Después de dos sagas tan extensas y complejas como las de Geralt de Rivia (1990-1999) y Las guerras husitas (2002-2006), se entiende que Andrzej Sapkowski escribiera Víbora. Una novela mucho más breve y, en apariencia, sencilla, que se puede despachar en un par de blurbs: “un relato antibélico en la invasión soviética de Afganistán” o “el drama de un soldado atrapado en una guerra en la que no desea luchar”. No le estaría haciendo justicia. En poco más de 170 páginas, el escritor polaco se las apaña para introducir una serie de capas que la convierten en algo más que una historia de pelotón soviético asediado en un puesto aislado en lo peor del conflicto afgano. Aunque la base de la novela sea esa.
A mediados de los años 80, el pelotón de Pavel Levart se ve atrapado en una emboscada. La inexperiencia, el hastío, la lucha por la supervivencia llevan hasta el límite la instrucción recibida y la pertenencia al grupo. La mezcla entre soldados profesionales, reemplazos y condenados por motivos políticos es el caldo de cultivo para comportamientos equivalentes a los vistos en las historias más cruentas de la participación de EE.UU. en la guerra de Vietnam. El sentimiento de alienación de Levart se acrecienta cuando es destinado a un nuevo puesto. Una llamada lo conduce hacia una garganta para encontrarse con la serpiente que le pone en contacto con las visiones de soldados que experimentaron en sus carnes sus mismos fracasos, la sumisión a unas órdenes que no tienen nada que ver con sus vidas, la desesperación de verse atrapado sin posibilidad de escape. Otros extranjeros que llegaron al país como parte de las invasiones británica y helénica, eslabones de una cadena de extrañamiento enfatizada por esta faceta onírico-fantástica.







