Pies de barro, de Terry Pratchett

Pies de barro

Pies de barro

Resulta inquietante que con las numerosas novelas de la serie Mundodisco que hay en el mercado, todavía exista cierta expectación sobre la última en traducirse y en publicarse. ¿Cuál es el secreto que esconde Pratchett para que sus libros continúen vendiéndose por miles? Algunos opinarán que su delirante sentido del humor hace que… ¿Delirante? Quizás al principio sí, pero ahora este humor rebosa inteligencia y sátira por los cuatro costados… Otros afirmarán que el carisma de sus personajes es el que… ¿Carisma? Ciertamente sus personajes tienen esta cualidad… entran bien al lector pero también sufren el problema de la repetición de sus roles novela tras novela; eso conlleva que aquello que nos hacía sonreír en un volumen, no tiene porque hacernos reír ahora …

En fin, no quiero parecer pesimista porque en el fondo Pies de barro me ha gustado. Sólo me da la impresión que cada vez soy más exigente con esta serie y quizás no lo tendría que ser. Tengo la sensación que si leyera por primera vez un libro del Mundodisco reiría como un loco y la recomendaría a todo el mundo, pero que ahora, después de una quincena de novelas, parece que sólo las pueda aconsejar a aquellos freaks que siguen la serie o a alguna persona a quien quiera levantar el ánimo. Y no porque el libro no esté a la altura del resto; de hecho, muchos de los últimos volúmenes se encuentran entre los mejores –Dioses menores, Hombres de armas, Tiempos interesantes,… –. Sino porque me sabe mal no disfrutar de su lectura tanto como al principio, allá a finales de los años ochenta, cuando los primeros volúmenes corrían a cargo de las colecciones de Martínez Roca Fantasy y Gran Fantasy.

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Las mentiras de Locke Lamora, de Scott Lynch

Las mentiras de Locke Lamora

Las mentiras de Locke Lamora

Todos los que somos aficionados a esta cosa llamada género fantástico nos hemos encontrado con grandísimas historias, aunque las más de las veces no hayan recibido el reconocimiento del gran público salvo contadas excepciones como 1984 o Matadero cinco en ciencia ficción o El Señor de los Anillos en la fantasía. Por más que nos pese el tipo de novelas que leemos no son capaces de atraer a la masa lectora. Es cierto que en los últimos años parece que algunas obras de corte fantástico han atraído a gran cantidad de público –la saga de Harry Potter o las novelas de Laura Gallego dentro del panorama nacional– pero estas novelas, aunque evidentemente de fantasía, no se han ideado ni desde dentro del género ni para gente del género. Más bien están preparadas ex profeso, nos pongamos como nos pongamos, para otro tipo público, joven, que con el tiempo podría dar el salto hacia el género fantástico pero, generalmente, se conforma con lo que ya ha leído y lo abandona. En escasas ocasiones aparece una historia de género ideada dentro del género pensada para lectores de género y con la fuerza, el dinamismo y, por qué no decirlo, los “ingredientes” que podrían atraer a otro tipo de público,

En este mundo de la literatura fantástica es muy arriesgado atribuirse las cualidades de profeta y vaticinar un futuro a un libro que, como mucho, puede vender unos cuantos miles de copias. Pero en el caso de Las mentiras de Locke Lamora sería una auténtica pena, de verdad, que no diese el salto.

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El lenguaje de las piedras, de Robert Carter

El lenguaje de las piedras

El lenguaje de las piedras

Hace dos años Edhasa apostó por la fantasía lanzando la colección Fantasy Nebulae en la que, inicialmente, publicó dos títulos: la presente novela y Las doce moradas del viento de Ursula K. Le Guin. La antología de relatos de Le Guin era una buena elección al ofrecer a una nueva hueste de lectores una de las mejores obras de la escritora californiana. En lo que respecta a la novela que nos ocupa, el volumen fue publicado en una edición que impresionaba por su solidez. El lenguaje de las piedras es un enorme mamotreto de 500 páginas cuidadosamente encuadernado y con ilustraciones hechas especialmente para la ocasión. Su apariencia exterior no puede ser más atractiva y la ilustración de la portada se corresponde con lo que podemos encontrar en el interior.

Un pequeño inciso antes de empezar con la novela. Cuando me enfrento por primera vez a un libro no puedo evitar leer la contraportada. Esto ha hecho que algunas veces me arrepintiese después de que me hayan destripado el contenido de la historia en tan solo un par de líneas. Éste no es el caso, pero lo que sí encontramos es un de los reclamos más usados en los últimos tiempos dentro de la fantasía heroica: «El trono de Tolkien ya tiene sucesor» ¿Funcionarán este tipo de frases? ¿Realmente las editoriales dispondrán de sesudos estudios en los que se demuestra estadísticamente que tales reclamos atraen a lectores potenciales? Lo siento mucho pero cada vez que veo la frasecita de marras –o una de sus variantes– me entran ganas de gritar. Si la idea es que te predisponga a favor en mi caso surte el efecto contrario. No voy a entrar a profundizar en el tema pero me veía en la necesidad de comentarlo. Al fin y al cabo el autor y su obra no están habitualmente implicados en la campaña de promoción. Eliminando todo prejuicio sobre la novela me zambullí en sus páginas y esto es lo que encontré.

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Howl’s Moving Castle, de Diana Wynne Jones

Howl's Moving Castle

Me parece curioso que nos encontremos ante lo que podemos llamar tranquilamente “segunda oleada de lectores de manga” y los únicos que se den cuenta son los lectores de tebeos, que ven cómo las estanterías de sus tiendas favoritas están siendo invadidas por personajes con ojos saltones y viñetas llenas de líneas cinéticas por doquier. ¡No es para menos! Hoy, mientras paseaba por la Fnac de Callao (la desembocadura del mainstream cultural madrileño, ¡ea!), veía atónito como ese género ocupaba ya una buena parte del espacio dedicado a los tebeos. Por no hablar de la moqueta, con varias personas repanchigadas de cualquier manera leyendo las aventuras de sus personajes favoritos. Ya me gustaría ver así la sección de la Fnac que contiene los libros de los que se hablan en esta bitácora…

Lo que pasa es que como siempre, y por mucho que me pese empezar aquí dando palos, en este país somos una panda de topos en lo que a visión comercial se refiere. Primero, no me explico que se tardase tanto en estrenar una película que, si bien no iba a ser taquillera (nadie lo pretendía), sí iba a tener el público potencial que llena las estanterías esas de la Fnac a las que me estoy refiriendo. Y el DVD no se estará vendiendo como churros, pero estoy seguro que más de uno de los que no me dejan pasar por el pasillo de marras se lo ha comprado.

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Esperanza del venado, de Orson Scott Card

Esperanza del venado

Esperanza del venado

Orson Scott Card es uno de los referentes de la ciencia ficción norteamericana. Su éxito y fama se deben a sus dos principales sagas, la saga de Ender y la de Alvin Maker, aunque fue sobre todo con El juego de Ender con la que se hizo un hueco entre los grandes autores de la ciencia ficción. Cosa del todo injusta, ya que creo que ambas sagas, sobre todo la saga de Ender, están muy sobrevaloradas. Sin ser malas, son novelas más bien discretas. Pese a ello, el nombre de Orson Scott Card debe estar junto a los grandes escritores de literatura fantástica, no por los títulos anteriores sino por obras como Esperanza del venado.

Casi toda obra de Scott Card, ya sea literaria o como guionista de cómics, mantiene unos temas recurrentes como son el proceso de madurez del protagonista adolescente, su destino mesiánico y la búsqueda de justicia mediante la venganza. En Esperanza del venado encontramos dichos temas, pero si en obras posteriores Scott Card hará un abuso de ellas, lastrando en muchas ocasiones el resultado final, aquí los desarrolla de forma magistral, dando la dosis necesaria para que la trama atrape al lector y lo arrastre hasta el final de la novela.

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El misterio del príncipe, de J. K. Rowling

El misterio del príncipe

Es curioso observar como el fenómeno Harry Potter ha sido juzgado más bien por una serie de cuestiones extraliterarias que por sus propias virtudes como obra narrativa. En efecto, la mayoría de los periodistas y críticos que se han acercado a esta saga han resaltado, especialmente, el hecho de que haya conseguido enganchar a la lectura a una generación que muchos dábamos por perdida para esto de los libros. A partir de ahí, el debate parece que se ha centrado en si realmente era bueno que nuestros tiernos infantes cayesen en la garras de la literatura fantástica y en esa línea ha habido opiniones para todos los gustos. Desde defensas tibias (“por lo menos leen”) hasta gestos de auténtico horror.

Como mucho, Harry Potter parece que ha sido considerado una herramienta útil para que el lector joven llegue a otros sitios, un rito de iniciación antes de entrar en las cosas que de verdad uno tiene que leer.  Y, sin embargo, muy poca gente ha analizado si los libros de J. K. Rowling son buenos por sí mismos, no como herramientas pedagógicas o como extraño misterio mediático sino como artefactos literarios. Y creo que esto se debe a que muchos de los que han llenado páginas de periódicos y tertulias radiofónicas con el tema no se han leído realmente la saga. Sinceramente, dudo mucho que lo hayan hecho. Y a este respecto una anécdota que oí hace unos meses en un programa de radio. Se hablaba sobre posibles lecturas para el verano y alguien menciono, para los más jóvenes, los libros de Potter. Todo el mundo estuvo de acuerdo pero, rápidamente, alguien afirmó: “la verdad es que el bueno es el primero, los demás son meras explotaciones de ese éxito”. Y ahí es cuando estuve a punto de salirme de la carretera –cosas de escuchar la radio sólo cuando conduzco– porque –a pesar de que el resto de los tertulianos asintieran gravemente– es justo lo contrario. Los dos primeros libros de la serie –La piedra filosofal y La cámara secreta– son los más flojos, mientras que los volúmenes tres y cuatro –El prisionero de Azkaban y El cáliz de fuego– son los dos más conseguidos hasta el momento. En fin que en este país, como siempre, nos encanta hablar de lo que no sabemos.

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Paz, de Gene Wolfe

Paz

Paz

Si hay una tendencia dominante en nuestra moderna cultura popular de acomodados occidentales es, sin duda, el guiño al pasado, la referencia, lo retro, la revisión irónica o el pastiche de coña. En definitiva, los muchos disfraces de la nostalgia. Las razones de tanto reciclaje varían en un no tan amplio abanico que iría desde la búsqueda de la complicidad inmediata del lector/espectador, pasando por la simple y llana carencia de ideas hasta llegar a la reinvención de nuevos modos narrativos cimentados en el rico acervo del género que toque. O quizá es algo más profundo y turbulento, más anclado en nuestro inconsciente; el deseo de huir de un presente confuso donde no hay nada seguro a lo que asirse, de revisitar los lugares en los que ya estuvimos fingiendo que, más o menos, somos los mismos de entonces. Lugares donde, en nuestro recuerdo, todo era seguro, nítido, brillante y nuevo. Pero la memoria es traicionera y peligrosa, recordar es engañarse y la nostalgia un acto desesperado con el que reorganizar la realidad, darle sentido y encontrar la paz.

Y Paz es el título de una de las mejores novelas de Gene Wolfe –el más literario de los autores vivos de fantástico anglosajón, el mejor estilista, quizá el mejor a secas–, la más cercana a la literatura general de toda su producción y donde con mayor precisión y habilidad emplea sus herramientas narrativas a la hora de explorar sus obsesiones –si exceptuamos la monumental y majestuosa El libro del Sol Nuevo–. Es la obra que ya parecía perdida para el lector hispanohablante, recuperada ahora gracias al buen gusto y la voluntad de riesgo de la editorial argentina Interzona

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Sherlock Holmes y las huellas del poeta, de Rodolfo Martínez

Las huellas del poeta

Las huellas del poeta

Creo que no sería exagerar mucho hablar de Sherlock Holmes como del personaje de ficción más influyente de la literatura universal. Sólo hay que echar un vistazo a sus incontables apariciones en todos los medios posibles, desde las letras a la imagen, pasando por la voz de los seriales radiofónicos. Y su vitalidad está lejos de apagarse, como demuestra la proliferación de pastiches e imitaciones con la que se ha bombardeado últimamente al aficionado holmesiano. El último ejemplo, desafortunado por cierto, es el intento del creador de El alienista, Caleb Carr, de intercalar un pastiche más en el canon del personaje con El caso del secretario italiano, aparecido en nuestro país no hará más de dos semanas y al que se le nota demasiado su condición de relato ampliado a novela.

Quizá la principal característica diferenciadora de los pastiches con respecto al canon es que en los primeros los autores utilizan la perspectiva que les da escribir muchos años después de que la época victoriana diera sus últimos estertores para hacer interactuar a Holmes con multitud de personajes que ahora son históricos, desde Marx hasta Freud, pasando por Wittgenstein o Jack el Destripador. Asimismo, este afán por el crossover se manifiesta en la insistencia de los autores por cruzar los pasos de Holmes con los de otros iconos de la novela popular, como, por ejemplo, Fu—Manchú o Drácula. Rizando el rizo, algunos se han atrevido a hacerle chocar con su mismísimo padre literario, sir Arthur Conan Doyle –protagonista en solitario, además, de dos interesantes novelas de Mark Frost–. Como puede verse, poco de original puede depararnos ya el terreno del pastiche. Lo que ahora hemos de pedirles a los que se atrevan a adentrarse en sus procelosas aguas es, pues, tramas sólidas e interesantes que respeten lo más posible la personalidad e idiosincrasia del detective y el doctor.

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El espíritu del mago, de Javier Negrete

El espíritu del mago

El espíritu del mago

La entusiasta acogida de La espada de fuego hacía inevitable su continuación. El espíritu del mago transita por los mismos derroteros de fantasía épica con trasfondo tecnológico que su predecesora; sin embargo, es una novela de concepción mucho más adulta, elaborada y madura, pese a que dos nuevos personajes –Darkos y Ariel– sean adolescentes. Así, el horror de la guerra, el fanatismo religioso o la ambición de poder son temas que aparecen de forma recurrente. Pero ¿se nota realmente la autoría de un escritor español? Francamente, apenas. ¿Debería? En absoluto, aunque sería bueno que este tipo de éxitos comerciales no velaran los intentos por construir un fantástico de raíz más autóctona. Ejemplos no faltan, incluso en la misma editorial –Danza de tinieblas, Rihla–, aunque los resultados aún disten de ser comparables.

La narración se inicia dos años después de que Derguín Gorión conquistara la mítica Espada de Fuego. Tramórea atraviesa momentos especialmente convulsos: una terrible sequía está aglutinando a los belicosos pueblos nómadas del sur en un ejército de invasión al mando de El Enviado, caudillo religioso que preconiza el genocidio como forma de invocación de los dioses. Mientras, el Zemalnit vive asilado en la ciudad isleña de Narak, junto a un pequeño ejército de acólitos que adiestra en los secretos del Tahedo. A sus veintiún años, el peso de la responsabilidad ha marcado su carácter, tornándolo huraño y desconfiado, a la vez que la posesión de ese objeto de poder ha envejecido su alma. Ajeno a las intrigas que su presencia desata, su obsesión es devolver la vida al cuerpo de su amigo Mikhon Tiq, petrificado años atrás a consecuencia de un enfrentamiento con el nigromante Ulma Tor. Cuando, en sueños, el aprendiz de mago le exhorte a dirigirse a Etemenanki, la ciclópea torre del Rey Gris, Derguín unirá definitivamente su destino al de la propia Tramórea.

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Jonathan Strange y el Señor Norrell, de Susanna Clarke

Jonathan Strange y el Señor Norrell

Jonathan Strange y el Señor Norrell

Inglaterra misma fue modelada por la magia. Nombres como los de Gregory Absalom, Paris Ormskirk o Martin Pale aún son recordados como algunos de los magos más notables del glorioso pasado británico. Pero sobre todos ellos destaca la figura de John Uskglass, el Rey Cuervo, personaje casi mítico, tres veces rey –en Inglaterra, el país de las hadas y el Infierno– y auténtico padre de la tradición mágica de las Islas, cuya alargada sombra aún planea sobre el país siglos después de su desaparición.

Sin embargo, recién comenzado el siglo XIX, todo eso parece ya cosa del pasado; los únicos magos que aún se consideran como tales en estos días son simples estudiosos de la teoría, convencidos de que la práctica mágica ya no es posible hoy por hoy, o bien vulgares estafadores tan falsos como sus supuestos poderes. Esto es hasta que la magia, la verdadera magia, regresa inesperadamente al Reino Unido en la persona de Gilbert Norrell, un solitario erudito de York que demuestra ser capaz de obrar prodigios como los de los hechiceros de antaño. La creciente fama de Norrell pronto le llevará a ponerse al servicio del gobierno de la nación, en guerra con Francia, y a utilizar su nueva posición para disolver sociedades mágicas, perseguir impostores y, en general, asegurarse de que nadie pueda amenazar su posición como único mago en activo.

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