Aire, de Geoff Ryman

Aire

Cuando una novela llega avalada por multitud de premios de la ciencia ficción mundial: Arthur C. Clarke, British Science Fiction, Sunburst, James Tiptre Jr., finalista del Nebula, Philip K. Dick y John W. Campbell… o, lo que es lo mismo, la crítica y aficionados de Gran Bretaña, Canadá y buena parte de los Estados Unidos, es casi obligado pensar que estamos ante la obra de género más importante de 2006.

Geoff Ryman es un autor iconoclasta y posmoderno, preocupado tanto por el presente como por el futuro más inmediato. En España tiene publicados varios libros: El país irredento (Ultramar, 1991), premio Mundial de Fantasía y British Science Fiction 1986, y los recientes 253 (Grupo Editorial AJEC, 2007), premio Philip K. Dick 1999, y El jardín de infancia (Ómicron, 2007), premio Arthur C. Clarke y John W. Campbell 1989. En esta su tercera novela editada en el presente ejercicio –por lo que bien puede decirse que éste es el año Ryman en España–, el autor analiza las consecuencias derivadas de la implantación de una nueva tecnología de comunicación a escala global.

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Cristales de fuego, de José Antonio Suárez

Cristales de fuego

Cristales de fuego

Si nos encontráramos atrapados en el cuerpo de un tapir parlante que posee la mente y la personalidad de un escritor muerto tiempo atrás, autor de las aventuras de la franquicia de los Elfos Galácticos® quizás también asumiríamos su carácter cínico y los vicios de este curioso protagonista-narrador de Cristales de fuego, Simón Daldasarre. Si a este estrambótico personaje le añadimos un humano esclavizado mentalmente por un alienígena que no para de reventarse granos de pus, una investigadora planetaria que juega a diplomática y una serie de seres también extraterrestres cada uno más extraño y curioso que el anterior, tenemos el equipo ideal para protagonizar una buena comedia galáctica.

Pero el caso es que José Antonio Suárez no ha escrito una comedia, si no un space opera en toda regla: conflictos diplomáticos, grandes batallas espaciales, viajes por la galaxia, descubrimientos fantásticos, intriga, persecuciones… todo narrado con un dinamismo increíble donde se combinan tanto el humor sutil como los toques hard en un argumento que empieza con un despido improcedente para, poco a poco, transformarse en una historia de proporciones cósmicas.

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Jabberwock 2

Jabberwock 2

Jabberwock 2

La editorial Bibliópolis inaugura su nueva colección Bibliópolis antológica con el segundo volumen del anuario de ensayo fantástico Jabberwock. Esta nueva colección recoge el testigo dejado por Bibliópolis Bolsillo, mejorando no sólo en el tamaño sino también en el diseño y aumentando también la extensión. Jabberwock es sin duda un punto de referencia para todo aficionado a la literatura fantástica: por un lado es una excelente guía de lectura gracias a las críticas de las obras más destacadas publicadas el año anterior. Y por otro recoge una serie de ensayos y artículos que muestran el fantástico en todas sus vertientes. Todo ello coordinado por Arturo Villarrubia y Alberto García-Teresa los directores de este número.

Vemos que los ensayos se pueden dividir a priori en dos grandes bloques: unos los que afrontan el fantástico como herramienta para analizar la sociedad actual y otros los que estudian los límites del género y sus raíces comunes en el uso de distintos mitos e iconos. Dentro de la primera vertiente destaca el ensayo de Alberto García-Teresa “Las aventuras de Emmanel Goldstein. Usos ideológicos de la ciencia-ficción” donde analiza las obras, autores y corrientes literarias dentro de este género poniendo de manifiesto la carga ideológica que esconden, destacando los casos de obras y autores que rompen con la ideología conservadora mayoritaria, un ensayo muy esclarecedor y que desmonta los tópicos dentro de la ciencia ficción. Continuando esta línea de análisis político y social de la ciencia-ficción nos encontramos con el ensayo “La que está cayendo: lecciones para el mundo posterior al 11-S en la obra de Philip K. Dick” de Aaron Barlow, donde a través de la obra de Philip K. Dick analiza la esquizofrenia de la sociedad actual y el sometimiento del pueblo por el miedo al otro fomentado por los gobiernos, poniendo de manifiesto la vigencia de la obra de Dick. Es especialmente interesante la entrevista que realiza Arturo Villarrubia al escritor John Kessel, un autor comprometido socialmente que por medio del humor y de la provocación desarticula las falacias de los neoconservadores por medio de obras como American Apocalypse y El amor en tiempos de dinosaurios.

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The Tooth Fairy, de Graham Joyce

The Tooth Fairy

The Tooth Fairy

A menudo sostengo la hipótesis de que ciertos autores se equivocaron al asociar su nombre con la literatura fantástica o de ciencia ficción. Y no porque su dominio de esos subgéneros fuese pobre o inadecuado, sino por el sentido de injusticia cósmica que asalta a uno cuando escritores de calidad, inventivos y comparables a cualquier santón de las letras, como Disch, Crowley o Wolfe, se pasan la vida esforzándose en construir una obra que resista el paso del tiempo para que al final su existencia sea conocida sólo por cuatro jugadores de rol anclados en la adolescencia, que cuelgan en sus blogs fotos en las que salen manejando la espada láser de Star Wars y suelen estar de acuerdo con Goebbels en aquello de «Cuando oigo la palabra ‘cultura’ echo la mano a mi revólver».

Pero existen casos aún más flagrantes. Al fin y al cabo, Disch, Crowley o Wolfe cultivan unas formas exigentes, muy a menudo difíciles, saltándose a la torera los conceptos más tradicionales de «entretenimiento» y haciendo inevitable que los lectores sin ínfulas intelectuales se alejen de su producción. En cambio, autores como Graham Joyce se dedican a un tipo de novela de personajes cercanos, que pasan por experiencias universales, cuidando un tipo de narración accesible capaz de enganchar desde las primeras frases y de mantener hasta el final una atmósfera de intriga y misterio. Y sin embargo, Joyce sólo ha visto publicadas dos novelas en nuestro país, manteniéndose inédita toda su producción anterior que incluye libros tan sobresalientes como The Tooth Fairy.

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Guardianes de la noche, de Sergey Lukyanenko

Guardianes de la noche

Guardianes de la noche

Junto a nuestro mundo existe el Crepúsculo y entre los humanos se mueven los Otros. El Crepúsculo es un lugar tenebroso, un mundo superpuesto al nuestro al que sólo se puede acceder caminando a través de tu propia sombra, que se alimenta de la energía vital de los que entran en él y que transforma para siempre al que traspasa sus límites. Los Otros, los únicos capaces de entrar al Crepúsculo, son los magos, los chamanes, las brujas, los vampiros, los licántropos; seres alineados desde tiempos inmemoriales en el bando del Bien y la Luz o del Mal y las Tinieblas. Después de miles de años de guerra, y ante la posibilidad de que su conflicto eterno terminase por destruir a la humanidad –de la que dependen y son parásitos– ambos bandos se ven obligados a firmar el Gran Pacto, que les obliga a mantener una tensa paz y un estricto equilibrio: cada acción benéfica de los Luminosos permite una reacción maligna de los Tenebrosos, y viceversa –si un Otro de la luz utiliza sus poderes para hacer el bien los Tenebrosos están autorizados a causar una cantidad equivalente de mal, y lo mismo ocurre al contrario–. Y para asegurarse el mutuo respeto a este pacto, crean la Guardia Nocturna –Luminosos que vigilan las acciones de los Tenebrosos– y la Guardia Diurna –Tenebrosos que controlan al bando de la Luz–.

Han pasado varias décadas desde aquel Pacto y la lucha entre luz y tinieblas no se ha detenido, tan solo se ha vuelto más sutil. Una y otra Guardia vigilan atentamente a su contrario a la espera de que sus agentes cometan algún desliz que les permita actuar; lo que antes era una lucha brutal y constante ahora es una maquiavélica partida de ajedrez entre Hesser y Zavulón, las cabezas visibles de los bandos del Bien y el Mal. En este, en realidad, primer volumen de una tetralogía –con el resto aún inéditos en nuestro país– asistimos a tres de estos encontronazos en la forma de tres novelas cortas conectadas entre ellas por sus protagonistas –la Guardia Nocturna de Moscú y, en especial, Antón Gorodetski, un agente de perfil bajo y mago de poca categoría– y por una trama general que sólo se hace evidente conforme avanza la historia y que, a la vez que las une en un todo, sirve como reflejo de la naturaleza conspirativa de las propias Guardias, para las que incluso el suceso más trivial puede formar parte de un plan mayor que los propios agentes –meros peones la mayor parte de las veces– son incapaces de percibir.

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Gel azul, de Bef

Gel azul

Gel azul

La ciencia ficción mexicana, al igual que ocurre con la procedente del resto de hispanoamérica, es una gran desconocida para el lector español. Es una pena, porque la coincidencia idiomática se presta a un mayor intercambio cultural también en lo que se refiere al género fantástico. Sin embargo, la realidad editorial es la que es y no parece que vaya a cambiar a corto plazo. Por ahora nos tendremos que conformar con las ocasionales narraciones que nos llegan a través del premio UPC o con las contadas novelas que se publican, como la reciente Ygdrasil del chileno Jorge Baradit.

“Gel azul”, obra de Bernardo Fernández “Bef” publicada dentro de la colección Vórtice de Ediciones El Parnaso, incluye dos novelas cortas y un relato. La primera de las novelas cortas, que da título al libro, es una mezcla de cyberpunk con novela negra hard boiled, dos géneros que tienden a combinarse bien debido a la deshumanización que puede llegar a producirse en las sociedades en las que se mezcla la tecnología avanzada y la pobreza de amplios sectores de la misma.

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El hombre vacío, de Dan Simmons

El hombre vacío

El hombre vacío

Tras el éxito de sus últimas novelas de ciencia ficción, Ilión y Olimpo, era de esperar que Nova siguiese apostando por la obra de Dan Simmons. De ahí que en abril de este año se publicase El hombre vacío, si no me equivoco la única obra de ciencia ficción pendiente de traducción y con un cierto renombre debido a lo «inusual» de su temática: la telepatía. Un concepto que, tras su edad de oro en los años 40 y 50 –de la mano de escritores como Henry Kuttner, Alfred Bester, Isaac Asimov o Theodore Sturgeon–, y alcanzar su culmen a comienzos de los setenta con Robert Silverberg y Muero por dentro, había caído en el olvido –a pesar del uso que de ella han hecho otros autores como Marion Zimmer Bradley o, de nuevo, Isaac Asimov–. Muchas expectativas que, parcialmente, terminan en agua de borrajas: además de no aportar nada nuevo, las dos secuencias en las que se divide la novela no quedan del todo conjuntadas.

Jeremy Bremen es un profesor universitario que acaba de perder a su mujer, Gail. Ambos compartían una cualidad, la telepatía, que les había permitido conocerse y comprenderse con una profundidad mayor que cualquier otra pareja. Desolado y sin ganas de vivir, corta con su trabajo, quema su casa, se deshace de su pasado y se refugia en un pantano de Florida para aislarse de lo que denomina neurocháchara, los pensamientos de los que le rodean, un caótico ruido de fondo del que se había librado junto a Gail y que, sin ella, amenaza con volverle loco. Cuando apenas han pasado tres días y está a punto de suicidarse, se topa con Vanni Fucci –el primero de los numerosos guiños a la Divina Comedia–, un mafioso de tres al cuarto que se está deshaciendo de un cadáver y que, al ser descubierto, se lo lleva para que un compañero con menos escrúpulos lo mate. Ahí comienza un descenso a los abismos de la condición humana que le lleva a recorrer medio país y a descubrir algunas respuestas a cuestiones que le preocupan desde hace años.

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¿Pueden suceder tales cosas?, de Ambrose Bierce

¿Pueden suceder tales cosas?

¿Pueden suceder tales cosas?

Ningún aficionado a la literatura de terror que se precie puede desconocer quien es Ambrose Bierce. Si a alguien no le suena este nombre, o se ha confundido de página o más vale que vaya corriendo a la librería más cercana a comprarse este libro y suplir semejante carencia, antes de convertirse en la rechifla generalizada del resto de los aficionados.

Poco puedo añadir sobre la figura del norteamericano que no se haya dicho. «Bitter» Bierce, como fue conocido entre sus contemporáneos –Bierce «el amargo»–, es el mejor cuentista de terror estadounidense entre Poe y Lovercraft, y está perfectamente a la altura de ambas figuras. Veterano de la Guerra de Secesión –donde fue gravemente herido y se forjó su carácter seco, misántropo y amargado–, periodista de prestigio en la costa Oeste, amigo de Jack London, polemista dueño de una lengua viperina, alcohólico, mujeriego… Un personaje de leyenda digno de uno de sus libros y que en su vejez partió para el México revolucionario donde desapareció sin dejar rastro, historia narrada en la película Gringo viejo –donde Bierce fue encarnado por el gran Gregory Peck–.

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El amor en tiempos de los dinosaurios, de John Kessel

El amor en tiempos de los dinosaurios

El amor en tiempos de los dinosaurios

La fiera de mi niña (Bringing Up Baby), la obra maestra del director Howard Hawks, es una de las mejores comedias de la historia del cine y la muestra más representativa de la llamada screwball comedy o comedia alocada que deslumbrara al público de todo el mundo allá por la década de los años 30. En ella, un ingenuo y algo despistado paleontólogo (Cary Grant) ultima la reconstrucción del esqueleto de un dinosaurio para el museo donde trabaja mientras organiza los preparativos de su boda con su secretaria, cuando irrumpe en su monótona existencia una adinerada y caprichosa heredera (Katharine Hepburn); a partir de ese momento, la impulsiva damisela hará lo indecible por hacer fracasar los planes del hombre de ciencia, dedicándole atenciones que culminan en continuos desastres, jugando con el equívoco y embaucándole en absurdas empresas como trasladar un leopardo –llamado precisamente Baby– a la mansión de su acaudalada tía. En resumidas cuentas, todo tipo de divertidas peripecias para constatar que ambos estaban hechos el uno para el otro.

El amor en tiempos de los dinosaurios (Corrupting Dr. Nice) repite idéntico esquema de situación que este clásico del séptimo arte, aunque en puridad sea más ajustado decir que adapta fielmente el guión de Las tres noches de Eva (The Lady Eve), de Preston Sturges, con el mínimo de cambios imprescindibles para ajustarlo al entorno futurista. Así, Genevieve (Gen) y su padre son dos expertos timadores que se ganan la vida desplumando incautos viajeros del tiempo. Por su parte, Owen Beresford Vannice es doctor en paleontología reconstructiva e investiga el comportamiento de sus amados dinosaurios en una estación científica en el Cretácico, un joven sin demasiado carácter ni habilidad social pero heredero de una de las mayores fortunas de Norteamérica. El día en que el bueno del Dr. Nice decide regresar al presente para hacer público sus resultados –y, de paso, enfrentarse a su padre para lograr su independencia– el azar en forma de accidente provocado por una cría de apatosaurio unirá para siempre los destinos de ambos jóvenes.

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Cuando los osos descubrieron el fuego, de Terry Bisson

Cuando los osos descubrieron el fuego

Cuando los osos descubrieron el fuego

A la hora de escribir este comentario, he recordado qué es lo peor que puede ocurrirle a una antología cuando se le debe hacer una reseña: que, al repasar el índice, sea necesario ir a la primera página de la mitad de los cuentos porque no quedó huella alguna de su contenido en la memoria. Esta observación, perfectamente aplicable a Cuando los osos descubrieron el fuego, puede parecer en exceso dura para un libro con momentos de verdadero interés, pero que tiene interminables páginas valle, el tipo de contenido solvente pero inane del que están repletas las revistas estadounidenses del género en la actualidad.

El retrato de Bisson como escritor que deja el volumen es el de un profesional aplicado, pero sólo ocasionalmente brillante, y demasiado amigo de fórmulas propias de talleres literarios –véase su abuso de las reiteraciones como recurso cómico– para sacar adelante su labor. No tiene un universo propio claramente definido, pero a cambio es capaz de realizar descripciones de escenarios estadounidenses contemporáneos bastante precisas, ofreciendo la sensación de que se trata de un observador costumbrista con posibilidades. En suma, un escritor legible, capaz de diseñar personajes al menos coherentes y carnales, pero cuya ausencia hasta el momento de las editoriales españolas no resulta extraña.

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