Los nombres muertos, de Jesús Cañadas

Si me lo permiten, voy a comenzar con una pequeña “batallita” de fan. No me imagino lo que supone para un escritor dedicar un libro a uno de sus lectores. Sí entiendo mejor de la diferencia entre un simple garabato, más o menos parecido a una firma, y una palabras personalizadas. Sin embargo también tiene su atractivo una frase hecha que el escritor ha dejado y dejará en un porrón de libros cuando, de alguna manera, resume la parte de su narrativa que más te agrada. En este sentido recuerdo como si fuera ayer lo que Tim Powers escribió en mi edición de La fuerza de su mirada durante su visita a la Semana Negra en 2003:

This secret explanation. Cheers!

Es imposible condensar en menos palabras la peculiar manera de entender la Historia de Powers, una consecuencia de la acción de criaturas preternaturales, magia, oscuros complots… sobre personajes históricos más o menos cruciales. Teorías de la conspiración fruto de una imaginación enfermiza, de esa que no te importaría nada que estuviera detrás de los estúpidos enigmas regurgitados por Íker Jiménez y su tropa de freaks en Cuarto Milenio. Además, con ese cheers al final de la frase, captura la pasión de sus personajes por el alcohol.

Todo Powers en cuatro palabras.

Algo así podría poner Jesús Cañadas en las dedicatorias de ésta, su segunda novela. En Los nombres muertos se puede encontrar mucho de esa pasión por la historia dentro de la Historia y las explicaciones endiabladas. Aunque en este caso particular, su historia entre más a fondo en el campo de la ficción, la pirueta metaliteraria y la literatura pulp.

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Así es como la pierdes, de Junot Díaz

Así es como la pierdes

Junot Díaz no es un narrador prolífico; en su haber sólo cuenta con una novela, La maravillosa vida breve de Óscar Wao, y dos colecciones de relatos. Así es como la pierdes es la última de ellas, traducida hace unos meses y un tanto decepcionante. Apenas tres o cuatro de sus nueve relatos escapan de la mediocridad. El resto son meras repeticiones de un lugar común devaluado con cada iteración. Historias tan escasas de frescura y de sentido que ponen en tela de juicio cualquier proceso de selección que hayan podido atravesar.

El relato clave para entender Así es como la pierdes es “Guía de amor para infieles”. La historia de un hombre que engaña y pierde al amor de su vida para, durante cinco años, quedar marcado por su recuerdo. La manera elegida por el protagonista para desplegar su mapa de relaciones fracasadas resulta sumamente atractiva, con esa sorna caribeña tan característica de Díaz en la cual se suceden ingenio y autocrítica. Merece especial atención la imposibilidad del dominicano medio para mantener una relación monógama; un imperativo sociocultural, si no genético, observable tanto en su narrador como, sobre todo, a través de su mejor amigo: Elvis. Un antiguo soldado “felizmente” casado que mantiene una pseudofamilia paralela en la República Dominicana. Hay gotas de desarraigo, del peso de roles heredados y mucha añoranza de la vida tal y como debiera haber sido y no fue.

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Mundo simulado, de Daniel F. Galouye

Aunque tengo varios de sus libros desde hace años, no había leído ninguna novela de Daniel F. Galouye. Junto a Erik Frank Russell, Murray Leinster o Keith Laumer, un escritor de la vieja guardia de la ciencia ficción norteamericana apenas recordado por un puñado de fans con demasiadas canas en sus cabezas, muchas veces relegado a la condición de “artesano” o la etiqueta “Philip K. Dick de segunda”. Mundo simulado es su novela más conocida, con un cierto prestigio en nuestro país. Entre los 60 y los 70 fue editada al menos dos veces y figura en la lista de las 100 mejores novelas de ciencia ficción que publicó La Factoría hace una década. Además cuenta con una adaptación al cine, Nivel 13estrenada el mismo año que Matrix y con múltiples elementos en común.

Una vez leída, es fácil entender por qué su última traducción es de hace cuatro décadas. En su interior hay una ciencia ficción añeja, muy alejada de los cánones que han imperado en el género llegado desde EE.UU. Remite a otras historias, anteriores o posteriores, que han trabajado con los mismos ingredientes de una manera más exhaustiva, con menos clichés y más fortuna. Sin embargo Mundo simulado es, también, una serie B perfectamente autoconsciente repleta de ritmo y paranoia.

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Máscara, de Stanislaw Lem

Máscara

Máscara

Según leía esta recopilación de relatos de Lem que acaba de editar Impedimenta me reafirmaba una vez más en mi admiración por este magnífico escritor. Es increíblemente original. En sus obras anteriormente publicadas ya vemos esto, pero paladear cómo se supera relato tras relato en esta antología, cómo explota nuestro cerebro con cada vuelta de tuerca, es una experiencia que deja sin aliento.

La traducción directa del polaco, una vez más gracias a Joanna Orzechowska, es magnífica y la edición, como siempre en Impedimenta, está muy cuidada. Desde el color y tacto del papel a la magnifica portada (como le sientan de bien las ascidiae de Ernst Haeckel). Pero hay más. El orden de los relatos cronológico según fueron escritos, que ya está en el original, dota a la obra de un crescendo en magnificencia. Lem, según pasa el tiempo, arriesga más y el sentido de la maravilla y la profundidad van en paralelo. Es increíble que, en su mayoría, se trate de cuentos secundarios no incluidos en sus obras más reconocidas, de restos olvidados.

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1974, de David Peace

1974

1974

Hace tres años David Peace y su Red Riding Quartet aparecieron en mi radar gracias a dos sospechosos habituales. Primero tras esta breve reseña de su adaptación televisiva por parte de Manuel de los Reyes y, unos meses después, cuando Óscar Palmer escribió sobre la tetralogía completa antes de aparecer traducida por la competencia. Pero no fue hasta hace mes y medio cuando leí su primer volumen: 1974. Al principio con una cierta distancia; la novela no deja de ser otra investigación de un crimen atroz cometido contra una niña y presumiblemente relacionado con otros acaecidos unos años antes. Pero su historia me fue ganando para, llegado su ecuador, atraparme hasta el punto de leer sus últimas 225 páginas de una sentada. Un placer cada vez más esquivo en mi vida como lector.

A priori no se puede rascar mucho en el misterio detrás de los asesinatos. Sí que lo hay en el personaje que nos relata su investigación: Eddie Dunford. Un periodista de sucesos que ha retornado a West Yorkshire pocos meses antes y con su padre recién enterrado tras una larga enfermedad. Un reportero ambicioso con ganas de alcanzar metas más altas, hastiado del caso que ha cubierto en las últimas semanas, blanco de las chanzas del periodista estrella de su sección y atrapado por una serie de incidentes que le llevan a traspasar todo tipo de límites. La excepcionalidad de Dunford tiene mucho que ver con sus pies de barro, sus demonios en el desván y la manera elegida por Peace para revelarlos. Su narración en primera persona jamás deviene en una confesión a través de la cual autojustificarse o expiar sus pecados. De hecho, su lado oscuro queda expuesto sin asomo de dudas o arrepentimiento. Ahí está su relación con una de sus compañeras de oficina; su ángel guardián cuando agarra unas melopeas de órdago, a la que se folla sin miramientos, deja embarazada y a la que, con una crueldad heladora, recuerda qué salida debe tomar. La punta de un iceberg que vamos a explorar en todo su dantesco esplendor. Este es el abismo de 1974: observar una trama negra como pocas a través de unos ojos con desagradables zonas sombrías y con el que se puede llegar a empatizar en muchos momentos.

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Ad astra, de Peter Watts

Ad Astra

Ad Astra

Por lo que leo por ahí, parece un hecho que la good ol´ science fiction se muere o está en camino de ello (quizá feneció el mes pasado y no me he enterado todavía). En realidad no tengo muy claro si esto es cierto, o incluso si me importa, pero démoslo por válido, que de alguna manera tengo que empezar la reseña y ya llevo cuatro borradores.

Quizá durante el siglo pasado abusamos de los euforizantes y la energía barata y nos creímos a los charlatanes que prometían un siglo XXI de coches voladores, chachas robóticas y discotecas siderales y claro, con el bajón, vino la frustración; al final los aguafiestas de la new wave tenían razón, el futuro es aburrido (aunque esto podría discutirse) y la cf nos había engañado con promesas vacuas. Así que, con el tiempo, la propia cf acabó rindiéndose ante los embates de la fantasía, la space opera cada vez más barroca y ensimismada o la versión “seria” de esa ciencia ficción fantástica, la de las singularidades, el evento mágico que lo va a cambiar todo sin que tengamos que hacer nada. Al mismo tiempo y visto el percal, los más presentables, los prospectivos, se han pirado a la literatura general, los muy traidores. Así que cierta ciencia ficción que en mi trastornado entender sigue siendo válida, la que se apoya en los conceptos científicos más avanzados de su tiempo para intentar entender el mundo, la naturaleza del ser humano y su lugar en el (des)orden de las cosas y volarte la cabeza de paso, sólo la practican cuatro gatos para un público de dos tarados. Pero por suerte, los tarados contamos con el gato más chulo de la ciudad, Peter Watts, que con su implacable combinación de prosa densa y científicamente rigurosa, desafiantes conceptos científicos y filosóficos, socarrón sentido del humor y una visión quirúrgica de la psique humana enfrentada a la realidad del universo, se ha convertido en la rueda a seguir. Y un buen punto de partida para conocer su obra, su estilo y sus temas, es este puñadito de relatos que acaba de publicar Fata Libelli bajo el título de Ad astra: cuentos de ficción científica.

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Cuentos para Algernon, año I

Cuentos para Algernon: Año I

Cuentos para Algernon: Año I

Mientras que en formato largo vamos más o menos servidos, llevamos demasiados años sin una publicación regular que traduzca buenos relatos de género contemporáneos. Independientemente de los que han ido apareciendo en las contadas colecciones de autor o antologías temáticas, el atraso acumulado en las últimas décadas se ha agrandado de manera considerable; en especial tras la desaparición de Gigamesh, BEM o, en menor medida, Asimov Ciencia Ficción. Hace poco más de un año apareció Cuentos para Algernon, un blog creado por Marcheto, una aficionada con ciertas traducciones a sus espaldas. Su objetivo, verter al español algunos de sus relatos favoritos ante el riesgo de que pudieran quedar inéditos. El resultado de su primer año se puede leer en este libro electrónico donde se incluyen los doce relatos publicados entre Noviembre de 2012 y Octubre de 2013.

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Adrift on the Sea of Rains, de Ian Sales

Adrift on the Sea of Rains

Adrift on the Sea of Rains es la primera entrega del Apollo Quartet, conjunto de cuatro novelas cortas que Ian Sales está publicando a través de su editorial, Whippleshield Books, destinadas a fomar una tetralogía sobre la carrera espacial en general y el proyecto Apollo en particular. A tenor de lo leído en la página web de la editorial, se trata una revisión de la mitología y el drama de la carrera espacial, alejada de los fuegos artificiales de la space opera  y del patriotismo optimista que alimentaba cierta cf clásica, la de los héroes heinlenianos de mandíbula cuadrada, eficientes, monolíticos, hechos de una pasta especial, the right stuff, los elegidos para la gloria.

La acción transcurre durante los años ochenta de una realidad alternativa en la que el programa espacial norteamericano no se detuvo tras el Apollo 17, es decir, no sólo se llevó a cabo el gran acto simbólico de llegar a la Luna, sino que se continuó con su “conquista”. Pero en esta línea temporal, una vez apagados los ecos del alunizaje, el desinterés del público, la falta de fondos y un progresivo calentamiento de la Guerra Fría, convirtieron la carrera espacial en un asunto únicamente militar. Los norteamericanos han logrado construir una estación espacial, la SS Freedom, para controlar la estratosfera y una base lunar, la Falcon Base, enterrada en el subsuelo de la planicie conocida como el Mar de las Lluvias, Mare Imbrium. Allí es donde nuestro protagonista, el capitán Vance Peterson, y sus compañeros quedan abandonados a su suerte tras contemplar impotentes cómo se desata la guerra nuclear, llevándose por delante toda la vida del planeta Tierra, dejándolo arrasado y sin vida, como el lugar en el que han quedado atrapados. Ya no hay nadie en casa para recibirles en condiciones y la única esperanza es esa idea loca extraída muy acertadamente del fértil y fascinante mundo magufo-nazi. Se trata de The Bell (más conocida en los círculos de entendidos como Die Glocke) una wunderwaffe encontrada al final de la II Guerra Mundial en Silesia, oculta durante años en un almacén militar norteamericano y acarreada hasta la luna de tapadillo, poco antes de que se desatara el apocalipsis nuclear. Este artefacto es capaz de navegar por los procelosos universos cuánticos arrastrando con ella el lugar en el que se encuentra ubicada, es decir, la luna entera, hasta encontrar la familiar estampa de un planeta azul sobre el horizonte lunar en vez de la calavera grisácea que los astronautas divisan desde Falcon Base. Así que ahí están los pobres, racionando agua y comida, accionando el armatoste nazi sin éxito y funcionando a base de pequeñas rutinas. Hasta que un día…

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La isla de Bowen, de César Mallorquí

La isla de Bowen

La isla de Bowen

Hace unas semanas, César Mallorquí ganó el premio nacional de literatura infantil y juvenil con La isla de Bowen. Según el jurado, “un canto a la aventura y homenaje a la literatura clásica, escrita con pasión, amenidad, humor e inteligencia”. Cuesta no dar la razón a tal elogio, incluido al uso del calificativo clásico, en demasiadas ocasiones utilizado para enmascarar una obra apolillada, vetusta, antigua. La isla de Bowen surge del amor a una literatura de otra época, cuando todavía quedaban territorios inexplorados sobre nuestro planeta, los escritores contaban con abundante terreno para sorprender y los lectores eran más impresionables.

En un texto escrito a raíz del premio, el propio Mallorquí relata la génesis de La isla de Bowen y cómo buscó recuperar con ella el espíritu de la novela de aventuras a caballo de los siglos XIX y XX. Es fácil encontrar en sus páginas el hálito de las grandes obras de Verne, London, Stevenson o Wells, el cine de Richard Fleisher (Los Vikingos, 20000 Leguas de viaje submarino) o La isla del fin del mundo (basada en la novela The Lost Ones, de Ian Cameron), con la que comparte pequeñas similitudes. Sin limitarse a ser una mera imitación, utilizando con ingenio múltiples recursos ya inventados, sin caer en vicios que deslucen hoy algunas de ellas (me costaría encontrar una novela de Verne en la que no pasase páginas y más páginas leyendo en diagonal).

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Hic Sunt Dracones, de Tim Pratt

Hic Sunt Dracones

Hic Sunt Dracones

Hic Sunt Dracones es el segundo libro publicado por la editorial Fata Libelli, y su primera colección de relatos dedicada a un único autor. Para la ocasión han apostado por Tim Pratt, un escritor que apenas tenía un puñado traducidos a nuestra idioma del cual han urdido una sólida selección de siete piezas. Un vehículo de lo más apropiado para pasar cuatro o cinco horas en un mundo narrativo tan homogéneo como coherente.

Para hablar de la idiosincrasia de Hic Sunt Dracones me voy a centrar en el mejor relato de la colección; es el que mejor resume la manera de enfocar el fantástico de Pratt, explicitada en la notable introducción que acompaña al volumen (parte de la cual se puede leer aquí). “El pez limpiafondos” cuenta lo que le ocurre a un tardoadolescente, Graydon, de regreso a su pueblo después de haber sido expulsado de la universidad y embarcado en la pesca de un bagre descomunal. Su interés nace de la peculiaridad del siluro: al engullir objetos con un cierto valor sentimental le devuelve recuerdos de su hermano fallecido en un desafortunado accidente de moto.

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