Howl’s Moving Castle, de Diana Wynne Jones

Howl's Moving Castle

Me parece curioso que nos encontremos ante lo que podemos llamar tranquilamente «segunda oleada de lectores de manga» y los únicos que se den cuenta son los lectores de tebeos, que ven cómo las estanterías de sus tiendas favoritas están siendo invadidas por personajes con ojos saltones y viñetas llenas de líneas cinéticas por doquier. ¡No es para menos! Hoy, mientras paseaba por la Fnac de Callao (la desembocadura del mainstream cultural madrileño, ¡ea!), veía atónito como ese género ocupaba ya una buena parte del espacio dedicado a los tebeos. Por no hablar de la moqueta, con varias personas repanchigadas de cualquier manera leyendo las aventuras de sus personajes favoritos. Ya me gustaría ver así la sección de la Fnac que contiene los libros de los que se hablan en esta bitácora…

Lo que pasa es que como siempre, y por mucho que me pese empezar aquí dando palos, en este país somos una panda de topos en lo que a visión comercial se refiere. Primero, no me explico que se tardase tanto en estrenar una película que, si bien no iba a ser taquillera (nadie lo pretendía), sí iba a tener el público potencial que llena las estanterías esas de la Fnac a las que me estoy refiriendo. Y el DVD no se estará vendiendo como churros, pero estoy seguro que más de uno de los que no me dejan pasar por el pasillo de marras se lo ha comprado.

Y aquí es donde voy a dar y empiezo a hablar de lo que aquí nos concierne. Se estrena una película X, la cual llamaremos El castillo ambulante. Dicha película llevaba mucho tiempo esperándose y, los fans de, ¡oh!, uno de los directores de cine de animación más respetados del planeta, crean cierto eco aunque esta película no se estrene en todos los cines del país; se habla de ella en muchos blogs y foros. ¡Anda, y resulta que se basa en un libro! ¿Dónde se podrá encontrar? Mala suerte. En ningún sitio. Ni siquiera en versión original. Bueno, esperemos al DVD, a lo mejor a algún editor se le ocurre mover ficha para entonces. Volvamos a formular el «abracadabra». ¿Dónde se puede encontrar?

En ningún sitio, me veo obligado a repetir. Yo pensaba que el estreno de películas basadas en libros hacía que los libreros se frotaran las manos porque conseguían aumentar sus ventas. También pensaba que el mercado infantil era clave porque asegura algunas ventas futuras, al crear cantera. E incluso llegué a pensar que la fantasía juvenil estaba en auge, con esos Harry Potter, Narnia, y ¡hasta las novelas de Terry Jones! que se pueden ver en las estanterías y escaparates de muchas librerías, rivalizando con El Código da Vinci. Por no hablar de los pobladores de las estanterías de manga, de los que pensaba que si saliese el libro picarían y se acercarían al libro que adaptó Miyazaki… Pero vamos, los editores tienen que ser más inteligentes que yo y deben saber algo más que demuestra que estoy completamente equivocado, y que no se ha sacado El castillo ambulante en castellano porque se la iban a leer los cuatro gatos de siempre. O nadie.

Dejo ya la batalla perdida e iré al grano, que es lo que interesa. Diana Wynne Jones (Londres, 1934) es una de las voces más conocidas en Inglaterra en lo que a novela juvenil se refiere.  No es una completa desconocida en nuestro país: la editorial SM ha publicado varios libros de su serie más conocida, Chrestomanci; la editorial AJEC ha publicado Hexwood (dedicado a otro que se vende solo, Neil Gaiman) y Roca se ha encargado de la publicación de La Conspiración de Merlín. Casi 30 años como escritora avalan su savoir-faire y explican que se haya hecho un hueco en el salón de la fama de los escritores de novela infantil.

Howl’s Moving Castle, y así llamaré a la novela para poder diferenciarla del film de Miyazaki y así no entrar en comparaciones, arranca muy bien, con uno de esos párrafos que saben resumir la tónica de la novela mientras da el atisbo del estilo del autor.

En las tierras de Ingary, donde cosas como las botas de siete leguas o las capas de invisibilidad existen de verdad, es una gran desgracia nacer siendo el mayor de tres hermanos. Todo el mundo sabe que serás el primero en fracasar, por no hablar de cosas mucho peores si los tres decidís viajar para buscaros la vida.

Con él, ya sabemos que será una novela regida por las leyes de los cuentos de hadas, pero esto no es un equivalente a un «puede pasar de todo», sino más bien es un «lo que pase está circunscrito a una ambientación muy preestablecida, donde los temas recurrentes se convierten ya en realidad pura y dura». O lo que es lo mismo, el lector sabe al hojear la primera página que se está acercando a una novela no exenta de clichés, pero también sabe que va a poder ver más de una vuelta de tuerca por ese tonillo sardónico –sin llegar a ser tan flagrante como Pratchett– que se percibe en la manera en que la autora juega con los mismos.

Y de este modo es como se nos presenta a Sophie Hatter, una adolescente que va a verlas venir porque está tan convencida de su infortunio y de la predestinación del mundo en que vive, que ni se molesta en luchar contra la situación y mejorarla. Poco a poco ve que sus cábalas eran ciertas y que va a llevar esa vida desgraciada para la que llevaba mentalizándose desde pequeña: por no querer ir contra-corriente ni contra su destino ve cómo éste último se apodera de ella y tiene un futuro muy prometedor como tejedora de sombreros en un sótano que sería el infierno de todo asmático. ¡El sueño americano!

Pero Wynne Jones es una autora no exenta de recursos, y lo que podría llegar a ser un peñazo de novela sobre una niña que no hace nada más que lloriquear de aquí para allá, se convierte en una historia fresca que invita a pasar páginas y mantiene la intriga hasta su final. Y puede que estos recursos no sean nada del otro jueves ­—secuenciar de tal manera que cada capítulo termina en un cliffhanger inesperado, jugar con las presuposiciones y prejuicios varios de los personajes para que nos hagamos una falsa idea de lo que está ocurriendo, aprovechar la ambientación fantástica al máximo para sorprender con esos toques mágicos que encandilan a los amigos del género y hasta el trilladísimo cruce entre fantasía/mundo real—, pero sí resultan efectivos, y la novela tiene su gancho.

De este modo, vemos a Sophie convertida en una anciana por una bruja malvadísima. Pero Sophie no se amedrenta, consigue espabilarse y echarle ganas para buscarse la vida por su cuenta; conocemos al misterioso mago Howl que oculta mucho más de lo que se nos muestra; leemos sobre ese castillo tan peculiar que coexiste en muchos lugares a la vez mientras observamos la función social que cumplen los magos en esta ambientación; vemos alguna de las criaturas fantásticas que pueblan Ingary; y sí, también obtenemos nuestra dosis de rigor de acción y aventurillas, aunque éste no sea precisamente el plato fuerte de la novela.

Sin embargo, por muy bien que suene todo esto, no es una historia exenta de problemas. La adscripción al sub-género juvenil siempre conlleva caerse de bruces en el mismo agujero: los auténticos clichés y escollos del género que impiden disfrutar a todo el mundo por igual. Por muy bien que Diana Wynne Jones dé mucho volumen a los personajes mediante vueltas de tuercas varias, Howl’s Moving Castle tiene la lacra de tener como protagonista al típico personaje adolescente que vive aventuras descafeinadas y «moralmente correctas». Y es que siempre es lo mismo, no se trata de mostrar a un adolescente real, sino al prototipo de adolescente que le gustaría ver a la sociedad en que vivimos, con unos enfados inverosímiles que duran unas pocas líneas y una actitud ante la vida demasiado «ideal». Es algo que tampoco dejo de comprender, porque si en las novelas infantiles, para chavales de 5-8 años, los protagonistas son niños traviesos como ellos solos, y uno realmente disfruta leyendo las trastadas que se les ocurren, ¿cómo se explica que los chavales de 11-13, antiguos traviesos, sean tan… repelentes? De todos modos, ésta es una queja con la boca chica, porque también es cierto que uno se lo pasa bien leyendo la novela, que los giros están bien puestos y pillan a más de uno por sorpresa, y que probablemente, los niños y niñas de 12 años habrían disfrutado plenamente de la historia. Y realmente la pena es haber tenido que utilizar el condicional en la penúltima frase de esta reseña.

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