La ciudad del grabado, de K. J. Bishop

La ciudad del grabado

La ciudad del grabado

Ese vejete envidioso que es John Clute tiene la costumbre de ningunear todo el movimiento que se viene denominando el New Weird, postulando que corre peligro de degenerar en una mera serie de visiones urbanas donde sólo importaría el grado de sordidez, disgregación y caos del escenario. Clute también hizo de menos a Susanna Clarke y Jonathan Strange, basando su reseña en la hipótesis, luego desmentida, de que se trataba del primer volumen de una trilogía, y que basaba en todo el aparato teórico de su enciclopedia. En fin, que fíate de los supuestos expertos.

La ciudad del grabado –“La ciudad grabada”, en una traducción exacta del título original, The Etched City–, debut en la novela de la australiana K.J. Bishop, podría encuadrarse más o menos en el New Weird, al que le une su ambiente urbano degradado, sus ambiciones estilísticas más allá del mero entretenimiento, y un tipo de sensibilidad decadente finisecular que uno ya tenía ganas de ver reaparecer en las letras pero que se necesitaría buscar con microscopio electrónico en la narrativa general de nuestro tiempo.

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Europa imaginaria

Europa imaginaria

Europa imaginaria

Desde luego, hay que reconocer que ambición no le falta a este libro, nada menos que un recorrido por el fantástico europeo intentando tocar todos los palos artísticos, desde la literatura y el cine a la pintura y el diseño gráfico, de la fantasía al terror y la ciencia ficción, ahí es nada. Y si este atrevimiento resulta de lo más refrescante, no es menos cierto que, en conjunto, el libro acaba siendo un tanto fallido en sus resultados, aunque muy valioso por alguna de sus partes.

Me explico. El principal problema de un empeño de estas características es la longitud. Intentar tocar una temática tan ecléctica, variada y ambigua como lo fantástico en Europa en menos de 190 páginas no deja de ser una utopía descabellada y, como tal, imposible. Y de ahí se resiente este volumen, de su total inconcrección, de la falta de un espíritu uniformador, de una cierta coherencia entre los diversos ensayos. Porque uno no sabe si estamos ante un repaso a la historia del arte fantástico europeo o, como indica el título, son, simplemente, «cinco miradas sobre lo fantástico en el Viejo Continente», ya que cada autor hace de su capa un sayo y toma caminos un tanto caprichosos y contradictorios respecto al título y respecto a las intenciones del libro.

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La carretera, de Cormac McCarthy

La carretera

La carretera

Hay novelas que son un puñetazo en el estómago, novelas que te sacuden por dentro y te introducen en un mundo terrible donde no quieres estar, pero que al mismo tiempo te fascina, obligándote a seguir leyendo. A las pocas páginas, comienzas a advertir una extraña belleza en ese sombrío mundo que estás explorando, una belleza morbosa, retorcida, pero también extremada y paradójicamente pura. Poco después, ya eres incapaz de soltar el libro, aunque a veces te gustaría poder hacerlo. El norteamericano Cormac McCarthy es especialista en escribir esa clase de novelas, y La carretera es la última muestra de su talento.

Para muchos, la mayor demostración de genialidad sobreviene cuando con el menor número de elementos se obtienen los máximos resultados. Menos es más, dicen. Si esto es cierto, La carretera es una obra maestra –y si no es cierto, también–. De entrada, el argumento no puede ser más sencillo: una catástrofe ha destruido la superficie de la Tierra, o al menos gran parte de ella. El autor no especifica en ningún momento de qué clase de catástrofe se trata ni cuáles son sus causas, pero los indicios que salpican el texto –tierras calcinadas, nubes constantes, progresiva bajada de las temperaturas– dejan claro que se trata de una deflagración nuclear. En este escenario –una Tierra desierta y devastada– se mueven los dos protagonistas de la novela, un padre y un hijo cuyos nombre nunca llegamos a conocer. Ambos se dirigen hacia el sur huyendo del hambre y del frío; para ello, siguen el trazado de una carretera abrumadoramente solitaria. El padre empuja un carrito de supermercado con sus escasas pertenencias; el niño, de no más de diez años, le sigue mansamente. No conocemos nada de su pasado, salvo el suicidio de la madre, ocurrido poco después del holocausto. El resto del relato se limita a narrar la peregrinación de los protagonistas a través de un paisaje alucinado, y sus esporádicos encuentros con otros supervivientes, hasta su llegada al mítico Sur. Pero en ese mundo destruido han muerto todas las plantas y todos los animales, de modo que sólo quedan dos fuentes de alimentación: las cada vez más escasas conservas anteriores al holocausto… y los seres humanos.

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La espada rota, de Poul Anderson

La espada rota

La espada rota

Suele esgrimirse como dato de interés al escribir sobre La espada rota –y no del todo inocentemente, quizás– su aparición original el mismo año que La comunidad del Anillo, de J. R. R. Tolkien. Sabida o intuida la relación temática que pudiera haber entre las dos, al ser del mismo palo, se establecen inevitablemente las comparaciones. En un lejano 1954 ambas obras, que tienen no pocos puntos en común, aunque han seguido diferentes derroteros del éxito, vieron la luz. Pero dejemos eso para más adelante…

La espada rota narra la historia de Skafloc, un humano raptado en su lecho infantil por Imric, Conde de los Elfos, y sustituido por una criatura feérica que, con el tiempo, traerá la desgracia a la existencia del progenitor humano, Orm el Fuerte, y los suyos. Es la doble historia, por tanto, de Skafloc, campeón de Alfheim, y su sombra bersekr, Valgard. También es el resumen del choque entre el mundo «real» –si así puede definirse– y la dimensión feérica que corre paralela a ese mundo. Y, en una más atenta lectura, incluso el del enfrentamiento entre las mitologías nórdica y céltica con el cristianismo. No es la historia, en todo caso, de esa espada rota del título, Tyrfing, que como buen acero maldito/encantado sólo hace acto de presencia para imponer su sangrienta voluntad.

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Aire, de Geoff Ryman

Aire

Cuando una novela llega avalada por multitud de premios de la ciencia ficción mundial: Arthur C. Clarke, British Science Fiction, Sunburst, James Tiptre Jr., finalista del Nebula, Philip K. Dick y John W. Campbell… o, lo que es lo mismo, la crítica y aficionados de Gran Bretaña, Canadá y buena parte de los Estados Unidos, es casi obligado pensar que estamos ante la obra de género más importante de 2006.

Geoff Ryman es un autor iconoclasta y posmoderno, preocupado tanto por el presente como por el futuro más inmediato. En España tiene publicados varios libros: El país irredento (Ultramar, 1991), premio Mundial de Fantasía y British Science Fiction 1986, y los recientes 253 (Grupo Editorial AJEC, 2007), premio Philip K. Dick 1999, y El jardín de infancia (Ómicron, 2007), premio Arthur C. Clarke y John W. Campbell 1989. En esta su tercera novela editada en el presente ejercicio –por lo que bien puede decirse que éste es el año Ryman en España–, el autor analiza las consecuencias derivadas de la implantación de una nueva tecnología de comunicación a escala global.

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Cristales de fuego, de José Antonio Suárez

Cristales de fuego

Cristales de fuego

Si nos encontráramos atrapados en el cuerpo de un tapir parlante que posee la mente y la personalidad de un escritor muerto tiempo atrás, autor de las aventuras de la franquicia de los Elfos Galácticos® quizás también asumiríamos su carácter cínico y los vicios de este curioso protagonista-narrador de Cristales de fuego, Simón Daldasarre. Si a este estrambótico personaje le añadimos un humano esclavizado mentalmente por un alienígena que no para de reventarse granos de pus, una investigadora planetaria que juega a diplomática y una serie de seres también extraterrestres cada uno más extraño y curioso que el anterior, tenemos el equipo ideal para protagonizar una buena comedia galáctica.

Pero el caso es que José Antonio Suárez no ha escrito una comedia, si no un space opera en toda regla: conflictos diplomáticos, grandes batallas espaciales, viajes por la galaxia, descubrimientos fantásticos, intriga, persecuciones… todo narrado con un dinamismo increíble donde se combinan tanto el humor sutil como los toques hard en un argumento que empieza con un despido improcedente para, poco a poco, transformarse en una historia de proporciones cósmicas.

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Jabberwock 2

Jabberwock 2

Jabberwock 2

La editorial Bibliópolis inaugura su nueva colección Bibliópolis antológica con el segundo volumen del anuario de ensayo fantástico Jabberwock. Esta nueva colección recoge el testigo dejado por Bibliópolis Bolsillo, mejorando no sólo en el tamaño sino también en el diseño y aumentando también la extensión. Jabberwock es sin duda un punto de referencia para todo aficionado a la literatura fantástica: por un lado es una excelente guía de lectura gracias a las críticas de las obras más destacadas publicadas el año anterior. Y por otro recoge una serie de ensayos y artículos que muestran el fantástico en todas sus vertientes. Todo ello coordinado por Arturo Villarrubia y Alberto García-Teresa los directores de este número.

Vemos que los ensayos se pueden dividir a priori en dos grandes bloques: unos los que afrontan el fantástico como herramienta para analizar la sociedad actual y otros los que estudian los límites del género y sus raíces comunes en el uso de distintos mitos e iconos. Dentro de la primera vertiente destaca el ensayo de Alberto García-Teresa “Las aventuras de Emmanel Goldstein. Usos ideológicos de la ciencia-ficción” donde analiza las obras, autores y corrientes literarias dentro de este género poniendo de manifiesto la carga ideológica que esconden, destacando los casos de obras y autores que rompen con la ideología conservadora mayoritaria, un ensayo muy esclarecedor y que desmonta los tópicos dentro de la ciencia ficción. Continuando esta línea de análisis político y social de la ciencia-ficción nos encontramos con el ensayo “La que está cayendo: lecciones para el mundo posterior al 11-S en la obra de Philip K. Dick” de Aaron Barlow, donde a través de la obra de Philip K. Dick analiza la esquizofrenia de la sociedad actual y el sometimiento del pueblo por el miedo al otro fomentado por los gobiernos, poniendo de manifiesto la vigencia de la obra de Dick. Es especialmente interesante la entrevista que realiza Arturo Villarrubia al escritor John Kessel, un autor comprometido socialmente que por medio del humor y de la provocación desarticula las falacias de los neoconservadores por medio de obras como American Apocalypse y El amor en tiempos de dinosaurios.

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The Tooth Fairy, de Graham Joyce

The Tooth Fairy

The Tooth Fairy

A menudo sostengo la hipótesis de que ciertos autores se equivocaron al asociar su nombre con la literatura fantástica o de ciencia ficción. Y no porque su dominio de esos subgéneros fuese pobre o inadecuado, sino por el sentido de injusticia cósmica que asalta a uno cuando escritores de calidad, inventivos y comparables a cualquier santón de las letras, como Disch, Crowley o Wolfe, se pasan la vida esforzándose en construir una obra que resista el paso del tiempo para que al final su existencia sea conocida sólo por cuatro jugadores de rol anclados en la adolescencia, que cuelgan en sus blogs fotos en las que salen manejando la espada láser de Star Wars y suelen estar de acuerdo con Goebbels en aquello de «Cuando oigo la palabra ‘cultura’ echo la mano a mi revólver».

Pero existen casos aún más flagrantes. Al fin y al cabo, Disch, Crowley o Wolfe cultivan unas formas exigentes, muy a menudo difíciles, saltándose a la torera los conceptos más tradicionales de «entretenimiento» y haciendo inevitable que los lectores sin ínfulas intelectuales se alejen de su producción. En cambio, autores como Graham Joyce se dedican a un tipo de novela de personajes cercanos, que pasan por experiencias universales, cuidando un tipo de narración accesible capaz de enganchar desde las primeras frases y de mantener hasta el final una atmósfera de intriga y misterio. Y sin embargo, Joyce sólo ha visto publicadas dos novelas en nuestro país, manteniéndose inédita toda su producción anterior que incluye libros tan sobresalientes como The Tooth Fairy.

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Guardianes de la noche, de Sergey Lukyanenko

Guardianes de la noche

Guardianes de la noche

Junto a nuestro mundo existe el Crepúsculo y entre los humanos se mueven los Otros. El Crepúsculo es un lugar tenebroso, un mundo superpuesto al nuestro al que sólo se puede acceder caminando a través de tu propia sombra, que se alimenta de la energía vital de los que entran en él y que transforma para siempre al que traspasa sus límites. Los Otros, los únicos capaces de entrar al Crepúsculo, son los magos, los chamanes, las brujas, los vampiros, los licántropos; seres alineados desde tiempos inmemoriales en el bando del Bien y la Luz o del Mal y las Tinieblas. Después de miles de años de guerra, y ante la posibilidad de que su conflicto eterno terminase por destruir a la humanidad –de la que dependen y son parásitos– ambos bandos se ven obligados a firmar el Gran Pacto, que les obliga a mantener una tensa paz y un estricto equilibrio: cada acción benéfica de los Luminosos permite una reacción maligna de los Tenebrosos, y viceversa –si un Otro de la luz utiliza sus poderes para hacer el bien los Tenebrosos están autorizados a causar una cantidad equivalente de mal, y lo mismo ocurre al contrario–. Y para asegurarse el mutuo respeto a este pacto, crean la Guardia Nocturna –Luminosos que vigilan las acciones de los Tenebrosos– y la Guardia Diurna –Tenebrosos que controlan al bando de la Luz–.

Han pasado varias décadas desde aquel Pacto y la lucha entre luz y tinieblas no se ha detenido, tan solo se ha vuelto más sutil. Una y otra Guardia vigilan atentamente a su contrario a la espera de que sus agentes cometan algún desliz que les permita actuar; lo que antes era una lucha brutal y constante ahora es una maquiavélica partida de ajedrez entre Hesser y Zavulón, las cabezas visibles de los bandos del Bien y el Mal. En este, en realidad, primer volumen de una tetralogía –con el resto aún inéditos en nuestro país– asistimos a tres de estos encontronazos en la forma de tres novelas cortas conectadas entre ellas por sus protagonistas –la Guardia Nocturna de Moscú y, en especial, Antón Gorodetski, un agente de perfil bajo y mago de poca categoría– y por una trama general que sólo se hace evidente conforme avanza la historia y que, a la vez que las une en un todo, sirve como reflejo de la naturaleza conspirativa de las propias Guardias, para las que incluso el suceso más trivial puede formar parte de un plan mayor que los propios agentes –meros peones la mayor parte de las veces– son incapaces de percibir.

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Gel azul, de Bef

Gel azul

Gel azul

La ciencia ficción mexicana, al igual que ocurre con la procedente del resto de hispanoamérica, es una gran desconocida para el lector español. Es una pena, porque la coincidencia idiomática se presta a un mayor intercambio cultural también en lo que se refiere al género fantástico. Sin embargo, la realidad editorial es la que es y no parece que vaya a cambiar a corto plazo. Por ahora nos tendremos que conformar con las ocasionales narraciones que nos llegan a través del premio UPC o con las contadas novelas que se publican, como la reciente Ygdrasil del chileno Jorge Baradit.

“Gel azul”, obra de Bernardo Fernández “Bef” publicada dentro de la colección Vórtice de Ediciones El Parnaso, incluye dos novelas cortas y un relato. La primera de las novelas cortas, que da título al libro, es una mezcla de cyberpunk con novela negra hard boiled, dos géneros que tienden a combinarse bien debido a la deshumanización que puede llegar a producirse en las sociedades en las que se mezcla la tecnología avanzada y la pobreza de amplios sectores de la misma.

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