La hormiga que quiso ser astronauta, de Félix J. Palma

La hormiga que quiso ser astronautaAhora que Félix J. Palma vuelve a ser actualidad por la publicación de su tercera novela postvictoriana, he aprovechado para dar cuenta de su primera novela, escrita a finales de los años 90 y reeditada hace un lustro por Marelle. El pequeño cajón de sastre donde Luis G. Prado continuó la linea iniciada por Malabares, manteniendo el nivel de calidad pero sin mejorar el resultado comercial. Una reedición de lo más necesaria al abrigo del éxito de El mapa del tiempo medio año antes: puso de nuevo en circulación una obra más cercana a la labor de Palma como relatista y, desde mi perspectiva, más satisfactoria.

A lo largo de 16 capítulos organizados en una cuenta regresiva, La hormiga que quiso ser astronauta descubre en primera persona la vida sentimental de Alejandro, un tardoadolescente sevillano cuya percepción de la realidad está condicionada por su imaginación. Convive con una serie de ilusiones que tiñen su experiencia cotidiana de un aire onírico, hasta el punto que es incapaz de discernir entre realidad y ficción. De esta forma, su día a día adquiere un tono vívido y evocador, el medio perfecto para imprimir frescura a una historia más vieja que el mundo: el rechazo a madurar; la negación a aceptar la hiel que tiñe las cosas buenas de la vida.

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Tiempo profundo

Tiempo profundo

Me gustan mucho las antologías temáticas; esa reunión de relatos y novelas cortas alrededor de una idea más o menos peregrina surgida de la mente del seleccionador de turno. Vale, muchas veces dan lugar a libros a la deriva por la proverbial irregularidad de las colecciones. Sin embargo cuando el antólogo está inspirado y, además de los Nombres (así, con mayúscula) o la voluntad de llegar a una cierta extensión, mantiene unos criterios de calidad y fidelidad a su punto de partida, consigue un volumen como este: una recopilación que sirve de inspirada presentación de lo que Luis G. Prado entiende por ciencia ficción trans.

Tiempo profundo transporta al lector hacia universos donde la humanidad ha trascendido su estado actual y domina su entorno a un nivel ahora apenas soñado. Se desplazan planetas o sistemas enteros y se controla el ciclo de las estrellas, acelerándolo o retardándolo a voluntad; las nanomáquinas recrean los mundos o el propio cuerpo con un coste mínimo; la personalidad se almacena o se transmite digitalmente permitiendo viajes por el vacío prácticamente sin gasto energético;… Gran parte de lo que, por ejemplo, Michio Kaku glosaba en La física de lo imposible elevado a la enésima potencia y presentado sobre un abismo todavía mayor: escalas colosales de tiempo y/o espacio. Entre dos párrafos los personajes se desplazan docenas de años luz, secuencias correlativas están separadas por cientos de millones de años, en un punto y seguido transcurren milenios… El famoso tiempo profundo establecido por Hutton en el siglo XVIII, estirado hasta lo indecible.

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El fraude en el etiquetado de la distopía

SelecciónEn alguna ocasión comparé a un crítico o un reseñador con el maitre de un restaurante de lujo. Bien, se trata de una metáfora con bastantes grietas, pero me permite hacer hincapié en varios puntos. Que el chef, el creador, el escritor, es la verdadera estrella; que el maitre sólo es un transmisor y nada más que puede dar cuenta de lo que hacen los verdaderos talentos; y que por tanto su misión es informar al cliente de lo que hay. Parece desaconsejable que un maitre diga que un plato está bueno o no; pero sí debe informar, si se le solicita, de datos como sus ingredientes (por si alguno puede producir una alergia), el modo de preparación, el tipo de sabor… En suma, si el cliente está interesado por el plato y duda de si puede gustarle o no, el maitre debe proporcionarle la información necesaria, con sinceridad, que le permita decidirse. Y también puede darle cuenta de platos que le hayan pasado inadvertidos y se ajusten más a sus gustos, o especialidades del día que no figuren en la carta.

El hecho de que al maitre le guste ese plato o no es relativamente secundario; lo importante es que sepa explicarle a su cliente cómo es para que tome su decisión. Trasladado a nuestro terreno, si comprar y leer o no el libro.

Todo esto es muy periodístico, lo sé; soy periodista y tengo una manera de ver las cosas tan anticuada que ya ni siquiera se estila en el periodismo de ahora, el de enviar las irrelevancias que pueden contarse en 140 caracteres para crearse una “marca personal”. Más allá de esta visión por mi parte de las críticas o reseñas se encuentra el análisis literario, en un terreno totalmente distinto. Es incluso más valioso, pero creo que hay que reservarlo para platos de verdadera entidad y debe hacerse con otro tiempo, con otras aspiraciones.

La cuestión es que el maitre necesita para su explicación utilizar ciertas generalidades. Si el plato es de verduras, de pescado o de carne; si va frito, cocido, asado o la plancha; si es especialmente dulce o picante. Por supuesto, la cocina evoluciona precisamente en la dirección de ofrecer combinaciones sofisticadas; pero siempre existen datos básicos. Si alguien quiere comer pescado, es fácil determinar si un plato es en esencia de pescado o no para ofrecerlo.

Lo que quiero comentar se relaciona con este último punto. Los reseñadores necesitamos etiquetas como medio de informar a nuestros lectores de la condición del libro sobre el que queremos escribir. Las vueltas y revueltas sobre qué es o no ciencia ficción, que en realidad no tienen mayor importancia, son para mí relevantes porque quiero poder explicar con precisión si un libro pertenece a ese género o no, y puedo presentarlo como tal a mis clientes, a quienes confíen en mi criterio.

Se da la circunstancia en los últimos tiempos de que hay una etiqueta dentro de la ciencia ficción que se ha puesto de moda: la de distopía. Ya que estamos entre amigos, me permitirán que me cuelgue una medallita: hace tiempo que dije que esto podía pasar. A mi juicio, el problema de la ciencia ficción es que se empeñó en resultar cada vez menos pertinente para el lector común, centrándose en hechos como la novedad en los temas, que obliga necesariamente a un alambicamiento metarreferencial. La distopía, en cambio, supone una interpretación de nuestra realidad, una proyección de tendencias que observamos hoy en un futuro cercano y plausible.

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Et in Cyberdark ego

El lunes saltó a la luz un notición que pasó por las redes sociales como una perseida: la compra de la tienda Cyberdark.net por parte de la editorial Alamut/Bibliópolis. Surgió, brilló y se volatilizó en dos coma tres segundos. Como no todo pueden ser reseñas, reseñas y algo de carnaza, llega el turno de la cháchara barata por parte de los que vemos las obras desde el vallado.

El objeto de deseo

De las partes “implicadas”, la potencialmente más beneficiada parecen la propia editorial y sus lectores. Maldita desde el origen de los tiempos por una distribución entre mala y pésima, el complejo Alamut/Biblíopolis cuenta ahora con el plus que supone un nuevo canal que maximiza los ingresos de las ventas realizadas a través de la librería; hablando en plata, las decenas/cientos de libros de la casa vendidos en Cyberdark.net pasan a dejar un 95% del PVP en sus arcas. Un salto cuantitativo si se considera que para muchos compradores de Alamut/Bibliópolis la tienda se había convertido en su lugar de referencia dados los problemas para encontrar la mayoría de sus títulos en librerías “físicas” de tamaño pequeño o mediano. En cierta forma, esta adquisición acerca un poco a los sellos de Prado a la estabilidad que tienen Gigamesh y La Factoría de Ideas; las dos editoriales más longevas del actual panorama de literatura de género (Valdemar aparte) no asociadas a una gran marca editorial y que cuentan con sus propias librerías. Además la tienda es una plataforma de valor incalculable para ahondar en la línea iniciada con las suscripciones o manejar mejor, y diversificar, las ofertas-pseudosaldos que van saliendo con cuentagotas de sus almacenes.

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Sobre el limitadísimo efecto de la crítica especializada en las ventas

Los tejedores de cabellos

Los tejedores de cabellos

En las segundas jornadas de ciencia ficción de Valdeavellano de Tera tuve el privilegio de participar en una mesa redonda sobre crítica especializada y ciencia ficción junto a Fernando Ángel Moreno, Juanma Santiago y Álex Vidal. Es una pena que nadie grabara la charla o cualquiera de las otras que tuvieron lugar allí en los tres años que se celebraron las jornadas (entre los años 2006 y 2008). Eso fuerza a tirar de memoria o, lo que es peor, de nostalgia. En aquel diálogo ameno y bastante menos autocomplaciente de lo que suele ser norma, Luis G. Prado (entre el público) comentó algo que pocas veces se dice en “abierto”. Quizá porque nadie quiere pisar callos, propios o ajenos, o porque quienes debieran hacerlo son los más reacios a aceptarlo: el limitadísimo efecto de la crítica especializada (repito, ESPECIALIZADA) a la hora de impulsar las ventas de un libro. Su argumento se puede resumir en lo ocurrido con Los tejedores de cabellos, la obra de Andreas Eschbach que publicó en Bibliópolis en el año 2004.

El libro tuvo una distribución pésima que lastró sus resultados. Sin embargo pocas novedades soy capaz de recordar que reunieran tal unanimidad entre sus lectores (con excepciones como la de Santi Moreno, especial que es), con múltiples (y cuando digo múltiples digo innumerables) comentarios positivos en los foros de la época (realmente cYbErDaRk.NeT, El Foro. Interplanetaria como que tenía menos público) y en las reseñas que se escribían desde las webs y las revistas especializadas del momento. Al final, Los tejedores de cabellos no fue un desastre nivel Thomas M. Disch o M. John “Viriconium” Harrison pero sus ventas totales no fueron, ni por asomo, las que por acogida podrían haber indicado.

Dentro de los títulos más de género, concitar una respuesta tan positiva por parte de los lectores más dicharacheros es más condición necesaria que suficiente para cubrir un mínimo de ventas.

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El ladrón cuántico, de Hannu Rajaniemi

El ladrón cuántico

El ladrón cuántico

Como todo ser humano, tengo mis debilidades. En lo que a la literatura se refiere, una de las muchas recae en mi predilección por las editoriales que tienen una línea más o menos clara; sellos que dejan entrever la personalidad de su editor. Una “marca” que, sin ser excluyente, va más allá de la temática, de seleccionar novelas con premio o la búsqueda de meros pelotazos. Un compromiso con una visión de la narrativa, no presente en todos y cada uno de los títulos pero sí fehaciente en una mayoría suficiente, que invita a conocer libros sobre los que apenas tienes información.

Ya he hablado alguna vez de mi sintonía con la visión de Paco Porrúa y su Minotauro o con Alejo Cuervo, su etapa detrás de Martínez Roca o gran parte de los primeros años de Gigamesh. Y con independencia de las diferencias de criterio o los borrones que se pueden encontrar, me ocurre otro tanto de lo mismo con Luis G. Prado y sus sellos Bibliópolis, Marelle y Alamut. Además tiene algo que cada vez echo más a faltar en este mercado editorial repleto de retruécanos, medias verdades y colaboradores disfrazados de lectores de base que vocean y vocean como si no tuvieran relación alguna, sin ningún tipo de autocrítica. Acostumbra a hablar claro, dar los datos objetivos (que puede) y vender sus productos como lo que suelen ser.

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Alamut apuesta fuerte por las suscripciones

Los diez mil

Los diez mil

He sacado tiempo de donde (prácticamente) no tengo para escribir esta breve entrada y comentar el retorno de las suscripciones a Alamut/Bibliópolis. El tiempo corre y la oferta más atractiva está a puntito de caducar. Después de este miércoles seguirá siendo atractiva, aunque un poquito menos y quizás haya gente que todavía no se ha enterado.

El hecho es que la editorial de Luis G. Prado vuelve a apostar por saltarse intermediarios antes de publicar sus novedades y recoger el dinero directamente de sus lectores, una práctica que ya pudimos disfrutar durante los (buenos viejos) tiempos de Bibliópolis y que hace apenas dos años permitió terminar con éxito la publicación de la serie de Las monarquías de dios, de Paul Kearney. En esta ocasión los libros “agraciados” con la propuesta son, por un lado, la trilogía de Los Macht de este mismo autor, formada por Los diez mil, Corvus y Reyes del amanecer, y, por otro, los tres libros que faltan por publicar de Shadowmarch, de Tad Williams.

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