El secreto del orfebre, de Elia Barceló

El secreto del orfebreHace un par de años comentaba Leonís, la novela de César Mallorquí enclavada en la brumosa Umbría. Una ficticia región de España repleta de leyendas donde la realidad tiene unas fronteras difusas y el tiempo parece avanzar más lento, cuando no de manera caprichosa, ajeno a los ritmos del resto del mundo. De las cuatro personas detrás de su concepción el otro escritor que más ha explorado la región ha sido Elia Barceló. El secreto del orfebre es, junto a El vuelo del hipogrifo, su historia de Umbría más conocida y comparte algo más que un lugar narrativo con Leonís: ambas exprimen su potencial romántico para plasmar amargos relatos de amor que marcan a sus protagonistas durante décadas. También tiene mucho en común con Corazón de tango, una narración breve donde todos los elementos se encuentran tan interconectados que desvelar cualquiera de ellos conlleva dejar al descubierto detalles fundamentales de su evolución.

En el regreso de un orfebre a su pueblo para vivir una historia de amor mientras revive otra del pasado, tal y como se cuentan las dos, desde el recuerdo, no hay nada nuevo. A las pocas páginas cualquier avezado lector habrá descubierto las claves del argumento. El secreto del orfebre se desenvuelve a otro nivel, lejos de alambicamientos, a través del relato subyacente sobre una pasión indeleble que transforma dos existencias irremediablemente.

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Aurora, de Kim Stanley Robinson

AuroraEl tema de los personajes en las novelas hard es un clásico en los debates de ciencia ficción. Utilizadas muchas veces como un vehículo para explorar ideas desde un rigor científico con mayor protagonismo casi que la propia historia, este aspecto ha sido criticado con regularidad desde dos extremos: bien cuando los personajes son vulgares caricaturas presentes por la simple necesidad de tener unos protagonistas para impulsar el argumento deseado; bien porque esos personajes pretenden ganar entidad a raíz de insuflar exceso en sus vidas. Un ejemplo evidente de lo primero sería Tau Cero, de Poul Anderson, tal y como la describe Alberto Cairo en su crítica en Bibliópolis. De lo segundo serviría cualquier novela de Robert J. Sawyer con sus indefectibles protagonistas bajo la presión de un acontecimiento traumático (una violación, acoso sexual, la sombra del adulterio, una enfermedad incurable…). Aunque en su caso no estemos ante un “hard” en sentido estricto.

Llevaba más de una década sin leer una libro de Kim Stanley Robinson. Sin entrar a valorar su competencia en este asunto, siempre le había tenido más como un practicante de lo segundo. Suele explotar el conflicto entre sus personajes desde múltiples niveles (políticos, sociales, personales) en aras de convertirlos en portadores de unas ideas por las cuales el lector sienta un interés, tome partido, cambie su percepción… Sin embargo tras la lectura de Aurora, da la sensación de haberse entregado sin ambages a lo que Alberto Cairo ponía de relieve en su texto sobre Tau Cero. Palabra por palabra.

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Totoro oscuro

Esperando al Gatobús

Lo que viene a continuación no pretende destrozar infancias. Quien ame la belleza, inocencia y sencillez de Mi vecino Totoro, la extraordinaria película de Hayao Miyazaki de 1988, puede seguir haciéndolo. Pero me parece innegable que, como con tantas obras, la cinta animada que nos ofrece Studio Ghibli es tan abierta a la hora de mezclar imaginación y realidad, lo terrenal y lo mágico, que se presta a más de una interpretación; una de ellas, a la que voy a dedicar los siguientes párrafos, bastante más oscura que la lectura oficial y positiva.

Durante la primera hora apenas ocurre alguna cosa. No es una historia en la que en los primeros dos tercios la trama pese mucho. La película se dedica entonces casi a lo descriptivo: el japón de antaño y campestre, las dos niñas (Satsuki de 11 años y Mei de 4, que se mudan al campo con su padre mientras su madre permanece ingresada en un hospital de tuberculosos) y el descubrimiento de un mundo secreto que sólo las dos hermanas pueden ver, en el que tienen cabida unos duendes del polvo y el mundo de los tres Totoro (el principal y de mayor tamaño, que se desplaza en Gatobús, acompañado de uno azul y mediano y de otro blanco y pequeño).

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Pesadilla a veinte mil pies y otros relatos espeluznantes, de Richard Matheson

Los cuentos fantásticos completos de Richard Matheson

Disponer en España de un sello como Valdemar es una bendición. En su cuarto de siglo de historia no sólo se ha aupado a la posición de editorial de referencia en el género de terror. Lo ha logrado reuniendo dos facetas complicadas de sacar adelante: terror y clásicos. Basta mirar su catálogo para ser conscientes de esta proeza, no exenta de sus encontronazos con la terca realidad cuando se han alejado de esa línea, caso de la tristemente abortada colaboración con Es Pop o el parón de la colección de terror contemporánea Insomnia. Analizada desde otra óptica, si se establece una comparativa con otros géneros, su existencia también tiene algo de maldición. Cada anuncio de un nuevo título de su colección Gótica (o Frontera) pone de relieve el desolador vacío alrededor de la edición sistemática de clásicos en la fantasía y la ciencia ficción, una línea de publicación con escaso eco entre el público y una mayoría de editoriales entregadas a la celebración de la novedad y en cabalgar de ola de expectación en ola de expectación como si no hubiera mañana. En este contexto cobra especial importancia el catálogo de Gigamesh más allá de las obras más o menos completas de George R. R. Martin… del cual Pesadilla a veinte mil pies y otros relatos espeluznantes es su última pieza. El segundo y último volumen de los cuentos fantásticos de Richard Matheson iniciada hace dos años con Nacido de hombre y mujer.

A priori, la división entre ambos tomos parece hecha con tiralíneas para conseguir dos libros de un número de páginas equivalente. Sin embargo en cuanto el lector comienza a pasarlas descubre cómo, aparte de una decisión cuantitativa o meramente cronológica, hay otros factores involucrados. Aquí se recogen cuentos publicados entre 1955 y 1970, quince años en los cuales el volumen de ficción breve escrita por Matheson se atemperó respecto al lustro anterior. En estos años el autor de Soy leyenda diversificó su actividad profesional y dedicó tiempo a otros campos que hasta entonces no había tocado: la novela, el cine, la televisión… De ese cambio dan fe la propia estructura de la mayoría donde gana peso un lenguaje menos descriptivo, más centrado en una narración reducida a la mínima expresión, o una emigración temática desde la ciencia ficción hacia el suspense y el terror.

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Edición limitada, de Tim Maughan

Edición limitadaFata Libelli tiene por costumbre obsequiar a sus suscriptores con un relato largo. En la campaña de 2016/17 la narración elegida ha sido Edición limitada, si no me equivoco la presentación de Tim Maughan en España. Alfonso García ya había escrito sobre ella hace tres años cuando reseñó Paintwork. En dicho texto hacía mención a la fidelidad de Maughan hacia la ciencia ficción de los próximos cinco minutos. Esas historias prácticamente enclavadas en nuestro presente que exploran conductas y tendencias a través de una mínima proyección de algún elemento tecnológico, económico, social… que las magnifica y muchas veces deforma. Todo con la vista puesta en poner de manifiesto sus causas y sus consecuencias.

Edición limitada se desarrolla en las calles de Bristol en un Reino Unido postindustrial. Muchos de los objetos que ahora compramos en los comercios se descargan y elaboran en casa. Mientras, los centros de las ciudades se han convertido en permanente zona en conflicto donde los jóvenes de clase trabajadora participan en asaltos a los establecimientos que quedan retransmitidos por streaming a través de internet. Este relato cuenta uno de ellos desde el momento en el cual sus promotores, unos chavales cautivados por un anuncio de unas nuevas deportivas, organizan el ataque a una tienda para hacerse con las zapas. Un producto fuera del alcance de sus posibilidades, un ansiado objeto de deseo para lograr un cierto estatus.

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Zeroville, de Steve Erickson

ZerovilleLa conexión entre realidad y cine ha sido ampliamente discutida desde sus orígenes. Sin embargo no recuerdo haberla visto tan vinculada al corazón de una novela, y de manera tan perturbadora, como en Zeroville. La segunda obra traducida en España de Steve Erickson, un cuarto de siglo después de Las vueltas del reloj negro. Su faceta más atractiva se sostiene sobre la construcción de su protagonista, Vikar. Un tipo recién llegado a Hollywood poco después del asesinato de Sharon Tate, sus acompañantes y su hijo no nato a manos de Charles Manson en el verano de 1969, a tiempo para ser tomado por un miembro de The Family. Este pequeño encontronazo con las fuerzas del orden pone sobre la mesa sus problemas para pasar inadvertido donde destaca el tatuaje grabado en una cabeza perfectamente rapada: una representación de Montgomery Cliff y Elizabeth Taylor tal y como aparecían en Un lugar en el sol. Esta ilustración no sólo presenta su obsesión por el mundo del cine. A pesar de haber ganado varios Oscars veinte años atrás, el tatuaje es confundido con una imagen de los James Dean y Natalie Wood de Rebelde sin causa. Para su frustración, funciona como una medida de la cultura cinematográfica de ese Hollywood a caballo entre los 60 y los 70. Una gigantesca máquina de crear y consumir películas concentrada en el presente y desconectada de su pasado.

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El dios asesinado en el servicio de caballeros, de Sergio S. Morán

El dios asesinado en el servicio de caballeros<< Tienes el cadáver de un dios en el maletero >>

La frase, escrita de manera temblorosa en el brazo izquierdo de la protagonista, marca el inicio de una de las últimas novedades del sello de fantasía y ciencia ficción de Penguin Random House en castellano, Fantascy. En dicha sentencia se averiguan de antemano las tres principales características que se pueden encontrar a lo largo de su lectura: casos criminales a investigar, seres mitológicos desbocados e, implícitamente, el humor que impregna cada una de las situaciones de la obra.

El dios asesinado en el servicio de caballeros supone el estreno literario de Sergio S. Morán, exitoso guionista y autor completo de los webcómics de humor El Vosque y Eh, Tío, respectivamente. Y lo cierto es que para nada me ha recordado a una primera obra, gracias a su hábil unión de fantasía urbana muy internacional y alejada de tópicos castellanos, así como a un sentido del humor que, aunque a alguien le pueda parecer por momentos excesivo en cantidad, me ha resultado muy interesante en diversos momentos a costa de sacrificar el encasillamiento de la novela en un género concreto. El nombre de algunos de sus capítulos me servirán a continuación para repasar mis impresiones sobre el libro.

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Cuentos de lo extraño, de Robert Aickman

516tljxAabLHace algunos años descubrí a Robert Aickman gracias al blog de M. John Harrison, donde el gran escritor inglés afirmaba que “The Swords” era su cuento grotesco favorito. El cuento grotesco favorito de John Harrison tiene que ser la leche de grotesco, pensé, así que no tardé en hacerme con la antología donde aparece dicha historia; Cold Hand in Mine. Aparte del muy pertubador “The Swords”, el mejor cuento jamás escrito sobre perder la virginidad a cambio de dinero en una sórdida pensión de Palencia, recuerdo otros relatos estupendos como esa obra maestra del, no se me ocurre otra definición, gótico-absurdo que es “The Hospice” (imagínense que “La caída de la Casa Usher” acabase con el narrador esperando el autobús), o el excepcional coming of age vampírico, “Pages from a Young Girl´s Journal”.

En dicho volumen descubrí en Aickman a un cuentista en la tradición del fantástico anglosajón que tanto le gustaba a Borges, donde se podían reconocer influencias de Henry James o Arthur Machen, de estilo elegante y sutil, peculiar imaginación y, sobre todo, narrador fascinado por el misterio, sabedor de que es éste y no la explicación, lo que perdura. En general y con alguna excepción, se trataba de relatos ambiguos cuyo rasgo más característico era la detallada y oblicua construcción de los conflictos psicológicos de los personajes, cuyas vidas cotidianas y vulgares se enredaban en lo absurdo, lo fantástico y lo inquietante como si fuesen protagonistas de kitchen sink dramas góticos. Personajes que, como indica certeramente Andrés Ibáñez en el prólogo de este Cuentos de lo extraño, citando The Enciclopedy of Fantasy de John Clute y John Grant; “no son capaces de entender al fantasma con el que se enfrentan debido a que dicho fantasma… es una manifestación, un retrato psíquico, de su incapacidad para comprender sus propias vidas”. Relatos, además, cuyo estilo terso y engañosamente sencillo es una trampa para los lectores, que confiados en transitar por caminos conocidos, acabamos perdidos en el corazón de un bosque oscuro y amenazador.

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La maldición de Lono, de Hunter S. Thompson

La maldición de LonoEn los últimos años hemos sufrido el aumento de columnistas que, con cierto aire descarado y bastante demagogia, aportan afilados comentarios con el propósito de aumentar las visitas de sus blogs y secciones en los periódicos. Normalmente enumeran como referencia a los grandes clásicos españoles, ¿quién no quiere ser Larra?, pero resulta evidente que el influjo mayoritario proviene de Hunter S. Thompson.

Sexto Piso ha publicado con La maldición de Lono otra muestra de lo que fue Hunter S. Thompson. Hasta su anuncio no conocía su existencia y reconozco que desde ese momento he ansiado leerla. El volumen es una pequeña joya en su edición, un libro comodísimo de leer, bien ideado y maquetado tomando en cuenta que mezcla reportaje, extractos de otras obras, correspondencia personal del autor y alguna fotografía. Lo mismo se puede decir de la traducción de Jesús Gómez Gutiérrez: impecable y sin desmerecer al estilo del autor.

El maestro del periodismo gonzo fue una persona excesiva, tal y como se puede comprobar en cada página del autor: en todos los reportajes su carácter y visión resultan ineludibles e invasivos. No habla de lo que ve, sino de cómo lo vive; y sobre todo, no busca ningún mensaje ni finalidad. Llega un momento en el que sólo quiere solucionar los problemas creados por él mismo.

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Siete casas vacías, de Samanta Schweblin

Siete casas vacíasEs fácil dejarse llevar por el entusiasmo cuando una autora escribe un relato como Distancia de rescate. Un texto donde forma y fondo van indisolublemente unidos a la hora de construir una obra de misterio excelentemente asentada sobre ambos. De ahí la curiosidad por comprobar la pericia de Samanta Schweblin en historias más breves lejos del terreno del fantástico como las de Siete casas vacías; una colección de relatos galardonada con el IV Premio de Narrativa Breve Ribera de Duero y publicada por Páginas de espuma.

Ya el primer relato, “Nada de todo esto”, es una buena piedra de toque que nos pone sobre la pista del registro desarrollado por Schweblin en las seis piezas siguientes. Introduce a una madre y a su hija mientras recorren los suburbios acomodados de una ciudad para ver las casas y experimentar, de alguna manera, un modo de vida para ellas vedado. Parecen moverse desde la distancia, sólo por casas vacías, hasta que la madre comete un “error” y termina entrando en una habitada. Una transgresión a partir de la cual la rareza de la situación se revuelve sobre sí misma, llevando la narración hacia un terreno incómodo, con un aire insano que entra en resonancia con las expectativas del lector.

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