Acero, de Todd Grimson

Acero

Acero

Venga, un tópico: Acero es una novela que se lee tan fácilmente como se olvida.

Otro menos frecuente: es una pena porque durante casi la mitad de su extensión parecía que no iba a ser así.

Ahora algo completamente suyo, personal e intransferible: esta historia urbana con vampiros, protagonizada por personajes dañados que se encuentran y construyen un santuario inestable, augura algo más que una presentación de personajes. Promete que los conflictos que plantea se van a resolver de una manera menos convencional que el aburrido duelo entre vampiro bueno y vampiro malo de su tramo final.

Sobra decir lo que ocurre.

El protagonista de Acero, curiosamente, no resulta manido. Para llevar la batuta de su novela Todd Grimson no elige a un vampiro sino a su siervo, Keith. El guitarrista de un grupo de cierto nombre caído en desgracia tras una relación destructiva y con él en un presidio venezolano con las manos destrozadas. Antiguo adicto a la heroína, Keith es el lacayo de Justine, una vampira con cientos de años a sus espaldas que no recuerda gran cosa de su pasado y completamente cautivada por él. Hasta el punto que ambos experimentan una atracción que transgrede el estereotipo vampiro-siervo hasta convertirlos en una pareja.

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Mañana será tierra, de Alfredo Álamo

Mañana será tierra

Mañana será tierra

Esta es la segunda novela de Alfredo Álamo que leo, apenas unos meses después de Kobold. El señor de las cadenas; una historia de espada y brujería a mitad de camino de Howard y Moorcock cuyo disfrute es inversamente proporcional a las historias de esta temática que hayas leído. Con Mañana será tierra muestra una faceta más madura alejada de la mímesis al plantear un escenario, unos personajes y una voz más personales. Quizás su acabado sea un poco desigual, lejos de sus mejores relatos pero, sin duda, resulta más satisfactoria.

Mañana será tierra se inicia cuando Jaume, un militante comunista que huye de Cataluña en los estertores finales de la Guerra Civil, sobrevive de forma milagrosa a un disparo a bocajarro. Dado por muerto en una fosa común, consigue cruzar la frontera para ser internado en el campo de refugiados de Argelers, el lugar del Rosellón donde se hacinaron miles y miles de republicanos españoles a la espera que el gobierno francés decidiese qué hacer con ellos. Harto de la vida, entre el desánimo y un ligero hastío, observa al resto de reclusos con los ojos de un entomólogo. El relajo de las convenciones sociales, la explosión de las pequeñas miserias en un entorno tan reducido, el sexo como mecanismo de huida, la muerte aguardando a la vuelta del día… aparecen en su narración en primera persona junto a sus dudas y al distanciamiento de su pasado. Es la suya una historia crepuscular que, además, ofrece una mirada al abismo de los campos de concentración desde una óptica distinta a la habitual, donde parece haber escapatoria y la vida continúa a pesar de la derrota.

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The Bulletproof Coffin, de David Hine y Shaky Kane

The Bulletproof Coffin

En 1977 David Hine y Shaky Kane (seudónimo de Michael Coulthard) se conocieron en un garito punk de Exeter. Por aquel entonces Hine editaba un proyecto universitario llamado Joe Public Comics, donde apareció la primera historieta de Kane, “Hitler on Ice”.

A finales de los ochenta, Bret Ewins y Steve Dillon fundaron la revista de historietas y música pop, Deadline, donde una emergente generación de dibujantes británicos afianzó su arte; Brendan McCarthy, Duncan Fegredo, Jamie Hewlett, Warren Pleece, John McCrea, Phillip Bond… y David Hine y Shaky Kane. Alguno hizo más o menos fortuna con el cine y la música, la mayoría, siguiendo la tradición inglesa, emigraron al sello Vértigo de DC y luego al mainstream, y otros, como McCarthy, sólo publicaron puntualmente alguna cosa, mientras se buscaban la vida con otros proyectos. David Hine acabó trabajando como guionista en las dos grandes, Marvel y DC (varias miniseries de X-Men, Daredevil, Civil War, Detective Comics…), y Shaky Kane, salvo alguna aparición esporádica, como la portada para el episodio homenaje a los Cuatro Fantásticos de la Doom Patrol de Morrison, o los dos números de Black Star Fiction Library, no se ha prodigado mucho más.

En 2008 Hine y Kane volvieron a encontrarse en el ascensor de un hotel mientras asistían a una convención de comics. En 2010 apareció la obra que volvió a reunirlos, The Bulletproof Coffin, dentro de la iniciativa de Image Comics de publicar tebeos creados por autores “independientes”; Orc Stain, King City o la reedición de Strange Embrace del propio Hine.

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Mister B. Gone

Mister B. Gone

Mister B. Gone

Jakabok Botch, el Mr. B. que da título al regreso de Clive Barker a la ficción para adultos tras años de dedicación casi exclusiva –literariamente hablando, al menos– a la serie de Abarat, es un demonio venido a menos, literalmente un pobre diablo nacido en los arrabales del círculo más modesto del infierno, hijo único y malquerido de una diablesa con escasas aptitudes maternales y Gatmuss, un demonio con muy malas pulgas y peores sentimientos hacia su unigénito. Privado de poderes extraordinarios debido a lo diluido de su linaje en relación con los primeros pobladores del averno, Lucifer y su cohorte de primeros ángeles caídos, abucheado y maltratado por los demás diablillos de su edad, ignorante de lo que es el afecto de una familia, el pequeño Jakabok sólo encuentra refugio del mundo cruel en que le ha tocado vivir en las letras; y no en la lectura, puesto que Pappy Gatmuss no ve con buenos ojos que haya libros bajo su techo, sino en la escritura.

¿Que qué escribe el pequeño y desdichado Jakabok? Pues todo tipo de torturas y truculencias, de las que su acomplejada mente está repleta, historias de sufrimientos y muertes dolorosas con un único protagonista: su padre. Lástima que Pappy Gatmuss descubra sus imaginativos escritos; y lástima también que, como cabría esperar en alguien de su carácter, decida acabar con ellos expeditiva y espectacularmente, con una gran hoguera. Lástima, por último, que un «accidente» tuviera que dar con su retoño de bruces en las llamas, convirtiera al joven Jakabok en una deforme colección de cicatrices supurantes y desencadenara su fuga del hogar de los Botch. Lástima para el diablillo, en fin, y suerte para nosotros, pues este hecho es el que motiva a Jakabok a fugarse de casa, en lo que es el primer paso hacia una serie de peripecias que nos irán descubriendo qué clase de ser es realmente este desfigurado Mr. B.

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El valle de la muerte y otros cuentos de fantasmas, de Ralph Adams Cram

El valle de la muerte

El valle de la muerte

Ralph Adams Cram (1863-1942) es uno de esos personajes curiosos y peculiares que, da la sensación, sólo es posible encontrar entre los aficionados a la literatura fantástica. Prestigiosos arquitecto estadounidense –principal defensor en su país del neogoticismo, profesor universitario, divulgador de su arte, autor del edificio de la Academia de West Point–, cuando falleció parecía la quintaesencia del espíritu norteamericano: partidario a ultranza de la democracia, del liberalismo y del american way of life. Y, sin embargo, Cram abominó siempre de los excesos que cometió en su primera treintena de vida. Excesos, como veremos, inofensivos pero que, visto como iba a acabar, parecen pertenecer a la vida de otra persona.

En efecto, Cram en su juventud podría haber protagonizado sin muchos esfuerzos una de las novelas de Henry James o Edith Warthon; una de esas historias de ricos norteamericanos fascinados por la vieja y decadente Europa. En el caso concreto de Cram esta fascinación fue llevada hasta extremos un tanto ridículos y extravagantes. En efecto, nuestro autor viajó extensamente por el Viejo Continente –especialmente por Italia, Francia, las Islas Británicas y Alemania– y se declaró férreo partidario del catolicismo más tramontano, del Antiguo Régimen, del absolutismo político y, en el colmo de su delirio, partidario de los pretendientes Estuardo al trono de Inglaterra y Escocia. O sea, jacobita irredento. Viniendo de un hijo de los jóvenes EE.UU. no deja de tener su gracia y no es extraño que el maduro Cram –que de toda su juventud sólo mantuvo su fe en el estilo gótico– echase pestes de estos deslices no tan juveniles. Como parte de su obsesión, el joven Cram publicó un par de relatos en 1893, no muy afortunados.

“El decadente” es una extravagante defensa de un nuevo credo político que defiende el hedonismo más disoluto, el absolutismo político y el anarquismo revolucionario. Leído hoy, este supuesto homenaje a Oscar Wilde (¿?) no deja de resultar un tanto incoherente y absurdo. “De cómo cabalgó Jaime por el rey” es una fantasía jacobita escrita a lo Stevenson y claramente dentro del género de la literatura juvenil. Agradable e inofensivo, es un cuento que demuestra que imitar al autor de La isla del tesoro no es tan fácil como parece.

No contento con estas obritas, en 1895 Cram publicó Black Spirits and White, una antología de cuentos de terror que recoge seis relatos. En cuatro de ellos, Cram se nos muestra como un autor poco afortunado y claramente anticuado. Cuentos como “La hermana Magdalena”, “La villa blanca” o “Vigilia en Knopsfberg” nacen con, al menos, 100 años de retraso. Hijos del género gótico, están escritos al estilo de Radcliffe, Maturin y Lewis y, evidentemente, poco tienen que ofrecer al lector actual. Como pastiches que son reflejan pálidamente la grandeza de las obras que intentan copiar, y. únicamente, pueden resultar interesantes como reflejo de la fascinación y el morbo que Italia y Alemania –lugares donde están ambientados– despertaban en determinados espíritus impresionables y muy estadounidenses. “Nuestra señora del mar”, una historia de locura y amor ambientada entre una colonia de artistas franceses es levemente mejor pero tampoco acaba de remontar el vuelo.

Tanto se avergonzó Cram de estos experimentos narrativos que, en vida, prohibió la reedición de su obra que pronto pasó al olvido. Hasta que Lovecraft entra en escena. El solitario de Providence conocía este librito –¡cómo no!– y dejó escrito que, en su opinión, “El valle de muerte” es una de las mejores historias de terror jamás escritas. Suscribo esta opinión y, añado, que “El 252 de la calle M. Le Prince” no le va a la zaga. Son los dos relatos que me quedaban por reseñar y, hasta cierto punto, parecen escritos por otra persona distinta al autor de los cuatro anteriores. Comparten algunos puntos con las otras narraciones: ambientación «exótica» –Suecia uno, Francia el otro–, relato en primera persona. Pero, en lo esencial, son radicalmente distintos. No es raro que gustasen a Lovecraft y aún hoy en día nos lleguen a fascinar. Representan a la perfección ese subgénero bautizado por el de Nueva Inglaterra como terror preternatural, una temática que él bordó en sus mitos de Chtulhu pero que otros autores previos ya habían tanteado, como es el caso de Hodgson, Blackwood o Machen.

Con estos dos cuentos Cram está a la altura de todos ellos, incluido Lovercraft. ”El 252 de la calle M. Le Prince” –que abre el libro y despierta, por desgracia, demasiadas expectativas–, no deja de ser una historia de casas encantadas, pero el horror que acecha a sus visitantes está muy cerca de los dioses pretéritos que soñó Lovecraft y las insinuaciones sobre los extraños cultos que en ella han tenido lugar crean un ambiente ominoso sencillamente magistral. “El valle de la muerte” es mejor aún. El terror que asola el citado valle no tiene lógica, ni explicación, parece más una fuerza ciega de la naturaleza que otra cosa y nos es mostrado por medio de una descripción de un paisaje desolado impactante y difícil de igualar.

Los comentarios de Lovecraft llevaron la obra de Cram al terreno de la leyenda, y no fue hasta su muerte que sus cuentos pudieron reeditarse y ser paladeados por los aficionados. Este volumen de Valdemar que recoge la obra completa de Cram, alguien que si hubiese perseverado por la línea de estos dos cuentos podría haber sido realmente grande, posee el cuidado habitual con el que esta editorial realiza su labor aunque no es menos cierto que muchos aficionados pueden preguntarse si merece la pena el gasto para sólo dos cuentos. Bien, aquí entramos más en el terreno del vicio que de la crítica. Y, como demostró Sade, en esto de los vicios cada uno es muy suyo.

Ya estamos muertos, de Charlie Huston

Ya estamos muertos

Ya estamos muertos

A juzgar por los títulos editados hasta ahora en la colección Runas de Alianza Editorial, parece que han encontrado un hueco prometedor con novelas de fantasía ligeras y divertidas, pero con un nivel de exigencia literaria por encima de la franquicia al uso. Prueba de esto son la saga de Locke Lamora de Scott Lynch, que ya va por su segunda entrega, La voz de las espadas de Joe Abercrombie y, en menor medida, el clásico La espada rota de Poul Anderson. Con Ya estamos muertos la colección inicia otra saga que bien podría encuadrarse en el mismo nicho.

Desde que cogemos el libro por primera vez nos queda claro que no vamos a leer un título con grandes ambiciones literarias, y aunque el poco afortunado «corta pega» que aparece en la portada no invita a pasar de ahí, nos encontramos ante una novela que cumple a la perfección la máxima de «si no tienes nada nuevo que contar, al menos entretén al lector».

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El hombre divergente, de Marc R. Soto

El hombre divergenteEl hombre divergente es una colección de diez relatos obra de Marc R. Soto, mezclando inéditos y ya publicados. Son once, en realidad, si contamos la narración que los relaciona en forma de fix-up. La mayoría de ellos se podrían encuadrar dentro de los géneros de terror o de exploración psicológica del crimen. El autor es una de las nuevas figuras a seguir en lo que se refiere al relato corto de género fantástico, como atestigua la respetable cantidad de narraciones que ha conseguido colocar como ganadoras o finalistas de algún premio literario.

Elia Barceló, autora del prólogo, compara al autor con Stephen King. He de decir que siento un enorme respeto por la habilidad como contador de cuentos de King, a pesar de las críticas negativas que cosecha, a veces justificadas por los altibajos de calidad en su demasiado abultada producción y a veces motivadas simplemente por su popularidad. Por ese motivo acojo con total escepticismo cualquier comparación con él. Hay muchos que quisieran escribir como King –al menos cuando está en forma– y casi ninguno que lo consiga. No obstante, he de admitir que tras leer los relatos he llegado a comprender y compartir lo que dice Elia Barceló. King tiene una marcada habilidad para crear personajes cercanos al lector, que parecen verosímiles, que tienen preocupaciones y reacciones con las que podemos identificarnos. Ello motiva que realmente nos importe lo que sucede a sus protagonistas, con lo cual una historia de terror ya tiene mucho ganado, pues será fácil que nos involucremos en la misma. Algo de eso tiene también Soto. Sus personajes, por mucho que sean españoles en vez de naturales de Maine, parecen igualmente reales; es muy fácil para el lector identificarse con ellos y preocuparse por su suerte.

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World War Z, de Max Brooks

World War Z

World War Z

En 1968, basada libremente en la novela Soy leyenda, de Richard Matheson, llegó a la gran pantalla una película destinada a sacudir y revitalizar los cimientos del terror en el cine y la literatura. El film en cuestión se titulaba La noche de los muertos vivientes; y los padres de la criatura, George A. Romero y John A. Russo, se ganaron con él un lugar de honor en el Olimpo particular de los aficionados a disfrutar pasando miedo. Casi cuatro décadas más tarde, en septiembre de 2006, uno de estos aficionados decide rendirle tributo a la obra de Romero con una novela destinada a convertirse en éxito de ventas desde el momento mismo de su gestación. Nace así World War Z, del neoyorquino Max Brooks. Y digo bien, WWZ es un sentido homenaje a Romero y «sus» zombis, no tanto a Russo y los suyos, por motivos que expondré a continuación.

Impulsada por la buena acogida de la ópera prima de su autor –The zombie survival guide, 2003–, así como por el relativamente reciente redescubrimiento de la temática zombi entre escritores y cineastas, WWZ se gana rápidamente el beneplácito de críticos y lectores por igual con una decidida «vuelta a los orígenes», saliéndose a propósito de la nueva carretera que intentan asfaltar películas de reciente cuño como Resident evil, 28 días después, Slither o Planet Terror. Los zombis que nos ofrecen éstas y otras obras contemporáneas se apartan del canon involuntariamente establecido por George Romero y abrazan sin disimulo algunas de las bases sentadas por John Russo en su obra individual, caracterizada principalmente por dos factores: sus muertos vivientes retienen la capacidad de correr, y su estado se debe a una causa reconocible, a veces incluso reversible. Los zombis de Max Brooks, sin embargo, tienen más en común con los de Romero: caminan a duras penas, arrastrando los pies y con los brazos levantados, entre gemidos, y el origen de la infección permanece envuelto en las nieblas del misterio. Para ellos sólo existe una cura posible, y ésta pasa por la destrucción de su cerebro.

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Guardianes de la noche, de Sergey Lukyanenko

Guardianes de la noche

Guardianes de la noche

Junto a nuestro mundo existe el Crepúsculo y entre los humanos se mueven los Otros. El Crepúsculo es un lugar tenebroso, un mundo superpuesto al nuestro al que sólo se puede acceder caminando a través de tu propia sombra, que se alimenta de la energía vital de los que entran en él y que transforma para siempre al que traspasa sus límites. Los Otros, los únicos capaces de entrar al Crepúsculo, son los magos, los chamanes, las brujas, los vampiros, los licántropos; seres alineados desde tiempos inmemoriales en el bando del Bien y la Luz o del Mal y las Tinieblas. Después de miles de años de guerra, y ante la posibilidad de que su conflicto eterno terminase por destruir a la humanidad –de la que dependen y son parásitos– ambos bandos se ven obligados a firmar el Gran Pacto, que les obliga a mantener una tensa paz y un estricto equilibrio: cada acción benéfica de los Luminosos permite una reacción maligna de los Tenebrosos, y viceversa –si un Otro de la luz utiliza sus poderes para hacer el bien los Tenebrosos están autorizados a causar una cantidad equivalente de mal, y lo mismo ocurre al contrario–. Y para asegurarse el mutuo respeto a este pacto, crean la Guardia Nocturna –Luminosos que vigilan las acciones de los Tenebrosos– y la Guardia Diurna –Tenebrosos que controlan al bando de la Luz–.

Han pasado varias décadas desde aquel Pacto y la lucha entre luz y tinieblas no se ha detenido, tan solo se ha vuelto más sutil. Una y otra Guardia vigilan atentamente a su contrario a la espera de que sus agentes cometan algún desliz que les permita actuar; lo que antes era una lucha brutal y constante ahora es una maquiavélica partida de ajedrez entre Hesser y Zavulón, las cabezas visibles de los bandos del Bien y el Mal. En este, en realidad, primer volumen de una tetralogía –con el resto aún inéditos en nuestro país– asistimos a tres de estos encontronazos en la forma de tres novelas cortas conectadas entre ellas por sus protagonistas –la Guardia Nocturna de Moscú y, en especial, Antón Gorodetski, un agente de perfil bajo y mago de poca categoría– y por una trama general que sólo se hace evidente conforme avanza la historia y que, a la vez que las une en un todo, sirve como reflejo de la naturaleza conspirativa de las propias Guardias, para las que incluso el suceso más trivial puede formar parte de un plan mayor que los propios agentes –meros peones la mayor parte de las veces– son incapaces de percibir.

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¿Pueden suceder tales cosas?, de Ambrose Bierce

¿Pueden suceder tales cosas?

¿Pueden suceder tales cosas?

Ningún aficionado a la literatura de terror que se precie puede desconocer quien es Ambrose Bierce. Si a alguien no le suena este nombre, o se ha confundido de página o más vale que vaya corriendo a la librería más cercana a comprarse este libro y suplir semejante carencia, antes de convertirse en la rechifla generalizada del resto de los aficionados.

Poco puedo añadir sobre la figura del norteamericano que no se haya dicho. «Bitter» Bierce, como fue conocido entre sus contemporáneos –Bierce «el amargo»–, es el mejor cuentista de terror estadounidense entre Poe y Lovercraft, y está perfectamente a la altura de ambas figuras. Veterano de la Guerra de Secesión –donde fue gravemente herido y se forjó su carácter seco, misántropo y amargado–, periodista de prestigio en la costa Oeste, amigo de Jack London, polemista dueño de una lengua viperina, alcohólico, mujeriego… Un personaje de leyenda digno de uno de sus libros y que en su vejez partió para el México revolucionario donde desapareció sin dejar rastro, historia narrada en la película Gringo viejo –donde Bierce fue encarnado por el gran Gregory Peck–.

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