Paz, de Gene Wolfe

Paz

Paz

Si hay una tendencia dominante en nuestra moderna cultura popular de acomodados occidentales es, sin duda, el guiño al pasado, la referencia, lo retro, la revisión irónica o el pastiche de coña. En definitiva, los muchos disfraces de la nostalgia. Las razones de tanto reciclaje varían en un no tan amplio abanico que iría desde la búsqueda de la complicidad inmediata del lector/espectador, pasando por la simple y llana carencia de ideas hasta llegar a la reinvención de nuevos modos narrativos cimentados en el rico acervo del género que toque. O quizá es algo más profundo y turbulento, más anclado en nuestro inconsciente; el deseo de huir de un presente confuso donde no hay nada seguro a lo que asirse, de revisitar los lugares en los que ya estuvimos fingiendo que, más o menos, somos los mismos de entonces. Lugares donde, en nuestro recuerdo, todo era seguro, nítido, brillante y nuevo. Pero la memoria es traicionera y peligrosa, recordar es engañarse y la nostalgia un acto desesperado con el que reorganizar la realidad, darle sentido y encontrar la paz.

Y Paz es el título de una de las mejores novelas de Gene Wolfe –el más literario de los autores vivos de fantástico anglosajón, el mejor estilista, quizá el mejor a secas–, la más cercana a la literatura general de toda su producción y donde con mayor precisión y habilidad emplea sus herramientas narrativas a la hora de explorar sus obsesiones –si exceptuamos la monumental y majestuosa El libro del Sol Nuevo–. Es la obra que ya parecía perdida para el lector hispanohablante, recuperada ahora gracias al buen gusto y la voluntad de riesgo de la editorial argentina Interzona

El protagonista de Paz es Allan Dean Weer, el solitario habitante de una hipertrofiada mansión construida según el plano íntimo de sus recuerdos, un hogar oscuro y abandonado, su particular palacio de la memoria. Fantasma despertado por la caída de un olmo, Allan no sabe si tiene cinco años o sesentaymuchos, pero sí que morirá de un infarto en el futuro y se complace en evocar los recuerdos de su infancia en Cassionsville, un bradburiano pueblecito del Medio Oeste norteamericano, ideal, ensimismado en un pasado mitológico de indios y colonos, cotilleos y abundante folklore oral. A medida que se van añadiendo más piezas al complejo puzzle de la memoria de Allan y vayamos pasando de la infancia a la juventud, y de la juventud a la madurez, nos iremos dando cuenta que quizá nuestro narrador no sea quien parece, que nos oculta algo, una muerte accidental, un crimen horrendo, una desazón interior. A pesar de que Allan nos apabulle con la vívida intensidad y el detallismo de sus recuerdos, sentiremos la evasiva picazón de su vergüenza, la ansiedad por encontrar un recuerdo al que aferrarse, que le conceda el perdón y el descanso. Pero no, su memoria le atormenta esquivando la clave que justifique y dé sentido a su alienación, a esa incómoda y helada sensación de vacío, de fracaso; la inmensa tristeza de una vida solitaria de oportunidades y amores perdidos.

Como en otras novelas de Wolfe el tema central de Paz es la naturaleza subjetiva de la percepción humana y la memoria como único lugar donde habitamos, puesto que el presente es difuso y fugaz y el futuro no existe. Pero la memoria falsea la realidad, ya sea por nuestra propia incapacidad de enfrentarnos a la verdad desnuda, ya sea por la intrínseca imperfección de nuestras percepciones. Ambas ideas toman cuerpo en la figura del “narrador falible”, ese protagonista habitual en la obra de Wolfe que no percibe su entorno clara y objetivamente y que nos engaña, oculta o tergiversa los hechos. Estas interacciones plagadas de interferencias entre la realidad y lo que nuestro cerebro procesa, son las que forman la textura “de vida real”, de verosimilitud, perseguida por Wolfe en su obra. Textura resultante de la tensiones mantenidas entre una forma narrativa de detallismo extremo, –de abundancia de anécdotas y situaciones incluso banales, de pequeños momentos emotivos– y la nebulosa historia principal tejida a base de grandes elipsis y narraciones inacabadas que son aludidas más adelante, como de pasada, dando nuevos significados a lo que hemos leído antes, como esos momentos vividos en la infancia que, al hacernos mayores, se ven bajo una nueva y reveladora luz. Pero al final no sabremos con certeza lo que le ocurrió realmente a Allan Dean Weer. La historia queda inconclusa, dejándonos con la imagen de una vida construida a base de retazos, rotos y desgastados por el tiempo, inconexa y profundamente imperfecta. Como la nuestra.

Asimismo en Paz se examina cuidadosamente otra de las obsesiones habituales de Wolfe; el escritor como embaucador –el otro “narrador falible”– y la narrativa como mentira más o menos elaborada. De cómo esas mentiras, esas historias, son, intrínsecamente, parte fundamental de nuestra memoria y, por tanto, de nosotros y de nuestras vidas. Nuestras percepciones se transforman en lenguaje y el lenguaje es el material base de la ficción y el mito. Y en Cassionsville la estructura cultural más importante son las historias; esas historias que no acaban nunca, que dan forma al pasado y a la memoria colectiva. Porque la narración es, como la memoria, una manera de intentar ordenar el mundo y encontrarle sentido. Pero de nuevo el lenguaje nos falla, las palabras distorsionan lo percibido, no representan con exactitud el mundo a nuestro alrededor. Y las historias son imperfectas, frustrantes, sin un final definido, probablemente falsas como los raros ejemplares de El Libro que Sujeta los Muertos que el señor Gold, el librero de Cassionsville, escribe y vende como auténticos a las universidades norteamericanas. Y cuando uno ha terminado la novela se da cuenta que Wolfe lo ha vuelto a hacer: lo que parece un relato de nostalgia dulce a lo Bradbury se revela como una tenebrosa y triste alegoría religiosa –recordemos que Wolfe es católico practicante– no sólo de nuestro tránsito vital sino de toda una raza humana caída en desgracia divina, que vaga por las cámaras de un cráneo vacío y polvoriento, interpretando infructuosamente un falso Libro de los Nombres de los Muertos, atormentados por el recuerdo del Paraíso, de una luz eterna desaparecida hace mucho tiempo ya.

Finalmente anotar que la traducción de Marcelo Cohen –traductor habitual de Wolfe para Minotauro si exceptuamos los dos primeros volúmenes de El Libro del Sol Nuevo– aunque capaz de conservar la densa y hermosa poética de Wolfe, peca de excesivamente argentina; bañadera, departamento, living, fábrica de jugos, bombacha, pichincha, anotador (por cuaderno de notas)… Cosa comprensible al tratarse de una edición, imagino, en principio pensada únicamente para el mercado de allá. Pero yo les aviso, por si acaso.

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