Antonio Rivas, In Memoriam

Silenus, Gorin, Txisko y Cris

La vida se expresa, casi siempre, de manera ambigua. En nuestra candidez, mantenemos la pretensión de que todo siga un orden, esperamos que los grandes sucesos nos lleguen en instantes y situaciones que estén a la altura de lo que se nos cuenta. Pero nunca es así. La noticia de la muerte de Gorin (permitidme que me refiera a él como siempre lo hice) me encuentra en el momento más cotidiano y el lugar menos ilustre, haciendo la compra en el súper, y la siento como un martillazo. Tenía aún 60 años, vivía con Marisa en Gijón y había venido a Madrid a pasar las fiestas, la famosa vuelta a casa por Navidad. Un infarto cerebral acabó con sus planes y con una vida en la que destacó su afición tanto al género fantástico como a las artes marciales. Sentía un enorme cariño por los animales, como nos mostraba a diario con sus mascotas, y tenía una enorme facilidad para socializar. Muestra de ello es el gran número de amistades que fue haciendo por el camino.

Pienso cuán difícil es eludir el lugar común en los casos de muertes prematuras, no anunciadas. Lo primero que se te ocurre es que no puede ser, que apenas tres días antes cruzaste con él las últimas palabras, que entonces estaba perfectamente, el sello de identidad de lo inesperado. Luego llega la tristeza por la pérdida, lo más jodido, y con ella un tsunami de recuerdos. De discusiones literarias en foros, de salidas nocturnas compartidas, de cervezas y risas, de anécdotas cómicas. Me viene a la memoria aquel comentario que hizo un histórico componente de la TerMa, quien muchos meses después de compartir tertulia con él en el Alameda nos decía sorprendido que no sabía que Gorin era sordo, que siempre había creído, por su forma de hablar, su aspecto y su apodo, que era ruso. En realidad, el alias bajo el que quiso que todos le conociéramos, Gorinkai, procede del japonés. Él mismo lo explica perfectamente en una de las webs que creó y que se mantiene en la red desde 1998. Quien quiera leerle hablar de sí mismo hace casi 30 años, allí puede hacerlo.

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Elogio póstumo de Pepe Sánchez Pardo, lector

Juanma Santiago y Pepe Sánchez

Pepe Sánchez (derecha) junto a Juanma Santiago a punto de degustar un “Las hormigas bajaron del nido” en la cena posterior a una Tertulia de Madrid

A lo largo de la mañana del martes 6 de agosto me fueron llegando los mensajes de amigos: se ha muerto Pepe. Un infarto, inesperado. Siempre seguía el mismo intercambio de mensajes: qué gran tipo. Todos los recuerdos suyos son buenos. Su risa contagiosa, su sentido del humor irreverente, sus conocimientos enciclopédicos, el estar ahí cuando se necesitaba.

En los panegíricos de alguien que se marcha, siempre pesa esa sensación de estar cumpliendo con un deber, de reconocimiento tardío. Pero ¿qué sentido hubiera tenido escribir de Pepe unos días atrás?

Hablemos de José María Sánchez Pardo, psicólogo, nacido en 1961. Una buena persona. Cae bien a cuantos le conocen. Dicen quienes han trabajado con él que es excelente en su profesión. Estuvo mucho tiempo por ahí, en el fandom, integrado en el paisaje, aportando en la sombra. Lector omnívoro, creo que nunca ha publicado una reseña pero hace brillantes comentarios sarcásticos. Sin caer en exhibicionismos, siempre resulta claro que adora a su mujer y su hijo.

Algo así no tendría mucho sentido, quizá; y también lo merecería de aquella época al menos Paco Canales, otro de los nuestros, ilustrado, currante y entrañable.

Pero ahora que Pepe ya no está, ¿cómo dejar pasar que alguien que tuvo algo que ver con el mundillo de forma positiva se vaya sin al menos un recuerdo entre nosotros, los que hicimos de la actividad en torno a la literatura de ciencia ficción una parte de nuestra vida? ¿Cómo permitir que ni siquiera queden unos bits en un rincón de internet diciendo que él estuvo ahí cuando todo era más difícil, cuando éramos pocos, sin buscar nunca nada para sí, sin querer más que ayudar a los demás y disfrutar de su afición?

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