Frenesí gótico

Frenesí gótico

Frenesí gótico

En el principio fue lo gótico, y luego vino el resto. Antes de que J. R. R. Tolkien, George R. R. Martin, Isaac Asimov, Theodore Sturgeon, Stephen King y H. P. Lovercraft nos deleitasen con sus creaciones, fue el tiempo de Ann Radcliffe, Horace Walpole, Matthew G. Lewis, Charles R. Maturin, William Beckford y Mary Shelley. Y sin estos inmensos precursores ni la ciencia ficción, ni el terror, ni la fantasía existirían hoy en día tal como los conocemos.

La literatura gótica nació dentro de la marea romántica como una respuesta a la Ilustración del XVIII. Frente al gusto por lo racional y científico, por lo equilibrado y clásico, el género gótico es todo lo contrario, desmesurado, irregular, caótico y fantástico. Cuando la ciencia arroja del acervo popular las creencias en lo sobrenatural una serie de autores deciden introducirlas dentro del terreno de lo literario.

Ahora bien, un género tan variado y polimórfico, y con una cronología tan amplia, posee una número incalculable de obras que pueden echar para atrás a cualquier neófito que decida explorar este mundo. Máxime si tenemos en cuenta que la mayoría de estas creaciones son voluminosas novelas de más de 600 páginas que pueden asustar al más templado. Y es que la novela fue el método narrativo preferido de los escritores góticos, el lugar ideal donde desbordar su calenturienta imaginación sin freno ni cortapisas. Y, claro, como es evidente, no todo lo que salió de este efervescente momento fue bueno. Abunda más bien lo irregular y lo malo, de ahí que una guía de lectura, una introducción asequible, sea de lo más necesario para ese hipotético lector novel que decida entrar en este oscuro bosque. Y este Frenesí gótico cumple a la perfección este papel.

Aquí están reunidos los mejores y más característicos autores de esta corriente de la mano de un puñado de sus muy escasos relatos. Una forma ideal para saber cuales son las virtudes y defectos de cada uno de ellos de cara a futuras exploraciones. Por supuesto, nada es perfecto. Falta Radcliffe que sólo escribió novelas pero, dado que es, probablemente, la autora que peor ha envejecido, su ausencia no es significativa. También es cierto que aparece algún autor cuya orientación gótica es discutible –De Quincey–, junto a otros que a los que el cuento seleccionado no les hace justicia –Beckfod– y alguno que nunca consiguió escribir nada más destacable –Polidori–, pero, en conjunto, y a pesar de que varios cuentos son fáciles de encontrar en otras antologías –algunas de la misma editorial–, Juan Antonio Molina Foix, el seleccionador, consigue una recopilación de lo más completa y acertada –y lo mismo se puede decir de su prólogo, que en apenas unas pocas páginas define y caracteriza el género con maestría y precisión–.

Abre la selección “Maddalena o el hado de los florentinos” de Horace Walpole, fundador del género pero cuya obra ha envejecido pavorosamente. Este cuento ambientado en la Italia medieval es una buena muestra de este hecho. Los amores contrariados entre Maddalena y Borgiano sobre el fondo de los enfrentamientos fratricidas entre florentinos y pisanos apestan a naftalina y poco pueden atraer al lector moderno. Únicamente hay breves atisbos de los sufrimientos de la población civil en tiempos de limpieza étnica que nos pueden llamar hoy la atención, pero Walpole pasa de puntillas sobre el tema y prefiere centrarse en la alambicada, ñoña y rutinaria trama amorosa.

“La ninfa de la fuente” de William Beckford, en cambio, no hace honor a su autor. El retorcido y espléndido creador de Vathek no utiliza su enfermiza imaginación ni su peculiar sentido de lo erótico en esta narración. Copia, de forma correcta, un cuento de hadas centroeuropeo que nos sitúa más en la órbita de Basile, Perrault, Brentanno o los Grimm que en la del goticismo. Con todo, una relato que sin ser memorable no deja de leerse con agrado.

“La anaconda” de Matthew Lewis es uno de los platos fuertes del volumen. Irregular en extremo, de este relato conviene abstraerse de las partes más flojas –el racismo colonial de la época, el humor forzado, la sosa historia de amor, los errores de documentación (las anacondas viven en Sudamérica, no Asia, donde se desarrolla la historia, y, desde luego, no son invulnerables a las balas)– y centrarse en lo más atrayente: el terror y la impotencia causados por alguien que se encuentra en peligro mortal y al que no podemos ayudar. En este sentido, Lewis crea una narración llena de ritmo y sorpresas que, me temo, ha sido imitada hasta la extenuación, pero que merece la pena leer en su forma original, en el modelo que sirvió de fuente de inspiración a tantos autores posteriores.

“El vampiro” de John Polidori es otro clásico incuestionable. El primer cuento moderno de vampiros y una durísima crítica a Lord Byron, en quien está inspirado el protagonista y que bien conocía Polidori, médico personal suyo. A partir de aquí nacería todo el resto de la familia vampírica, tan prolífica hasta nuestros días. Le Fanu, Stoker, Rice, Martin, King Matheson, McKee Charnas,… sin esta obrita ninguno de ellos habría escrito sus mucho más famosos libros. Merece la pena asomarse a este primer vampiro literario, más que nada porque Polidori fue autor de una sola obra: ésta.

“El castillo de Leixlip” de Charles Maturin es, bajo mi punto de vista, el mejor relato del libro. Maturin también escribió poco pero es, en mi opinión, el mejor autor gótico de los muchos que frecuentaron el género. En este relato consigue algo realmente prodigioso. Por un lado alejarse de lo gótico y señalar el camino hacia un nuevo sub-género de terror: la ghost story, donde Le Fanu y M. R. James dieron lo mejor de sí mismos. Y por otro conseguir que un cuento escrito hace casi dos siglos aún nos siga aterrorizando gracias a la poderosa atmósfera que construye y a la sabia mezcla de lo popular y lo culto –el folclore irlandés y el pacto satánico junto al destino fatal que arrastra a los hombres, digno de la mejor literatura de todos los tiempos–.

“Los dados” de Thomas de Quincey no es estrictamente hablando un cuento gótico, y su presencia aquí desentona un poco. De Quincey eligió un romanticismo diferente al gótico, más estilístico, decadente y onírico. De ahí que éste estupendo cuento sobre un pacto faústico y sus terribles consecuencias beba más de E.T.A. Hofmann y otros románticos alemanes que de El castillo de Otranto.

Cierra el libro “El sueño” de Mary Shelley una discreta historia de amor en tiempos de las guerras de religión que, curiosamente, tiene más que ver con el cuento de Walpole que abre este libro que con la propia obra de la creadora de Frankenstein. Personalmente creo que Shelley tiene relatos mucho mejores, más conseguidos y góticos que este – “El mortal inmortal”, “La transformación” –, pero, hasta cierto punto, es un digno final para esta antología. Al ser el cuento más moderno muestra cómo, a partir de 1830, lo gótico se había empezado a convertir en una caricatura de si mismo.

En cualquier caso, y dejando al margen puntos flojos como éste, Frenesí gótico es un libro imprescindible, tanto para el que se inicia en la literatura gótica, que se encontrará con una muy buena guía para adentrarse en este mundo, como para cualquier buen aficionado al cuento de terror.

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