Algunas ideas tangenciales sobre Terra Nova

Terra Nova vol. 2Como conviene comenzar por las premisas, debo decir que considero Terra Nova uno de los proyectos más ilusionantes surgidos desde la esfera aficionada a la ciencia ficción en España (ver Nota 1 al final del texto). Hacía años, muchos, que no aparecía una publicación de esta envergadura dispuesta a parchear en la medida de sus posibilidades la brecha creciente en la traducción de relatos anglosajones de entidad. Además con la firme voluntad de editar las mejores obras breves escritas en nuestro idioma. Una combinación que explica el entusiasmo despertado por su primer volumen entre los lectores de base. Como es bien sabido, el título terminó promocionado a una editorial con un cajón de resonancia todavía mayor.

Ok, los lectores amantes de las narraciones breves están de enhorabuena pero ¿qué pasa con los escritores?

Cuando se presentó hace dos años, se abrió una nueva “ventana” para los autores interesados en escribir ciencia ficción. No abundan los espacios para publicar y con Terra Nova resurgió la oportunidad de ser editado en una antología que era algo más que cuatro colegas publicando para los amigos, familiares y blogueros hardcore. El paso a Random-House-Mondadori Penguin-yo-qué-sé-más otorgó un impulso y una capacidad de difusión como no se veía desde hace 30 años. Lo menos.

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La aldea de F., de Las Microlocas

La aldea de F.Como cuenta Clara Obligado en el prólogo, la idea de La aldea de F. surgió del relato de Juan José Arreola “El guardagujas”; concretamente de un fragmento que narra el naufragio de un tren en un desierto tras el cual los pasajeros crean una comunidad alrededor de los restos. Un acontecimiento de una formidable carga alegórica se convierte en el punto de partida de un universo cincelado mediante un centenar y medio de relatos de entre tres líneas y página y media. Microficciones articuladas alrededor de cuatro núcleos temáticos (la aldea, la muerte, el amor, la infancia) que Eva Díaz Riobello, Isabel González González, Teresa Serván e Isabel Wagemann, Las Microlocas, abordan desde una miríada de ángulos.

En mi desconocimiento de la ficción efímera, La aldea de F. me ha ofrecido una perspectiva que no había probado hasta el momento: un lugar narrativo compartido con un enorme potencial; sus personajes, sus criaturas, sus situaciones… modelan un cosmos exuberante, maravilloso, heterogéneo según la visión y estilo de cada autora. Hay belleza en ese universo parcialmente abigarrado que van componiendo las historias a medida que cada microloca se acerca a temas similares desde sus diferentes formas de componer la literatura, o recogen elementos de historias precedentes para recrearlos según sus particulares códigos creativos.

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Terra Nova vol. 2

Terra Nova vol. 2

Un año después del primer Terra Nova nos llegó el segundo volumen, con un claro salto cuantitativo: más páginas, más autores, más traducciones. La principal artífice de este impulso es la nueva editorial bajo la cual se publica: el nuevo sello del conglomerado Penguin Random House Mondadori (¿me olvido de alguien?), Fantascy, que ha apostado por la antología seleccionada por Mariano Villarreal y Luis Pestarini como uno de sus buques insignias. La consecuencia más evidente se puede observar en la edición en papel de la nueva entrega: ha multiplicado su visibilidad varios órdenes de magnitud. Además, respetando el precio anterior, la edición electrónica está por debajo de los 4 euros; un acicate para cualquier lector con ganas de acercarse a la ciencia ficción más actual en formato breve.

Cualitativamente, sin haber leído al completo el primer volumen, me atrevo a decir que también hay una ligera mejora. Echo en falta historias de entidad equiparable a “El zoo de papel” de Ken Liu o “El ciclo de vida de los objetos de software”, pero el nivel medio está más cohesionado. Ayuda que más de la mitad de los once relatos sean extranjeros, además de la relativa “trampa” hecha con el material escrito en nuestro idioma; cuatro de las cinco piezas habían sido publicadas con anterioridad.

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La guardia de Jonás, de Jack Cady

La guardia de JonásEstoy un poco cansado de la diatriba etiquetas sí vs etiquetas no; uno de los chascarrillos periódicos en cualquier mesa redonda que lleve por título “Los límites de la literatura fantástica”, “Los géneros al inicio del siglo XXI” o “La hibridación como arma de choque ante la fiebre Z”. Son demasiados años en presentaciones o tertulias de diversa índole escuchando a autores cansados de cargar con esa marca de caín llamada gé-ne-ro. Independientemente de la opinión sobre el tema, hordas de lectores buscan esas referencias meridianas cuando van a comprar cualquier libro. Quieren una historia policíaca, de la revolución francesa, de naves espaciales, de aldeanismo raruno… aunque tienen un peligro…

Tomen como ejemplo La guardia de Jonás, número uno de la nueva colección de terror contemporáneo creada por Valdemar: Insomnia. Supongo que sus lectores, atraídos por la casa, la cubierta, el texto de cubierta trasera, esperan una historia de fantasmas en alta mar; algo relacionado con ese horror insondable que tan bien trabajó W. H. Hogdson o nos deslumbró en esa pedazo antología que lleva por título Mares tenebrosos. Pues bien. Como tantas otras veces, aquí han obtenido o van a obtener otra cosa. Relacionada, tangente, no necesariamente contradictoria, pero en otro sistema de referencias; leer La guardia de Jonás como una novela de terror ofrece los mismos réditos que buscar en Centauros del desierto una historia sobre la guerra de secesión. Tal y como cuenta en la introducción, Jack Cady puso en esta novela una serie de experiencias personales mientras sirvió en la guardia costera de EE.UU. en el litoral de Nueva Inglaterra a mediados del siglo pasado. Esta es una historia de marinos, un canto de amor a un microcosmos, el barco, enfrentado a una de las manifestaciones más hostiles de la naturaleza.

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Reina del crimen, de Megan Abbott

Reina del crimenNo abundan traducciones de novelas criminales norteamericanas protagonizadas por personajes femeninos. Aunque existen contraejemplos, su bajo-mundo parece reservado a machos alfa y/o perdedores con diversos grados de testiculina, en no pocas ocasiones compartiendo páginas con uno de los clichés más arraigados: la femme fatale. Dispuestos a zarandear el tópico, en su clausurada colección de literatura popular junto a Valdemar, Es Pop publicó tres novelas escritas y protagonizadas por mujeres: A la cara, de Christa Faust, Poesía cruel, de Vicky Hendricks, y esta Reina del crimen, de Megan Abbott. La idea era poner en circulación una serie de escritoras olvidadas por las grandes colecciones y, a la vez, ofrecer un punto de vista fresco y novedoso, alejado de los estereotipos en un género a veces excesivamente entregado a ellos.

Es curioso que esta reseña aparezca justo después de la de Alif el Invisible; la historia de Reina del crimen es otro bildungsroman con toques (tardo)juveniles. Su narradora relata su iniciación en el mundillo del hampa de la mano de una superviviente de la época dorada de la mafia de los años 30 y 40: Gloria Denton, la reina del título. En su confesión hay fascinación por el oropel del dinero fácil y los garitos de la aristocracia del crimen, pero también se respira el peligro de quien juega con fuego y al arrepentimiento de quien se introduce en un callejón sin salida.

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Los dientes de los ángeles, de Jonathan Carroll

Los dientes de los ángelesLos dientes de los ángeles es la cuarta novela de Jonathan Carroll que leo y profundiza en la ligera decepción que me supuso El museo del perro. Quizás sus dos primeros libros me dejaron una impresión equivocada; El mar de madera y, sobre todo, El país de las risas me parecieron apasionantes historias donde lo fantástico irrumpía la vida cotidiana de sus protagonistas. Además Carroll construía comunidades pobladas de personajes entrañables en su extravagancia; excepcionales cajas de resonancia tanto para los protagonistas como para sus inquietudes. Los dientes de los ángeles es fiel a lo primero pero prescinde de lo segundo. Olvídense de personajes con carisma, sus interacciones o situaciones potentes. Todos ellos han sido reemplazados por múltiples historias y anécdotas más próximas a las narraciones de autoay… terapéuticas a lo Jorge Bucay. Un cambalache que sólo puedo ver como una pérdida.

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Los nombres muertos, de Jesús Cañadas

Si me lo permiten, voy a comenzar con una pequeña “batallita” de fan. No me imagino lo que supone para un escritor dedicar un libro a uno de sus lectores. Sí entiendo mejor de la diferencia entre un simple garabato, más o menos parecido a una firma, y una palabras personalizadas. Sin embargo también tiene su atractivo una frase hecha que el escritor ha dejado y dejará en un porrón de libros cuando, de alguna manera, resume la parte de su narrativa que más te agrada. En este sentido recuerdo como si fuera ayer lo que Tim Powers escribió en mi edición de La fuerza de su mirada durante su visita a la Semana Negra en 2003:

This secret explanation. Cheers!

Es imposible condensar en menos palabras la peculiar manera de entender la Historia de Powers, una consecuencia de la acción de criaturas preternaturales, magia, oscuros complots… sobre personajes históricos más o menos cruciales. Teorías de la conspiración fruto de una imaginación enfermiza, de esa que no te importaría nada que estuviera detrás de los estúpidos enigmas regurgitados por Íker Jiménez y su tropa de freaks en Cuarto Milenio. Además, con ese cheers al final de la frase, captura la pasión de sus personajes por el alcohol.

Todo Powers en cuatro palabras.

Algo así podría poner Jesús Cañadas en las dedicatorias de ésta, su segunda novela. En Los nombres muertos se puede encontrar mucho de esa pasión por la historia dentro de la Historia y las explicaciones endiabladas. Aunque en este caso particular, su historia entre más a fondo en el campo de la ficción, la pirueta metaliteraria y la literatura pulp.

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Así es como la pierdes, de Junot Díaz

Así es como la pierdes

Junot Díaz no es un narrador prolífico; en su haber sólo cuenta con una novela, La maravillosa vida breve de Óscar Wao, y dos colecciones de relatos. Así es como la pierdes es la última de ellas, traducida hace unos meses y un tanto decepcionante. Apenas tres o cuatro de sus nueve relatos escapan de la mediocridad. El resto son meras repeticiones de un lugar común devaluado con cada iteración. Historias tan escasas de frescura y de sentido que ponen en tela de juicio cualquier proceso de selección que hayan podido atravesar.

El relato clave para entender Así es como la pierdes es “Guía de amor para infieles”. La historia de un hombre que engaña y pierde al amor de su vida para, durante cinco años, quedar marcado por su recuerdo. La manera elegida por el protagonista para desplegar su mapa de relaciones fracasadas resulta sumamente atractiva, con esa sorna caribeña tan característica de Díaz en la cual se suceden ingenio y autocrítica. Merece especial atención la imposibilidad del dominicano medio para mantener una relación monógama; un imperativo sociocultural, si no genético, observable tanto en su narrador como, sobre todo, a través de su mejor amigo: Elvis. Un antiguo soldado “felizmente” casado que mantiene una pseudofamilia paralela en la República Dominicana. Hay gotas de desarraigo, del peso de roles heredados y mucha añoranza de la vida tal y como debiera haber sido y no fue.

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Mundo simulado, de Daniel F. Galouye

Aunque tengo varios de sus libros desde hace años, no había leído ninguna novela de Daniel F. Galouye. Junto a Erik Frank Russell, Murray Leinster o Keith Laumer, un escritor de la vieja guardia de la ciencia ficción norteamericana apenas recordado por un puñado de fans con demasiadas canas en sus cabezas, muchas veces relegado a la condición de “artesano” o la etiqueta “Philip K. Dick de segunda”. Mundo simulado es su novela más conocida, con un cierto prestigio en nuestro país. Entre los 60 y los 70 fue editada al menos dos veces y figura en la lista de las 100 mejores novelas de ciencia ficción que publicó La Factoría hace una década. Además cuenta con una adaptación al cine, Nivel 13estrenada el mismo año que Matrix y con múltiples elementos en común.

Una vez leída, es fácil entender por qué su última traducción es de hace cuatro décadas. En su interior hay una ciencia ficción añeja, muy alejada de los cánones que han imperado en el género llegado desde EE.UU. Remite a otras historias, anteriores o posteriores, que han trabajado con los mismos ingredientes de una manera más exhaustiva, con menos clichés y más fortuna. Sin embargo Mundo simulado es, también, una serie B perfectamente autoconsciente repleta de ritmo y paranoia.

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1974, de David Peace

1974

1974

Hace tres años David Peace y su Red Riding Quartet aparecieron en mi radar gracias a dos sospechosos habituales. Primero tras esta breve reseña de su adaptación televisiva por parte de Manuel de los Reyes y, unos meses después, cuando Óscar Palmer escribió sobre la tetralogía completa antes de aparecer traducida por la competencia. Pero no fue hasta hace mes y medio cuando leí su primer volumen: 1974. Al principio con una cierta distancia; la novela no deja de ser otra investigación de un crimen atroz cometido contra una niña y presumiblemente relacionado con otros acaecidos unos años antes. Pero su historia me fue ganando para, llegado su ecuador, atraparme hasta el punto de leer sus últimas 225 páginas de una sentada. Un placer cada vez más esquivo en mi vida como lector.

A priori no se puede rascar mucho en el misterio detrás de los asesinatos. Sí que lo hay en el personaje que nos relata su investigación: Eddie Dunford. Un periodista de sucesos que ha retornado a West Yorkshire pocos meses antes y con su padre recién enterrado tras una larga enfermedad. Un reportero ambicioso con ganas de alcanzar metas más altas, hastiado del caso que ha cubierto en las últimas semanas, blanco de las chanzas del periodista estrella de su sección y atrapado por una serie de incidentes que le llevan a traspasar todo tipo de límites. La excepcionalidad de Dunford tiene mucho que ver con sus pies de barro, sus demonios en el desván y la manera elegida por Peace para revelarlos. Su narración en primera persona jamás deviene en una confesión a través de la cual autojustificarse o expiar sus pecados. De hecho, su lado oscuro queda expuesto sin asomo de dudas o arrepentimiento. Ahí está su relación con una de sus compañeras de oficina; su ángel guardián cuando agarra unas melopeas de órdago, a la que se folla sin miramientos, deja embarazada y a la que, con una crueldad heladora, recuerda qué salida debe tomar. La punta de un iceberg que vamos a explorar en todo su dantesco esplendor. Este es el abismo de 1974: observar una trama negra como pocas a través de unos ojos con desagradables zonas sombrías y con el que se puede llegar a empatizar en muchos momentos.

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