Jitanjáfora, de Sergio Parra

Jitanjáfora

Jitanjáfora

En estos tiempos de publicación masiva las novelas, si desean mantenerse fieles al espíritu de este término, tienen que aportar alguna novedad –conceptual, formal, retórica, tonal,… – que justifique su toma consideración. Ante esta premisa, no me cabe la menor duda que Sergio Parra ha conseguido con Jitanjáfora algo al alcance de muy pocos: convertir su lectura en una experiencia fresca y estimulante; un genuino punto de ruptura con el discurso dominante en el fantástico español, por no decir europeo o estadounidense, que la aleja de sus corrientes principales para abrir su propio camino. La cuestión a dilucidar es si las licencias que se toma a lo largo y ancho de sus 260 páginas, a veces de forma justificada para favorecer la coherencia interna de la obra, otras me temo que no tanto, son o no razonables y recomiendan su lectura. Vayamos a ello.

Jitanjáfora arranca al más puro estilo el héroe de las mil caras: un perdedor, Conrado Marchale, toxicómano al borde del arroyo sin excesivas esperanzas de rehabilitación, accede a responder, por una módica cantidad de dinero, un cuestionario que le propone  una carta sorprendente. Las preguntas, un presunto sondeo de mercado, resultan tan extravagantes como ¿Qué edad cree tener?, ¿Quién de estos personajes históricos cree que fue una persona inteligente? o ¿Cuál ha sido, a su parecer, la experiencia más traumática que ha padecido en su vida? Y no lo hace nada mal pues casi al instante le ofrecen participar durante un mes en una prueba a realizar en una granja en el campo y que se convierte en un punto de inflexión: pasar dos meses y medio conviviendo con los diferentes animales de corral, metido en sus mismos habitáculos, compartiendo su comida, manteniendo su misma higiene,… alteran la vida de cualquiera. Todo forma parte de un proceso de desprogramación controlado por una sociedad secreta de magos que pretende modificar su percepción de la realidad y explotar sus cualidades singulares.

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Bautismo de fuego, de Andrzej Sapkowski

Bautismo de fuego

Bautismo de fuego

Si yo no fuese un friki de tomo y lomo, con filias fanáticas y fobias irracionales, escribiría de otra manera sobre Bautismo de fuego de Andrzej Sapkowski. Pero, por suerte o por desgracia, las aventuras de Geralt de Rivia se sitúan entre mis preferencias en el apartado filias y no hay nada que hacer.

Efectivamente, podría quejarme de que este libro tiene un punto de engañifa porque al acabar el anterior, Tiempo de odio, parecía que las cosas iban a acelerarse de una forma brutal, idea que se mantiene si uno lee la contraportada de este volumen de la saga. Así, uno esperaba que Geralt emprendiese camino hacia el sur, se encontrase con Ciri e iniciasen la lucha contra el malvado Imperio de Nilfgaard, probablemente con la ayuda de Yennefer que se les uniría en algún punto del libro. Uno podía pensar eso viendo que a la saga apenas le quedan dos tomos más y que las cosas están muy, pero que muy, enrevesadas.

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The Algebraist, de Ian M. Banks

The Algebraist

The Algebraist

Lo primero que me vino a la cabeza cuando tuve el ejemplar de The Algebraist en las manos, a la vista del tocho, es que Iain M. Banks, debía ser ya, al menos por el extranjero, un consagradísimo Gran Nombre en prestigio y ventas. Y dado el autor y el tamaño de la cosa era inevitable advertir las peligrosas señales de la autoindulgencia; nada menos que quinientas y pico páginas de letra diminuta envueltas en una bonita portada con el nombre del autor escocés a un tamaño aplastante comparado con el título. Esto iba ser totalmente el show de Banks pensé, puro y duro bankspectáculo. Para lo bueno, pero también para lo malo.

Y no me equivoqué. El argumento de The Algebraist es tan enorme y complejo, tan repleto de información, que hasta da pereza contárselo. Pero en fin, haremos el esfuerzo. En el sistema Ulubis, Seer Taak es miembro de una especie de gremio, los Seers, cuya principal ocupación es la investigación de campo en Nasqueron, el planeta gaseoso del sistema Ulubis, poblado por los Dwellers –literalmente los habitantes-. Siendo los Dwellers una raza galáctica Lenta con el aspecto de un yo-yo gigante de varios metros de diámetro que ocupan la mayoría de planetas gaseosos del universo exceptuando algunos casos, como, vaya, Júpiter. Raza Lenta porque los Dwellers pueden llegar a alcanzar la edad de un par de billones de años, han estado ahí desde que el Universo es Universo y probablemente ahí seguirán para cuando nosotros, los Rápidos, desaparezcamos. Por tanto, los Dwellers atesoran conocimientos muy atractivos para cualquier civilización galáctica con un mínimo de instinto de rapiña. Pero no todo es perfecto, y, dado su peculiar carácter -forman una sociedad aparentemente desorganizada, pero eficaz y también letal- tratar con los Dwellers es un asunto delicado, particular, que sólo los Seers, casi como una casta especial, son capaces de lograr con resultados productivos.

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Infiltrado, de Connie Willis

Infiltrado

Infiltrado

Un primer consejo para quien desee leer Infiltrado: olvide que ha ganado el premio Hugo 2006 a la mejor novela corta porque se verá condicionado a la hora de abordarla. Más que una obra de ciencia ficción nos encontramos ante una novela corta de serie negra de corte clásico.

Por un lado cuenta como protagonista con ese detective perdedor curtido en mil batallas, que vive con lo justo y cuya voz en primera persona nos narra las pesquisas que realiza, disfrazado por Connie Willis de periodista de una revista de segunda, “El ojo cínico”, especializada en desenmascarar los fraudes y engaños cometidos por santeros, pitonisas, mediums,… Por otro lado tenemos a la “femme fatal”, esa mujer atractiva y enigmática que trae de cabeza al protagonista, que le presenta el caso y lo embauca para que se ocupe de él. Sólo que aquí, en vez de usar a la típica cliente que contrata los servicios del protagonista, la “camufla” de joven rica ex-actriz de Hollywood que, aburrida de la farándula, quiere dar sentido a su vida trabajando como ayudante del periodista para desenmascarar a todo farsante místico que se ponga por delante.

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Espacio revelación, de Alastair Reynolds

Espacio revelación

Espacio revelación

Desde hace pocos años hemos asistido al surgimiento de un puñado de nuevas editoriales que,  tras un largo periodo de sequía de novedades literarias en el género, han venido a ofrecer una gran variedad de nuevos títulos. La Factoría de Ideas fue una de esas nuevas apuestas y, a día de hoy, se puede enorgullecer de haber publicado más de cincuenta novelas en su sello Solaris Ficción. Su línea editorial para la colección parece haberse centrado principalmente en la nueva space opera, aunque también ha reeditado varios clásicos y se ha adentrado en otro tipo de subgéneros.

En esa decidida apuesta por la space opera, una temática que llevaba algún tiempo estancada, han dado a conocer a una nueva generación de autores ingleses que la están revitalizando. Por nombrar a unos cuantos, a esta generación pertenecen Iain M. Banks, Ken MacLeod, China Miéville, Charles Stross o el mismo Alastair Reynolds. Parece ser que la consigna de este nuevo movimiento, que ha venido a ser llamado New Thing, es la fusión de estilos tan dispares como el gótico, la novela de aventuras, la especulación hard, el realismo más sucio y la fantasía épica. Los resultados han sido desiguales en función de cada autor y obra, pero ahora vamos a hablar del libro que nos ocupa.

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El Prestigio, de Christopher Priest

El Prestigio

El prestigio

A veces, algunos autores pecan de ambiciosos, quieren meter demasiadas cosas en sus libros y, al final, quedan desequilibrados, cojos, feos… Éste era un riesgo que Christopher Priest corría con El prestigio, porque, efectivamente, a primera vista, hay muchas cosas en este libro: se inicia con un joven periodista, hijo adoptivo, que está obsesionado con la creencia de que tiene un hermano gemelo aunque no hay ninguna prueba que corrobore esa afirmación; continúa con una joven aristócrata que parece tener la clave de este problema y sigue con la vida de dos celebres magos de finales del XIX y principios del XX que se convierten en el eje de toda la novela. El prestigio empieza, pues, como una novela de misterio con un ligero toque fantástico, se transforma después en una crónica realista del mundo de la magia en la Inglaterra victoriana para, más adelante, convertirse en ciencia ficción, y, al final, en un giro de lo más sorprendente, concluir como un relato de terror.

Como decía, muchas cosas en la coctelera. Pero Priest consigue que todas encajen a la perfección y logra, en vez del fiasco que muchos se podían temer, una de las novelas más redondas de los últimos años. Nos encontramos con un autor competente y preciso, uno de esos magos de las letras que hacen con el lector lo que les da la gana. A imagen y semejanza de los prestidigitadores que protagonizan su narración, Priest no para de sacarse conejos de la chistera consiguiendo que el asombro siga en pie página tras página sin ánimo de decaer, engañando al lector más avezado en esto de la literatura fantástica.

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Pies de barro, de Terry Pratchett

Pies de barro

Pies de barro

Resulta inquietante que con las numerosas novelas de la serie Mundodisco que hay en el mercado, todavía exista cierta expectación sobre la última en traducirse y en publicarse. ¿Cuál es el secreto que esconde Pratchett para que sus libros continúen vendiéndose por miles? Algunos opinarán que su delirante sentido del humor hace que… ¿Delirante? Quizás al principio sí, pero ahora este humor rebosa inteligencia y sátira por los cuatro costados… Otros afirmarán que el carisma de sus personajes es el que… ¿Carisma? Ciertamente sus personajes tienen esta cualidad… entran bien al lector pero también sufren el problema de la repetición de sus roles novela tras novela; eso conlleva que aquello que nos hacía sonreír en un volumen, no tiene porque hacernos reír ahora …

En fin, no quiero parecer pesimista porque en el fondo Pies de barro me ha gustado. Sólo me da la impresión que cada vez soy más exigente con esta serie y quizás no lo tendría que ser. Tengo la sensación que si leyera por primera vez un libro del Mundodisco reiría como un loco y la recomendaría a todo el mundo, pero que ahora, después de una quincena de novelas, parece que sólo las pueda aconsejar a aquellos freaks que siguen la serie o a alguna persona a quien quiera levantar el ánimo. Y no porque el libro no esté a la altura del resto; de hecho, muchos de los últimos volúmenes se encuentran entre los mejores –Dioses menores, Hombres de armas, Tiempos interesantes,… –. Sino porque me sabe mal no disfrutar de su lectura tanto como al principio, allá a finales de los años ochenta, cuando los primeros volúmenes corrían a cargo de las colecciones de Martínez Roca Fantasy y Gran Fantasy.

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Aterrizaje de emergencia, de Algis Budrys

Aterrizaje de emergencia

Aterrizaje de emergencia

Algis Budrys resulta, para mí, uno de los prototipos de escritor que me interesa. De sólida formación literaria, con una obra crítica valiosa a sus espaldas, las contadas obras suyas que he tenido ocasión de leer aportan casi siempre algo; es más, creo firmemente que tanto El laberinto de la luna como ¿Quién? son dos de las obras modélicas del género. Novelas de cerca de 200 páginas, con comienzo y final, sin posibilidad de continuación, con un excelente diseño de personajes, originalidad en sus contenidos y dosis adecuadas de ritmo.

Me precipité, pues, con buenas ganas sobre este Aterrizaje de emergencia tras veinte años de sequía de publicación de Budrys, desde que Ultramar editara esas dos novelas y también la interesante –aunque peor acabada– Michaelmas. El volumen contiene no sólo la novela que le da título, finalista del Nebula, sino también –para completar un volumen estándar dada su breve extensión– el relato largo “Los silenciosos ojos del tiempo”, finalista del Hugo. En suma, un plato más que tentador. Y admito que precisamente por ello ésta puede ser una de esas reseñas un tanto descorazonadas porque las expectativas, altas, no terminan de cumplirse.

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Starplex, de Robert J. Sawyer

Starplex

Starplex

El espacio: La Frontera Final. Estos son los viajes de la nave espacial Enterprise. Su misión durante los próximos 5 años: encontrar nuevos mundos. Descubrir nuevas vidas y nuevas civilizaciones … Atreverse a ir a donde nadie ha llegado antes

Ésta es la entradilla que servía de preludio a cada episodio de la serie original de Star Trek y que, con las correspondientes variaciones, ha sido el motor argumental de dicha franquicia desde su inicio hace ya cuarenta años. Una serie de televisión que ha trascendido el medio para convertirse en un icono pop, reverenciado hasta la idolatría, desmontado con saña, parodiado una y otra vez. Desde el ambiente más literario de la ciencia ficción, aunque ha contado con un importante número de seguidores, generalmente se ha visto como una banalización de muchos de sus temas y un retorno a la ciencia ficción más pulp de los años 30 y 40, incluidos un cuidado mínimo de los aspectos científico-tecnológicos del argumento y una estética hortera difícil de tragar más allá del entorno aficionado. Starplex se puede ver como una respuesta a esta circunstancia. En ella, uno de los escritores más fieles a la tradición norteamericana del género, Robert J. Sawyer, abordó –a mediados de los años 90– una actualización de estas historias de exploración espacial, quitándole cualquier reminiscencia camp y aportando su habilidad para divulgar ideas en la frontera de la ciencia del momento. Una obra en clave eminentemente positiva, antropocéntrica y filotecnológica que, creo, funciona como lo que es: una aventura de Star Trek sin los personajes de la Entreprise –aunque aquí es posible que me esté columpiando porque, la verdad, apenas conozco las películas; es lo que tiene haber vivido en una comunidad sin televisión autonómica–.

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Karel Čapek: la ficción más real

Karel Čapek

Karel Čapek

Cuando el húngaro Imre Kertesz fue galardonado con el premio Nobel de literatura, para muchos medios fue ganado para las letras de la Europa del Este. Es cierto que lo que se pueda saber sobre la literatura del Este es lo mismo que sobre la literatura húngara, es decir, prácticamente nada, pero las diferencias son importantes más allá de un amasijo de países difíciles de colocar en un mapa delante de la frontera rusa. Desde el aislado Ismael Kadaré en Albania al inclasificable Diccionario jázaro de Mirolad Pavic, desde escritores que se expresan en una lengua romance como el rumano a autores que utilizan el alfabeto cirílico, de la católica Polonia a la ortodoxa Serbia, la supuesta literatura de los países del Este no puede ser más distinta.

Entre todas ellas destacan la literatura polaca y la checa, que junto con la húngara son las únicas que cuentan con varios premios Nobel, lo que refleja una tradición escrita mucho más antigua que la de sus vecinos. Además, y si vale de algo, son las únicas con títulos que han sido capaces de traspasar fronteras y vender en masa como Quo Vadis? de Henryk Sienkiewicz o La insoportable levedad del ser de Milan Kundera, uno de los libros más vendidos en 1984. Con todo esto quizá no sea mucho decir que Karel Čapek es, después de Kafka –que, aunque nacido en Praga, escribía en alemán–, uno de los más importantes y más conocidos escritores checos.

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