser en Espinof).
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Fracasando por placer (XXX): Más películas pendientes del siglo XXI y una lista de favoritas (y 3)

Mortal Engines

Tercera entrega y creo que me voy a tomar un respirito un tiempo, porque se me va a reblandecer el cerebro aún más de lo que lo tengo. Al menos, llegaré a algunas conclusiones. Y que conste que la cosecha esta vez no ha sido en absoluto mala.

 

Babylon ADBabylon A.D., Matthieu Kassovitz, 2006 (Netflix)

Me saltó el aviso de que retiraban esta película del catálogo de Netflix, así que decidí darle cinco minutos. Y sorpresita: esta película con un 7% de aprobación en Rotten Tomatoes está razonablemente bien. A ver, no quiero despertar ninguna expectación desmedida, pero es un producto correcto, con algunos aciertos puntuales, y no me extrañaría que llegara a ser un título a reivindicar próximamente, de la misma manera en que se han ido alzando voces a favor de Waterworld o John Carter, pongamos por caso.

La verdad es que había razones para pensar que aquí hubiera algo. Matthieu Kassovitz es un tipo bastante competente (La Haine es, sin duda, una obra maestra) y la novela tuvo familia en su momento. El error quizá estuvo en que se la juzgó como una obra derivativa de Hijos de los hombres, cuando en realidad tiene bastante más que ver con el mundo visual de Luc Besson y no llega a jugar en la liga del superclásico de Alfonso Cuarón. Desestimarla por no llegar a la altura de ese precedente liquidaría todas las pelis un poquito pretenciosas de ciencia ficción de los últimos años, desde Interestellar hasta Ad Astra, porque no llegan a ser 2001. Bueno, en realidad podemos liquidar Interestellar por muchas otras cosas.

Me interesa especialmente el futuro siniestro retratado en la película, que no es postapocalíptico sino simplemente cutre, sucio y peor que nuestra realidad (ahí, justo donde nos encaminamos), con un retrato de una república ex soviética bastante heavy para el arranque. Luego, pese al salpicado de buenas escenas de acción, el interés se va desvaneciendo un poco a golpe de veleidades místicas muy malamente justificadas, y también porque verle la jeta mucho rato seguido a Vin Diesel acaba con la paciencia de cualquiera.

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El marciano, de Andy Weir, y Marte, según Drew Goddard y Ridley Scott

Marte

Recupero –adecentado para C–, un antiguo texto sobre la adaptación al cine de El marciano, de Andy Weir, aprovechando que se publica la traducción al castellano de Project Hail Mary, su nueva novela. Parafraseando al Rodrigo Fresán de El fondo del cielo, cuando matizaba que la suya no era una novela de ciencia ficción sino con ciencia ficción, podemos decir que Marte no es una historia sobre el planeta rojo, sobre sus características y potencialidades, sino ubicada en Marte. Nada más. De ciencia ficción tiene poco.

Es tanto el rigor, tanta la ciencia que desprenden las páginas de la novela, que lo imaginado no es un descabellado salto al vacío sino los siguientes pasos, muy documentados, de lo que la ciencia actual permitiría. Weir estudió la realidad de nuestro tiempo, el estado de las ciencias duras, llegó hasta el límite mismo de lo posible, y dio sólo un pasito más. Con eso y, sobre todo, con el sorprendente talento que tiene para la recreación literaria de la personalidad humana, consiguió una de las mejores novelas de ciencia ficción dura de lo que llevamos de siglo.

Artemisa, su siguiente novela (auténticamente soporífera), se centraba demasiado en los supuestos enigmas de una trama de contrabando y sabotaje, de corrupción y crímenes, que no acababa de funcionar: era aburrida y las páginas avanzaban sin gracia, salvo, otra vez, por la imantadora personalidad de su personaje principal, Jazz, que era carismática y chispeante. Weir dio un paso más en sus atrevimientos imaginativos, y así como en su ópera prima, como digo, se empapó de la última ciencia puntera y dio el siguiente paso lógico, autorizado por el conocimiento, respaldado por la empírica ciencia de sus estudios, para orquestar su situación de supervivencia en Marte, en Artemisa se atrevió a crear una sociedad lunar, dando así un buen salto imaginativo con respecto a la realidad contrastable.

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Torrance. Símbolos, números, juegos y notas musicales en El Resplandor de Kubrick, de Daniel Pérez Navarro

TorranceQuien haya leído C durante algún tiempo seguramente recordará a Daniel Pérez Navarro. Entre 2015 y 2018 tuvimos la suerte de compartir su capacidad de análisis y de discurso alrededor de varias obras de actualidad siempre abiertas a interpretaciones y, por tanto, origen de controversia en las redes sociales. Sin embargo, en sus textos sobre Blade Runner 2049 o Aniquilación se alejaba de lo crematístico, estimaba valores que acostumbran a quedar en los márgenes de la conversación e invitaba a recalibrar la mirada. Así horadaba ese sustrato por debajo de la superficie, ese flanco apenas tocado en otros artículos. Por ese motivo cogí con especiales ganas Torrance. Si no me falla la Tercera Fundación, su primer libro de no ficción, escrito alrededor de El resplandor; una obra inagotable que continúa generando atención cuatro décadas después de su estreno.

En Torrance Pérez Navarro aborda aspectos de escritura, diseño y composición de la película en breves desarrollos que apuntan multitud interpretaciones. Abarca sus grandes clásicos, rollo la posición de la cámara, la disposición de elementos en el escenario o las diferencias entre la visión de Kubrick frente a la de King, sus vínculos con las dos grandes novelas de casas encantadas (Otra vuelta de tuerca y La maldición de Hill House), el uso de los espejos y su relación con los personajes, la conexión con los cuentos de hadas, sus nexos con Eyes Wide Shut y otras obras de otros directores… Algunos de estos elementos van y vienen en diferentes capítulos y tejen hebras que atan Torrance más allá de la propia película, pero ningún elemento resulta tan aglomerante como la presencia de una serie de números, por sí solos o en secuencias. El 12, el 21, el 42, los productos de 2×1, 3×7… se convierten en una base rítmica sobre la cual Pérez Navarro levanta las armonías y construye los temas.

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Fracasando por placer (XXVI): Películas pendientes del siglo XXI (2)

The Ugly Swans

Continúo con mi repaso a las películas de ciencia ficción del siglo XXI, pero solamente las que no he visto, para poder llegar a un artículo final que haga balance de estas décadas. Siguiendo el espíritu de estos artículos, es pues un referido de mis caprichos, que con suerte servirá para orientar alguien. Es posible que haya una entrega más, porque veo que aún me faltan películas de cierto renombre o mínimo culto, pero creo que no pasaré de ahí y luego llegará el turno del balance.

The Ugly SwamsLos cisnes feos, Konstantin Lopushansky, 2006 (cauces irregulares).

Lopushansky, el Tarkovski menor, nos ofrece aquí un Stalker menor, cosa que se va percibiendo a lo largo del metraje y se confirma con la escena final, un largo plano secuencia que recuerda directamente al de su antecesora. Está basada en otra novela de los hermanos Strugatski con problemas con la censura, menos conocida, en la que existe una zona de acceso restringido, aunque con características distintas: en ella habitan unos extraños seres, no se sabe si extraterrestres o mutantes, que además han atraído a un grupo de niños que muestran capacidades superlativas. El gobierno quiere exterminarlos, pero no acabo de entender dónde estaba la crítica al totalitarismo (al menos, por lo reproducido en esta película; no he leído el libro) que llevó a la publicación en samizdat y etcétera. El film llama la atención sobre todo por su fotografía prácticamente monocroma: dentro de la zona restringida, todo es en blanco, negro y rojo, y llueve sin parar; fuera es azul o sepia. El recurso es algo forzado, pero Lopushansky le saca partido expresivo. El regusto que deja la película es un poco hueco; ni es divertida, por supuesto (¿alguien podía esperarlo?), ni me deja un mensaje claro o escenas especialmente memorables desde un punto de vista visual, pese a su eficacia.

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Future Noir. The Making of Blade Runner, de Paul M. Sammon

Future NoirNo recuerdo a qué tuitero le leí la primera referencia a Future Noir. Debió ser poco después del primer trailer de Blade Runner 2049, el festín visual con el que Denis Villenueve dividió a crítica y público en otoño de 2017, en una recepción prima hermana de la que tuvo la película original en 1982. El libro fue traducido allá en 2005 a partir de su primera edición y me da un poco de pena que volara por debajo de mi radar; no hay tema discutido una y mil veces sobre Blade Runner ausente de sus páginas, desde todas las personas que se interesaron por adaptar ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (¡Martin Scorsese!) a la razón de las diferentes versiones de su montaje, pasando por los grandes clásicos: ¿Es Deckard un replicante? ¿Quién escribió el soliloquio de Roy Batty? ¿Se comportó Harrison Ford como un mamón con Sean Young? ¿Qué hay detrás de las incongruencias del guión?

Periodista en Hollywood, Sammon estuvo involucrado en la cobertura de Blade Runner desde el inicio de la producción y cuenta con abundante documentación, desde ángulos en ocasiones sorprendentes caso del seguimiento del guión o del rodaje por Philip K. Dick antes de su prematura muerte, meses antes del estreno de la película. Ese marcaje, lejos de concluir tras el estreno, se ha extendido posteriormente, por ejemplo en el regreso a varios cines de EE.UU. de otro montaje a comienzos de los 90 o las reediciones del propio Future Noir, con nuevas entrevistas de seguimiento incluso a participantes con los que no había podido conversar. Este trabajo, acumulado y sistematizado, ha conducido a una tercera edición, la que actualmente se puede conseguir en inglés.

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Sobre algunos personajes de Dragon Ball

Dramatis Personae

…los personajes se desarrollan más que se despliegan, y se desarrollan porque se conciben de nuevo a sí mismos.

Harold Bloom sobre Shakespeare

Me doy cuenta que nunca he salido de esa frase, de la más significativa de los títulos de crédito finales de Bola de Drac (citaré en catalán porque es así como la vi, pero traduciré para aclarar): ‘vull viure d’aventures, i vull viure-les amb tu’. Es decir: quiero vivir aventuras, y quiero vivirlas contigo. Creo que esa frase condensa el punto de partida de la serie, una de las claves emocionales que dan pie a todo el despliegue narrativo posterior, a todo ese panteón de talentos para la lucha que tanto resuena y ha resonado en las generaciones adolescentes del mundo. Porque sí, claro, Bola de Drac es las luchas y los entrenamientos, los peligros y las heroicidades, pero la base de todo eso, el primer impulso que incoa la serie, son las puras ganas de vivir de algunos personajes. Akira Toriyama, creador de la serie que nos dio una mitología contemporánea, fue el primer nombre japonés en llegar a nuestros oídos (a los que nacimos en algún punto de los 80), y lo hizo con toda una lección de vida. Tanto por el modus vivendi que rezuma la serie como por la hondura de sus personajes.

Y el primer personaje que siente esa necesidad, esa salvaje necesidad de vivir y notar los vaivenes de la vida, todos sus zarandeos, es Bulma. La legendaria Bulma. Ella, joven heredera de un imperio tecnológico y científico como es la Capsule Corporation, que podría, por tanto, haberse quedado en casa, salió sin embargo un día a buscar las bolas de dragón. Bulma es un genio científico, pero también es alguien que se atrevió a rechazar las comodidades heredadas y juntarse con seres extraños e inconcebiblemente fuertes (y agresivos) para vivir una vida no tutelada. Se apartó de lo que se esperaba de ella. Siempre lo he pensado: si alguien entrevistara a Bulma ya de mayor, ¡la de cosas que podría contar! Ella, que jamás luchó ni pretendió hacerlo, tuvo sus romances (con Yamcha), viajó por el espacio, se enamoró de Vegeta (a quien supo entender y con quien tuvo paciencia porque era difícil), tuvieron a Trunks y siguió siempre su camino de inventora en el reino de la ciencia y la tecnología. Y siempre mantuvo su espíritu de aventura, su necesidad de conocer, de querer vivir aventuras y vivirlas contigo (siendo ese ‘contigo’ un grupo de amigos, o nadie en particular). Su valentía es superior a la de los demás personajes de la serie. ¿Cómo dices? Sí, porque se enfrentó con su cerebro a las hostilidades del universo y fue tan decisiva como quienes sí pudieron luchar. Su radar localizador le permitió conocer a Goku y de ahí las bolas de dragón. Más adelante inventó la máquina del tiempo. De ahí, el resto. Un resto que empieza con ella, de joven, saliendo de casa un buen día por la mañana en busca de las bolas de dragón. Con sus ganas de vivir aventuras.

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