Zangetsuki. Crónicas de la Luna, de Masakuni Oda

ZangetsukiRecientemente he vuelto a El año que vivimos peligrosamente. Entre toda su memorable presencia, hay una frase de Billy Kwan, el personaje interpretado por Linda Hunt, que me viene como anillo al dedo para introducir Zangetsuki. Crónicas de la Luna. Viene a decir que en los argumentos que plantean las historias que nos contamos en occidente siempre esperamos un cierre, una respuesta clara. En el wayang kulit (teatro indionesio de sombras), sin embargo, no hay conclusión. Esta falta de desenlace meridiano, la posibilidad de dejar una historia sin un posicionamiento del narrador, en suspenso, sin atar del todo, es una de las característica de muchos relatos orientales (y occidentales) que más nos cuesta aceptar al común de los espectadores cuando nos damos de bruces con algo así. Zangetsuki se puede considerar en parte como un caso práctico de cómo salir bien parado de una propuesta así. Lamentablemente, Masakuni Oda también da pie a los horrores de todo lo contrario: los monstruos narrativos que emergen de un entramado que se preocupa de no dejar el menor espacio para la duda. El mazazo de estrellarse contra una propuesta de una literalidad extrema.

Estas dos facetas se encuentran en Zangetsuki. Crónicas de la Luna porque en su interior se presentan tres narraciones. Algo que la edición de Minotauro no menciona por ningún lado (ni siquiera incluye un índice). Las dos primeras, “Y entonces la Luna dio la espalda” y “La piedra del paisaje lunar”, son dos novelas cortas. La última, “Crónica de Zangetsu”, es una novela con todas las de la ley. Entre ellas hay alguna conexión mínima, sobre todo la proverbial influencia de la Luna sobre el comportamiento humano; una suerte de licantropía a la que Oda imprime cualidades diferentes en cada historia que dan vuelo al cliché. De hecho, en las dos novelas cortas acierta a alejarlo del terreno trillado para urdir unos retornos atractivos, en su poder simbólico y en su manifestación a pie de suelo.

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La Liga de los presos, de Nana Kwame Adjei-Brenyah

La Liga de los presosEn ese contienda cultural permanente en que han devenido las redes sociales, el cuestionamiento del racismo inherente en gran parte de la sociedad es continuo. Si llevamos el tema al ombligo del mundo, incluye sin sentidos como la negación de la propia construcción del tejido social donde, por ejemplo, la integración se hace imposible por motivos de diversa índole, caso la evolución de la estructura de las ciudades o la zonificación de los barrios residenciales. En el campo de la cf, la fantasía y el terror hay muchos escritores cuyas ficciones se cimentan en parte en sus vivencias de este problema. Octavia Butler, Nalo Hopkinson, Nnedi Okorafor, Stephen Graham Jones, P. Djèlí Clark… Nana Kwame Adjei-Brenyah es uno de los más recientes en sumarse a esta lista.

Friday Black, su libro de presentación, era una colección irregular con tres o cuatro relatos magníficos que ponían pie en pared. Con aspereza, plasmaban el racismo, el clasismo, la crueldad que padecían o acometían los personajes a la vez que se mostraban clarividentes en el uso de las herramientas de la ciencia ficción. La Liga de los presos, su esperada primera novela, progresa en esa línea y se ha vuelto a ganar su eco fuera de los muros del fandom; fue finalista del National Book Award al mejor libro de ficción de 2023. Una elección que enfatiza su importancia a tenor de la competencia en un terreno de juego tan extenso.

Su título en castellano no alcanza a transmitir la fuerza y la polisemia de su edición original: Chain-Gang All-Stars; aunque su traductor, Miguel Sanz, trabaja por conseguirlo. Para hacerse una idea rápida, esa Liga de los presos a la cual hace referencia es una elaboración de las peleas de UFC o la WWE si fueran gestionadas por ejecutivos de la NBA tras un acuerdo con la patronal de prisiones para llevarlas hasta el extremo del espectáculo de gladiadores. Es decir, duelos a muerte entre presos en combates por parejas, en dos grandes grupos y, sobre todo, uno contra uno. Con una parafernalia a su alrededor que ha convertido el fenómeno en el mayor evento audiovisual del país, con los supervivientes catapultados al estado de estrellas transmedia.

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