En una estación roja, a la deriva, de Aliette de Bodard

En una estación roja, a la derivaMi pequeña “historia” personal con Aliette de Bodard se reduce a sendos encontronazos con sus relatos traducidos en su momento en Terra Nova vol.2 y Cuentos para Algernon Año I. Por este motivo era reacio a acercarme al Ciclo de Xuya, el volumen donde Fata Libelli recopiló las narraciones breves de esta secuencia ucrónica en la cual navegantes chinos llegaron a la costa oeste de América antes del viaje de Colón, crearon una alianza con los mexica y alteraron la historia tal y como la conocemos. Aprovechando la venta final del último mes de vida de la editorial, me hice tanto con este volumen como con En una estación roja, a la deriva. La novela corta donde Bodard abordaba su particular interpretación de la aventura espacial en este universo. Y he quedado más satisfecho. No tanto por el trasfondo, un universo muy conservador en la línea del que, salvando distancia, veíamos en uno de mis bluffs más sonoros de los últimos años: Justicia auxiliar.

Es un poco frustrante cómo a estas alturas del siglo XXI, a la hora de trazar una space opera, la idea de imperio galáctico dominante mantiene la concepción propia de la edad de oro de la ciencia ficción. Aunque de Bodard se preocupa de acercarse desde una perspectiva chino-vietnamita, con una jerarquía y unas costumbres sociales que siguen unas pautas ajenas al lector occidental, ahí están ese emperador poco preparado para su labor y manipulado por sus consejeros; la opresión de los súbditos, la rebelión en diversas regiones, el sufrimiento de los habitantes de los planetas involucrados, los castigos desproporcionados… Un escenario más propio de una novela histórica o una de fantasía heroica, como si después de echarle unas partidas a cualquier Civilization no hubiéramos descubierto las bondades para el progreso de cualquier otra forma de gobierno. Sigue leyendo

Por qué me comí a padre, de Roy Lewis

Por qué me comí a padreLos últimos ejemplares regalados por Gigamesh en el día de la lectura suponen un pequeño catálogo de ciencia ficción breve con joyas como Bill, héroe galáctico o Qué difícil es ser dios. Sin embargo para 2017 la sorpresa vino acompañada con un cambio en el género; de los grandes autores de ciencia ficción a la recuperación de este Por qué me comí a padre. Una divertidísima sátira social escrita en 1963 por un Roy Lewis del que, creo, sólo había visto traducida otra novela en España: la ucronía en clave de comedia La verdadera historia del último rey socialista, traducida por Nora Muchnick hace más de dos décadas.

No es extraño que el blurb que acompaña al libro (“Es el libro más divertido que haya leído nunca…”) sea de Terry Pratchett. Por qué me comí a padre es un antecesor de su manera de enfocar la narración humorística y deformar no sólo una temática literaria concreta (el relato prehistórico, cuyo máximo exponente serían Los herederos de William Golding) sino alguna cuestión social relevante. En este sentido puede enclavarse en la tradición Swiftiana y, por lo tanto, se aleja de la visión Wellsiana de la ciencia ficción lo que, también, puede distanciar a lectores más interesados en este género tal y como ésta se entiende en la actualidad.

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La estación del crepúsculo, de Kate Wilhelm

La estación del crepúsculoAborrecer lo ocurrido en las últimas décadas con la mayor parte de los premios a la mejor novela de ciencia ficción concedidos en EE.UU. no implica quitar valor a muchas de las obras agraciadas con él desde sus comienzos. De la mano de esta sensación camina otra idea; cómo el paso del tiempo y la dificultad para conseguir algunos de ellos en España ha desdibujado su relevancia. La estación del crepúsculo, traducida por Bruguera como Donde solían cantar los dulces pájaros, me parece uno de los ejemplos más relevantes. Apenas fue publicada una vez en la primera encarnación de la colección Nova, allá en 1979. Jamás fue reimpresa ni en esa editorial ni en su heredera, Ediciones B, y su reedición por Bibliópolis con una nueva traducción tres décadas más tarde se hizo desde una cierta clandestinidad. A la deficiente distribución de la casa se le unió una imagen de cubierta fea a rabiar. Por si esto no fuera suficiente, ha aquejado el desconocimiento de la figura de una autora, Kate Wilhelm, con apenas tres libros y un puñado de relatos traducidos hace ya demasiados años. Que una novela como Juniper Time, incluida por David Pringle en su lista de 100 mejores novelas de ciencia ficción en lengua inglesa, no haya sido traducida mientras nos han llegado multitud de títulos de autores de medio pelo da que pensar sobre los motivos que han llevado a esta situación.

Y eso que las primeras páginas de La estación del crepúsculo son un tanto decepcionantes: un narrador omnisciente relata cómo una familia muy numerosa, los Sumner, se prepara para el fin de la civilización en un recóndito valle de Virginia. Para no caer en los ladrillos informativos, Wilhelm pone en primer plano la historia de amor entre los primos David y Celia Sumner, al principio no correspondido para después acercarse al rollo “te quiero pero no puedo estar contigo”. En paralelo muestra el contexto del drama: una civilización en colapso muy de los 70, en la encrucijada de la catástrofe climatológica, la hecatombe nuclear y el apocalipsis demográfico de Hijos de los hombres o El cuento de la criada. Los Sumner afrontan este final con el optimismo de los tiempos de La edad de oro. Su reducto autosostenible se abastace de todo lo necesario para culminar las investigaciones punteras sobre clonación e iniciar un proyecto para atajar la creciente infertilidad.

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Una cabeza llena de fantasmas, de Paul Tremblay

Confieso que cometí el error de ver El exorcista, la cinta seminal del subgénero de posesiones y familias amenazadas por entes diabólicos infernales, ya con veintimuchos y en plan listillo, así que he de reconocer que el relato de unos señores mayores fuertemente armados con rosarios, cruces, agua bendita y el Tubular Bells, enfrentándose a las gamberradas de un demonio que parecía un secundario de Desmadre a la americana o Los incorregibles albóndigas, no sólo no me impresionó demasiado, sino que además acabó por hacerme reír, convencido de que, muy probablemente, la película había sido generosamente financiada por el Vaticano. Visto ahora con la distancia y la serenidad de espíritu que da la vejez, es muy probable que la intención de William Friedkin fuese presentar de forma irónica el venerable relato que alimenta este subgénero; el de la autoridad divina y solar metiendo en vereda al impulso sexual femenino, libre y torrencial, que, sin la pertinente represión, amenazaría con sumir en el caos y la anarquía el orden social. Y es que si el género de terror anglosajón es, en general, y con excepciones, conservador en lo ideológico, este subgénero de posesiones, heredero moderno de la literatura gótica, es ya el epítome de los valores de la Iglesia y la reacción norteamericana; familias de bien amenazadas por demonios del averno que intentan subvertir el sagrado orden áureo familiar a base de tacos, gruñidos de death metal, chorreones de sangre menstrual y vómitos de colores. Algo que debió llamar la atención de Paul Tremblay,  a quien imagino lanzándose a escribir Una cabeza llena de fantasmas tras asistir a la popularidad de imitaciones aún más mojigatas de El exorcista, como El exorcismo de Emily Rose o las cosas de la factoría Wan, (mismamente, The Conjuring 2 debe ser una de las películas de terror más reaccionarias que he tenido el placer de ver recientemente). Pero, desgraciadamente, el resultado no está a la altura de las intenciones.

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Zona uno, de Colson Whitehead

Zona unoEl reciente Pulitzer a Colson Whitehead por El ferrocarril subterráneo se ha traducido en la recuperación de dos obras ya publicadas y hasta hace unas semanas fuera de catálogo: su personal guía sobre la Gran Manzana, El coloso de Nueva York, y esta Zona Uno. Una narración de temática zombie traducida en 2012 y reimpresa hace unas semanas por Destino. Como utilizar la etiqueta zombie estigmatiza casi al mismo nivel que decir que tocas el bajo en un grupo de agropop o escribes novelas post-románticas, al realizar las aclaraciones pertinentes sobre Zona uno se suele precisar que a) no parece un libro de muertos vivientes y b) lo importante es la parte literaria del texto. Se entienda lo que se entienda por esto. En ocasiones también se alude a c) lo mortalmente aburrida que resulta y d) la falta de carisma de sus personajes. Así, entrando por la directa.

A las pocas páginas ya es evidente cómo Zona uno se aleja de los patrones más trillados en los relatos de muertos vivientes. No en lo que suele resultar mejor recibido: el escenario. Whitehead se mantiene fiel al canon en su criatura, la imaginería y el resto de recursos argumentales: te muerden y después de la muerte te aguarda un regreso a la vida; los personajes se desempeñan entre los vestigios de la sociedad desaparecida; hay un atisbo de reconstrucción… Lo radical de su propuesta surge de su libro de estilo, en las antípodas a los grandes éxitos Z tanto en ventas nacionales (los inconsistentes Apocalipsis Z o Los caminantes) como foráneos (Guerra Mundial Z). Su mirada y, sobre todo, la manera de estructurar y contar su narración participan de estándares ajenos a la épica del superviviente o el giro en la trama. Mientras, cultiva un discurso concienzudo obsesionado con retratar el paisaje interior, la nueva sociedad tras el desastre y los vínculos de ambos con sus existencias anteriores.

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Potosí, de Ander Izagirre

En quechua Potocsi viene a significar gran estruendo. En castellano, eliminada la letra c, es sinónimo de gran riqueza. Ambas acepciones están relacionadas con el mismo lugar: cerro rico de Potosí. La montaña localizada en el altiplano boliviano de donde España obtuvo cantidades ingentes de plata entre los siglos XVI y XIX para, posteriormente, alimentar la fortuna de una serie de terratenientes y empresas mientras se mantenía a la población nativa en la más absoluta miseria. El relato de este proceso, desde la explotación de las primeras minas a la paupérrima situación de la extracción de minerales en la Bolivia actual, es el objeto de Ander Izagirre en este libro.

Potosí se articula en el territorio donde se encuentran el ensayo histórico y el libro de viajes. Izagirre se sirve de sus desplazamientos a esta ciudad para encontrarse con Alicia Quispe, una adolescente que vive y realiza todo tipo de trabajos en la canchamina del cerro, como encrucijada de los diferentes aspectos de este drama. Los vínculos entre la historia, la actividad económica de toda Bolivia y la minería, las transformaciones sociales iniciadas a mediados del siglo XX y los encontronazos con la política global de EE.UU. son algunos de los fenómenos emergentes en una descripción que constantemente fija su mirada sobre la extrema pobreza surgida a la sombra de la riqueza extrema.

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La historia de tu vida, de Ted Chiang

La historia de tu vida¿Qué ocurriría si pudiéramos implantar un dispositivo en nuestro cerebro que nos convirtiera en ciegos a la belleza humana? La idea sería conseguir un mundo más justo provocándonos voluntariamente una agnosia. Se terminaría con siglos de prejuicios basados en el aspecto externo. Prejuicios que no podemos controlar, pues estamos genéticamente programados para reaccionar favorablemente ante los signos externos de una pareja idónea para la reproducción. Industrias como la publicidad o la cirugía plástica se hundirían ante la imposibilidad de apreciar sus efectos. Por otra parte, si la gente guapa no pudiera valerse de su belleza para atraer a los demás, tendría que esforzarse para gustar de otra manera, tendría que desarrollar otras capacidades más allá de la simple apariencia. ¿Y qué pasaría si tu hijo tuviera una grave deformidad o una terrible desfiguración? ¿No querrías que creciera en un mundo en el que nadie lo rechazara por su aspecto físico?

Todas las variables del problema son analizadas en “¿Te gusta lo que ves? (Documental)“, uno de los relatos que se recogen en el volumen La historia de tu vida de Ted Chiang. Como si se tratara de la transcripción de un documental, partidarios y detractores debaten los pros y los contras de la caliagnosia ante la posibilidad de implantarla en un campus universitario. El tratamiento de un condicionante aparentemente superficial como es el de la belleza pronto toma una deriva de inesperadas connotaciones políticas y sociales. Yo diría, de hecho, que ésta es una de las grandes virtudes del autor: la capacidad para exprimir hasta la última gota todo el potencial del problema que plantea.

Parece ser que Ted Chianges un escritor de obra escasa. Informático de profesión, esta colección de ocho relatos cosechó, además de diversos premios, la adaptación cinematográfica del cuento que le da nombre, La historia de tu vida (La llegada, Denis Villeneuve, 2016). Si bien quizá cabría alegar que, aunque todos los cuentos son interesantes, su calidad literaria es algo desigual. En conjunto, da la impresión de que unos están escritos con más cuidado y dedicación que otros, pero en general resulta una lectura muy recomendable, a ratos hard, a ratos especulativa, con un toque steampunk.

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El alfabeto de fuego, de Ben Marcus

El alfabeto de fuegoLa extrañeza es un valor a la baja entre mis lecturas. Esas historias que transcurren en las zonas fronterizas donde las marcas de género se difuminan y ciertos detalles del escenario, el uso de sus elementos o el comportamiento de los personajes dan alas a una incomodidad reconfortante. Esta es una de las muchas razones por las cuales El alfabeto de fuego me ha resultado tan satisfactoria; cómo Ben Marcus ha jugado con mi concepción de lo que es o no ciencia ficción, retorciendo y empujando ciertas ideas previas a la manera de, en una acertada comparación de Ismael Martínez Biurrun, David Cronenberg en varias de sus películas. Sin duda el director de ExistenZ e Inseparables podría realizar una adaptación capaz de inducir en el espectador un nivel de desasosiego equiparable al que alienta su lectura.

El contexto de este drama familiar es desolador. Una degeneración física y psicológica asociada al lenguaje se extiende sin freno entre la población adulta de EE.UU. Mientras los niños continúan despreocupados con su día a día, la creciente incomunicación deteriora una convivencia ya de por sí complicada. El narrador, un padre en el área metropolitana de Nueva York, da testimonio de la desintegración de su familia, y por extensión de toda una sociedad. Una situación agravada por la entrada de su hija en la adolescencia y las rebeliones asociadas a esa etapa. El uso del tiempo pasado deja entrever que el proceso se ha detenido, si no revertido, y en el presente se conserva alguna forma de comunicación lingüística. Las 400 páginas que le lleva establecer su relato son su memoria de ese período apocalíptico.

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Clásico o polvoriento

¡Están vivos!

El acercamiento a la ciencia ficción de muchos medios generalistas con frecuencia se me antoja mohoso. Sirva de ejemplo la recomendación de títulos básicos de Kiko Llaneras en Jot Down apostando por una lista embadurnada en naftalina, sin resquicio a la más mínima sorpresa; no sólo entendida desde la actualidad sino desde una aproximación diferente a lo esperado/lo-que-debe-ser-porque-siempre-ha-sido-así. Esta atención al canon con la C de clásico y caballero mientras se olvidan las últimas tres décadas en las cuales la ciencia ficción se ha convertido en moneda común en las ficciones de cualquier tipo, contrasta con otros hechos difícilmente cuestionables.

Al poco de conocerse la muerte de Brian Aldiss me dio por comprobar en la tienda Cyberdark.net cuántas de sus obras continuaban en catálogo. El resultado no por esperado fue menos desolador: apenas aparecían Un mundo devastado y Enemigos del sistema, no precisamente entre lo más memorable de su bibliografía. Esta carestía se ha convertido en norma en un mercado donde, salvo excepciones muy contadas, los “clásicos” en reimpresión se reducen a unas decenas de títulos. Los nombres fuera de circulación son tan abracadabrantes como que algunos de los logros más destacables de la ciencia ficción de todos los tiempos, desde El libro del sol nuevo, de Gene Wolfe, a la obra de Octavia Butler, pasando por los relatos de Cordwainer Smith, James Tiptree, Jr. o Robert A. Heinlein, no sólo no están disponibles. Sin peli, serie de televisión o presidente de EE.UU. que les haga un blurb, ni se les espera. Queda el consuelo de las bibliotecas con fondo, la segunda mano, la lengua de Ursula K. Le Guin o medios alegales. Aunque en las librerías uno espera algo más que novedades.

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Barbagrís, de Brian W. Aldiss

BarbagrísLo escribió Julio Numhauser y la cantó Mercedes Sosa, aunque ya lo sabíamos desde Heráclito. Panta rei, todo fluye, todo cambia; en la realidad y en la vida, en las costumbres y los hábitos. Y en los pequeños asuntos cotidianos. Si se compara el mercado del libro actual con el del pasado se percibe enseguida un claro contraste. Aquellas tendencias que hace treinta años apenas comenzaban a vislumbrarse, hoy son imperio. La necesidad de estar al día, de leerse lo último, esa novedad de la que todo el mundo habla, ha pasado de mero postureo a obligación. Las editoriales se encargan de que la dependencia sea intensa y esté bien cubierta. No puede ser de otra forma en nuestra amada sociedad capitalista. El negocio es el negocio. El caudal insostenible de novedades, así como la obligación autoinfligida de leer lo que hay que leer, acaba provocando un cierto estrés a ambos lados del libro. Como “ritmo demencial” lo denunciaba el escritor Guillem López, ganador de los dos últimos premios Ignotus en la categoría de novela española, en un tweet reciente. “Un día de estos, alguien tendrá que plantear el debate, porque no es normal y no está bien”, acababa diciendo.

Lo cierto es que, antes del cambio de siglo, aun existiendo el normal interés por la novedad, no se llegaba a estos extremos. Entonces pesaban más los nombres antiguos que los nuevos, uno quería leerse antes a los escritores consagrados que al autor del último hit, comentar las grandes obras antes que las novedades. Buscabas primero en la biblioteca y luego en la librería. Ahora sucede al revés, el orden se ha invertido y realiza más estar leyendo (e informar de que se está leyendo) lo últimísimo que hayan puesto a la venta las editoriales o los autores mejor promocionados. Las novelas con más de diez años solo son rescatadas por sucesos ajenos: alguna iniciativa de club de lectura, una película o, como ha sucedido con El cuento de la criada, de Margaret Atwood, gracias al éxito de una serie de televisión. Y esta displicencia se da con los clásicos, a los que es difícil ignorar debido a su pervivencia en las listas o en los escritos de los críticos viejunos; si vamos un paso más allá, encontraremos que las novelas con solera cuyo pecado fue el de ser “solamente buenas” están, a estas alturas, casi enterradas.

Llama la atención ese desafecto por lo anterior, el hecho de que atraiga más una novedad cuya calidad está por ver que un libro cuya bonanza literaria ha sido confirmada tanto por numerosas opiniones como por su perdurabilidad. Más cuando el descubrimiento de esos libros añejos por parte del devorador de novedades suele acabar con exclamaciones de sorpresa y satisfacción. Desentrañar las causas de semejante fenómeno no es labor de este texto, pero sí tratar de recuperar uno de esos libros a dos pasos de la excelencia. El fallecimiento de Brian W. Aldiss y algún comentario sorprendente sobre su irrelevancia no me han dejado opción a la hora de elegirlo.

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