El sombrero del malo, de Chuck Klosterman

El sombrero del maloUna de las contradicciones más fascinantes a la que nos expone la ficción es nuestra atracción por la figura del villano. Cómo personajes con características deplorables, además de dominar la narración hasta el punto de eclipsar a sus némesis, en muchas ocasiones se convierten en la razón básica por la cuál el lector/espectador se siente atraído por la historia a niveles difíciles de explicar. Más cuando, analizadas racionalmente, esas características que lo convierten en seductor se sentirían deleznables si se presentaran en alguien real. Esa disociación con la que convivimos sin estridencias, origen de situaciones tan curiosas como que personajes públicos de una pretendida moral intachable como Barack Obama afirmen sin rubor que su personaje favorito de una serie como The Wire sea Omar Little, es la base de la cual Chuck Klosterman parte en El sombrero del malo. Un ensayo que explora la figura del villano en la cultura popular, la actualidad mediática y nuestra cotidianidad.

Klosterman, avezado periodista de quien Es Pop ya había publicado Fargo Rock City, planifica El sombrero del malo con ingenio. Aborda los temas a tratar desde una docena de ensayos de entre 15 y 20 páginas más o menos estancos, iniciados muchas veces desde una anécdota, una lectura o alguna observación personal. Los acompaña de una breve introducción y una especie de conclusión donde Klosterman toma presencia con, si cabe, mayor hincapié. Expone cómo llegó a interesarse por las ideas guía de este libro y, en un giro inesperado, incluso se sitúa como sujeto de análisis. Es su manera de acercarse a la miseria del ciudadano de a pie, quien alejado de las primeras planas puede comportarse de manera pareja a los que acusa de miserables o aúpa a su propio panteón de villanos personales.

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Maestros del Doom, de David Kushner

Maestros del DoomRecuerdo el momento en que terminé el primer episodio del Wolfenstein 3D. Tras golpearme con la invitación a comprar el paquete completo para jugar a otros episodios (WTF!!!!), volví a empezarlo aumentando el nivel de dificultad. En esta ocasión me costó bastante más llegar hasta el final, aunque el desenlace fue el mismo. Tras releer el mensaje de marras (¿Dónde puñetas consigo eso?), volví a comenzarlo, esta vez en el temible «I am Death incarnate!«. Debe ser el único juego que, después de sudar y desesperarme hasta cotas épicas, he logrado terminar en el nivel «legendario»… tras haberlo hecho ya dos veces en el plazo de un par semanas. Así de fuerte me dio en 1993 aquel título que llevaba la experiencia en un escenario tridimensional a un nuevo nivel. Un par de años más tarde descubrí en casa de un amigo el Doom y me pusieron al día sobre quiénes eran los creadores de ambos: John Romero y John Carmack. Los Maestros del Doom.

La programación de videojuegos para ordenadores personales ha cambiado mucho desde aquellos inicios artesanales de chavales llenos de ilusión aprendiendo los secretos del código máquina en soledad o en colaboración con otro par de zumbados en el cuarto de sus casas, y poniendo a la venta sus productos un poco de la misma manera. Aunque actualmente existe una escena indie potente, de pequeños estudios a imagen y semejanza de los programadores de aquellos juegos de 8 bits, desde hace lustros el cotarro de la expectación lo mueven macroproyectos en los que decenas, sino cientos de personas se involucran con presupuestos de producción cinematográfica. Hace unos días, en Canino publicaban un artículo sobre cómo el paso del juego en 2D al 3D pudo ser el gran responsable de ese cambio de paradigma. Escrito en el año 2003, en Maestros del Doom David Kushner despliega los entresijos de la cooperación entre los dos grandes nombres detrás de Commander Keen, Quake o los mencionados Wolfenstein 3D y Doom. Y una de sus claves es mostrar ese tránsito en una empresa que además de promover el salto sobrevivió al cuello de botella entre ambas estructuras.

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Hollywood gótico. La enrevesada historia de Drácula, de David J. Skal

Hollywood góticoHamlet, Catherine Earnshow, Robin Hood, El Quijote, Sherlock Holmes…. La enumeración de personajes que han pasado a la pantalla provenientes de la literatura es extensa, casi siempre manteniendo una (cierta) fidelidad al original, más allá de variaciones en el escenario o cierta libertad en la interpretación de los personajes. El caso de Drácula es paradigmático justo por lo contrario: cualquiera que haya leído la novela de Bram Stoker y haya visto tres o cuatro películas es consciente de todas las alteraciones a las que ha estado sometido este icono de la literatura de terror y, en concreto, el grupo de personajes que cuentan su historia: Harker, Van Helsing, Mina, Lucy, Renfield… Las transformaciones de la novela seminal han llevado a todos ellos a una serie variaciones condicionadas por el medio, el país donde se realizara, el momento del tiempo… En Hollywood gótico, entre otros muchos asuntos, David J. Skal expone todas ellas a lo largo de un libro cuyo peor faceta viene de un título ambiguo que no refleja su contenido: un repaso a la historia de vampiros por excelencia tanto en la literatura como en el teatro y en el cine.

Skal ha realizado un ímprobo trabajo de documentación. Comienza con la aparición del mito vampírico en la literatura, con sus raíces Byronianas, para seguir su evolución y arraigo en el mundo del teatro hasta llegar a Bram Stoker. Skal se detiene para tratar su biografía con amplitud, especialmente su relación con Henry Irving, un importante actor de teatro de la época Victoriana para el cual trabajó como gestor y que le abrió las puertas a la alta sociedad de la época. A continuación se centra en su proceso creativo hasta dar forma a su obra, tratando de dónde pudo venir y desconectándolo del personaje histórico al que se vio unido mucho más tarde. Asimismo aborda un certero análisis del subtexto y las diferentes interpretaciones sobre los personajes, sus relaciones, las situaciones en que se presentan, y, no podía ser de otra manera, sus connotaciones sexuales y religiosas.

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Luna de casino, de Peter Blauner

Luna de casinoAtlantic City siempre me ha parecido el primo poligonero de Las Vegas. Frente al glamour, el oropel, las actuaciones estrella o los combates del milenio, la ciudad de New Jersey apenas puede ofrecer cuarto y mitad de lo mismo, envuelto con toneladas de polipiel y martelé de colores estridentes. Atrae tu atención como lo hacen los mafiosos de las películas de Scorsese en una rueda de reconocimiento codo con codo con la estirpe de fantasía creada por Mario Puzo y Francis Ford Coppola para los Padrinos. Quizás por ese punto descastado me ha resultado tan seductor en el campo de la ficción.

Anthony Russo es el hijo adoptivo de uno de los mafiosillos del depauperado submundo de Atlantic City a comienzos de los 90. Sin demasiado éxito ha intentado mantenerse alejado de los asuntos de su padrastro, hombre de confianza de un capo venido a menos. Sin embargo no ha logrado sacar la cabeza con su pequeña empresa de construcción y, de manera irreversible, se ve empujado hacia sus negocios. Parece que pintan bastos hasta que se abre ante él una oportunidad: un antiguo campeón de boxeo quiere retornar a la primera línea y necesita un promotor para hacer valer sus intereses ante un futuro combate por el título. Es el negocio soñado para terminar de una vez con sus deudas y servidumbres. Convertirse en un ciudadano respetable.

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Reina del crimen, de Megan Abbott

Reina del crimenNo abundan traducciones de novelas criminales norteamericanas protagonizadas por personajes femeninos. Aunque existen contraejemplos, su bajo-mundo parece reservado a machos alfa y/o perdedores con diversos grados de testiculina, en no pocas ocasiones compartiendo páginas con uno de los clichés más arraigados: la femme fatale. Dispuestos a zarandear el tópico, en su clausurada colección de literatura popular junto a Valdemar, Es Pop publicó tres novelas escritas y protagonizadas por mujeres: A la cara, de Christa Faust, Poesía cruel, de Vicky Hendricks, y esta Reina del crimen, de Megan Abbott. La idea era poner en circulación una serie de escritoras olvidadas por las grandes colecciones y, a la vez, ofrecer un punto de vista fresco y novedoso, alejado de los estereotipos en un género a veces excesivamente entregado a ellos.

Es curioso que esta reseña aparezca justo después de la de Alif el Invisible; la historia de Reina del crimen es otro bildungsroman con toques (tardo)juveniles. Su narradora relata su iniciación en el mundillo del hampa de la mano de una superviviente de la época dorada de la mafia de los años 30 y 40: Gloria Denton, la reina del título. En su confesión hay fascinación por el oropel del dinero fácil y los garitos de la aristocracia del crimen, pero también se respira el peligro de quien juega con fuego y al arrepentimiento de quien se introduce en un callejón sin salida.

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Luther: El origen, de Neil Cross

Luther: El origen

Luther: El Origen es la respuesta de Neil Cross a la necesidad de más historias de este personaje. Supongo que los compromisos del actor que lo interpreta, Idris Elba, imposibilitan que pueda prodigarse más en la pequeña pantalla (además de la tradicional política de las productoras británicas de centrarse en la intensidad antes que en la cantidad). Y, como tal, dudo que nadie pueda sentirse decepcionado: funciona bien como presentación del personaje, lo que seguro anima a los que todavía no se hayan dejado seducir por el carisma de este detective británico. Además ofrece información suplementaria que alumbra su pasado, los mecanismos por los que se rige y las bases del pequeño cosmos por el que se mueve, ingredientes que pueden resultar atractivos a los que ya hemos caído en sus redes.

La trama de El origen se sostiene en la búsqueda del asesino cuya «captura» abría el primer episodio de la serie de televisión. La violencia con la que se desenvuelve, su salto a la luz pública y la urgencia por encontrarlo se realimentan con los primeros pasos del descenso al purgatorio del propio Luther. Por la explosión de su larvada crisis matrimonial, a causa de la habitual falta de tiempo que acompaña a la labor policial, y las consecuencias de algunos excesos cometidos en sus particulares momentos de furia. Un cocktail que facilita que la narración de temática criminal gane momentum.

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Diablos de polvo, de Roger Smith

Diablos de polvo

Diablos de polvo

Términos que el españolito de a pie puede mencionar cuando habla de Sudáfrica: mundial, apartheid, Nelson Mandela, la roja, zulúes, segregación racial, Iniesta, xenofobia, quizá el término bóer o a J. M. Coetzee, si es friqui Distrito 9, si le gustan las historias bélicas Rorke’s Drift o la batalla de Isandhlwana, Holanda (XD)… y poco más. Desarrollar cada idea, victoria de nuestra selección de fútbol aparte, es harina de otro costal.

A un servidor le vino bien la lectura hace un par de años de El factor humano, el libro donde John Carlin relataba cómo se las arregló Nelson Mandela para que la transición desde el apartheid al sistema democrático actual no fuera traumática. Cómo a través de las relaciones personales y con un símbolo como la selección de rugby, hizo trizas toda una serie de prejuicios que amenazaban con arrastrar a Sudáfrica al desastre de una guerra civil. Sin embargo aquel libro, un tanto errático en su comienzo, lleno de valores positivos y emoción en su desenlace, crea una visión distorsionada de la sociedad postapartheid. Una sensación realimentada por la adaptación de Clint Eastwood, Invictus, o la imagen edulcorada que transmitieron los periodistas deportivos durante el mundial de fútbol de 2010 (aunque si se ha leído a Coetzee ya hay un contrapeso importante; en mi caso gracias a la angustiosa La edad de hierro). Quizás por todo esto Diablos de polvo se me ha hecho todavía más terrible de lo que ya es. Esta es una novela negra que muestra el nulo valor que tiene una vida en aquel país. Sin destriparla, en sus 20 primeras páginas asesinan a un empresario mientras huye su amante, asesinan a esa mujer y a sus dos hijos pequeños en un accidente de carretera y uno de sus asesinos mata al otro; los primeros embates de una narración despiadada que no da cuartel.

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Poesía cruel, el crowdfunding de Es Pop

La editorial Es Pop se lanza al ruedo del crowdfunding. Una alternativa a la edición convencional obligada por las dificultades de mantener cualquier sello con ventas por debajo de los mil ejemplares.

He leído tres de los cuatro libros que forman la colección Valdemar/Es Pop y, aunque no he encontrado ninguno que me haya parecido absolutamente satisfactorio, me han ofrecido buen género con un acusado componente de serie B. Narraciones ágiles con mucha energía y protagonizadas por personajes carismáticos, en libros con un formato muy atractivo. Personalmente me gustaría tener la oportunidad de continuar leyendo títulos similares y por eso difundo por aquí esta iniciativa.

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Acero, de Todd Grimson

Acero

Acero

Venga, un tópico: Acero es una novela que se lee tan fácilmente como se olvida.

Otro menos frecuente: es una pena porque durante casi la mitad de su extensión parecía que no iba a ser así.

Ahora algo completamente suyo, personal e intransferible: esta historia urbana con vampiros, protagonizada por personajes dañados que se encuentran y construyen un santuario inestable, augura algo más que una presentación de personajes. Promete que los conflictos que plantea se van a resolver de una manera menos convencional que el aburrido duelo entre vampiro bueno y vampiro malo de su tramo final.

Sobra decir lo que ocurre.

El protagonista de Acero, curiosamente, no resulta manido. Para llevar la batuta de su novela Todd Grimson no elige a un vampiro sino a su siervo, Keith. El guitarrista de un grupo de cierto nombre caído en desgracia tras una relación destructiva y con él en un presidio venezolano con las manos destrozadas. Antiguo adicto a la heroína, Keith es el lacayo de Justine, una vampira con cientos de años a sus espaldas que no recuerda gran cosa de su pasado y completamente cautivada por él. Hasta el punto que ambos experimentan una atracción que transgrede el estereotipo vampiro-siervo hasta convertirlos en una pareja.

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