Verbum, selección de Susana Arroyo y Silvia Schettin

VerbumEn 2016 se publicaron tres antologías cuya lectura se me ha demorado un tanto: la selección de Concepción Perea para Fábulas de Albión, Cuentos desde el otro lado; el volumen recopilatorio anual de Cuentos para Algernon; y este Verbum, la primera colección de relatos escritos en castellano de Fata Libelli. Un selección heterogénea y con criterio donde destaca una labor de edición que para los más talluditos recuerda las tres últimas épocas de Artifex. Aquellas fantásticas selecciones de Julián Díez y Luis G. Prado (y Juanma Santiago en su última etapa).

Como todos los libros de la casa, sus primeras páginas recogen una introducción que sintetiza la propuesta de Susana Arroyo y Silvia Schettin. Aluden a cómo la globalización ha afectado a la literatura de fantasía, ciencia ficción y terror; el auge de una literatura transnacional con un bloque anglosajón cada vez más multipolar a medida que más autores provenientes de diferentes entornos culturales se incorporan a él. Desde esta visión, cuando llega el momento de establecer si tiene sentido hablar de una literatura fantástica típicamente hispana o si ésta ya no se puede entender sin la influencia foránea, llegan a la conclusión de que ambas coexisten sin tiranteces. Verbum puede tomarse como su defensa de este alegato.

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The Power, de Naomi Alderman

The PowerMañana las chicas jóvenes comienzan a manifestar una capacidad: un órgano incipiente desarrollado sobre su tórax les permite emitir descargas eléctricas. A medida que más y más mujeres descubren esa habilidad, de forma natural o inducida, y aumenta la intensidad de la electricidad emitida, la extrañeza da paso a una serie de alteraciones que empujan las relaciones familiares, económicas o de poder en nuevas direcciones. Como ocurre en los sistemas no lineales, las pequeñas agitaciones detrás de las primeras interacciones desencadenan una serie de movimientos amplificados imprevisibles.

En The Power Naomi Alderman toca diversos subgéneros sin decantarse por ninguno hasta sus últimas páginas. Utiliza con destreza elementos propios de la historia de catástrofes, la preapocalíptica, el thriller e, incluso, de nacimiento de una distopía. Este jugar a tantos palos es una de las características más atractivas de su concepción unida a una secuencia narrativa muy meditada. Sus 350 páginas se encuentran divididas en secciones etiquetadas en una cuenta regresiva. The Power comienza diez años antes del presente y en cada una de ellas sitúa (en principio) cuatro capítulos protagonizados por otros tantos personajes que muestran los diferentes cambios hasta llegar al “ahora”.

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Las fuentes perdidas, de José Antonio Cotrina

Las fuentes perdidasHay una pequeña anécdota que refleja lo que fueron las ediciones de La Factoría de Ideas desde los primeros momentos de su colección más longeva, Solaris Ficción. Las fuentes perdidas, la primera obra española publicada por la editorial en Otoño de 2003, fue una de los primeras en tener su corrector acreditado. Este hecho tanto puede verse como el reconocimiento de una función editorial mal pagada y muchas veces descuidada, o la manera ladina de asignar responsabilidades; un alivio para el editor de unos libros entonces bastante criticados por sus errores y sus erratas. También fue uno de los últimos. Como cuenta su autor el volumen salió a la venta plagado de errores, como si el corrector no hubiera cuidado su tarea. Y nada más lejos de la realidad; aquella corrección fue entregada pero jamás llegó a la imprenta. Por uno de esos extraños vericuetos editoriales a los que La Factoría de Ideas era tan propensa, las modificaciones se perdieron y el lector español tuvo ante sí un texto sin el último pulido. Ese proceso, realizado de nuevo, se ha culminado catorce años más tarde con la reciente edición de Alianza en su colección 13/20; un formato muy agradable de leer y con una ilustración mucho más evocadora, ideal para el contenido del libro.

Las fuentes perdidas pasa por ser la primera novela de José Antonio Cotrina y se aleja un tanto de las que le hemos podido leer posteriormente. De hecho, para los que lo hayan conocido por títulos con un cariz más o menos juvenil de El ciclo de la Luna Roja o (menos) La canción secreta del mundo, puede suponer un sonoro contrapunto. Su estructura es más lineal, el desarrollo se muestra más contenido y el tratamiento de los personajes femeninos peca, sin hacer sangre, de pobre. Sin embargo es una obra esencial en su bibliografía. En sus páginas terminó de abrir las puertas a un universo creativo exuberante y desacomplejado dentro del cual los géneros se concilian sin disimulo. Elementos de ciencia ficción, fantasía y terror conviven sin prejuicios para modelar un escenario extraordinario donde nuestro mundo apenas es una capa en una multiplicidad de planos ocultos a los sentidos de los humildes mortales.

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Kirinyaga, de Mike Resnick

Reconozco que de un (largo) tiempo a esta parte, la avalancha de antiutopías, distopías o simples futuros chungos disfrazados de tales que aparecen por doquier, ya me resulta un pelín cansina, e incluso contrarrevolucionaria. Yo es que soy de la vieja guardia del Partido, de los que le tenían un poco de manía a Revolución en la granja de Orwell, no por sus méritos o deméritos literarios, sino por su carácter de cachiporra al servicio de los apologetas del vivimos en el mejor de los mundos posibles. Ya más en serio, es cierto que la naturaleza humana es profundamente imperfecta y jode casi todo lo que toca, que la cruda y sucia realidad se da de ostias con el prístino mundo de las ideas y que en teoría funciona hasta el comunismo. En teoría. Pero es que ha llegado un momento en el parece que tener convicciones políticas y aspirar a ponerlas en práctica equivale a convertirse en un tirano en potencia y que lo que se aleje un poquito del capitalismo tecnológico de mercado y la democracia liberal es camino seguro al Holocausto como mínimo. También me apena un poco que, por lo general, la ciencia ficción se afane mucho más en advertirnos de los peligros de poner en práctica las especulaciones político-filosóficas de burgueses ociosos, que en imaginar de forma más o menos rigurosa otros sistemas económicos, sociales y políticos viables y diferentes al que disfrutamos ahora. Y Kirinyaga viene a confirmarme esta pequeña frustración con el género.

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Residuos, de Tom McCarthy

Residuos, de Tom McCarthyLlego a Residuos tras la brillante Satin Island y consciente de haber encontrado a un autor capaz de aportar una visión propia sobre nuestro desorientado presente, algo complicado en un mundo a veces demasiado conservador en sus ideas. Escrita por Tom McCarthy en 2005, Lengua de trapo la tradujo al español en 2011 y pasó más o menos desapercibida en su momento hasta ser prácticamente olvidada. Ahora se vuelve a hablar de ella tras la reciente apuesta de Pálido fuego por el autor inglés.

El protagonista de Residuos ha sido víctima de la caída de un objeto tecnológico desde el cielo. No recuerda qué pasó exactamente y además firma un millonario contrato a cambio de no hablar jamás sobre este incidente. Aunque la abrumadora cantidad de dinero soluciona su futuro, el proceso físico y mental que ha dedicado a la rehabilitación le ha dejado trastocado. Su dañado cerebro se ha visto obligado a aprender a mover su cuerpo de nuevo, a ser consciente de lo que significa dar un paso, los incontables movimientos necesarios desde el cuello hasta el último metatarsiano de cada pie. El conocimiento del nivel de detalle y concentración que requiere el más mínimo gesto ha hecho mella en su percepción.

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La rueda celeste, de Ursula K. Le Guin

La rueda celesteHace unos meses escribía por aquí sobre la tozudez de ciertas editoriales a la hora de actualizar las traducciones de títulos con varias, muchas décadas a sus espaldas. En este sentido, bien está alabar los ejemplos en los cuales te llevan la contraria y deciden actualizar un texto para darle aire fresco al ponerlo de vuelta en las librerías. Tal es el caso de Minotauro. En el mes de Abril reeditó dos de sus ya contados autores fetiche: Los jugadores de Titán, de Philip K. Dick, con traducción de Juan Pascual, y este La rueda celeste, de Ursula K. Le Guin, con una nueva versión en castellano obra de Miguel Antón. El ejemplar que he leído, además, es una edición electrónica muy asequible (menos de 5 €) a la que apenas se puede echar en cara alguna erratilla y el estúpido DRM.

La rueda celeste pasa por ser uno de los libros más singulares de la trayectoria de Le Guin. Justo por lo que se suele comentar siempre que se escribe sobre él: es Le Guin escribiendo una de Dick. Y por mucho que me guste tirarme el pisto de alejarme de los lugares comunes, me resulta del todo imposible porque, es necesario repetirlo, La rueda celeste es Ursula K. Le Guin escribiendo una de Dick. Sin embargo, aparte de conseguir una buena novela, la autora de Los desposeídos introdujo los suficientes matices propios como para realzar el resultado final por encima de la simple imitación/homenaje hasta convertirla en una novela que no tiene nada que envidiar a sus mejores obras siendo diametralmente opuesta en estilo, tono y personajes.

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Transcrepuscular, de Emilio Bueso

Los ojos bizcos del sol 1

Para todo aquel que siga la literatura fantástica española y esté al día, debe de haber sido imposible sustraerse al fenómeno que la editorial Gigamesh, apoyada en una efectiva explotación del estado actual de las cosas dentro del mundillo, ha provocado. Supongo que el autor de Transcrepuscular, Emilio Bueso, estará muy contento con el despliegue y la efectividad de la promoción, pero, a mi juicio, esta ha producido un efecto colateral inverso, una mengua en la atención a la calidad real de la obra y la objetividad en favor de una devoción por el producto. Y como producto incluyo, dado su particular talento para la autoventa, el apellido del propio escritor.

Por decirlo de algún modo, cierta crítica que, aun haciendo el juego, no se reconoce (ni a veces se sabe) parte de la maquinaria publicitaria, se ha limitado a repetir, como si de un mantra se tratara, los argumentos, etiquetas y comentarios que el propio aparato editorial ha ido volcando a través de la sinopsis, de las entrevistas en los medios a editor y autor, de los blurbs, de los textos camuflados como opiniones en Goodreads y otras plataformas de internet. Instrumentos de propaganda que han vomitado una retahíla de conceptos tales como biopunk, evolución por simbiosis, road movie, worldbuilding, ida de olla y un puñado de sentencias más, todas en tono ditirámbico, y que aquellos lectores cortos de criterio han aceptado sin hacerse preguntas, considerando el conjunto como único argumento válido para imprimirle a la novela el marchamo de la excelencia.

Curiosamente, los pocos apuntes propios que he leído provenientes de los reseñadores hacen referencia al desconcierto que el peculiar estilo de Bueso, excesivamente coloquial, ha producido en ellos. Un detalle que, sin embargo, no parece pesar en sus valoraciones finales, derrotado ante el gran número de puntos a favor asimilados, copiados desde el argumentario del propio autor y la editorial. La afinidad de algunos de estos reseñadores con la casa y su escritor es responsable, también, de que el exceso de expectativas ni siquiera haya jugado a la contra, como sucede usualmente cuando se da tanto bombo previo a una obra.

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Mundo Infierno, de Philip José Farmer

Mundo InfiernoYa he escrito por aquí en varias ocasiones sobre la pobreza de enfrentarse a un género como la ciencia ficción sin acceder, desde hace lustros o décadas, a una miríada de títulos fuera de catálogo sin posibilidad de una nueva traducción o una simple reimpresión. Un Olimpo reservado a un puñado de autores y obras que sí gozan del demostrado calor de los que pergueñan los listados tipo “Las 19 novelas de ciencia ficción que debes leer esta semana” y los equipos editoriales estándar. Una situación si cabe más sangrante cuando se compara con la labor realizada por Valdemar en el campo del terror. Sin embargo no recuerdo haber escrito sobre el problema relativo al formato; cómo un cierto tipo de novela ha desaparecido como producto. Historias de entre 100 y 250 páginas, con una extensión un poco por encima de la habitual en la categoría de la novela corta, muy popular hasta finales de los 70 y desde entonces en clara regresión, relegada a una excepción frente a libros más gruesos, más suculentos para el librero y la empresa publicadora. No es ya el predominio de las novelas por entregas o las series; es la imposición de una imagen de novela como volumen de más de 100000 palabras / 400 páginas en la cual el lector pueda ver satisfecha la proporcionalidad entre precio pagado y cantidad de papel entregada en el punto de venta.

Ante este contexto, se entiende mejor por qué me declaro fan de la colección Gigamesh Breve. Una serie de libros con esa extensión entre los cuales se encuentran un puñado de títulos que sería muy complicado ver en otro sello. Nadie se va a fijar en ellos para producir una película o una serie de televisión; sus autores están casi todos muertos; se atienen a esquemas narrativos no demasiado populares hoy en día. Queda la duda de cuáles pueden ser considerados clásicos con C mayúscula, pero eso daría para una discusión entre sus (contados) lectores. Uno de los últimos en sumarse a su catálogo es este Mundo Infierno, novela de Philip José Farmer sepultada en España por la popularidad de su Mundo del Río o Los amantes. Y, supongo, muy mediatizada por la edición que tuvo en los años 70 de la mano de Infinitum. Que no tengo pero, por otras obras sufridas en mis propias carnes, no es aventurado pensar que dejaba bastante que desear.

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El color del silencio, de Elia Barceló

El color del silencioSi no me falla la memoria, la última novedad de Elia Barceló que leí en una colección/editorial no destinada al público juvenil fue Corazón de tango. Hace ya la friolera de 10 años. En esta tesitura se entienden las ganas de reencontrarme con la autora de El secreto del orfebre y El vuelo del Hipogrifo. Podría parecer que El color del silencio no era la mejor oportunidad para ese reencuentro; además de carecer de ese corazón fantástico tan característico en sus títulos que más aprecio, entra de lleno en el terreno de intriga con toques románticos, familiares e históricos. Unas cualidades que me producen una cierta pereza. Sin embargo mis recelos se volatilizaron con rapidez gracias al excelente trabajo de Barceló sobre elementos ya cotidianos en su obra como la estructura o la voz del narrador.

El color del silencio gravita alrededor de tres planos. Una acción que sigue a una artista de éxito, Helena Guerrero, en nuestros días. Mientras participa en una sesión de terapia alternativa, ciertos asuntos de su pasado regresan a su pensamiento y la llevan a retomar todo lo que rodeó la muerte de Alicia, su hermana, a finales de los años 60. Un trauma que marcó un antes y un después para toda su familia. En paralelo existe una acción en ese pasado centrada fundamentalmente en sus padres, Goyo y Blanca, en los meses previos a la Guerra Civil, durante su estancia en el protectorado de Marruecos a las órdenes de la dictadura franquista o en la idílica vida en una finca de Rabat rota por el asesinato en 1969. Y enlazando ambas secuencias existen breves descripciones de las fotografías encontradas en una caja con recuerdos. El vínculo con ese bagaje oculto en el trámite de salir a la luz.

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El maestro del juicio final, de Leo Perutz

El maestro del juicio finalTras De noche, bajo el puente de piedra, Libros del Asteroide confirma su apuesta por Leo Perutz recuperando El maestro del juicio final. Una novela que nada tiene que ver con aquella deliciosa colección de relatos y confirma su versatilidad a la hora de enfocar su escritura. Tanto se puede disfrutar como un ejercicio de clasicismo en la mejor tradición de la novela de misterio como se introduce en territorios del fantástico más sugerentes cuando, llegado el momento, la honestidad de su narrador queda en cuestión. La sutilidad de su relato, cómo subvierte el pacto de ficción cuando aleja su historia de la cotidianidad de sus primeros capítulos o el magnífico escenario donde enclava los hechos son tres aspectos que convierten su lectura en un placer.

El maestro del juicio final se plantea como un ¿Quién lo ha hecho? alrededor de la muerte de Eugen Bischoff, un actor de éxito en la Viena de comienzos del siglo XX. Su deceso ocurre durante una velada en la cual un grupo de caballeros del Imperio se había reunido para tocar un trío de Brahms. Como su defunción tiene lugar un poco a la manera de la habitación cerrada, pronto surgen dudas sobre si ha sido un suicidio o un asesinato y las sospechas implican al propio narrador, el barón Von Yosch. Empujado por la afrenta para su honor, Von Yosch inicia una investigación y descubre que la muerte de Bischoff no es única. Otras personas han fallecido en circunstancias similares y en cada una de ellas se vislumbra la participación de un extravagante personaje foráneo.

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