Antología de la ciencia ficción española 1982-2002, Prospectivas, Los premios Ignotus 1991-2000, Cuentos de ciencia ficción, De Profundis, Cuentos fantásticos de la España profunda, Aquelarre… La colección de antologías que glosan la ciencia ficción, fantasía, terror escritos en España a finales del siglo XX y comienzos del XXI es nutrida. No obstante, todavía faltaba un volumen que abarcara de manera equilibrada los diferentes géneros buscando un catálogo lo más completo posible de los autores más importantes que los cultivaron durante aquellos años. Una iniciativa que yendo a los listados de premios resulta imposible abarcar por el tradicional olvido de ciertos nombres, relegados de manera sistemática por su universo de votantes. Juanma Santiago y José Miguel Pallarés han realizado esa labor para Apache libros con La edad de oro del fantástico en España (1989-2009), un título ambicioso a la altura de sus expectativas.
Abre el volumen “El testimonio de la memoria”, la introducción donde los antólogos contextualizan su selección. A la hora de afrontarlo, Pallarés y Santiago podrían haber seguido las pautas marcadas por Julián Díez en su Antología para Minotauro, con una memoria más formal, o por el propio Santiago en la primera (y última) antología de Los premios Ignotus, con un texto más vivencial (e informal). Sin embargo, ambos van al pie y en menos de 30 páginas tocan el por qué la califican de Edad de Oro, qué fue lo que la propició, qué temas se tocaron, dónde se publicó todo, por qué terminó, los autores elegidos, los que se quedaron fuera… Una nube de cuestiones en la cual ambos se mojan no sólo en los nombres. Apuntan personas que podrían haber estado dentro y se han quedado fuera; discuten la primacía de la cf al inicio para dar después paso al terror; recuerdan las publicaciones de aquel período…
El tono es serio, con ocasionales muestras de humor (y guiños; reto nombrar a Doc Smith superado). A veces el discurso apunta a excesivo “bienqueda”, con abundantes listas de personas y publicaciones como con temor a dejar nombres sin mencionar. Pero siempre con el compromiso de apuntar melones que darían para investigaciones de profundidad… si alguien estuviera interesado en ello.
Como se habrán imaginado ya, yo de chaval era un niño gordo, introvertido, retraído y asocial (no he cambiado nada), que se pasaba las vacaciones de verano releyendo tebeos y hurgando en la pequeña biblioteca de mi padre en vez de quedar con otros niños para liarnos a piñazos, cazar lagartijas o darle patadas al balón, algo de lo que aún hoy día me arrepiento muchísimo (“Desgraciado aquel que vuelve la mirada hacia horas solitarias en vastos y lúgubres recintos de cortinados marrones y alucinantes hileras de antiguos volúmenes”, escribía Lovecraft en un momento de gran lucidez). Entre mis lecturas preferidas de niño loco se encontraba la Historia Universal del sueco