Narradores fluviales, prosistas torrenciales y otros asuntos de ciencia ficción

…una necesidad de palabras de otro mundo.
Mariana Enriquez: Archipiélago

Trilogía de FundaciónLeyendo, hace nada, Lo que el viento se llevó, caí en la cuenta de algo que hacía tiempo que pensaba, y decidí ponerlo por escrito. Me di cuenta de este tema, de este rasgo en la escritura de algunos autores, y ahora, al ver que ya son un puñado en mi recuerdo, veo que quizá se trate de un fenómeno más extendido y, sobre todo, menos paradójico de lo que pensaba al principio y que, como digo, quizá no sea mala idea ponerlo por escrito.

El caso es este: hay escritores que, sin ser grandes estilistas, sin mimar el lenguaje ni pensar tanto en la palabra exacta, reveladora o sorprendente, tienen igualmente una prosa torrencial, arrolladora, de la que no te puedes escapar. Debajo de sus páginas hay un engranaje, activado por lo que en mi texto sobre Dune llamé, refiriéndome a Frank Herbert, el don de la narrativa, que conecta, o enlaza, con el propio engranaje de quien lee –que sin querer sonar cursi digo que llevamos dentro– y así se da el torrente de la ficción sin fin. Puesto en marcha, no para.

Son narradores fluviales.

Hay, en este puñado de narradores natos, una tendencia: algo que les impulsa a decir, a explicar, a describir, a pensar en situaciones y contextos y personajes, y hay algo, un algo que se me escapa y que no tengo muy claro que se pueda definir y asir, que hace de chispazo de esa maquinaria narrativa que llevan dentro y que, como no es algo racional, no pueden controlar y ese poder, desembridado, permea entonces la página escrita hasta llegar a quien lee por ósmosis, o, dicho de otra manera, por la transmisión de esa fuerza entre mecanismos afines.

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Ofrendas de verano, de Robert Marasco

Ofrendas de veranoEl éxito en España de las novelas de Grady Hendrix y, supongo que en menor medida, su libro de divulgación sobre literatura de terror popular Paperbacks from Hell, ha traído la recuperación de varias de las obras recogidas en ese libro en una subcolección del mismo título. Tras la magnífica El subastador le ha tocado el turno a otro libro de la primera mitad de los 70: Ofrendas de verano. Una novela de casa encantada escrita por Robert Marasco que, al igual que la de Joan Samson, parece en las antípodas de la mayoría de títulos que Hendrix reivindicaba a través de sus extravagantes ilustraciones de cubierta y sus argumentos pasados de vueltas. Heredera de La maldición de Hill House, Ofrendas de verano se nutre de todo lo que llevaba a alejarse de las ciudades a quienes llegaban a perturbar la vida de la familia Moore en El subastador.

A la familia Rolfe le surge la posibilidad de pasar el verano fuera de la Gran Manzana, en el Nueva York más campestre. Allí, alejados de los tórridos meses de julio y agosto, las tensiones del vecindario y la rutina del matrimonio que toma la decisión, esperan disfrutar de La Mansión de los Allardyce. Un nuevo espacio amplio, alejado de cualquier estrés, disfrutable… La primera visita ya les pone sobreaviso que una cosa es hacer las cuentas de la lechera y otra lo que te encuentras cuando exploras sobre el terreno. Más cuando los peculiares dueños les ponen una condición que marca el resto del relato: durante su estancia tienen que alimentar a la gran matriarca de la familia, de edad avanzada, incapaz de abandonar la habitación donde se aloja y tan celosa de su intimidad que no tolera que nadie entre. Esta condición ya origina el primer conflicto entre Marian y Ben Rolfe. Mientras que Marian lo ve como un pequeño peaje que merece la pena pagar para disfrutar de un entorno hasta entonces vedado, para Ben es una responsabilidad destinada a alterar la experiencia a niveles imposibles de prever. Esa disensión planta las semillas de la crisis familiar durante su estancia en la mansión, cuando Ben claudica al deseo de Marian y ambos se dejan seducir por los cantos de sirena de su aspiración de ascenso social. Temporal, figurado, tanto da.

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El cine de los sábados

The Quiet EarthUn radiante amanecer. El sol se esfuerza por desprenderse del mar, liberarse de él, seguir lentamente su ascenso habitual. Eso es lo que nos muestra la apertura, en plano fijo, de El único superviviente de Geoff Murphy.

Al ver el inicio de esta película uno piensa que Danny Boyle la tuvo muy en mente al rodar 28 días después. E imagino que Alejandro Amenábar también la tuvo en mente para Abre los ojos, tan alejada, por otra parte, de sus intereses historicistas de hoy. (Me refiero, sobre todo, a esas secuencias de una ciudad vacía). El protagonista de The Quiet Earth, su título original, no sabe muy bien por qué pero es, cree, el único superviviente de una catástrofe nuclear, por decir algo, y empieza a recorrer las calles de su ciudad neozelandesa hasta que se cerciora de que, sí, parece ser que es el único con vida, el único que sigue respirando en esta ciudad de coches volcados, semáforos ignorados y hogueras desperdigadas por ahí. No tiene ninguna barrera limitadora. Así, con el creciente y comprensible desespero que le entra, la actitud del personaje recuerda poco a poco a la de Bill Murray en Groundhog Day. Actitud que se podría resumir así: si mis actos no tienen consecuencias, puedo hacer lo que quiera. Actitud descendiente directa de aquella lúcida frase que Dostoyevski dejó escrita en Los hermanos Karamazov: si dios no existe, todo está permitido.

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El príncipe de Annwn, de Evangeline Walton

El príncipe de AnnwnCuando Lin Carter comenzó a trabajar en la colección Ballantine Adult Fantasy poco se debía imaginar que la alineación que estaba en proceso de construir se convertiría en un canon de la fantasía épica/heroica hasta principios de los años 70. Mirar el listado de autores (Lord Dunsany, Hope Mirreless, Clark Ashton Smith, Poul Anderson…), más los que previamente había seleccionado Betty Ballantine (Tolkien, Eddison, Peake), es una genealogía de la mejor fantasía anglosajona publicada hasta el momento, además de una buena panorámica de la que se escribía aquellos años. La mayoría tiene traducción y algunos incluso son todavía sencillos de conseguir. Pero existen omisiones; libros que nadie ha pensado merecía la pena editar. Entre ellas figuraban los de Evangeline Walton.

Según La Tercera Fundación, su única aparición en castellano hasta la fecha estaba en el número 5 de Maestros del pulp. De ella, Carter publicó los cuatro volúmenes que forman Mabinogion, una recreación de los mitos galeses escritos desde la sensibilidad de mediados de siglo XX, cuyo primer volumen, Island of the Mighty, data de 1936. Curiosamente los otros tres no aparecieron hasta los años 70 cuando Carter recuperó Island of the Mighty, para descubrir que Walton seguía viva y tenía otras obras a la espera de editor. Ahora, cinco décadas más tarde, La Magnífica se ha fijado en ella para darle una oportunidad en España. Una iniciativa a la que merece la pena prestar atención. Su Mabinogion no desmerece a las mejores obras publicadas en Ballantine Adult Fantasy. De hecho, hoy en día se lee mejor que muchas de ellas.

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Tau Cero, de Poul Anderson

Tau CeroA Poul Anderson no se le suele incluir en el panteón de los grandes nombres de la ciencia ficción, pero sí cuenta con la consideración de autor perteneciente a esa, digamos, segunda línea de escritores importantes en cuya bibliografía esplende alguna que otra obra de fuste y que han sido reconocidos con la concesión de diversos premios. Cultivador también de la fantasía, repartió gran parte de su extenso catálogo narrativo entre un buen número de series con diversas temáticas, manteniendo en algunas de ellas colaboraciones con autores como Gordon R. Dickson, Karen Anderson o Larry Niven. Poseedor de una obra ingente que incluye poemas y numerosos ensayos, su publicación en España, sin embargo, ha tenido una singladura peculiar. Su mejor colección de cuentos, titulada significativamente The Best of Poul Anderson (1976), fue dividida por Bruguera en dos volúmenes independientes bajo el epígrafe de sus dos relatos principales, “El último viaje” y “El pueblo del aire”, que pasan por ser, junto con “La reina del aire y la oscuridad”, lo más relevante que ha escrito el estadounidense en la distancia corta. Ninguna de sus novelas de ciencia ficción, sin embargo, fue incluida en las listas propuestas por los dos principales libros de ensayo españoles que, hace ya demasiado tiempo, intentaron catalogar las principales obras que había dado el género hasta entonces.

Ni en Las cien mejores novelas de ciencia ficción del siglo XX (2001) ni en Ciencia ficción. Guía de lectura (1990) se consideró que ninguna de las obras largas de Anderson tuviese la suficiente calidad para figurar entre las más importantes. Extraño especialmente en el segundo caso, puesto que su autor, Miquel Barceló, iría publicando más tarde bastantes de ellas en Nova, la colección que dirigió para Ediciones B. Personalmente, yo solía estar de acuerdo con esa ausencia, pues las dos obras largas de cf que le había leído, la insigne La patrulla del tiempo y La nave de un millón de años, no me habían convencido. A Anderson se le tiene por autor de cf dura, pero lo cierto es que, al margen de algunos de sus cuentos, el calificativo siempre me extrañó bastante. Tanto en esas dos novelas mencionadas como en la titulada Los corredores del tiempo, el cuerpo lo conforma el componente histórico. En el primero se desarrollan repetidas misiones al pasado con el fin de evitar cambios en el curso de la Historia; en el segundo se narra el periplo de una saga de inmortales a lo largo del tiempo, desde el pasado hasta, ya cerca de la conclusión, los días venideros; en el último, el protagonista se ve arrastrado a viajar por distintas épocas. Lo mollar en esos libros es el tratamiento histórico y social, que ciertamente es notable, pero no el elemento científico. Así pues, no encontraba motivos para encumbrar la figura de Anderson. Hasta ahora, que por fin, tras años de persecución, he podido leer Tau Cero.

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Hyperion, de Dan Simmons

He tardado mucho en escribir este texto porque… ¿Qué resulta más difícil que hablar de la obra de ciencia ficción definitiva?

Me resultaría mucho más sencillo hablar de Dune o de Star Wars. A quien conoce Hyperion no se le puede decir mucho nuevo en un breve texto introductorio. A quien no conoce al Alcaudón es difícil transmitirle la grandeza de la obra.

No me queda otra que hablar para quien no la conozca, por cuanto tiene esta sección de recuperación de clásicos. «Recuperación» de una obra que se reedita constantemente, vale, pero si preguntamos a la mayor parte de los lectores de nuestro país seguramente no la conocerá ni el 2%.

¿Por dónde empezar? ¿Argumento? Ya cuesta. Siete peregrinos viajan al planeta Hyperion a las Tumbas del tiempo, hogar del legendario Alcaudón, una entidad extraterrestre venerada por locos fanáticos, a pedirle un deseo. Según se sabe, seis de estos peregrinos vivirán una eternidad de agonía extrema, empalados en un árbol de metal, y el restante verá cumplido su deseo. ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Esto no era ciencia ficción?

Cuesta mucho decir que Hyperion no es ciencia ficción, aunque también es cierto que coquetea con los límites de la literatura fantástica o la onírica. Ahora bien, ciencia ficción es, sin duda alguna. Es ciencia ficción de un modo apabullante.

Por lo pronto, el primer volumen nos cuenta la historia de cada peregrino, la cual se corresponde a su vez con un subgénero de la ciencia ficción, como el cyberpunk o la cf bélica. Y en esos aspectos es cf pura y dura.

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Cronopaisaje, de Greg Benford

Ambiciosa, impactante y absorbente; probablemente hipertrófica; algo irregular, pero, en última instancia, satisfactoria y muy bien rematada. Así es Cronopaisaje (1980), en la que el escritor y físico estadounidense Gregory Benford se zambulle en el pandemonio de las paradojas temporales y, al mismo tiempo, abre el melón de la investigación científica para mostrarnos sus intestinos: ahí están, por supuesto, la curiosidad, la exploración y la emoción del descubrimiento, pero también la competitividad, la falta de fondos, los egos inflamados, los jefes incordio.

La novela oscila fundamentalmente entre dos polos: la Inglaterra de 1998 y la California de 1962. El primero nos pinta un futuro sombrío; un mundo al borde del colapso sobre el que se cierne un desastre ecológico irreversible: el fitoplancton se ha combinado con un fertilizante artificial, causando una proliferación de algas que amenaza con destruir los ecosistemas marinos. En Cambridge, entre cortes eléctricos y supermercados desabastecidos, los físicos John Renfrew y Greg Markham conciben un plan desesperado: utilizar un haz de taquiones para enviar al pasado, en código morse, un mensaje de advertencia que prevenga la catástrofe. Para evitar la paradoja del abuelo, Renfrew y su equipo deciden confeccionar un mensaje intencionadamente ambiguo; necesitan provocar una respuesta lo suficientemente significativa como para paliar la situación en la que se encuentran, pero no tanto como para eliminar el problema por completo (de lo contrario no enviarían el mensaje y volverían a estar como al principio).

En la soleada San Diego de 1962, Gordon Bernstein, un investigador de la Universidad de La Jolla, detecta unas interferencias inexplicables en un experimento de resonancia nuclear. Su supervisor intenta convencerlo de que descarte la anomalía como ruido espontáneo y se centre en el proyecto que tienen entre manos: hay plazos que cumplir, artículos que deben publicar para justificar la productividad del departamento. Gordon lo desobedece, pero cuanto más averigua sobre el fenómeno mayor es su desconcierto, y las dudas continúan incluso tras haber descodificado el mensaje. ¿Quién lo envía? ¿Por qué? Los colegas a los que acude en busca de ayuda llegan a las conclusiones más dispares, desde un mensaje interceptado a los soviéticos hasta una comunicación extraterrestre.

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