En las sociedades esclavistas de la Antigüedad, la esclavitud se consideraba la alternativa «humanista» al genocidio de los pueblos derrotados y, como ocurría en Roma, llegó a convertirse en uno de los pilares económicos del Imperio. Cosa que no provocaba ningún tipo de conflicto moral entre nuestros ilustres antepasados. El mismísimo Aristóteles, popular intelectual de la época, definía a los esclavos como «herramientas que hablan» negándoles así su capacidad de pensar y, por tanto, la identidad propia. Felizmente superados aquellos tiempos de trabajo no asalariado, no sería de extrañar que en un futuro se necesitara echar mano de alguno de estos venerables modelos de contratación de probada eficacia. Pero de un modo más tecnológico. ¿Qué ocurriría si la expansión humana por el Sistema Solar exigiera nuevas herramientas, herramientas que hablaran? ¿Cómo sería su estatus de ciudadanos y nuestra relación con ellos? ¿Conservarían una psicología humana? ¿Cuál sería el precio a pagar por la conquista del espacio? ¿Y la conquista de la libertad? Éstas son más o menos los interrogantes que se plantea Historia natural de la británica Justina Robson, una space opera de la escuela británica a medio camino entre Un mundo feliz, Cismatrix y el enfrentamiento mutante/humano de la Patrulla X.
Operación Proteo, de James P. Hogan
Sospecho que James P. Hogan a la hora de escribir Operación Proteo no se propuso, en ningún momento, revolucionar la ciencia ficción o crear una obra literaria perdurable y emocionante. Y, desde luego, lo consiguió; este libro no es ninguna de estas cosas. Creo, más bien, que intentó elaborar un producto de consumo rápido sin mayor trascendencia y cuyo único objetivo fuese hacer pasar un buen momento a un lector cómplice que buscase una obra de evasión sin pretensiones, un pasarratos destinado a unas vacaciones playeras o a un viaje largo de tren o avión. Y en este sentido, he de reconocer que Hogan acierta de lleno. En efecto, Operación Proteo se lee, a pesar de su tamaño, en un suspiro y proporciona una sana e inocua diversión que se olvida tan pronto como uno cierra la última hoja. Nada en este libro es perdurable ni digno de reseñar. Pero, igualmente, es difícil no dejarse atrapar por la historia y leerla con una sonrisilla de deleite en la cara.
Operación Proteo, por tanto, tiene más que ver con los bestseller al uso que con la ciencia ficción con pretensiones. Es cierto que en esta novela hay un cierto aroma a Cronopaisaje de Gregory Benford, pero, siendo sinceros, pesa más la parte de superventas que la especulativa: múltiples personajes de una pieza y más bien planos, variados escenarios, tensión sin límites, buenos intachables y malos de tebeo, continuas vueltas de tuerca, romanticismo, acción, falta total de verosimilitud –sin complejos, eso sí– y, cómo no, el consiguiente final feliz. De hecho, tengo la sospecha de que esta novela podría haberse escrito sin la parte de ciencia ficción y funcionar casi exactamente igual; lo único que hubiera ocurrido es que en la librería se colocaría en la sección de hazañas bélicas en vez de en la de literatura fantástica.
The Devil You Know, de Mike Carey
Hay una serie en la línea adulta de DC Comics que me produce una tremenda admiración por aguantar al pie del cañón durante los casi 20 años que tiene ya este sello. Se llama Hellblazer y su protagonista es ese icono llamado John Constantine. Definir a Constantine no es una tarea fácil. Reconocible por estar inspirado en Sting y llevar un trasunto de traje de superhéroe –gabardina y cigarrito–, es el epítome de la labor de los guionistas británicos en el cómic americano: un ocultista feo pero con carisma, sucio en sus maneras y formas pero limpio en su interior, un idealista disfrazado de cínico que tiene que lidiar con un submundo que tiene más monstruos que las siete temporadas de Buffy la Cazavampiros. O, lo que es lo mismo, un superhéroe de los de toda la vida que en vez de estar destinado para el consumo de adolescentes es para adultos.
Esto queda patente en que el personaje lo creó nada más y nada menos que Alan Moore en las páginas de La Cosa del Pantano, y por él han pasado todos los buenos guionistas británicos de los últimos años: Jamie Delano, Garth Ennis, Warren Ellis e, incluso, en muy menor medida, Neil Gaiman y Grant Morrison. Un trabajo que poco a poco ha dado más y más vida a este «mago» natural de Liverpool. Después llegó Brian Azzarello que simplemente no supo qué hacer con el personaje… pero Mike Carey –con negrita– recogió el testigo y volvió a llevar a Constantine a lo más alto. Por eso, y por haber escrito la mejor novela gráfica de 2004 –Creo en Frankie–, no me lo pensé dos veces al adquirir The Devil You Know cuando me topé con ella en la estantería de los más vendidos de una librería especializada de Londres. Porque si Mike Carey era la mitad de bueno en prosa que en la historieta me lo iba a pasar en grande.
Los hijos de Anansi, de Neil Gaiman
Es una verdad generalmente aceptada dentro de la literatura que los personajes activos son los más interesantes. No es el caso de Gordo Charlie, un personaje que logra ser interesante a la vez que exageradamente tímido. Charlie emplea más energía en avergonzarse de faltas reales o imaginadas y en pedir disculpas innecesarias que en hacer cosas. No es gordo, pero vaya donde vaya le resulta imposible librarse del mote que le adjudicó su padre.
Ahora Gordo Charlie va a casarse y, obligado por su novia, intenta contactar con su padre e invitarlo a su boda. Desde el punto de vista de ella no hay mejor ocasión que una boda para que Charlie recupere el contacto con su familia. Padre no hay más que uno, al fin y al cabo. Charlie, en cambio, sabe que en el caso de su padre incluso uno es demasiado. Porque el Sr. Nancy es todo lo contrario que Charlie: juerguista, mujeriego, bromista… en resumen, la quintaesencia de todo aquello que Gordo Charlie encuentra embarazoso.
Los vientos del olvido, de Ángel Torres Quesada
La experiencia que dan los años de oficio afortunadamente se notan. En un oficio tan antiguo como éste de contar historias, eso se traduce en saber encontrar las claves del relato para mantenerlo vivo y, así, cautivar al lector.
Los vientos del olvido parte de una premisa sociológica realmente impactante: en un futuro cercano, cansados del fanatismo religioso musulmán, las otras religiones comienzan un exterminio brutal, que erradica a los practicantes de dicha religión de la Tierra. Sin embargo, unos poco logran escapar y llegan a otro mundo, donde comienzan una nueva vida renegando del planeta madre y de la tecnología. Muchos siglos más tarde, el narrador nos lleva a ese nuevo planeta, ar-Rasul, y nos cuenta un relato de aventuras, ubicado en una especie de Edad Media medieval con leves toques de fantasía.
El fuego elemental, de Martha Wells
La fantasía es un género polivalente: tanto se ha utilizado para enriquecer o complementar algunos aspectos de ciertas novelas como para proporcionar una visión más entretenida de un viejo argumento. Esta segunda faceta es la que Martha Wells ha utilizado para presentarnos su primera novela –la segunda publicada en castellano–: El fuego elemental. La autora nos propone una mezcla uniforme entre la aventura de capa y espada al estilo Dumas y la fantasía feérica, combinando con gracia los elementos característicos de ambos subgéneros: la intriga cortesana, la envidia, traiciones y amores secretos de palacio con la magia de las hadas, de los hechiceros, de los mundos fantásticos. La misión principal de esta combinación es sólo una: el entretenimiento puro y duro
Wells se inspira en la Europa del siglo XVII, sobre todo en la Francia descrita por Dumas en obras clásicas como Los tres mosqueteros –el paradigma de la novela de aventuras– y no se esconde en ningún momento. De hecho, buena parte de los nombres propios de personajes o de los topónimos recuerdan muy directamente al idioma francés –aunque la Reina tenga el nombre de una ciudad italiana–, y también se basa en los reinos feéricos de tradición anglosajona. El hecho de que aparezcan hadas –ni que sea de cariz muy secundario– bastante conocidas como Titania y Oberón así lo evidencian. Además, su comportamiento a menudo errático, juguetón o maligno está extraído directamente de estas influencias.
La pistola de rayos, de Philip K. Dick
En algunos aspectos, el lector español de ciencia ficción puede considerarse afortunado. Por ejemplo, tomemos el caso de Philip K. Dick, quizás el mejor escritor que, hasta ahora, ha dado el género. De sus 38 novelas de ciencia ficción se han traducido 33, de sus cinco volúmenes con sus cuentos completos, tres, y de sus ocho novelas de narrativa mainstream otras tres. Desde luego, no está nada mal y es, dejando aparte el caso de Isaac Asimov o Arthur C. Clarke, el escritor más traducido y prolífico de los muchos que ha dado el género –otra cosa es que sus libros estén en catalogo a disposición del público, pero ese es otro asunto–. Lo cual no deja de tener su mérito si tenemos en cuenta que no es precisamente un autor fácil.
Ahora bien, la cruz de esta moneda es que si te has leído todo Dick olvídate de volver a encontrar obras maestras como Ojo en el cielo, El hombre en el castillo, Tiempo desarticulado, Dr. Bloodmoney, Tiempo de Marte, Ubik, Los tres estigmas de Palmer Eldrich o ¿Sueñan los androides con ovejas electrónicas?. Como bien ha explicado en múltiples artículos uno de los mayores expertos españoles en Dick, Juan Carlos Planells, lo que queda es más bien pobre y claramente menor. De ahí que la publicación de un inédito de Dick –aún quedan otros cinco– sea una buena noticia pero no tanto para el público general como para los entregados a la causa. La pistola de rayos no es el mejor Dick pero tampoco es, ni de lejos, el peor. Es un Dick menor –por mucho que se empeñe en lo contrario Albert Solé, el prologuista del libro– pero no es la mejor carta de presentación para un neófito que quiera iniciarse en este autor.
Axiomático, de Greg Egan
Se considera habitualmente a Greg Egan como un autor críptico, cuyo disfrute queda al alcance de una selecta minoría de lectores que se mantiene al día de los descubrimientos en disciplinas tan sugestivas como la física cuántica, la genética o la biotecnología. Matemático de formación y programador de profesión, se caracteriza por plantear tesis con una base científica verosímil y conducirlas, mediante un desarrollo lógico brillante e implacable, a regiones sombrías en el límite de nuestro conocimiento a las que no se nos ocurriría mirar… y no precisamente por nuestro desconocimiento.
Contra lo que cabría suponer, el peso de la narración en su obra no recae, a pesar de su innegable peso específico, en lo tecnológico y lo especulativo. Egan desarrolla sus historias a través de planos largos, necesarios para el estudio racional –de ahí la sensación de distancia y frialdad que transmite– de la evolución de los personajes, cuyos conflictos existenciales son catalizados a través de la tecnología.
El circo del Dr. Lao, de Charles G. Finney
Dándonos una vuelta rápida por las librerías podríamos llegar a la conclusión de que por fin disfrutamos de algo parecido a la normalización del mercado editorial de género fantástico. Al menos esa es la sensación que da la variedad de lo publicado en este momento –otra cosa es, ay, que se venda–. No sólo recibimos puntualmente las últimas novedades e hypes anglosajones, o lo más selecto del fantástico europeo incluido el del terruño, sino que además se están recuperando clásicos ocultos del género al-margen-de-dragones-y-elfos que uno pensaba que quedarían para siempre en el limbo de los inéditos o nunca reeditados: Entrebrumas, La nube púrpura, Riddley Walker, El tapiz del Sinaí y ahora ésta reedición de El circo del Dr. Lao –ya publicada hace muchos años por Bruguera–, la extraña y divertida novela corta de Charles G. Finney escrita durante los años de la gran depresión norteamericana.
En un caluroso y polvoriento mes de agosto llega a la insignificante ciudad de Abalone, Arizona, el circo del Dr. Lao. El acontecimiento despierta el interés de los habitantes del villorrio, microcosmos de policías ignorantes, funcionarios grises, abogados pedantes, inspectores de emigración, matrimonios de provincias, maestras reprimidas, fontaneros en paro y demás paisanaje. Todos se disponen a visitar el circo, pero sus expectativas de recuperar emociones vividas en la infancia se ven pronto defraudadas. Éste no es un espectáculo corriente: no hay payasos, ni acróbatas, ni malabaristas, ni elefantes amaestrados. En vez de eso se exhiben criaturas mitológicas supervivientes de una edad antigua y mágica: el famoso filósofo Apolonio de Tiana, adivinador y poderosísimo mago, un anciano sátiro, una Medusa, la Quimera, un huevo de Roc, una Serpiente Marina, un maravilloso Perro Verde, la Esfinge, y un oso. O un ruso. Incluso dispone de un picarón espectáculo de peepshow donde los adultos más atrevidos podrán ser testigos de cómo un gran dios africano recibe en sacrificio a una atractiva mujer noruega.
El gran retrato, de Dino Buzzati
Una pequeña editorial, Gadir, ha encontrado un modesto filón en la recuperación de las obras de Dino Buzzati, y el año pasado le llegó el turno a la reedición –tras 40 años fuera de las librerías españolas– de su única novela incondicionalmente de ciencia ficción, El gran retrato –sí tiene numerosos cuentos en esta vena, notablemente en la inencontrable antología Historias del atardecer–.
El intríngulis futurista de la novela no quedará de manifiesto hasta bien entrada su segunda mitad. Sí sabremos, hasta entonces, que el profesor Ermano Ismani debe partir, acompañado de su esposa, hacia una instalación secreta –cuyo ambiente evoca al de El desierto de los tártaros– con una misión poco especificada. Esa primera mitad de la novela es algo morosa y en ella Buzzati conduce la intriga hasta un punto difícilmente soportable por el lector, que se pregunta en medio de pistas contradictorias cuál es la tarea que Ismani debe afrontar en compañía de un grupo de científicos de primer nivel en medio de un secreto máximo.








