El hombre vacío, de Dan Simmons

El hombre vacío

El hombre vacío

Tras el éxito de sus últimas novelas de ciencia ficción, Ilión y Olimpo, era de esperar que Nova siguiese apostando por la obra de Dan Simmons. De ahí que en abril de este año se publicase El hombre vacío, si no me equivoco la única obra de ciencia ficción pendiente de traducción y con un cierto renombre debido a lo «inusual» de su temática: la telepatía. Un concepto que, tras su edad de oro en los años 40 y 50 –de la mano de escritores como Henry Kuttner, Alfred Bester, Isaac Asimov o Theodore Sturgeon–, y alcanzar su culmen a comienzos de los setenta con Robert Silverberg y Muero por dentro, había caído en el olvido –a pesar del uso que de ella han hecho otros autores como Marion Zimmer Bradley o, de nuevo, Isaac Asimov–. Muchas expectativas que, parcialmente, terminan en agua de borrajas: además de no aportar nada nuevo, las dos secuencias en las que se divide la novela no quedan del todo conjuntadas.

Jeremy Bremen es un profesor universitario que acaba de perder a su mujer, Gail. Ambos compartían una cualidad, la telepatía, que les había permitido conocerse y comprenderse con una profundidad mayor que cualquier otra pareja. Desolado y sin ganas de vivir, corta con su trabajo, quema su casa, se deshace de su pasado y se refugia en un pantano de Florida para aislarse de lo que denomina neurocháchara, los pensamientos de los que le rodean, un caótico ruido de fondo del que se había librado junto a Gail y que, sin ella, amenaza con volverle loco. Cuando apenas han pasado tres días y está a punto de suicidarse, se topa con Vanni Fucci –el primero de los numerosos guiños a la Divina Comedia–, un mafioso de tres al cuarto que se está deshaciendo de un cadáver y que, al ser descubierto, se lo lleva para que un compañero con menos escrúpulos lo mate. Ahí comienza un descenso a los abismos de la condición humana que le lleva a recorrer medio país y a descubrir algunas respuestas a cuestiones que le preocupan desde hace años.

Sigue leyendo

¿Pueden suceder tales cosas?, de Ambrose Bierce

¿Pueden suceder tales cosas?

¿Pueden suceder tales cosas?

Ningún aficionado a la literatura de terror que se precie puede desconocer quien es Ambrose Bierce. Si a alguien no le suena este nombre, o se ha confundido de página o más vale que vaya corriendo a la librería más cercana a comprarse este libro y suplir semejante carencia, antes de convertirse en la rechifla generalizada del resto de los aficionados.

Poco puedo añadir sobre la figura del norteamericano que no se haya dicho. «Bitter» Bierce, como fue conocido entre sus contemporáneos –Bierce «el amargo»–, es el mejor cuentista de terror estadounidense entre Poe y Lovercraft, y está perfectamente a la altura de ambas figuras. Veterano de la Guerra de Secesión –donde fue gravemente herido y se forjó su carácter seco, misántropo y amargado–, periodista de prestigio en la costa Oeste, amigo de Jack London, polemista dueño de una lengua viperina, alcohólico, mujeriego… Un personaje de leyenda digno de uno de sus libros y que en su vejez partió para el México revolucionario donde desapareció sin dejar rastro, historia narrada en la película Gringo viejo –donde Bierce fue encarnado por el gran Gregory Peck–.

Sigue leyendo

El amor en tiempos de los dinosaurios, de John Kessel

El amor en tiempos de los dinosaurios

El amor en tiempos de los dinosaurios

La fiera de mi niña (Bringing Up Baby), la obra maestra del director Howard Hawks, es una de las mejores comedias de la historia del cine y la muestra más representativa de la llamada screwball comedy o comedia alocada que deslumbrara al público de todo el mundo allá por la década de los años 30. En ella, un ingenuo y algo despistado paleontólogo (Cary Grant) ultima la reconstrucción del esqueleto de un dinosaurio para el museo donde trabaja mientras organiza los preparativos de su boda con su secretaria, cuando irrumpe en su monótona existencia una adinerada y caprichosa heredera (Katharine Hepburn); a partir de ese momento, la impulsiva damisela hará lo indecible por hacer fracasar los planes del hombre de ciencia, dedicándole atenciones que culminan en continuos desastres, jugando con el equívoco y embaucándole en absurdas empresas como trasladar un leopardo –llamado precisamente Baby– a la mansión de su acaudalada tía. En resumidas cuentas, todo tipo de divertidas peripecias para constatar que ambos estaban hechos el uno para el otro.

El amor en tiempos de los dinosaurios (Corrupting Dr. Nice) repite idéntico esquema de situación que este clásico del séptimo arte, aunque en puridad sea más ajustado decir que adapta fielmente el guión de Las tres noches de Eva (The Lady Eve), de Preston Sturges, con el mínimo de cambios imprescindibles para ajustarlo al entorno futurista. Así, Genevieve (Gen) y su padre son dos expertos timadores que se ganan la vida desplumando incautos viajeros del tiempo. Por su parte, Owen Beresford Vannice es doctor en paleontología reconstructiva e investiga el comportamiento de sus amados dinosaurios en una estación científica en el Cretácico, un joven sin demasiado carácter ni habilidad social pero heredero de una de las mayores fortunas de Norteamérica. El día en que el bueno del Dr. Nice decide regresar al presente para hacer público sus resultados –y, de paso, enfrentarse a su padre para lograr su independencia– el azar en forma de accidente provocado por una cría de apatosaurio unirá para siempre los destinos de ambos jóvenes.

Sigue leyendo

Cuando los osos descubrieron el fuego, de Terry Bisson

Cuando los osos descubrieron el fuego

Cuando los osos descubrieron el fuego

A la hora de escribir este comentario, he recordado qué es lo peor que puede ocurrirle a una antología cuando se le debe hacer una reseña: que, al repasar el índice, sea necesario ir a la primera página de la mitad de los cuentos porque no quedó huella alguna de su contenido en la memoria. Esta observación, perfectamente aplicable a Cuando los osos descubrieron el fuego, puede parecer en exceso dura para un libro con momentos de verdadero interés, pero que tiene interminables páginas valle, el tipo de contenido solvente pero inane del que están repletas las revistas estadounidenses del género en la actualidad.

El retrato de Bisson como escritor que deja el volumen es el de un profesional aplicado, pero sólo ocasionalmente brillante, y demasiado amigo de fórmulas propias de talleres literarios –véase su abuso de las reiteraciones como recurso cómico– para sacar adelante su labor. No tiene un universo propio claramente definido, pero a cambio es capaz de realizar descripciones de escenarios estadounidenses contemporáneos bastante precisas, ofreciendo la sensación de que se trata de un observador costumbrista con posibilidades. En suma, un escritor legible, capaz de diseñar personajes al menos coherentes y carnales, pero cuya ausencia hasta el momento de las editoriales españolas no resulta extraña.

Sigue leyendo

Las flechas de la reina, de Mercedes Lackey

Las flechas de la reina

Las flechas de la reina

Mercedes Lackey es una autora de literatura fantástica extremadamente prolífica. Muchas de sus novelas están emplazadas en el país imaginario de Valdemar y organizadas en forma de trilogías independientes de fantasía épica que siguen las peripecias de algún personaje importante de la historia de ese país. Otra de sus series más destacadas se titula Elves on the Road, y está ambientada en una sociedad contemporánea en la que también conviven elfos, magos, vampiros y demás seres míticos.

Esta novela, Las flechas de la reina, es la primera ambientada en Valdemar, y da inicio a la trilogía Heraldos de Valdemar que sigue la historia completa de su protagonista, Talia. No obstante, este primer libro puede ser leído de forma independiente: desarrolla una historia completa por sí misma. La novela es un típico bildungsroman. Cuenta las aventuras de una joven campesina que se siente fuera de lugar en la austera comunidad fronteriza en la que ha nacido, ya que su cabeza está llena de sueños y amor por las aventuras sobre las que lee en los pocos libros que posee, siempre que puede robarle algún instante a sus obligaciones.

Sigue leyendo

Flicker, de Theodore Roszak

Flicker La historia del cine está repleta de áreas misteriosas, de títulos legendarios y perdidos, de fascinantes figuras marginales excluidas del canon oficial y sólo mencionadas a pie de página en caracteres minúsculos. No es extraño, por tanto, que ninguno de nosotros haya oído hablar de Max Castle. Nacido Max von Kastell en la Alemania de principios del siglo XX, pudo haber sido uno de los directores fundamentales del cine expresionista, de no ser por los problemas de censura encontrados a raíz de su película “Simón el Mago”, que lo forzaron a emigrar a Estados Unidos como hicieron otros muchos colegas de la UFA.

En Hollywood, la MGM apostó fuerte por Kastell, que ya había adaptado su apellido a la grafía anglosajona, y se dispuso a producirle una ambiciosísima epopeya bíblica, “La mártir”, rodada en escenarios naturales con la gran estrella Louise Brooks y medios descomunales para entonces. Por desgracia, los ejecutivos de la Metro consideraron que la película no debía exhibirse e incluso llegaron a destruir todas las copias existentes. Castle, viendo cómo su carrera sufría un revés irreversible que lo apartaba para siempre de los grandes estudios, no se resignó a permanecer inactivo y decidió buscar trabajo como fuera, lo cual lo llevó a las pequeñas compañías productoras de cine de serie B, donde desarrolló el grueso de su carrera. Los pocos que han oído hablar de Max Castle lo asocian principalmente a misérrimas películas de vampiros como “Count Lazarus” o “Kiss of the vampire”, con alguna que otra excursión al Caribe y el vudú como “Zombie doctor”, firmada al alimón con el incombustible Edgar G. Ulmer.

Sigue leyendo

Puente de pájaros, de Barry Hughart

Puente de pájaros

Puente de pájaros

En una antigua China que nunca existió, el campesino de noble corazón Buey Número Diez solicita los servicios del único sabio al que puede permitirse contratar: el excéntrico Li Kao. El centenario maestro, de astroso aspecto y con un «ligero defecto en su carácter», acepta acompañarle y buscar el antídoto al misterioso mal que aqueja a los niños de la aldea de Ku-fu. Viajando sobre la espalda de Buey Número Diez, el maestro Li recorre el Reino Medio o región central de China en busca de la Gran Raíz del Poder, una planta mítica que es a la vez el más poderoso agente curativo conocido. Tras innumerables –y divertidas– aventuras acaecidas en los más variopintos escenarios, atravesar laberintos que ocultan fabulosos tesoros, enfrentarse a criaturas espantosas armados únicamente del ingenio y recibir en el proceso diversas sentencias de muerte, el final del viaje les depara nada menos que la resolución de una mítica leyenda.

Puente de pájaros (i) posee el tono mágico, armonioso y ancestral propio del alma china. Una narración que derrocha ingenio y originalidad, construida a base de concatenar pequeñas historias y leyendas que se unen con acierto al relato principal –como, por ejemplo, la de los cazadores de ginseng o la de la Danza de Espadas, usada como telón de fondo para narrar una bella historia de fantasmas enamorados que, a la postre, supone el quid del relato–. La narración avanza, pues, con una cadencia deliciosamente tranquila, reflejando una forma de sentir que hace del respeto a la tradición, las enseñanzas morales y el amor a la vida sencilla sus signos distintivos. Sin embargo, tal vez sea la fina ironía, tan oriental, el aspecto más sobresaliente de la novela, ironía que con frecuencia se torna franca socarronería cuando no hilaridad grouchiana en algunos episodios merced al «ligero defecto en el carácter» de cierto personaje cascarrabias.

Sigue leyendo

Una princesa de Roumania, de Paul Park

Una princesa de Roumania

Una princesa de Roumania

Paul Park ha escrito en Una princesa de Roumania una novela fantástica de corte clásico, en el sentido que en algún momento nos vamos a encontrar con cada uno de los elementos utilizados en este tipo de obras. En los primeros capítulos se nos presenta a la protagonista, Miranda Popescu, una jovencita que lleva una vida normal en un pueblecillo de Massachussets. Sustituye el granjero de la campiña inglesa por una quinceañera en la época actual y ya tenemos el primer elemento clásico. Además Miranda es huérfana y se siente como si debiese aspirar a más, como si le esperase un destino distinto. Resulta que es una princesa de Roumania, oculta mediante artes mágicas en un mundo inventado –nuestro mundo real– y destinada a salvar su país de una fuerza opresora. Todos los elementos comunes a este tipo de obras aparecen en algún momento a lo largo de la trama: el elegido, los compañeros, la búsqueda, el mentor y el objeto de poder.

Lo que hace diferente Una princesa de Roumania de otras novelas similares es, por un lado, el tratamiento y evolución de los personajes, y, por otro, la estructura interna utilizada para hacer avanzar la trama. Paul Park desarrolla muy bien la personalidad de los personajes, especialmente la de los dos protagonistas: Miranda Popescu y la baronesa Nicola Causescu. Miranda se nos muestra como la adolescente típica: soñadora, introvertida, que siente envidia y al mismo tiempo admiración por su amiga Andrómeda, la habitual chica popular de instituto. Esta personalidad se irá desarrollando sobre todo cuando comience la etapa de búsqueda y vaya adaptándose cada vez más a su papel de héroe. Los personajes actúan de manera creíble durante toda la trama, algo esencial en una novela guiada por personajes como ésta. Es refrescante comprobar cómo Miranda y el resto de sus compañeros, todos trasladados al mundo paralelo desde el mundo real, dudan en todo momento de su papel de salvadores o de las pruebas que han de ir superando a lo largo de su viaje, no viéndoles un sentido lógico y tratándolas simplemente de irracionales –para una persona que vive en el mundo real–.

Sigue leyendo

El monstruo de las galletas, de Vernor Vinge

El monstruo de las galletas

El monstruo de las galletas

La ficción de Vernor Vinge, matemático y amante de las denominadas ciencias duras, delata su formación académica. Desde sus primeros relatos el norteamericano ha orientado su obra hacia dos direcciones sin relación aparente, en las que, sin embargo, cobran gran importancia el hecho científico y la tecnología. El reconocimiento en el mundo de la ciencia ficción le llegó principalmente gracias a sus aportaciones en el terreno del space opera, subgénero que siempre ha enfocado desde una perspectiva hard. La Serie de las Burbujas, compuesta por La guerra de la paz (1984) y Naufragio en el tiempo real (1986) –cuya reedición, aprovecho para decir, sería una agradable noticia para los aficionados españoles–, y especialmente dos de sus novelas galardonadas con el otrora prestigioso premio Hugo, Un fuego sobre el abismo (1992) y Un abismo en el cielo (1999), primeras entregas de una trilogía aún sin cerrar, le alzaron hasta el panteón de los principales escritores del género en EE UU, país en el que la ciencia ficción dura todavía goza de un elevado prestigio.

Sin embargo, al margen de sus novelas más populares, Vinge cuenta también con otra faceta narrativa menos conocida, que si bien no ha obtenido el mismo predicamento que la anterior, es sin duda igual de interesante. En ella explora los posibles futuros próximos que las nuevas tecnologías podrían propiciar, ejercicio imaginativo que conlleva una carga especulativa «útil» de la que su otra obra de ficción carece. Reivindicado por muchos lectores como uno de los escritores clave en el nacimiento del ciberpunk  tras la publicación de la novela corta titulada “True Names” –y no “True Times”, como refiere el prologuista de este volumen–, Vinge ha obtenido también importantes premios de la ciencia ficción norteamericana merced, precisamente, a un puñado de narraciones cortas que indagan tanto en los nuevos conceptos surgidos de la revolución informática como en las consecuencias de los avances tecnológicos que ésta ha traído.

Sigue leyendo

Dorada, de Lucius Shepard

Dorada

Dorada

Lucius Shepard es un nombre que sonará un poco a aquellos lectores del fantástico que ya estaban en activo a principios de los 90 del pasado siglo. En efecto, su antología The jaguar hunter (1987), que aquí fue publicada por Alcor en dos tomos –descatalogados hace años–, El cazador de jaguares y El hombre que pintó el dragón Griaule (1990), fue un discreto éxito en nuestro país. Estos cuentos, que junto a la antología cosecharon unos cuantos premios internacionales, mostraron al lector español un autor complejo, imaginativo y de una gran riqueza estilística. Razones éstas, junto a una forma de escribir más cercana al realismo mágico que a la ciencia ficción o la fantasía «standard», que hicieron que fuese editado especialmente fuera de colecciones de género –como fue el caso de estas antologías pero también de su novela Vida en tiempo de guerra por Jucar, todavía disponible en alguna librería de segunda mano a precio de risa–, y que en nuestro país le perjudicó un tanto ya que, probablemente, evitó una mayor resonancia dentro de los círculos más «fandomíticos» y, por tanto, su desaparición como autor a editar.

Para aquellos que disfrutamos con sus obras, Shepard se convirtió en uno de esos autores añorados al que sólo podíamos seguir de lejos viendo los títulos –The Scalehunter’s Beautiful Daughter, The Father of Stones, Lousiana Breakdown, Viator…– y premios que recibía en años sucesivos –entre otros, seis Locus, dos Premios Internacionales de Fantasía, un Nebula y un Hugo–. Personalmente, además, me hice en ocasiones la pregunta de cómo habría evolucionado alguien tan especial como Shepard y óomo se habría desenvuelto en un mercado tan competitivo y atroz –para gente como él, tan diferente de los autores más adocenados y proclives al best-seller– como el que surgió en EE.UU. a mediados de los 90. Bien, gracias a una editorial tan arriesgada –por suerte para todos– como Bibliópolis parte de estas preguntas han obtenido respuesta gracias a la publicación de Dorada, una novela de 1993 que ganó el Locus a la mejor novela de terror.

Sigue leyendo