Luna ascendente, de Ian McDonald

Luna ascendenteHace cuatro años recibí ufano esta serie tras leer Luna nueva, un drama familiar bien sustentado sobre sus personajes y su lugar narrativo. Además del culebrón, Ian McDonald fue capaz de mantener esa multiculturalidad tan característica de sus anteriores novelas, rebajada en un esquema donde ganaban peso la acción, las conspiraciones y el giro en la trama. Rápidamente le surgieron blurbs rollo Juego de tronos en la Luna alentados por un supuesto proyecto de serie televisiva del que no se ha vuelto a saber nada. Sin embargo, al terminar ese primer volumen en el club de lectura de la tertulia de Santander ya surgieron dudas sobre el camino de las siguientes entregas. ¿Sería capaz McDonald de reemplazar los personajes muertos en Luna nueva con otros igual de atractivos? ¿Hasta qué punto podría mantener lo que funcionaba, como esa estructura narrativa sostenida sobre dos planos?

Luna de lobos respondía a la primera pregunta con un rotundo no. También dejaba ver que una estructura bien pensada y bien resuelta se convertía en una solución artificiosa cuando los mimbres eran otros. Ahondando en esta impresión, el tercer volumen de la trilogía, Luna ascendente, nos deja con un McDonald completamente superado, hasta el punto que ya ni lo intenta. Basta observar sus primeras páginas y compararlas con los dos libros anteriores.

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Picnic en Hanging Rock, de Joan Lindsay

Picnic en Hanging RockDe Lo raro y lo espeluznante, además de un reajuste en la mirada de ciertas historias, saqué una lista de obras a visitar. La de libros estaba encabezada por Margaret Atwood (El año del diluvio), Daphne du Maurier (“No mires ahora”) y Joan Lindsay con este Picnic en Hanging Rock. Tres de los bastiones desde los cuales Mark Fisher construía su idea de Lo espeluznante; ese eerie que, según el autor de Realismo capitalista, se manifestaría bien por una presencia donde no debiera haber nada, bien por una ausencia donde debiera haber algo. Una faceta que Lindsay exploró hasta extremos perturbadores desde una delicadeza desconcertante.

Como afirma Mark Monday en una reseña escrita en Goodreads, Picnic en Hanging Rock se asemeja a una caja mágica. Un contenedor donde entra mucho, bastante más de lo que a priori te imaginas cuando te enteras de su base argumental: contar la desaparición de tres colegialas y una institutriz mientras disfrutaban de un día en el parque de Hanging Rock, y las consecuencias para varias personas involucradas. Me ha encantado lo que Joan Lindsay muestra y, sobre todo, lo que no explicita pero transmite mediante el escenario, la atmósfera, las elipsis, lo simbólico… Cómo con un ligerísimo pero indeleble sarcasmo, se recrea en la Australia del año 1900 subsumida en el ideal victoriano, macerada en pretensiones, equívocos y clasismo, y asediada por una naturaleza indómita. Sin perder de vista que esa historia pasada, con sus connotaciones, sus denotaciones, sus énfasis y olvidos, también trata del momento y el lugar para el que Picnic en Hanging Rock está escrito, la Australia de finales de los años 60, y un presente que invita a retornar a esa quimera identitaria.

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Becoming Superman: My Journey from Poverty to Hollywood, de J. Michael Straczynski

Becoming SupermanYa he escrito alguna vez sobre lo fuerte que me pegó Babylon 5, a pesar de las dificultades para seguir su emisión. Y cómo me quedé después de ver en La 2 el último episodio de la tercera temporada, ese padre de todos los cliffhangers que he convertido en uno de esos ridículos mitos personales, repetido en todo tipo de eventos sociales. Desde aquel descubrimiento, seguí la carrera de su creador, J. Michael Straczynski, con un cierto interés, sobre todo en el mundo del cómic. Sin haber rebasado la categoría de lo notable, ha escrito series que bien merecen una relectura: Midnight Nation, Rising Stars y Supreme Power, este último inconcluso. Aún con esto, no sabría explicar qué me llevó a su biografía Becoming Superman: My Journey from Poverty to Hollywood. Supongo que ampliar la información sobre la producción de una de mis series de televisión favoritas. Y testar el relato de superación de cómo Straczynski se abrió camino en la escritura tras una infancia y una adolescencia traumáticas. Un exorcismo personal y, hasta cierto punto, familiar omnipresente en Becoming Superman.

Sus veinte primeros años de vida son la versión pesadillesca del sueño americano. Con un padre habituado a vivir del engaño entre cogorza y cogorza, y una madre criada en un prostíbulo y, básicamente, secuestrada por su marido desde su primer embarazo, el relato inicial de Becoming Superman entra en la categoría de lo terrorífico. Los abusos padecidos por el guionista de Sense 8, contados por separado, podrían parecer un lugar común (ese padre que, al llegar a casa, apaliza a su mujer y sus hijos; esa madre llevada al límite que casi asesina a su hijo). Sin embargo, puestos uno detrás de otro llevan a la interrogación retórica: ¿cómo pudo salir adelante?

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La canción de los vivos y los muertos, de Jesmyn Ward

La canción de los vivos y los muertosLa normalización de la fantasía, la ciencia ficción y el terror en la literatura ha llegado hasta el punto que, al menos en EE.UU. y Gran Bretaña, una serie de libros con claras marcas de género están convirtiéndose en habituales galardonados de los premios con jurado más renombrados (National Book Award, el Booker o el Pulitzer…). Además de su calidad, destaca la clarividencia de Jesmyn Ward, George Saunders o Colson Whitehead para capturar y amplificar el alma oscura de EE.UU. gracias a los recursos del fantástico, en especial ese racismo que devora su país desde las entrañas. Obviamente, no es algo nuevo (por ejemplo, hace un par de años nos llegaba a España la excelente Parentesco, de Octavia Butler), pero después de décadas de búsqueda, reconocimiento crítico y popular se conjugan. Sin embargo, no ha sido del todo completo. Lincoln en el BardoEl ferrocarril subterráneo han sido obviadas por los lectores que más tiempo llevaban buscando ese objetivo. No ya aquí en España, donde los temas, lugares y personajes pueden sentirse lejanos. En los propios EE.UU. estos títulos ni siquiera se han considerado en los grandes premios del género. Los muros del gueto no se sostenían sobre contrafuertes exteriores sino sobre pilares internos, inasequibles a una realidad mucho más inclusiva y abierta de lo asumido.

Jesmyn Ward es probablemente quien menos ha sonado en España dentro de las webs del fandom. La canción de los vivos y los muertos fue publicada por Sexto Piso, una editorial con menos visibilidad que Seix Barral o Random House. Es la tercera novela de una pseudo-serie donde el contenido fantástico se limita a esta obra. También es la más localista; sus historias suceden en un bayou de la desembocadura del Mississippi, Bois Sauvage; un lugar deprimido que se convierte en un caso práctico de la xenofobia y la miseria que padece la población afroamericana. Ninguno de estos factores debiera ser obstáculo para acercarse a los dos libros traducidos, de lectura independiente y apenas conectados entre sí. La escritura de Ward se sostiene sobre un andamiaje que invita a degustarla desde una enorme variedad de niveles, en esta novela con una amplitud mayor que en Quedan los huesos.

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Butcher’s Crossing, de John Williams

Butcher's CrossingMe sorprende que Cormac McCarthy sea siquiera nombrado al escribir sobre Butcher’s Crossing. Lo que John Williams aborda en sus páginas no tiene conexión temática o estilística con el autor de Meridiano de sangre, más allá de la poderosa presencia de un lugar, la frontera, y su efecto sobre quienes viven allí que mismamente lo podría vincular de manera superficial con, yo que sé, Karl May, Leigh Brackett o Wallace Breem. Este gancho de la mercadotecnia, una vez más mordido por todo tipo de lectores, expone la dificultad para colocar una historia tremendamente clásica cuya concepción bebe de Waldo Emerson y su trascendentalismo, de Melville y de London, con unos tintes románticos en su descripción y exaltación de la naturaleza, rescatada medio siglo después de su publicación original. Cianuro para las expectativas de ventas y, aún así, todavía con cierta presencia en las mesas de producción de Hollywood. ¿Hay algo más loco que gastarse 150 millones de dólares en una adaptación de La llamada de lo salvaje?

La historia de Will Andrews, un joven de Boston recién aterrizado en Butcher’s Crossing para experimentar la vida en las grandes llanuras y las montañas entre Kansas y Colorado, se convierte en un relato de iniciación de dimensiones Melvillianas. La descripción de su llegada en la diligencia, su visita al Hotel/Saloon, sus primeras conversaciones con los lugareños… ponen sobre la huella de una visión muy clásica del Oeste, convencional sin asomo de alternativa, que si se alza sobre esta característica es por la cadencia precisa y el tremendo gusto de Williams a la hora de fijar su atención sobre qué contar y qué omitir. Qué detalles debe desarrollar y durante cuánto tiempo antes de progresar.

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La danza del gohut, de Ferrán Varela

La danza del GohutEntre las pequeñas editoriales que pugnan por abrirse hueco en la ciencia ficción, fantasía y terror de España, el fenómeno que más me ha llamado la atención en estos últimos dos años es la expectación generada por Ferrán Varela y La danza del gohut. No solo consiguió dinamizar la lectura de esta novela corta en formato electrónico sino que se aupó a lo más alto de los libros vendidos en Gigamesh durante al menos dos meses consecutivos. Una hazaña a priori vedada a productos fuera de las grandes editoriales o los autores que atraen mucho público a las presentaciones. Arroja esperanza para un proyecto humilde como El Transbordador, que, también es cierto, le está costando repetir con otros autores.

La danza del gohut ha contado con un boca a oreja animado por un precio muy medido en la edición electrónica, que es la que he leído, y razonable en su equivalente en papel. Frente a otros libros amateurs, abiertamente mal maquetados, con abundantes erratas y de lectura desagradable, El Transbordador cuida sus productos con detalles que a 7 u 8 euros son una quimera. Además La danza del gohut se desenvuelve en un género, la fantasía de corte medieval, que es donde se concentra el gran caladero de lectores entre el público especializado. Y lo hace alejándose de la corriente dominante (el requetecinismo del machirulo crepuscular) para recuperar un aire clásico y un cierto humanismo sin sacrificar frescura.

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Nación Vacuna, de Fernanda García Lao

Nación VacunaA poco que se bucee en C, es fácil averiguar qué editoriales me resultan más interesantes. Una de las que acumula comentarios de un par de años para acá es Candaya. Me atrae la doble línea en la que está explorando el terror (Mónica Ojeda, Solange Rodríguez) o el territorio entre la distopía y lo apocalíptico. Es cierto, ambas satisfacen una demanda del mercado que, en el segundo caso, lleva una década con sobreabundancia de títulos. Sin embargo esta pequeña editorial catalana se caracteriza por dar cabida a visiones genuinas, casi siempre alejadas de las recetas del thriller todoterreno. Entre los libros aparecidos este tortuoso 2020 solo he podido leer Nación Vacuna, y apenas la veo unos pasos por detrás de la categoría “recomendable sin temor a duda alguna” (Mandíbula). He disfrutado y sufrido con la manera mediante la cual Fernanda García Lao se distancia de los interruptores dominantes a la hora de caracterizar una distopía, la represión y/o la rebelión, para zambullirse en un operador más excepcional: la depresión.

Nación Vacuna recoge el testimonio del funcionario Jacinto Cifuentes. En primera persona y en presente, Cifuentes desnuda el sometimiento a la Junta militar de su país, una Argentina anonimizada. Esa entrega cobra cuerpo a través de su participación en un proyecto demencial: la colonización de las islas M. después de que el triunfo se convirtiera en tragedia; las tropas invasoras sucumbieron a una enfermedad dejada por su enemigo a modo de “recompensa”. Los primeros capítulos se detienen en el proceso en el cual una serie de mujeres atraviesan una serie de tests y análisis psicológicos para determinar quiénes viajarán hasta las M. Como una vacuna biológica para el mal pero, también, con la misión de transformarse en las madres de una nueva generación de habitantes. Este artefacto sustancia la megalomanía de la dictadura y, a la postre, la entrega del resto de una ciudadanía transfigurada en el ganado ideal. Su vida es servidumbre prácticamente sin fisuras.

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La ciudad y las estrellas, de Arthur C. Clarke

La ciudad y las estrellasAún conservo un papelito lleno de dobleces con un puñado de títulos extraídos de las listas de Barceló y Pringle para peinar las librerías. Entre ellos estaba La ciudad y las estrellas, novela que no pude conseguir hasta los tiempos de Cyberdark (2002 o 2003). El ejemplar de Nebulae Segunda Época acumuló polvo en la estantería esperando su oportunidad… una década. Un día me puse a leerlo y con la conjunción de mi exquisitez y mi creciente presbicia ya no estaba para tal esfuerzo. Lo reemplacé por la entonces reciente edición de Alamut, con una nueva traducción y un breve estudio de Julián Díez, y ahí se quedó hasta hace unas semanas, cuando el confinamiento me ha empujado hacia un puñado de clásicos. No tantos como me hubiera gustado. La coyuntura tampoco ha supuesto más tiempo de lectura por todo lo asociado al nuevo purgatorio del profesorado: sacar adelante un alumnado y unas familias entrenados en modelos presenciales. Pero ese es otro asunto.

Desde luego, llegar a este libro con 45 tacos y bastantes imaginarias a las espaldas no parecen las mejores condiciones. Más cuando me cuesta apreciar al Clarke novelista: son sus peores textos los que prevalecen en mi recuerdo. Tampoco puedo decir que las primeras páginas de La ciudad y las estrellas me hayan ablandado la mirada. En las correrías del joven Alvin por las calles y edificios de Diaspar no podía dejar de ver una versión juvenil de Titus Groan pasada por un rotoscopio con prisas. Donde en Peake observo un trazo detallado, barroco, repleto de personajes matizados, en Clarke veo un despertar a la realidad menos sugerente, en un entorno y con unos personajes más acartonados.

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La brigada de luz, de Kameron Hurley

La brigada de luzHace tres meses escribía sobre Las siete muertes de Evelyn Hardcastle, y la esmerada labor de Stuart Turton sobre su trama; una novela trazada en una pared, situando una línea temporal de varios metros de largo con una pléyade de personajes y sucesos conectados por una multitud de hilos para marcar el curso de una narración plagada de saltos adelante y atrás para dar forma a un particular continuo espacio-tiempo. Ahora mismo no se me ocurre mejor imagen para comenzar a escribir sobre La brigada de luz, la última novela traducida de Kameron Hurley. Supongo que para alejarme en un primer momento (después será inevitable) del gran lugar común a la hora de referenciarla: Tropas del espacio y la ciencia ficción militarista estadounidense. El recurso al viaje temporal se encuentra tan impreso en su ADN que en esta reseña voy a romper el tabú de entrar en temas de argumento más allá de lo superficial. Avisados quedan si tienen intención de saltar al siguiente párrafo.

Porque además de hablar de Tropas del espacio, La guerra interminable y La vieja guardia, hay otras historias de Robert Heinlein que merece la pena encuadrar en la reseña: Puerta al verano, “Por sus propios medios” y, sobremanera, “Todos vosotros zombis”. La brigada de luz se constituye como un gigantesca secuencia causal en la que el narrador termina atrapado. En principio condenado a experimentar una serie de sucesos desperdigados en el tiempo y en el espacio para, llegado un grado de comprensión, convertirse en el motor de sus decisiones en un momento donde la frontera entre predestinación y libre albedrío termina difuminándose. Este aparente giro no solo no supone un recurso injustificado sino que se realimenta con la historia bélica hasta el punto de convertirse en parte sustancial del novum de la historia.

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Lady Tyger, de Silvia Cruz Lapeña

Lady TygerHéroes y villanos / Heroínas y villanas es la nueva colección de Libros del K.O. En volúmenes en formato bolsillo y alrededor del centenar de páginas parece que editarán biografías de personas arrinconados por la Historia. Como indican en las guardas, “no necesariamente ejemplares, posiblemente contradictorios, definitivamente irresistibles”; un gancho que a la vez te somete a una sobredosis de adverbios modales terminados en -mente. Aunque en principio me atraía más el libro sobre Calomarde, por acercarme a la figura del trepa sumo, me he terminado leyendo primero Lady Tyger, atraído por un deporte, el boxeo, que apenas conozco por su tratamiento cinematográfico.

Silvia Cruz Lapeña no deja dudas sobre sus intenciones: mostrar un caso práctico de la sangrante diferencia entre los deportes profesionales masculino y femenino. Para ello ha elegido uno de los miles ejemplos que podría haber contado: Marian Trimiar, Lady Tyger. Entre los 70 y los 80, Trimiar batalló para abrirse camino en el boxeo en EE.UU. Un mundo que le cerró las puertas: por ser mujer y el combo de ser afroamericana. Mientras sus compañeros se llevaban bolsas de decenas, cientos de miles, millones de dólares en los grandes campeonatos, Lady Tyger luchaba por que la permitieran pelear en combates serios; contra las organizaciones deportivas que no la tramitaban una licencia; contra una clase política que no contemplaba que la mujer pudiera acceder a ese ámbito; contra los promotores que, en el mejor de los casos (un campeonato del mundo) proveían una bolsa de mil pavos en un recinto al que acudían miles de personas.

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