Luther: El origen, de Neil Cross

Luther: El origen

Luther: El origen

Luther: El Origen es la respuesta de Neil Cross a la necesidad de más historias de este personaje. Supongo que los compromisos del actor que lo interpreta, Idris Elba, imposibilitan que pueda prodigarse más en la pequeña pantalla (además de la tradicional política de las productoras británicas de centrarse en la intensidad antes que en la cantidad). Y, como tal, dudo que nadie pueda sentirse decepcionado: funciona bien como presentación del personaje, lo que seguro anima a los que todavía no se hayan dejado seducir por el carisma de este detective británico. Además ofrece información suplementaria que alumbra su pasado, los mecanismos por los que se rige y las bases del pequeño cosmos por el que se mueve, ingredientes que pueden resultar atractivos a los que ya hemos caído en sus redes.

La trama de El origen se sostiene en la búsqueda del asesino cuya “captura” abría el primer episodio de la serie de televisión. La violencia con la que se desenvuelve, su salto a la luz pública y la urgencia por encontrarlo se realimentan con los primeros pasos del descenso al purgatorio del propio Luther. Por la explosión de su larvada crisis matrimonial, a causa de la habitual falta de tiempo que acompaña a la labor policial, y las consecuencias de algunos excesos cometidos en sus particulares momentos de furia. Un cocktail que facilita que la narración de temática criminal gane momentum.

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Diablos de polvo, de Roger Smith

Diablos de polvo

Diablos de polvo

Términos que el españolito de a pie puede mencionar cuando habla de Sudáfrica: mundial, apartheid, Nelson Mandela, la roja, zulúes, segregación racial, Iniesta, xenofobia, quizá el término bóer o a J. M. Coetzee, si es friqui Distrito 9, si le gustan las historias bélicas Rorke’s Drift o la batalla de Isandhlwana, Holanda (XD)… y poco más. Desarrollar cada idea, victoria de nuestra selección de fútbol aparte, es harina de otro costal.

A un servidor le vino bien la lectura hace un par de años de El factor humano, el libro donde John Carlin relataba cómo se las arregló Nelson Mandela para que la transición desde el apartheid al sistema democrático actual no fuera traumática. Cómo a través de las relaciones personales y con un símbolo como la selección de rugby, hizo trizas toda una serie de prejuicios que amenazaban con arrastrar a Sudáfrica al desastre de una guerra civil. Sin embargo aquel libro, un tanto errático en su comienzo, lleno de valores positivos y emoción en su desenlace, crea una visión distorsionada de la sociedad postapartheid. Una sensación realimentada por la adaptación de Clint Eastwood, Invictus, o la imagen edulcorada que transmitieron los periodistas deportivos durante el mundial de fútbol de 2010 (aunque si se ha leído a Coetzee ya hay un contrapeso importante; en mi caso gracias a la angustiosa La edad de hierro). Quizás por todo esto Diablos de polvo se me ha hecho todavía más terrible de lo que ya es. Esta es una novela negra que muestra el nulo valor que tiene una vida en aquel país. Sin destriparla, en sus 20 primeras páginas asesinan a un empresario mientras huye su amante, asesinan a esa mujer y a sus dos hijos pequeños en un accidente de carretera y uno de sus asesinos mata al otro; los primeros embates de una narración despiadada que no da cuartel.

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Poesía cruel, el crowdfunding de Es Pop

La editorial Es Pop se lanza al ruedo del crowdfunding. Una alternativa a la edición convencional obligada por las dificultades de mantener cualquier sello con ventas por debajo de los mil ejemplares.

He leído tres de los cuatro libros que forman la colección Valdemar/Es Pop y, aunque no he encontrado ninguno que me haya parecido absolutamente satisfactorio, me han ofrecido buen género con un acusado componente de serie B. Narraciones ágiles con mucha energía y protagonizadas por personajes carismáticos, en libros con un formato muy atractivo. Personalmente me gustaría tener la oportunidad de continuar leyendo títulos similares y por eso difundo por aquí esta iniciativa.

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Acero, de Todd Grimson

Acero

Acero

Venga, un tópico: Acero es una novela que se lee tan fácilmente como se olvida.

Otro menos frecuente: es una pena porque durante casi la mitad de su extensión parecía que no iba a ser así.

Ahora algo completamente suyo, personal e intransferible: esta historia urbana con vampiros, protagonizada por personajes dañados que se encuentran y construyen un santuario inestable, augura algo más que una presentación de personajes. Promete que los conflictos que plantea se van a resolver de una manera menos convencional que el aburrido duelo entre vampiro bueno y vampiro malo de su tramo final.

Sobra decir lo que ocurre.

El protagonista de Acero, curiosamente, no resulta manido. Para llevar la batuta de su novela Todd Grimson no elige a un vampiro sino a su siervo, Keith. El guitarrista de un grupo de cierto nombre caído en desgracia tras una relación destructiva y con él en un presidio venezolano con las manos destrozadas. Antiguo adicto a la heroína, Keith es el lacayo de Justine, una vampira con cientos de años a sus espaldas que no recuerda gran cosa de su pasado y completamente cautivada por él. Hasta el punto que ambos experimentan una atracción que transgrede el estereotipo vampiro-siervo hasta convertirlos en una pareja.

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