Luna de lobos, de Ian McDonald

Luna de lobosConstruir un buen culebrón no es moco de pavo. Y el logro se enreda sobremanera cuando, como parte del manejo de la trama y la tensión, se convierte en un elemento esencial la muerte de varios protagonistas. Las resurrecciones imposibles, las milagrosas recuperaciones del coma, las reconstrucciones corporales gracias al transmigrificador molecular, nunca llegan a funcionar tan bien como en el más-allá-de-toda-vergüenza mundo de los superhéroes. Se hace imprescindible sustituir a unos cuantos caídos por figuras que aporten (o no) nuevas cualidades. En la mayoría de las ocasiones te das con un canto en los dientes si se consiguen sosias con mínimas variaciones de los desaparecidos. El marrón indeseado explota cuando las incorporaciones no les llegan a la suela de los zapatos a los fallecidos y te encuentras arrojado al hastío de unos guías que, incluso, te cuesta saber quiénes son si no ponen en práctica las dos o tres características que el escritor se ha encargado de fijar sobre sus maniquíes, etiquetas fundamentales para visibilizar su individualidad.

Durante demasiadas páginas este problema clava sus zarpas sobre Luna de lobos. Después del pirotécnico desenlace de Luna nueva, con la familia Corta al borde de la erradicación tras el ataque de los Harkon… McKenzie, el obligado paso al frente para tomar la alternativa de varios personajes no le sienta nada bien a la trama. Por poner el ejemplo más evidente, el alivio cómico involuntario, Lucasinho Corta, parecía ahogado entre caracteres más dominantes y una irrelevancia entendible dada su edad y su obligado rol secundario. Pues quien albergara esperanzas de que diera un paso al frente seguramente verá cómo sigue atrapado en la telaraña de la frivolidad más risible, tal y como muestra su conflicto estrella de la primera mitad de este volumen: una crisis de pareja porque tenía ganas de que le hicieran una paja (sic). No es el único.

En la rotación de hilos argumentales, McDonald introduce carne nueva mediante Robson, el hijo de Rafa y no recuerdo quién, un híbrido Corta-Mackenzie. Como ocurriera con Lucasinho, lo pone en acción con una apertura memorable en plena caída libre bajo la atracción gravitatoria de la luna. Una escena prima hermana de la carrerita sin escafandra de Luna nueva que te deja resollando en el sillón al borde de la taquicardia. Lamentablemente el pobre queda arrinconado en los vaivenes de un relato sin alma donde, al menos, se le permite cultivar una afición bien recia, el parkour, y nos ahorra la vergüenza ajena de verle pagar sus deudas una y otra vez haciendo cupcakes. El resto de incorporaciones, unos Mackenzies que siguen la trayectoria de un cambio generacional que vertebra esta trilogía, son indistinguibles entre sí y, para qué negarlo, una prueba de cargo contra la limitada labor de caracterización en este segundo libro.

A este petardazo de los nuevos nombres (el resto de familias aportan nombres muy circunstanciales) se añade el perfil bajo de los supervivientes de la anterior entrega. La pérdida de importancia de Ariel Corta y la crisis de identidad de su chica de los recados, Marina, dejan el pabellón femenino en un pésimo estado. Apenas el obstinado Lucas Corta y el ciclotímico Wagner Corta, el lobo, se puede decir que mantiene el pabellón. Sobre todo porque a través de este último se vislumbran los estratos de la sociedad lunar más atractivos, alejados del rollo burgués-noble gracias a esa manada donde encuentra apoyo, comprensión, ayuda. El corazón de ciencia ficción en una novela que se pierde demasiado en el rollo Dallas vs Los Colby vs Falcon Crest.

Ian McDonaldJunto a este choque con los personajes hay otra faceta donde Luna de lobos me ha defraudado profundamente: su estructura. McDonald, supongo que para mantener la unidad, respeta el patrón de Luna nueva para desarrollar el argumento. Así, divide el relato en dos marcos que, al intercalarse, despliegan la historia: uno, la acción sobre la superficie lunar, y dos, el quimérico viaje de Lucas Corta a la Tierra a la busca de apoyos para recuperar su empresa. Este encadenamiento, frente a la secuencia fluida y plena de sentido de la primera novela, donde se establecía un continuo diálogo entre los dos segmentos, se muestra aquí violentada, obligada a estirar situaciones (la aclimatación de Lucas a la gravedad podría haberse resuelto en tres páginas y se lleva varias decenas), mientras pasa de puntillas quizás por lo más relevante: la aparición de un nuevo Corta en escena. Una historia de extensión bastante reducida porque, en el fondo, los hechos son una rima de la historia de Adriana, la matriarca de la familia.

En su planificación McDonald unas veces muestra, otras calla eventos, aísla lo que le conviene, con la vista siempre puesta en descolocar al lector con revelaciones y giros inesperados. Varios, por lo artificioso y caprichoso de su formulación, me han parecido harto tramposos. En una obra donde la mirada se fijaba sobre aspectos más relevantes, la sorpresa por la sorpresa termina siendo muchas veces la gran protagonista, sacrificando la frescura y una parte sustancial del vuelo especulativo entre lo plausible (el parón al potencial de Los tres augustos) y lo loco (esos combates a muerte por crys en los tribunales).

Llegados a este punto, quizás estoy cargando el peso sobre aspectos abiertos a discusión. Luna de lobos mantiene su magia cuando se quiebra el juego de manos y comienzan a suceder cosas. El manejo de las secuencias de acción y el desplazamiento entre diferentes entornos y situaciones vuelven a convertir el libro en un ejemplar pasapáginas. Hay tres o cuatro momentos donde la parte alegórica consigue quebrar la superficie del hielo y resuena con potencia, caso de la fantástica equivalencia entre los entramados sociales de la Tierra y la Luna y los campos gravitatorios en ambos lugares. Pero como novela de transición, Luna de lobos podría haberse quedado como una introducción mucho más breve al siguiente volumen. Lástima que los editores entienden mucho mejor la frase “Tengo una serie de tres libros” que “Lo puedo contar en dos”.

Luna de lobos (Ediciones B, col. Nova Ciencia Ficción, 2017)
Moon. Wolf Moon (2016)
Traducción: José Heisenberg
Rústica. 400pp. 20 €
Ficha en la web de La tercera fundación

5 pensamientos en “Luna de lobos, de Ian McDonald

  1. ¡Jarl! Unos dineros que me ahorras.

    De todos modos, yo ando desencantado con la ciencia ficción moderna… Quitando contadas excepciones, todo es mier…

    PS: el rfog de siempre, con correo nuevo.

    • Yo con lo que ando desencantado es con la promoción de la ciencia ficción moderna. Es algo de lo que ya hemos hablado por aquí en textos sobre La guía lamentable de Barceló a Transcrepuscular. Y si me da tiempo, algo habrá en la reseña de mañana sobre Las estrellas son Legión.

  2. Que cosas, a mi luna nueva me gustó, o al menos me mantuvo leyendo de forma rápida, que es algo importante en tiempos que tiendo a dejar libros tirados, incluso muy recomendados. No obstante, prácticamente todos los reviews que he leído de esta segunda entrega tienden a desalentarme, y peor aún, lo hacen con menciones que para mi resultan trascendentes, porque vamos, muchas veces leo un review y al reviewer lo que no le gusta es que el aspecto científico de la cosa no se sostiene, o que si filosóficamente es compleja, bla bla bla, cosas a las que no suelo prestarle tanta atención mientras que la historia me enganche… pero en los reviews que he leído hasta ahora de esta si que se citan aspectos sobre la trama que me quitan el ánimo de ponerme a leer. En fin, quien sabe, en ebook un día que no tenga nada más que leer…

  3. A mí la primera me defraudó mucho, así que ahí lo dejé. Me pareció demasiado obvio que estaba intentando hacer una Canción de Hielo y Fuego en el espacio.

    • Eso es lo bueno de esta continuación frente a otras series. Si no te gustó la primera es fácil descartar el resto porque abunda en las líneas (y excesos) marcados. Aunque más que de serie o de trilogía habría que hablar de folletín en tres entregas.

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