Grandes minicuentos fantásticos

Grandes minicuentos fantásticos

Grandes minicuentos fantásticos

Ha sido en los últimos tiempos un lugar común, al hablar del microrrelato, destacar su tremendo auge debido, sobre todo, a Internet. Hecho indiscutible aunque engañoso, si tenemos en cuenta que la irrupción de la Red en nuestras vidas ha propiciado ese mismo tremendo auge en casi todas las facetas artísticas contemporáneas. No ha sido, por tanto, único aliado de un género que pudiéramos considerar menor como el que nos ocupa. Ese tipo de justificación innecesaria pareciera querer convencernos de la reciente invención del microrrelato y su tipificación como literatura de andar por casa o –menos sutilmente– de usar y tirar. El fast food autoral. Nada más lejos de la realidad, evidentemente. Ediciones como esta de Alfaguara son el ejemplo perfecto para desmontar la teoría que sin real conocimiento de causa se ha extendido popularmente.

Merece la pena dar cuenta aquí de parte de la nota previa que abre el volumen: «este libro solo recoge minicuentos o microrrelatos, esto es, cuentos muy breves y hasta brevísimos, con menos de quinientas palabras, occidentales y de tradición escrita; se han excluido las minificciones orientales, las de tradición popular, así como los extractos de obras religiosas o mitológicas». ¿Qué debemos entender con esto? Pues la inequívoca característica propia del microrrelato como género, aproximadamente desde el siglo XVIII y principios del XIX, y sin tener en cuenta sus mucho más antiguos precedentes e inspiradores, como el haiku. Así el microrrelato, rescatado de las catacumbas de la literatura en este siglo XXI, comienza a ocupar por fin el puesto que le corresponde.

¿Y por qué, precisamente y en este caso, Grandes minicuentos fantásticos? La necesidad en el escritor de relatos breves de sorprender al lector con un hecho asombroso, un giro radical de la narración, hace que el microrrelato sea especialmente proclive al género fantástico en todas sus vertientes. Género mediante el que sus posibilidades se ven acrecentadas y, con buen tino y una pluma diestra, plenamente satisfechas. Es en el fantástico donde la gracia del relato hiperbreve nada a sus anchas.

El seleccionador de esta antología, Benito Arias García, se ha ocupado y preocupado con ahínco en diseccionar con limpieza la materia que tenía entre manos y ordenarla según sus inquietudes argumentales. De esta forma, con una exquisita pulcritud, los textos se agrupan mediante unas clasificaciones del género fantástico que rozan continuamente sus límites comunes; como, por otra parte, era más que previsible. A segmentos tan concretos como Fantasmas, Dobles, Sueños, o La Muerte y los muertos, se arriman otros más inaprensibles como El Terror, Cosas, Poderes o Fantasía Metafísica. Y aún nos encontraremos con un Mujeres especiales, mujeres fatales y un Maquinarias que dan fe de cuánto es posible afinar en una clasificación. También se incluye un final Homenajes, donde podemos oír el eco de autores y obras anteriores. Sin embargo, son de destacar expresamente algunos de estos apartados por la relevancia que tienen dentro del género o la abundancia de historias que contienen. Dios y Diablo. Cielo e Infierno es tan solo la demostración palpable de que uno de los temas más universales (si no el que más) de la literatura mundial lo sigue siendo en el pequeño reducto del microrrelato. La Mitología, en formas nuevas y retorcidas, deudoras de las clásicas, también es un filón ampliamente explotado por la ficción breve. Un tema que da mucho juego en Mitos y Leyendas, Zoología Fantástica y seres Imaginarios, y Lugares Fantásticos, ofreciendo algunos de los pasajes más inspiradores del libro. Mención aparte merece Metamorfosis e Incorporaciones, tema que, a priori, no parece muy dado a la diversidad, pero que oferta buenos frutos en estas páginas. Por último mencionar el Surrealismo, género que no ha alcanzado precisamente sus mayores cotas mediante el microrrelato y del que, sin embargo, surgen con bastante frecuencia en los últimos tiempos sobrados ejemplos. De la idoneidad o no del microrrelato como vehículo de expresiones surrealistas es algo que se podría debatir con más detalle, pero no en esta ocasión.

Tenemos, por tanto, la posibilidad de disfrutar de hasta doscientos tres relatos efímeros –los he contado para que ustedes no tuvieran que contarlos, y si se fían de mi palabra– que, como es natural en este tipo de recopilaciones, van desde lo magistral y lo sublime hasta lo olvidable, pasando por lo simplemente correcto. Y aquí es donde debemos dar ya nombre a sus autores. Cabe destacar que, entre los ochenta y cuatro –repetimos la gentileza– autores presentes en el volumen, una amplia mayoría son hispanohablantes. Hispanoescribientes, para mayor fortuna, lo que nos acerca más el hecho de la importancia de la ficción breve en la literatura contemporánea producida en castellano. No faltan, tampoco, los representantes anglosajones; entre ellos, cómo no, el gran Fredric Brown, con su clásico “Llamada” y su insuperable “El fin”; o pequeñas muestras de Paul Auster o Robert Louis Stevenson. Michael Ende, Charles Baudelaire y algunos autores de la Europa del este no hacen más que perderse en la supremacía hispanoamericana, que domina estas páginas. Entre la mesmérica personalidad de un Max Aub a las riendas de sus minicuentos y la genialidad indecente de Gómez de la Serna, encontramos un surtido ingente de ficciones que es imposible reseñar aquí en su justa medida y con detenimiento. Es interesante, sí, dar cuenta de que algunos autores se llevan la palma en cuanto a número de relatos seleccionados. Augusto Monterroso –guatemalteco y figura máxima del microrrelato–, René Avilés Fabila o José Emilio Pacheco –mexicanos ambos– son los más beneficiados por la selección; y de paso son muestra de la gran querencia de los escritores centroamericanos por el género.

Si algo hubiera que achacarle al volumen sería la ausencia de algunos nombres imprescindibles. Se echa en falta a Franz Kafka, por ejemplo, y sus muchos apuntes para cuentos inconclusos e historias cortas; y, sobre todo, al genial e indiscutible Borges, sin el cual un libro de estas características queda irremediablemente cojo. Condicionado por la disponibilidad de los derechos de autor, el seleccionador no ha tenido más remedio que apechugar con ello. No obstante, el conjunto final de la obra deberá satisfacer suficientemente al lector, y estas ausencias no implican una automática descalificación de la misma. De la riqueza del relato hiperbreve queda sobrada constancia en un libro que, por sus especiales características se puede (es más, se debe) disfrutar de varias maneras. El lector recto y conservador acatará los designios de quien ha seleccionado y ordenado, dejándose guiar por la imposición de capítulos. Por el contrario, si le echamos un poco más de imaginación, trazaremos nuestro propio mapa de lectura, pudiendo seguir una ruta por autores, por años, o tirar directamente el mapa y escoger al azar. La literatura es un juego, también.

Situaciones sorprendentes, inquietantes imágenes, pesadillas comprimidas, ciencia ficción –poca, para quien le interese saberlo–, humor negro –en ocasiones–, fábulas, ejercicios de fantasía, terror… un muestrario de las capacidades del microrrelato que puede servir perfectamente para introducirnos en el género y comenzar a fijarnos en nombres propios. A tenor de la diversidad de temas y estilos antes expuesta, no me queda más que recomendar a todo amante de la fantasía escrita que se acerque a esta recopilación y le de una oportunidad. El resto, ya no es cosa de los responsables, sino del receptor.

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