El zoo de papel, de Ken Liu

Terra Nova

Terra Nova

Acaba de aparecer el primer volumen de Terra Nova, la antología de relatos de ciencia ficción seleccionada por Mariano Villarreal y Luis Pestarini y editada por Sportula. Como tardaré un par de semanas en leerla (se aproxima el final del semestre y aún hay menos tiempo libre del que tenía hasta ahora), me gustaría comentar el único relato que he leído. El elegido para abrir la selección y, por tanto, una de las armas principales con las cuales los antólogos esperan atrapar al lector: “El zoo de papel”, de Ken Liu.

El cuento es muy breve y en él Liu toca las teclas necesarias para que se empatice con su protagonista. Algo especialmente sencillo para los lectores que no hayan tenido una relación cercana con alguno de sus padres, con momentos de incomprensión, alejamiento…, enfrentados a todo lo que supone el no haber podido solucionar el desencuentro antes de la muerte. Justo lo que le ocurre a su narrador que desgrana el matrimonio de sus padres, su infancia y la cercanía con su madre, el episodio que marcó su alejamiento, la muerte de ella y cómo se reencuentra con su memoria años después.

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Prophet: Remission, de Brandon Graham, Simon Roy, Farel Dalrymple y Giannis Milonogiannis

Prophet

Los locos y añorados años 90 señalaron el período creativo más fértil de Rob Liefeld, el reputado dibujante que, ya liberado de las ataduras y presiones de las grandes editoriales y convertido en artista total, dio a luz una galaxia de inolvidables personajes en un brevísimo espacio de tiempo, un subidón creativo de no te menees. Una de sus más desconocidas creaciones fue Prophet, cuya colección duró apenas veinte números y algún que otro especial. Prophet, John Prophet, un vagabundo convertido en supersoldado durante los años 30, gracias al típico suero del típico científico loco, que, ya metidos en faena, también le reprogramó el cerebro para el bien. Estos experimentos acabaron por convertirle en un bendito que se dedicaba a repartir estopa contra las fuerzas del Mal en nombre de Dios a lo largo y ancho de épocas y mundos. Pero, durante el transcurso de sus aventuras y por esas circunstancias de la vida del justiciero de tebeo, acaba criogenizado. Hasta que un buen día, dos personajes del seminal grupo Youngblood (otra inspirada creación de Liefeld) lo descongelan para que continúe la sagrada misión de pegarse con otro señor muy malo y sus esbirros. Pero la vida es muy puta, y la tiranía de las ventas más todavía, así que, aunque les cueste creerlo, Prophet volvió a dar con sus huesos en la nevera. En resumiendo, que me canso de copiar de la Wikipedia, estamos ante una versión mejorada del Capitán América pero con un depurado y atrevido estilismo; hombreras descomunales, melena alisado japonés a lo Melendi, protector de boxeo y musculatura que desafía los principios de la anatomía elemental, la geometría y la teología, rasgos todos ellos que condensan de modo ejemplar los innovadores recursos estílisticos del famoso autor.

Años después de que la colección quedara en el limbo de las obras de culto injustamente olvidadas (las cubetas de los tebeos de oferta), Liefeld recupera al personaje poniéndolo en manos de Brandon Graham y Simon Roy. Es un movimiento similar al ya realizado en el pasado con Supreme y Alan Moore, pero esta vez con autores indis. Image ya había ampliado su oferta tebeística con productos como Bulletproof Coffin, Orc Stain o King City (obra del propio Graham), así que, en una maniobra más vieja que el tebeo (risas enlatadas), ¿por qué no dejar a un personaje olvidado en manos de estos chicos, a ver qué pasa?. Como resultado, Prophet, que aunque conserva la numeración (el primer número de Graham y Roy es el 21), es un tebeo muy alejado de la propuesta de Liefeld. No me atrevería a afirmar categóricamente que mejor o peor, dejémoslo en simplemente diferente.

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Dreaming of Babylon, de Richard Brautigan

Dreaming of Babylon

Normalmente, se intenta que las reseñas que aparezcan en la página se ocupen de obras de género fantástico y afín, lo más actuales que se pueda dentro de nuestras posibilidades y, en mi caso, según me rote la boina en cada momento. Por eso me ha dado el capricho de traerles una novela de género negro, algo oscura y antigua, porque es divertida, es buena y conecta en cierto modo con nuestra afición a la cosa fantástica. Se trata de Dreaming of Babylon, de Richard Brautigan, una sátira del género negro publicada en España por Anagrama hace ya treinta años con el título de Un detective en Babilonia y, que, encima, no se ha reeditado desde entonces (Anagrama no la ha descatalogado, supongo que conseguirla será tan fácil como acudir a su librero de cabecera y que le pida el libro a la editorial).

Vaya por delante una confesión: me sonaba el nombre de Richard Brautigan pero poco más, llegué a esta novela por una referencia en la introducción de Perro Nick, el deslumbrante tebeo en el que el gran Miguel Gallardo desmonta los mecanismos del género negro. Pero resulta que, investigando por ahí, Brautigan, aparte de llevar una vida de lo más movida (creció en la pobreza absoluta, tiraba piedras a las comisarías de policía para que le metieran en la cárcel y así poder cenar caliente, electroshocks en hospitales psiquiátricos, depresión, alcoholismo, acabó pegándose un tiro), es también autor de un libro de culto en USA; La pesca de la trucha en América. Con lo que constatamos dos cosas, una, que estamos hablando de un escritor clave en la corriente contracultural de los años sesenta de las letras norteamericanas. Y dos; que este que les escribe, de literatura en particular y cultura en general va justito, justito.

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In the Penny Arcade, de Steven Millhauser

In The Penny Arcade

Allá por el 2004, la editorial argentina Interzona publicó varias obras de autores anglosajones de género fantástico en su línea C (no tenemos nada que ver) que sólo el amor puro e incondicional pudo inspirar. A saber; Paz de Gene Wolfe, Preparativos de viaje de M. John Harrison, El Azogue de China Miéville y así, de refilón, August Eschenburg de Steven Millhauser. Yo me los pillé todos excepto el de Miéville, con gran visión de futuro; la línea cerró enseguida y creo que la mayoría están descatalogados.

El caso es que por aquella época tenía en mente colocar aquí una reseña del Millhauser, porque era un tipo (para mí) desconocido y porque la novelita me sorprendió y gustó una barbaridad. Pero el tiempo pasa y pasa y uno está a otras cosas, se van los años a lo tonto y en fin, que de vuelta a esto del reseñeo a voleo y sin rigor, me acordé de August E. y la crítica que “debía”.

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Motor Lab Monqi, de Miguel Ángel Martín

Motor Lab Monqi

Tenía ya ganas de traer a Miguel Ángel Martín a esta página, un poco por provocar, lo confieso. No por la polémica afición del autor leonés por la temática escabrosa, sino porque considero que Martín es uno de los mejores autores de cf patria (a pesar de llevarle la contraria al propio autor, que niega hacer ciencia ficción). No de futurismo o prospectiva, sino del empleo de la ciencia ficción como herramienta para hablar del presente, del ser humano y del mundo que nos rodea. Y aunque casi cualquier obra suya puede recomendarse sin problemas (The Space Between, Rubber Flesh, The Fourth Wave, Playlove…) aprovecho la (ejem) reciente edición de Motor Lab Monqi para animarles a acercarse a la obra de Martín con la menor cantidad de prejuicios posibles.

Motor Lab Monqi continúa la saga de Brian (the Brain), personaje que apareció por primera vez en la tira Días felices, niño cabezón superdotado con el cerebro por fuera, cuyas aventuras infantiles se fueron desgranando en las sucesivas entregas de su propia colección de la línea Brut de La Cúpula. Dichas aventuras fueron felizmente reunidas en un solo tomo, simplemente titulado Brian the Brain, de imprescindible lectura para comprender este Motor Lab. Puesto que la historia de Brian toma forma de trilogía (infancia, adolescencia, y próximamente, espero, adultez), me disculparán si en la reseña hablo de ambas como si del mismo tebeo se tratase.

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Danza de dragones, de George R. R. Martin

Danza de dragones

Danza de dragones

Hace cuatro años era, como pueden suponer, un poco más joven. Tenía más pelo en la cabeza, vivía más cerca de Santander, trabajaba en un centro amenazado por cierre, solía leer más novelas de fantasía y, especialmente, tenía más paciencia con los libros de más de 350 páginas. Ahora mi cabellera ralea, vivo en otro continente, trabajo en un centro público con más de 2300 alumnos, prácticamente he dejado de lado la fantasía épica y, especialmente, he perdido la paciencia para leer cualquier libro que tenga más de 300 páginas.

Supongo que ya pueden imaginarse por dónde van los tiros de esta reseña.

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Mundo espejo, de William Gibson

Mundo espejo

Seguimos recuperando más reseñas “from the vaults”.

Hace mucho tiempo atravesé una época en la que, cuando veía una nueva novela de William Gibson en la librería, sabía que debería posponer todos mis planes para esa tarde. Trastorno mental que comenzó desde el mismo momento en el que me leí Neuromante de una sentada a lo largo de una tarde de domingo, después de adquirirla cegado por la ditirámbica crítica y posterior entrevista que Jacinto Antón le realizó al ídolo en El País. Por cierto, que grande Jacinto Antón, no sólo me descubrió a Gibson sino también a Gene Wolfe. Por no hablar de sus maravillosos artículos sobre arqueología o viajes decimonónicos.

El caso es que cuando cerré la novela, fue como si cayese desde el borde de un mundo que realmente existía, las neuronas felizmente intoxicadas por esa prosa de alta densidad poética en la que la acumulación de detalles te sumergía en un futuro naufragado donde la naturaleza había sido sustituida por una tecnología que, en las manos de Gibson, se convertía en algo mágico y misterioso. Luego vinieron las secuelas, perfeccionamiento y pulido de los conceptos manejados en Neuromante; Conde Cero, leída de una sentada durante toda una noche, hasta el amanecer. Y Quemando cromo y Mona Lisa acelerada, que adquirí yendo con la idea de comprar una entrada para los Buzzcocks. En fin, que se estarán explicando ustedes muchas cosas…

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Roco Vargas, de Daniel Torres

Roco Vargas

Dicen que el verano es época de relecturas. Para mantener la costumbre de publicar, durante este mes de vacaciones recuperaré semanalmente algunos artículos perdidos de mi antigua bitácora. En septiembre volveremos con más emociones. A descansar.

En Roco Vargas se recopilan los cuatro álbumes “clásicos” de “Las aventuras siderales de Roco Vargas”, publicados en los ochenta y antes del regreso a las estanterías del personaje hace ya bastantes años con el álbum El bosque oscuro. Con este regreso se trataba de convertir a Roco en protagonista icónico de una serie abierta al estilo francés, una vez que la historia del personaje había quedado completamente cerrada y resuelta al final de La estrella lejana. Por tanto, no me ocuparé aquí de esos cuatro álbumes (El bosque oscuro, El juego de los dioses, Paseando con monstruos y La balada de Dry Martini), de la época “moderna”.

La serie se inicia en 1984 con Tritón, un álbum donde Torres se encuentra todavía bajo la influencia total de Miguel Calatayud en lo gráfico, pero que sigue la escuela del tebeo de aventuras de toda la vida en lo narrativo. La historia no es más que un pastiche posmoderno de cachondeo a costa de la ciencia ficción más clásica, la de los años treinta, (el malo es un oriental del espacio que se llama Mung, no les digo más). Predominando el interés en lo gráfico, el álbum, ligero y de divertidos diálogos, es como tomarse un martini con media sonrisa y la ceja levantada mientras se lee a P.G. Wodehouse  y no presagia en absoluto lo que llegaría después. En esta historia, Roco se nos presenta como un aventurero espacial retirado (con los rasgos de Clark Gable) que lleva una doble vida regentando el exclusivo club Mongo y escribiendo ciencia ficción pulp bajo el seudónimo de Armando Mistral. Incluso tiene un mayordomo negr…, digooo, verde y marciano para más señas. La acción transcurre en un sistema solar de broma habitado por mercurianos, venusianos, marcianos…, en un ejercicio de revisión irónica de la cf de los años veinte y treinta, que abarca desde, por supuesto el Flash Gordon de Raymond, hasta los seriales de Buck Rogers pasando por la space opera de Van Vogt e, incluso, Burroughs (el de Tarzán, no el otro) bañado todo en la estética retrofuturista del Fritz Lang de Metrópolis o La mujer en la luna y los arquitectos locos de las vanguardias de los años veinte.

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El cementerio de barcos, de Paolo Bacigalupi

El cementerio de barcos

Zascandileando por internet, mientras buscaba información sobre El cementerio de barcos, me tropiezo con el término YA. El cementerio… es una novela YA, como Los juegos del hambre o la saga Crepúsculo o Harry Potter o las novelas de Phillip Pullman. Una entretenida y ágil novela YA, YA por aquí, YA por allá y que no me entero de nada (y eso que domino el internetés fluidamente, tanto hablado como escrito). Así que con el rigurómetro bajo mínimos, acudo a la Wikipedia y me encuentro con que YA es el acrónimo de Young Adult (fiction), o literatura dirigida al consumo del adolescente, esa criatura de edad comprendida entre los doce y los cuarenta años. Esto viene a ser como cuando la literatura femenina de toda la vida se convirtió en chick lit, es decir, en producto. Cuidao, que yo a tope con todo esto, soy perfectamente consciente de nuestro papel como consumidores de cultura. Bueno, que desbarro. En este artículo (pelín irritante cuando, en la sección “Historia de la YA” se trata La isla del tesoro, Oliver Twist o El señor de las moscas de novelas proto-YA, como si fuesen meras estaciones de paso en un proceso que culminaría ahora mismo con el esplendoroso presente literario Young Adult)  incluso analizan los temas más habituales de este género, subgénero o transgénero, la estructura de los argumentos, los personajes, los temas, en fin todo. Que estoy por copiarla y pegarla aquí y pirarme a leer unos tebeos.

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El rebaño, de César Mallorquí

Prospectivas

Prospectivas

En las faldas de los pirineos un perro, Brezo, mantiene la rutina que aprendió años atrás y pastorea un rebaño de ovejas. Día tras día, las saca del corral donde pasan la noche para llevarlas a los puertos. Mientras, a decenas de kilómetros sobre él, una IA de un satélite militar observa la faz del planeta e intenta recuperar el contacto con sus creadores. Ambos son los protagonistas de esta historia centrada en el último reducto de la civilización humana, extinta tras una epidemia global.

“El rebaño” es el relato más conocido de César Mallorquí, publicado en El círculo de Jericó y seleccionado tanto en La antología de la ciencia ficción española 1982-2002 como en la muy reciente Prospectivas. No lo considero su mejor pieza breve (“La pared de hielo” y “La casa del doctor Pétalo” me parecen todavía mejores), pero las tres veces que lo he leído me ha emocionado. Sus páginas están teñidas de un inexorable sentimiento de pérdida que gana momentum hasta explotar en un final que (me) deja con el corazón en un puño. Por los recuerdos que desencadena, por cómo enfoca el final de la civilización y por el encuentro que supone para sus protagonistas. Enormemente triste y, aunque parezca un contrasentido, luminoso.

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