Sindbad en el país del sueño, de Juan Miguel Aguilera

Sindbad en el país del sueñoA Juan Miguel Aguilera, según el agradecimiento final de Sindbad en el país del sueño, le interesaba escribir una novela de fantasía oriental. Y según la dedicatoria inicial siente admiración por Ray Harryhausen… De ahí que esta novela tenga algo de Las mil y una noches y de las películas de Simbad rodadas por el maestro de los efectos especiales. Pero se pueden encontrar más referencias en su interior. Una es a Vathek, de William Beckford, obra gótica-oriental inspirada por la primera traducción occidental de Las mil y una noches presente en el nombre de la ciudad destino de este viaje de Sindbad, y en la atmósfera de toda la narración, aunque por supuesto sin su perversidad. Beckford también usó como personaje a Eblis, trasunto de Lucifer para los musulmanes. Además está, y no es coña, La guerra de las galaxias en la batalla de las alfombras voladoras, en mi opinión subconscientemente (o quien sabe si conscientemente).

Tras la pista que encuentra en el diario de un artesano misteriosamente desaparecido, Sindbad inicia su viaje para colmar su ansia de aventuras y, cómo no, para ayudar a una mujer de escándalo. Curiosamente, y tomando como base lo “avanzado” de la ciencia del mundo árabe en la supuesta época en que se desarrolla, la novela tiene ciertos toques steampunk. Muchas de las referencias a personas reales son de científicos de la antigüedad que al no vivir en la oscura edad media europea elaboraron ideas que no verían su desarrollo hasta la modernidad (como por ejemplo la teoría de la evolución y el uso del vapor como sistema de propulsión).

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Máscara, de Stanislaw Lem

Máscara

Máscara

Según leía esta recopilación de relatos de Lem que acaba de editar Impedimenta me reafirmaba una vez más en mi admiración por este magnífico escritor. Es increíblemente original. En sus obras anteriormente publicadas ya vemos esto, pero paladear cómo se supera relato tras relato en esta antología, cómo explota nuestro cerebro con cada vuelta de tuerca, es una experiencia que deja sin aliento.

La traducción directa del polaco, una vez más gracias a Joanna Orzechowska, es magnífica y la edición, como siempre en Impedimenta, está muy cuidada. Desde el color y tacto del papel a la magnifica portada (como le sientan de bien las ascidiae de Ernst Haeckel). Pero hay más. El orden de los relatos cronológico según fueron escritos, que ya está en el original, dota a la obra de un crescendo en magnificencia. Lem, según pasa el tiempo, arriesga más y el sentido de la maravilla y la profundidad van en paralelo. Es increíble que, en su mayoría, se trate de cuentos secundarios no incluidos en sus obras más reconocidas, de restos olvidados.

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Pronto, de Elmore Leonard

Pronto

Pronto

Desde hace mucho tiempo me gusta la novela negra. Todo comenzó con el cine, supongo que viendo el Sueño eterno de Hawks, pero después de degustar esta y otras maravillas (por nombrar mi otra favorita, El halcón maltés de Huston) me entró curiosidad por el género en los libros y… Ahí estaban Dashiell Hammett, Raymond Chandler y el resto de maestros de los primeros años. Herederos de la “novela problema” victoriana (podríamos remontarnos a Poe con sus cuentos de Dupin) pero con un toque urbano y salvaje que les condujo a inventar y llevar a su cumbre el género negro. Luego todo evolucionó. El hardboiled más bestial de los 50 y 60, la locura genial de Jim Thompson, el lirismo de Charles Williams o el toque “polar” francés de José Giovanni. Y un maestro como James Ellroy que lleva el género a nuestros días. Podrían citarse más nombres, lo sé, pero estos son mis favoritos.

El recientemente fallecido Elmore Leonard es un caso especial. En España no es muy conocido y en USA probablemente, o eso me parece a mí, no está considerado como un «grande». Pese a que muchas de sus obras han tenido adaptaciones al cine, no recuerdo que ninguna se haya publicitado como «basada en la obra de Elmore Leonard». Con una excepción: la tarantiniana Jackie Brown (la novela se titula Rum Punch). En palabras del autor, sus novelas se basaban en los diálogos; mientras escribía aseguraba que ni él mismo conocía el final. Era de la interacción mediante las conversaciones de sus personajes como iba creando, de forma improvisada, las tramas hasta que, por sí mismas, sus «criaturas» llegaban a la palabra FIN.

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