Parientes pobres del diablo, de Cristina Fernández Cubas

Parientes pobres del diablo

He aquí un libro corto, casi de descanso. Parientes pobres del diablo se asemeja en brevedad y fisonomía a Sueño profundo, la recomendable antología de Banana Yoshimoto editada también por Tusquets. Consta de tres cuentos largos –o nouvelles, en registro afrancesado– que tocan temáticas diversas, pero que comparten un denominador común, el de la respuesta humana ante el elemento sobrenatural. Tres historias en las que el encuentro de los personajes con lo fantástico provoca reacciones de signos opuestos: aceptación, repudia e indiferencia.

Un comerciante sufre en África los efectos de una extraña maldición al alojarse en un pequeño hotel en apariencia tranquilo y confortable. Un joven de buena familia decide emplear su tiempo y sus viajes en investigar una casta humana nacida para el mal, perfecta encarnación de lo diabólico. Una anciana suspicaz, temerosa de que sus familiares la ingresen en una residencia, atribuye a un «simpático» moscardón su alteración de rutinas y el reencuentro con viejas compañeras de colegio, con las que revive —¿o transforma?— escenas del pasado.

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El castillo alto, de Stanislaw Lem

El castillo alto

El castillo alto

No me gustan los relatos de infancia, porque los encuentro casi siempre impostados. A partir del desarrollo del psicoanálisis, la infancia se convirtió en un territorio a explorar antes que a rememorar, generalmente con la intención de trazar mapas coherentes. El biógrafo —o autobiógrafo— cree casi siempre que puede encontrar en la niñez pautas, e incide en la presentación de hechos que puedan ser interpretados en el seno de un conjunto consecuente con el posterior desarrollo del individuo. Se ha terminado por convertir al relato de la infancia en un —a mi juicio— plúmbeo subgénero de la introspección novelística, fatigosamente puntilloso, en el que no faltan detallados recuerdos de hechos en realidad poco significativos, ni los inevitables instantes de frustración magnificados, iniciación al sexo y demás tópicos.

No sé a cuántos de quienes me leen les ocurrirá como a mí, pero no encuentro nada similar a esa construcción intencional en los recuerdos, fragmentarios y faltos de pauta, que alberga mi memoria. Algunos felices, unos cuantos vergonzantes y la mayoría sin significado relevante, insuficientes para definir mi desarrollo como persona, en el que han tenido bastante más que ver los aprendizajes y daños sufridos en las etapas de mi vida en las el dolor era más profundo, y cuando además era capaz de analizar los sucesos y extraer consecuencias.

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El circo del Dr. Lao, de Charles G. Finney

El circo del Dr. Lao

El circo del Dr. Lao

Dándonos una vuelta rápida por las librerías podríamos llegar a la conclusión de que por fin disfrutamos de algo parecido a la normalización del mercado editorial de género fantástico. Al menos esa es la sensación que da la variedad de lo publicado en este momento –otra cosa es, ay, que se venda–. No sólo recibimos puntualmente las últimas novedades e hypes anglosajones, o lo más selecto del fantástico europeo incluido el del terruño, sino que además se están recuperando clásicos ocultos del género al-margen-de-dragones-y-elfos que uno pensaba que quedarían para siempre en el limbo de los inéditos o nunca reeditados: Entrebrumas, La nube púrpura, Riddley Walker, El tapiz del Sinaí y ahora ésta reedición de El circo del Dr. Lao –ya publicada hace muchos años por Bruguera–, la extraña y divertida novela corta de Charles G. Finney escrita durante los años de la gran depresión norteamericana.

En un caluroso y polvoriento mes de agosto llega a la insignificante ciudad de Abalone, Arizona, el circo del Dr. Lao. El acontecimiento despierta el interés de los habitantes del villorrio, microcosmos de policías ignorantes, funcionarios grises, abogados pedantes, inspectores de emigración, matrimonios de provincias, maestras reprimidas, fontaneros en paro y demás paisanaje. Todos se disponen a visitar el circo, pero sus expectativas de recuperar emociones vividas en la infancia se ven pronto defraudadas. Éste no es un espectáculo corriente: no hay payasos, ni acróbatas, ni malabaristas, ni elefantes amaestrados. En vez de eso se exhiben criaturas mitológicas supervivientes de una edad antigua y mágica: el famoso filósofo Apolonio de Tiana, adivinador y poderosísimo mago, un anciano sátiro, una Medusa, la Quimera, un huevo de Roc, una Serpiente Marina, un maravilloso Perro Verde, la Esfinge, y un oso. O un ruso. Incluso dispone de un picarón espectáculo de peepshow donde los adultos más atrevidos podrán ser testigos de cómo un gran dios africano recibe en sacrificio a una atractiva mujer noruega.

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Sueño profundo, de Banana Yoshimoto

Sueño profundo

Poco a poco, la literatura del país del Sol Naciente va aumentando su presencia en nuestras librerías, y como es natural, lo hace con fortuna dispar. Si obviamos la moda del adulterado «fenómeno geisha» –al que mal que nos pese hay que agradecerle gran parte de este repentino interés por la cultura oriental–, el balance de calidad se decanta hacia el lado positivo. Uno de los ejemplos de esta bienvenida fiebre amarilla es la reivindicación de Banana Yoshimoto, de quien Tusquets ya nos había anticipado algunas de sus principales obras. Se trata sin duda de una de las puntas de lanza de la nueva literatura japonesa encabezada por Haruki Murakami, escritor con quien se la llegó a comparar por el carácter pop de su primer gran éxito, Kitchen. En su siguiente libro, este Sueño profundo que ha tardado más de 15 años en llegar a España, Yoshimoto cambia el rumbo y demuestra que la variedad de registros también se cuenta entre sus posibilidades.

Tres jóvenes que atraviesan un periodo difícil de su vida son las protagonistas de este bellísimo volumen de la escritora japonesa Banana Yoshimoto. «Sueño profundo», «Los viajeros de la noche» y «Una experiencia», los tres relatos que componen el libro, exploran a través de esas jóvenes los mundos que se abren cuando todo parece desmoronarse y sólo queda el vacío, mundos poblados por sombras que de pronto se hacen presentes en la vida de cada día.

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Jitanjáfora, de Sergio Parra

Jitanjáfora

Jitanjáfora

En estos tiempos de publicación masiva las novelas, si desean mantenerse fieles al espíritu de este término, tienen que aportar alguna novedad –conceptual, formal, retórica, tonal,… – que justifique su toma consideración. Ante esta premisa, no me cabe la menor duda que Sergio Parra ha conseguido con Jitanjáfora algo al alcance de muy pocos: convertir su lectura en una experiencia fresca y estimulante; un genuino punto de ruptura con el discurso dominante en el fantástico español, por no decir europeo o estadounidense, que la aleja de sus corrientes principales para abrir su propio camino. La cuestión a dilucidar es si las licencias que se toma a lo largo y ancho de sus 260 páginas, a veces de forma justificada para favorecer la coherencia interna de la obra, otras me temo que no tanto, son o no razonables y recomiendan su lectura. Vayamos a ello.

Jitanjáfora arranca al más puro estilo el héroe de las mil caras: un perdedor, Conrado Marchale, toxicómano al borde del arroyo sin excesivas esperanzas de rehabilitación, accede a responder, por una módica cantidad de dinero, un cuestionario que le propone  una carta sorprendente. Las preguntas, un presunto sondeo de mercado, resultan tan extravagantes como ¿Qué edad cree tener?, ¿Quién de estos personajes históricos cree que fue una persona inteligente? o ¿Cuál ha sido, a su parecer, la experiencia más traumática que ha padecido en su vida? Y no lo hace nada mal pues casi al instante le ofrecen participar durante un mes en una prueba a realizar en una granja en el campo y que se convierte en un punto de inflexión: pasar dos meses y medio conviviendo con los diferentes animales de corral, metido en sus mismos habitáculos, compartiendo su comida, manteniendo su misma higiene,… alteran la vida de cualquiera. Todo forma parte de un proceso de desprogramación controlado por una sociedad secreta de magos que pretende modificar su percepción de la realidad y explotar sus cualidades singulares.

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Disfraces terribles, de Elia Barceló

Disfraces terribles

Disfraces terribles

Elia Barceló ha conseguido mantener una voz propia entre toda la maraña de géneros que ha tocado en su trayectoria literaria. Ciencia ficción, fantástico, terror, novela negra, relato infantil y juvenil… En ese sentido, cabe resaltar El vuelo del hipogrifo, que fue considerada el arranque de la roman fussion en castellano por su amalgama de registros y géneros. De ese punto de encuentro, Elia extrajo una novela cosmopolita y europeísta, basada en los personajes, en tramas detectivescas y en elementos fantásticos. Disfraces terribles, el presente libro, se inscribe en esa trayectoria, aunque con un resultado más homogéneo e integrado que aquel volumen.

La obra nos cuenta la peripecia de Ari, un joven filólogo, que comienza a redactar la biografía de Raúl de la Torre, un brillante escritor argentino de la segunda mitad del siglo XX; y por ello se traslada a Paris y empieza a entrevistarse con sus allegados.

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Sayonara Bar, de Susan Barker

Creo que la experiencia de vivir en otro país me ayudó a convertirme en escritora por varios motivos, entre ellos la sensación de dislocación cultural que sufría. En Japón dejé de ver la tele porque no entendía nada, costumbre que conservo hasta el día de hoy; salía, me sentaba en alguna cafetería y escribía. Podía desconectar de lo que decía la gente a mi alrededor porque era siempre en otro idioma. Esa sensación de aislamiento me acompañaba a todas partes en Japón; opino que cuanto más capaz sea uno de aislarse del mundo real, más intensamente vívidos serán los mundos imaginarios que cree.

Susan Barker, entrevista en 3ammagazine.com

Sayonara Bar

Sayonara Bar

Hay novelas que nacen con estrella y otras que nacen estrelladas. Algo así debió de pensar la británica Susan Barker (1978) cuando vio la trayectoria ascendente de su debut literario, Tsunami Bar, truncada por la epónima catástrofe natural que asoló las costas asiáticas en Navidad de 2004. A raíz de la tragedia sus editores decidieron echar el freno de mano, recuperar el manuscrito que había sido la comidilla de la Feria del Libro de Francfort meses antes, trasquilarlo para eliminar cualquier posible referencia «delicada» a las olas gigantes y poner Tsunami Bar finalmente a la venta transmutado en Sayonara Bar. A la vista del resultado final, supongo que la tijera no se llevó por delante nada crucial, o resultaría beneficiosa incluso, puesto que la ópera prima de Barker desprende frescura y vitalidad por todos sus poros, amén de un pulso estilístico impropio de una principiante en esto de juntar letras.

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Grandes minicuentos fantásticos

Grandes minicuentos fantásticos

Grandes minicuentos fantásticos

Ha sido en los últimos tiempos un lugar común, al hablar del microrrelato, destacar su tremendo auge debido, sobre todo, a Internet. Hecho indiscutible aunque engañoso, si tenemos en cuenta que la irrupción de la Red en nuestras vidas ha propiciado ese mismo tremendo auge en casi todas las facetas artísticas contemporáneas. No ha sido, por tanto, único aliado de un género que pudiéramos considerar menor como el que nos ocupa. Ese tipo de justificación innecesaria pareciera querer convencernos de la reciente invención del microrrelato y su tipificación como literatura de andar por casa o –menos sutilmente– de usar y tirar. El fast food autoral. Nada más lejos de la realidad, evidentemente. Ediciones como esta de Alfaguara son el ejemplo perfecto para desmontar la teoría que sin real conocimiento de causa se ha extendido popularmente.

Merece la pena dar cuenta aquí de parte de la nota previa que abre el volumen: «este libro solo recoge minicuentos o microrrelatos, esto es, cuentos muy breves y hasta brevísimos, con menos de quinientas palabras, occidentales y de tradición escrita; se han excluido las minificciones orientales, las de tradición popular, así como los extractos de obras religiosas o mitológicas». ¿Qué debemos entender con esto? Pues la inequívoca característica propia del microrrelato como género, aproximadamente desde el siglo XVIII y principios del XIX, y sin tener en cuenta sus mucho más antiguos precedentes e inspiradores, como el haiku. Así el microrrelato, rescatado de las catacumbas de la literatura en este siglo XXI, comienza a ocupar por fin el puesto que le corresponde.

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Siembra de tinta

Siembra de tinta

Siembra de tinta

En ocasiones nos encontramos libros con una cuidada edición que supone un valor añadido a la obra. Baste como ejemplo cualquier volumen de la colección Valdemar Gótica. Si además a la calidad del continente se une un buen contenido, dicho libro se convierte en una de las joyas preferidas de nuestra biblioteca. Lo que rara vez ocurre es ver al autor o autores participando de forma activa en la edición, colaborando con el ilustrador editorial para encontrar la portada más idónea, aconsejando e incluso aportando los textos de contraportada,… consiguiendo que ese libro tenga la impronta del creador en todas las facetas del mismo. Esta especial circunstancia es la que convierte a Siembra de tinta en una rara avis en nuestro mercado editorial nacional. No sólo estamos ante una antología de microrrelatos fantásticos, sino ante una apuesta estética, gráfica y literaria; la concepción del libro como medio transmisor y objeto de arte. No en vano ha ganado el III Premio de narrativa Mago Merlín.

La antología se divide en tres pequeñas antologías de microrrelatos fantásticos y de terror separadas por autores, todos ilustrados por Felideus o Jezabel Rodrigo. En la primera parte la fuerza descriptiva de Felideus nos sumergirá en su galería de monstruos y seres imposibles, consiguiendo que no nos resulten extraños e, incluso, que sean creíbles. Pese a los horrores descritos en microrrelatos como “Hasma” o “Siembra de tinta” consigue que de ellos emane la belleza.

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El atlas de las nubes, de David Mitchell

El atlas de las nubes

El atlas de las nubes

¿Necesita la literatura evolucionar para responder a los atractivos de la inconmensurable oferta audiovisual a disposición del consumidor de cultura? Tal vez no se trate de una exigencia para estar a la altura de los tiempos, cuando la literatura siempre ha sido capaz de lanzar su mensaje por encima del tumulto, incluso en épocas aún más oscuras para el intelecto que la nuestra. Quizá se trate, simplemente, de aprovechar logros ajenos para explorar nuevos territorios. Conducir con mayor audacia la imaginación, aprovechando fronteras abiertas por otros creadores.

El atlas de las nubes es una hermosa novela, osada y escrita con un exquisito buen gusto por David Mitchell, que ya había demostrado a los lectores españoles avisados ser un narrador de una pasta muy especial con Escritos fantasma. La clave de ambos libros es el uso de una técnica que va más allá del fix-up –es decir, de la acumulación de relatos vagamente relacionados para formar un libro–, y que alcanza aquí casi su perfección. La estructura del libro es memorable: se comienza con un relato en las islas del Pacífico en el siglo XIX; se pasa a las cartas que un joven músico dirige a su antiguo amante desde una finca belga en la que ayuda a un viejo compositor a escribir sus obras postreras; luego llegamos a un relato policiaco en la California de los años setenta, con una dinámica periodista que busca desvelar los manejos de una empresa de energía nuclear; conoceremos más tarde a un editor que ha conseguido su gran éxito por casualidad pero que se ve internado en un asilo en la Inglaterra actual; llegaremos a un futuro distópico, donde el capitalismo utiliza a humanos criados en probetas para mantener la economía; y acabaremos el recorrido con una futura humanidad en declive, de nuevo en el Pacífico. Salvo este último, todos los demás quedarán interrumpidos por la mitad para dar paso al siguiente, mientras que la historia crepuscular será la primera en cerrarse para dar paso de nuevo a la distópica, luego a la contemporánea, etcétera, para terminar el libro con el cierre del relato original.

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